Boletín Cultural y Bibliográfico, Número 23, Volumen XXVII, 1990
 

El otro Carnero: crónicas de la edad del Plomo


El carnero de Medellín
José Antonio Benítez
Edición, transcripción, prólogo y notas de
Roberto Luis Jaramillo. Ediciones Autores
Antioqueños, Medellín, 1988, 440 págs.,
más CIII de prólogo

La tarea a la que se dedicó durante años Roberto Luis Jaramillo es a todas luces titánica, aunque una vez finalizada la lectura del texto recuperado queda la sensación de haber emprendido un viaje para el cual no eran necesarias tantas alforjas. Eso por lo menos en lo que respecta al lector no adicto a la historia de Medellín, ya que ni siquiera es Antioquia en su totalidad el ámbito que abarca la crónica de José Antonio Benítez, también conocido como El Cojo.

Confesamos que, atraídos por un título que de inmediato hace evocar el texto homónimo de Juan Rodríguez Freyle, esperábamos regocijarnos con toda clase de remembranzas y noticias sobre los primeros tiempos de Medellín, como lo sugiere la obra —El Carnero, y miscelánea de varias noticias, antiguas, y modernas, de esta Villa de Medellín, tal es su denominación completa—, pero a la postre, y no sin derrochar infinita paciencia, pudimos dar término a una vasta y desordenada relación de hechos administrativos, tanto civiles como eclesiásticos, sin el menor valor literario, aunque probablemente sí ofrezca interés para los investigadores del valle del Aburrá y, como cree el editor, para los aficionados a la microhistoria.

En su bien documentado prólogo, Jaramillo reconstruye la época que Benítez registra en lo que, en palabras de León de Greiff, es un apretado mamotreto. El prologuista nos acerca así a la vida de quien fue escribano oficial de Antioquia desde finales del siglo XVIII hasta mediados del siglo XIX, y hombre público de cierta relevancia durante las lides de la Independencia. Jaramillo traza la historia del manuscrito —sólo existe un ejemplar y la presente es la primera edición—, al mismo tiempo que reúne los pocos datos que existen sobre su autor. Como hizo Rodríguez Freyle en el siglo XVII, El Cojo filtra en su crónica algunos hechos de su vida civil, que contribuyen a conformar parte de su biografía, aunque hay aspectos nebulosos, como el de su nacimiento, que más allá de los elementos empíricos obtenidos se presta ala especulación. El libro se cierra, precisamente, con la noticia que el autor da sobre la muerte de uno de sus hijos, el capitán José Celedonio Benítez, de particular desempeño durante los hechos de la Independencia, y quien antaño había protagonizado un hecho curioso y por el cual fue puesto preso, pues no vaciló en "morderle el labio a otro capitán".

Hijo natural, Benítez nunca fue tenido en cuenta por su madre, quien ni siquiera lo mencionó en su testamento. Su probable padre sí mostró cierta inclinación por su suerte, aunque al niño se le atribuía otro progenitor, "un tal Marcos Osorio". El autor nació alrededor de 1770, pero son tantos los datos confusos sobre su nacimiento y las circunstancias que lo rodearon, que a la larga no vale la pena detenerse en ellos. No obstante estos hechos, el niño expósito pasó a formar parte de una familia putativa notable: "Primo del único abogado de la Villa, y sobrino de tres clérigos importantes, aunque no muy letrados". Físicamente era feo y casi contrahecho, y harto asustadizo ante fenómenos naturales como temblores, vendavales, crecientes. Creía en lo sobrenatural, en brujas y aparecidos, y su Carnero da testimonio de algunos hechos considerados prodigiosos, como el milagro con que fue honrado el gobernador Juan Buesso de Valdés. Cuenta Benítez que un día, "de los del Octavario de la Patrona de la Candelaria", el gobernador salió a la plaza de toros y, al ver que nadie se enfrentaba a un toro "de temible y extraña ferocidad", decidió sortearlo, pero la fiera lo derribó del caballo y "cayéndole encima, y estrechado del toro, en aquella desgraciada hora no le quedó al gobernador otro recurso que implorar el auxilio de Nuestra Señora de la Candelaria, de quien era especial devoto, y Nuestra Señora que no desampara a las criaturas que con fe viva se acogen a su poderoso patrocinio, milagrosamente se dejó ver en el aire sobre una nube, del gobernador y de la fiera, publicándolo ésta, con la relevante demostración de arrodillarse y aquél con fervorosas alabanzas a la Madre de Dios por tan singular beneficio, quedando por él, en aquel momento, libre de la muerte súbita y desgraciada que le preparaba el lance" (págs. 85 y sigs.). En este orden de prodigios, el autor no es indiferente a los que ocurren incluso en latitudes tan remotas como la Roma dieciochesca y que incluso transcribe de la carta de un exjesuita a su sobrino. Ciertamente, a partir del 2 de agosto de 1796 la cristiandad se conmueve porque las imágenes de la Virgen abren los ojos, miran de un lado a otro, e incluso hablan. La conmoción que tales noticias producen en el valle del Aburrá es notable, tanto como los temblores y terremotos que desde Guatemala al Ecuador se desatan sobre el continente.

