Boletín Cultural y Bibliográfico, Número 23, Volumen XXVII, 1990
 

El derecho a soñar

Las batallas de Rosalino
Tríunfo Arciniegas
Primer premio VII Concurso Enka de Literatura 
infantil, Medellín, Editorial Colina, 1989, 190 págs.

"Escribí para los niños un libro alborotado y feliz, escribí un homenaje a mi padre, a sus cuarenta años como herrero". Palabras extractadas del texto leído por el autor, al recibir el premio Enka de literatura infantil, en marzo de 1989, por su novela Las batallas de Rosalino.

Triunfo Arciniegas nos enseña un libro donde se condensan la realidad y la imaginación, el humor y la fantasía, un libro para reír más que para leer. Las batallas de Rosalino plantea otro camino a nuestra literatura infantil, enmarcada en las mismas tramas superficiales que la precocidad de los niños de hoy no se tragan, en retomar una pseudopedagogía decadente, de moralejas que manejan los adultos y que ahogan la poca literatura que aún queda, en encasillar el argumento a unos animales con papeles preestablecidos, como lo hacía la literatura de otros tiempos, y como si en el fondo existiera un parentesco entre los niños y los animales.

La magia de una obra como Las aventuras del barón Münchha usen está en ver ante nuestros ojos aparecer y triunfar la imaginación, no importa si los métodos empleados son descaradamente inverosímiles o absurdos: salir de un pantano agarrándose por los cabellos y tirando con todas las fuerzas, pasear por el espacio montado en balas de cañón, bajar de la luna tendiendo una cuerda hasta la tierra. Sólo faltaría a este bizarro barón agregarle la ternura y la humanidad de nuestro ingenioso hidalgo don Quijote para completar la metáfora.

Estos dos modelos de libros, suma de historias, de maravillosos viajes, de campañas fantásticas, tienen ese algo que los libros de hoy no logran, y es el poder de encantamiento. Ese cierto grado de verosimilitud, de fidelidad, de autenticidad que el joven le pide a la fantasía. Unico método para que las palabras seduzcan al muchacho, o al niño que cada hombre lleva sofocado dentro. La verosimilitud que pide el joven a la imaginación, fácilmente detecta si el texto se falsea: el barón o el hidalgo funcionan con autonomía propia, no se desmienten en la trama, la pluma de sus creadores no estropea su existencia poética, cl artificio no desdibuja su presencia real en el escrito. Sólo en ese instante continuado a través del relato llega el placer de la lectura, esa aventura en el papel, esa derrota del aburrimiento por medio de la imaginación, ese encantamiento de la palabra.

Esto mismo ocurre con el caballero Rosalino Mendoza en sus batallas: cobra, por entre las palabras que construyen la historia, vida propia. Rosalino va dibujando sus caracteres, su personalidad, sus miedos en cada página. Mezcla de héroe medieval y maestro de herrería de pueblo, mezcla de un espacio universal del que no se desliga la referencia al espacio colombiano, tránsito de la literatura infantil rural a la urbana:

"Rosalino se sometió a un riguroso régimen de ejercicios. Sudó la gota gorda. Le ganó en los cien metros a Ben Jonson y Pluma Pintada y unas treinta maratones a Víctor Mora, un puro viento" (pág. 25).

Las batallas de Rosalino es, sin lugar a dudas, un hermoso pretexto para homenajear al Quijote, y fue, según el autor, escrito en’1988 en una sola sentada de treinta horas y reelaborado en todo el año del dragón. "El libro da cuenta de tres batallas de Rosalino Mendoza llamado Picaflor, un herrero famoso, un caballero a la antigua, que por esos asuntos de salvar doncellas, pulgas desamparadas y gatos muertos de miedo, se enfrenta a terribles y espantosos enemigos (un zancudo, una bruja, un dragón) y los vence a franca lid" (Gaceta, núm. 2, Colcultura). "Es el retrato de mi padre, herrero de profesión. Un caballero medieval con la vitalidad de una cabra loca y la fantasía de un niño. El libro cuenta las prodigiosas batallas de Rosalino Mendoza, contra el zancudo que mató novecientas pulgas, la bruja más gorda y el dragón de Chichira" (Entreletras, núm. 18-19, Villavicencio).