Benítez ejerce las labores de escribano, que al decir de Jaramillo es "tal vez el oficio público más desacreditado de la Villa". En 1791 El Cojo se casó con la hija de su patrón, María Micaela López de Arellano, "solterona de 28 años", cinco años mayor que el novio, y con quien tuvo cuatro hijos; dos varones: Francisco de Paula (que sería sacerdote) y José Celedonio (el capitán del labio); y dos mujeres: Mariana y María de los Dolores. A la muerte de El Cojo (el 13 de octubre de 1841), el manuscrito de El carnero de Medellín pasó a manos del sacerdote, ya su deceso (1871)10 heredó una de sus hijas, María de los Dolores, fallecida tres días después. El manuscrito apareció luego en poder del historiador Estanislao Gómez Benítez, y éste lo obsequió a la familia de José María Mesa Jaramillo, en cuya biblioteca reposa desde 1914. El Cojo comenzó la redacción de su Carnero en ¡797 y terminó su primera parte en 1809. En 1825 volvió a escribir, hasta 1831. En 1836 retorna su asunto, y la última nota es de 1840.

Es preciso destacar el hecho de que Benítez siempre estuvo preocupado por el desarrollo de la educación en Antioquia, sobre todo en Medellín, y un comentario de Jaramillo (apéndice, nota 331) traza una acertada y rica evaluación de los proyectos e inquietudes de Benítez en pro de los avances pedagógicos de la región. El Cojo se las daba a veces de poeta y lo demuestra cuando Bonaparte invadió España: su numen se enfureció pero la prueba de su talento le fue hurtada, como él mismo advierte:   "Me robaron dicha poesía de este libro" (pág. 134). Fue modesto y servicial, y en su oficio como tinterillo y oficial de pluma fue solicitado por regidores, que acudían a sus "déviles talentos para que los formase, y dictase el Memorial" (sic). La política lo tentó antes, durante y después de la Independencia, y fue él uno de los cinco miembros de la Asamblea que aprobó una prórroga en el período presidencial de Juan del Corral. Con sentido de lo nacional, relaciona a los héroes de la revolución granadina y hace una apología del genio de Bolívar, aunque no debía apostar mucho por la suerte del país que vio nacer, ya que a su "adolesciente época" la llama "el Siglo del Plomo", expresión ajena a connotaciones balísticas y patentada por oposición a los valores supremos, lamentablemente superados y lejanos, del Siglo de Oro.

Quizás la característica más acentuada de este Carnero sea la obsesión del autor por la nomenclatura, sobre todo la eclesiástica y la administrativa, aunque esporádicamente se detiene en algunos hechos de índole histórica. En este sentido, el libro se abre con la tachadura dedos párrafos que informan acerca de la muerte del mariscal Robledo. Una vez hecha la advertencia, muy en el estilo notarial, se abordan los "sucesos del dicho Mariscal Jorge Robledo": narra cómo Belalcázar, celoso de la empresas de Robledo, lo detiene y lo cuelga de un árbol. Curiosamente, los párrafos tachados daban Cuenta de la muerte de Robledo y de la ejecución de Belalcázar, aunque a la postre éste es absuelto. Como sucedía con Rodríguez Freyle, cuando El Cojo se enfrenta a alguna duda no se pierde en especulaciones y advierte: "Si lo averigüase, lo anotaré". Por lo que, una vez hecha la precisión, prosigue.