  Las batallas de Rosalino es un intento por defender la imaginación del niño, es tributo al derecho de soñar, al placer de escribir, donde se suma la aventura, el mito, lo vivido, lo picaresco. La novela de Triunfo Arciniegas logra perfectamente hacer una síntesis entre la realidad y la fantasía: "El gallo era puntual. Un reloj suizo de hueso y pluma que no requería cuerda ni pila. Solamente maíz. A las cinco aleteaba tres veces y cantaba, seis o nueve sonorísimas notas, según su horóscopo personal. Si el día se anunciaba bueno, nueve. Si sería malo, seis... Era soñador y melancólico, como todo piscis que se respete. A veces recordaba versos. Conocía las obras completas de Rubén Darío y algo de Bécquer" (pág. 56).

En un estilo decantado, con un tono muy personal, convierte los arquetipos provenientes de la tradición cuentistica europea en personajes de nuestros pueblos y campos, enriqueciéndolos en los nuevos con-textos: la bruja era tan gorda como si la hubiese pintado Fernando Botero, el dragón es ajedrecista y juega partidas interminables con san Jorge, a quien ya se le oxidó la armadura, y el mismo caballero medieval Rosalino, quien irónicamente es un herrero de pueblo.

Con un lenguaje fluido, elemental, popular, exento de todo malabarismo lingüístico, logra el autor arrastrar con los sueños y el humor: "El gato llegó con un pedazo de guitarra:

‘Encontré la gata con la que voy a pasar el resto de mis días’. El maestro le corrigió desde la nube del tabaco:

‘De tus noches, caballero’... —żNo quieres probar tu platito de leche?— No sólo de leche vive el gato—suspiró el enamorado, el filósofo, el serenatero— linda es mi vida...
—żLa bruja más gorda del mundo?—Sí
—żLa del lunar en la nariz?— Sí
—żLa de las medias rojas?— Sí
—żLa del ombligo redondo?— "No sé pero sí" (págs. 48-49).

A la gracia, el ingenio, la transparencia del lenguaje cargado de imágenes y colores que detonan a cada paso de la lectura, se suman las treinta y ocho ilustraciones que acompañan el texto. Son dibujos realizados excepcionalmente por el propio autor, que recrean e interpretan logradamente las peripecias relatadas, y seducen por su fidelidad con la ficción contada. Es difícil deducir si son los personajes dibujados quienes inspiraron la narración o si, por el contrario, son los personajes contados quienes hicieron surgir del texto el trazo de cada dibujo.

Triunfo Arciniegas es profesor de una escuela, y ha convertido sus clases tradicionales en talleres de teatro, lectura, escritura y aun de dibujo. Este método inusual sirve de filtro para cada una de sus creaciones. En una de sus experiencias con el taller La Manzana Azul, el autor comenta acerca de la imagen que da principio y cierra Las batallas de Rosalino: "un gato grande y negro llegó a la casa de Rosalino y se metió a la botella" (pág. 11). Mientras un adulto que leyó por primera vez el texto le preguntó cómo había hecho el animal para introducirse en la botella, los niños del taller dieron por sobreentendida la magia de no ver siempre un barquito dentro de una botella, sino de encontrarse con una nueva ficción: la de un gato que escogió como habitación una botella verde de vino.

Las batallas de Rosalino como forma novelesca recupera el tiempo y su duración a través del héroe y la fantasía que él genera. Veintidós cortas panes constituyen la estructura de la novela, sostenida en tres nudos (tres batallas), que van desde el viaje hasta el regreso con entrada triunfal y otras sorpresas. La búsqueda para Rosalino son sus aventuras y sus viajes; no es extraño, por tanto, que el caballero sea visto a los ojos dé los demás como un loco, al igual que el barón o el ingenioso hidalgo. Pero, como forma, la novela antes que nada encierra la imagen del hijo en busca del padre; el autor, como Telémaco, lo confiesa: "Las batallas de Rosalino es la parte luminosa de mi padre y a él está dedicado, es un fes tejo a la vida" (Gaceta, núm. 2, Colcultura). La novela recupera la imagen del origen, "un hábil herrero nacido en Molagavita, casado en Miranda e instalado, con su yunque y sus martillos, en Málaga y Pamplona, lugares donde trabajó con el fuego y forjó doce hijos, de los cuales Triunfo es el mayor y el único que se apartó del oficio paterno" (ibíd.).

 

JORGE CADAVID