A continuación, traza una sucinta historia de las conquistas de Gonzalo Jiménez de Quesada por el interior del país, aunque en diversas ocasiones Jaramillo advierte que la lectura que El Cojo hizo de Lucas Fernández de Piedrahita y de Rodríguez Freyle se evidencia en fragmentos de El carnero de Medellín. A este respecto, la nota 9 del apéndice es harto ilustrativa: "Hay partes del texto de Benítez que son copiadas textualmente de El carnero de Rodríguez Freyle, lo que parece indicar que consultó una de las copias manuscritas que existían de tal crónica, pues solamente se editó en 1859 por el doctor Felipe Pérez. Sostiene monseñor Mario Germán Romero que en el archivo departamental de Antioquia había una copia manuscrita de El carnero de Rodríguez Freyle" (pág. 384).

Y ya en materia estrictamente medellinense, Benítez reproduce copias de la cédula de fundación de la Villa y pasa a relacionar la larga nómina de funcionarios: alcaldes ordinarios, alcaldes de la hermandad, así como a explicar las razones del nombre de la Villa ("en obsequio del Excelentísimo Señor Don Pedro Portocarrero, Conde de Medellín". A continuación, transcribe la lista de gobernadores, desde "el fundo y erección de la Villa de Medellín, en el sitio de Ana", y elabora una amplia relación que comprende los nombres y fechas de los jueces ordinarios, regidores de cabildo, jueces de residencia, tenientes de gobernadores, secretarios de cabildo, escribanos de número y capitanes de milicias urbanas. Un apartado donde se regodea El Cojo es el de la historia sobre la fundación de conventos y parroquias y en la lista de curas párrocos, comisarios de la Santa Cruzada y comisarios de la Santa Inquisición, datos que, según confiesa, "los he sacado del Becerro Eclesiástico" (pág. 77). Reproduce una carta pastoral de fray Mariano Garnica a los párrocos de su jurisdicción, y gracias a dicho texto el lector podrá darse cuenta de la censura imperante y del ánimo represor de las autoridades eclesiásticas, sobre todo en lo pertinente al cuidado de las buenas costumbres y al peligro derivado de los malos libros. Razón no le falta a Jaramillo cuando, al pensar en el contexto histórico que registra El Cojo, apostilla contundentemente:   "Teníamos, pues, una sociedad más que religiosa, fanática; más que inexpresiva y quieta, marrullera; quisquillosa, melindrosa y puntillosa en lo que concernía al ‘honor’; mestizas y mulatas, abundantes, coquetas, y prontas..." (XLVIII). Sin embargo, la recreación de la más que probable transgresión de éste rígido esquema de valores —lamentablemente marginada de la memoria de El Cojo—, le hubiera dado un tono más ameno y significativo a la crónica, a la manera de lo que con excelente sentido de la picardía y el humor hizo el santafereño Rodríguez Freyle.

Al socaire de tan extensas como tediosas nóminas, El Cojo Benítez se limita a transcribir algunas adivinanzas de su propia cosecha y promete premios mitológicos a quien las descifre. Una de ellas, ejemplo de la más bien precaria solvencia literaria del autor, dice: "Yo soy el anteojo de larga vista, en que las líneas visuales, giran a los inmensos espacios de la eternidad, donde todo es principio y nada es fin". Y, tal vez para orientar al lector en el sentido de su aserto, dibuja al lado de la frase un enorme esqueleto con una guadaña (pág. 281). Menos soporífero resulta leer fragmentos como el que
so pretexto de unos globos ganan su atención, aunque es el lector quien a la postre queda sorprendido por el extraño modus operandi del cronista. En efecto, el autor escribe: "Don Juan Carrasquilla en vista del globo anotado al frente aprehendió e hizo Otro globo, mucho más grande y lo echó en el llano y casa de don José Muñoz en la noche de 7 de septiembre de este año de 1799 a las 9 de la noche, y tomó mucha más elevación que el otro, y duró más, de modo que tuvo más vista y lucinamiento que el de Valera" (pág. 69). El lector bucea para saber a qué otro globo se refiere el cronista y constata que éste no ha hablado para nada del asunto. Tampoco ha citado al tal Valera. La crónica prosigue y el lector se enfrenta a otra de las nóminas de El Cojo, la lista de escribanos de número, y es entonces cuando descubre el relato del lanzamiento que "Fernández" hizo del primer globo, el 15 de agosto de 1799. Pero lo curioso es que Benítez aclara que
"el tal Fernández resultó después llamarse Don Mariano Valera". Este desorden, primero cronológico y luego onomástico, da idea de la actitud con que El Cojo conforma su texto, y que si bien resulta a la larga divertida para el literato, no lo es tanto para los graves historiadores que se adentran en estas materias, próximas a la arqueología.

Tal vez el momento menos ingrato de El carnero de Medellín sea aquel en el que, en el tono de lo que hoy se conoce como realismo mágico, se transcriben los componentes del séquito que acompaña al embajador del Gran Señor de Constantinopla en su visita al rey Carlos IV, así como la relación de los obsequios: "El Bajá de Siete Colas, Mustafá Edim, embajador del Gran Señor" viaja a Madrid —eL texto debe ser un informe de la oficina de prensa de palacio— con "Quince mujeres en calidad de Sultanas. Treinta concubinas, quince blancas y quince negras retintas. Cuatro amas. Cuatro criadas. Dos Secretarios. Tres Maestros de la Ley. Dos Malandrines. Dos Caballerizos. Dos Maestros de Ceremonias. Dos intérpretes. Ocho Gentiles Hombres. Cuatro camareros. Veinticuatro pajes, doce blancos y doce negros [...] Dos eunucos y su jefe agigantado". También viajan médicos, "capellanes con subalternos", cincuenta jenízaros, "sesenta criados de escalera abajo" y cien esclavos de servicio y caballería. En cuanto a los regalos para su Majestad Católica destacan piedras de diverso color y valor, joyas, dos elefantes (macho y hembra), un "dromedario verdoso". dos camellos, dos leones, cuatro tigres, diez pelícanos, diez literas con veintiocho "mulas trigadas", y mil treinta y dos cautivos que por la Gracia del Gran Señor son liberados y devueltos a la cristiandad... Y la relación agrega algo que, a la luz del cosmopolitismo actual, resulta sintomático: todos son turcos menos los médicos, que son ingleses; los cocineros son franceses, los reposteros italianos, los cafeteros griegos y los intérpretes españoles. Se dice que tan impresionante delegación salió de Constantinopla el 1 de abril de 1791, aunque en ninguna parte el boletín informa si llegó o no a su regio destino.

El prólogo de Jaramillo es rico en datos pero algo desordenado: las digresiones familiares distraen el motivo central del discurso y hay reiteraciones innecesarias. La genealogía materna de Benítez es un ejemplo casi policiaco en pro de la verdad, aunque a la postre resulta excesiva e intrascendente. A todo ello se agregan el nulo interés de doña Francisca Javiera Betancur por su retoño, habido en clandestina lid con don Nicolás Benítez, a quien incluso se le disputa su presunta paternidad, lo cual dice mucho de la madre. El Cojo no se prodiga en esta clase de confidencias autobiográficas y de ahí el denso nudo genealógico en el que se enredan el editor y el lector. Por otro lado, Jaramillo abusa de cierto coloquialismo "paisa" que dificulta un poco la lectura para quienes no son iniciados en la prosodia del valle del Aburrá. Habla, así mismo, de personajes muertos "hace unas semanas", sin especificar la fecha de la referencia, con lo que la mención queda adscrita a una intemporalidad casi mítica. Obviamente, estas salvedades no le restan interés al valioso aporte bibliográfico que constituye El carnero de Medellín, así como a la exhumación de un texto casi arcano y la presentación de un autor que, más en el campo de la historia doméstica que en el de la literatura nacional —a pesar de la obligada invocación de El carnero de Rodríguez Freyle.—, debe atraer la atención de los historiadores, a la vez que despertar el estímulo para investigaciones futuras. Cabe advertir que, a nuestro juicio, la parte más valiosa del libro es la que Benítez dedica a sus contemporáneos y que abarca hechos en los que él participó. en especial los agitados lustros del proceso independentista. Confesamos, finalmente, que por momentos creímos estar ante una curiosa impostura literaria, aunque la ausencia de una anécdota sólida, el estilo plúmbeo y la tediosa manía onomástica del autor desterraron cualquier honorable sospecha al respecto. Desprovisto el texto de la menor aspiración literaria, son los historiadores y arqueólogos quienes ante la memoria de El Cojo tienen la palabra.

R. H. MORENO-DURAN.