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Cardos antes de cantar
Sierra Nevada Santa Marta,
Ciudad Perdida, Guajira
Patrick Rouillard
(Textos: Consuelo Cepeda. Alfredo Riascos N., Roberto Lleras,
Germán 1. Andrade. Gerardo 1. Ardila
Editorial Colina, Bogotá. 1988, sp.
"Espectaculares
est"
Patrick Rouillard, fotógrafo francés autor de los libros Colombia, Boyacá, San
Agustín. publicó recientemente Sierra Nevada Santa María, Ciudad Perdida,
Guajira.
Una serie de
fotografías, la mayoría muy vistas. Es otra vez la misma foto; el mismo Rodadero, el
mismo arhuaco, la misma Nueva Venecia; lugares y gentes de una prosperidad abrumadora.
Como si la ciénaga no fuera, además del "más grande depósito de agua salada en
Colombia", uno de los principales problemas ecológicos que hay. Pero acá, en este
libro, no: abunda la pesca, la gente sonríe y la estética sólo tiene que ver con la
alegría.
Los arhuacos son unos
seres felices; El Rodadero es un balneario limpio, de panorámica espectacular; la Sierra
Nevada de Santa Marta es virgen: la Guajira da tiempo para la economía de la sal, para la
cultura indígena libre que la habita. Es como si el señor Rouillard no hubiera convivido
con los seres que moran en los sitios en que toma sus fotografías; sólo ve a través de
la lente de su cámara. No se trata de mostrar únicamente el horror que nos envuelve o de
describir exclusivamente lo mortificante, pero si hay que pensar en que un libro con este
titulo y con los textos que lo presentan ha de ser una muestra del lugar. Sin embargo, el
lugar del libro no queda en realidad en donde el libro dice que está. Es otra vez la
estética europea concentrada en lo exótico tropical.
Los textos de cada
capítulo dicen así: Santa Marta por Alfredo Riascos N. "...tierra sagrada: de Santa
Marta partía Quesada con 800 hombres y un viaje de espanto que culminó con la fundación
de Bogotá...", "Porque conocieron el ardor y la fuerza de esta tierra y porque
comprendieron que estaban en el corazón de América, Fernández de Lugo pagó tanto
dinero por esta gobernación; Luis Beltrán de aquí, salió para la santidad...".
Textos un tanto líricos,
que alegorizan cada lugar. Santa Marta en fotos es el retrato del Libertador, la Quinta de
San Pedro Alejandrino, la más antigua catedral de Colombia, muestras de arquitectura
moderna y no moderna, crepúsculos, panorámicas, el sol, las playas, un delfín, una
lancha, otra lancha, varias lanchas, montañas, acantilados, caminos de Ciudad Perdida,
unos peces, la Ciénaga Grande, Taganga, un armador de barcos de madera; así, tan simple,
tan nada, una ciudad cualquiera en un bello lugar; unas fotografías comunes, en un lugar
común; es, repito, el mismo mar, la misma lancha, el mismo rostro, fotos que se han
tomado tanto...
El texto
"Ciudad Perdida", de Roberto Lleras, describe la llegada por tierra y aire al
lugar y dice: "Hay sitios en el mundo que deslumbran a primera vista, otros causan
mucho asombro cuando se los visita y estudia. Ciudad Perdida pertenece a las dos clases de
lugares. Sea porque llegar a ella es una experiencia tan fascinante, o bien porque su
concepción y su construcción son tan interesantes, que son pocos los visitantes que se
van de allí desengañados". Habla de lo que es fascinante: "...lo más
fascinante es el sentimiento inequívoco de que allí, en medio de una naturaleza
abrumadora se encuentra una obra del hombre que armoniza maravillosamente con el medio que
la rodea y que, sin embargo, es tan distinta a él". Describe cl patrón urbano que
la compone, da la altura a la que se encuentra, explica las diferentes variaciones
arquitectónicas; al final menciona otros lugares similares por explorar y dice que es el
ejemplo más evidente de inteligencia y fuerza en el pasado prehistórico colombiano.
Entre la vegetación brumosa y el agua cristalina y fría de los ríos, detrás de los
primeros planos de helechos y parásitas, aparecen los caminos, las paredes y partes de
las terrazas de piedra de Ciudad Perdida. Sin embargo, no hay una sola foto que deje ver
claramente la disposición del lugar
arqueológico descrito en el texto, una sola foto
que muestre claramente qué es Ciudad Perdida.
"Sierra Nevada de
Santa Marta", escrito por Germán 1. Andrade, contempla la triste historia de un
coloso formado en cien millones de años que ahora ve su rina: razas en extinción, selvas
carcomidas, hombres y mujeres muriendo de manera absurda. "Lugares como este ya no
abundan en este continente joven y envejecido. Mientras en todo el mundo las sociedades
recorren sendas que desconocen el pasado, allí está la Sierra Nevada de Santa Marta, que
además de bellas imágenes guarda para la nación colombiana un patrimonio vivo. A ella
tendremos que volver los ojos, ojalá no para lamentar su pérdida irreparable, sino para
redescubrir los recursos naturales y culturales que serán la base del desarrollo
sostenido que necesitamos para todo el país".
Este capitulo lo abre una
fotografía de doble página, como para mural de restaurante suizo en algún pueblo
tropical, de esos en los que cuelgan unos viejos esquís de madera y venden platos de la
región preparados por tercera generación colombiana descendiente de exiliados durante la
guerra. Después hay una serie de fotografías de los alegres arhuacos, sonriendo,
mambeando, paseando. Paisajes de almanaque, áridos y fríos, con cielo azul y fondo
nevado, en los que alcanza uno a imaginarse el refugio turístico.
El texto sobre La Guajira
está escrito por Gerardo 1. Ardila. Localiza el lugar geográficamente, hace una
descripción de la posible teoría de su poblamiento, menciona los pueblos nómades que la
habitan, recrea sus tradiciones y deja en claro los términos en su propia lengua por y
para los que viven; sus actividades; los cultos, sus creencias, etc.
"En la Maku ira
está un arroyo que nunca se seca; de allí salieron los primeros hombres para poblar el
desierto. Muy cerca de este lugar está Aalas, donde hay grandes piedras en las que están
grabados los signos que identifican los clanes; a cada clan le toca uno. Los Wayúu
trabajan duro tejiendo, cuidando los rebaños, pescando, recogiendo la sal, buscando el
agua. Lo que debe hacerse y lo que puede pasar se sueña; los muertoslos
yoluja también se comunican con los vivos en los sueños. A veces les piden que
hagan una fiestayonna; entonces los guajiros danzan hasta el amanecer al ritmo
del tambor, la trompa o el maasi, reparten mucha carne y bebida. Los Wayúu viven y
trabajan intensamente sobre la arena y cuando se cansan, buscan refugio bajo ella.
Entonces su espíritu recorre el camino hacia Jeripa, que queda en el Cabo de la Vela,
para ingresar definitivamente al mundo de los yoluja, las palowi y los wantlrü: al mundo
de los muertos".
Al texto le siguen una
fotografía del desierto y una serie de imágenes de las salinas.
Las leyendas de
pie de foto son como si las musas se hubieran posado sobre cardos antes de cantar:
".. .en complicidad con su ventana, una mujer espera la llegada de barcas cargadas de
collares, perfumes y telas de colores". La fotografía muestra a una mujer joven que
sonríe al lente de Rouillard a través de una ventana en Nueva Venecia. "A ser
marineros no juegan los niños de Nueva Venecia porque no es un juego la vida. Su vida se
repite en el constante remar de la escuela a la casa, de la casa a la tienda, y de la
tienda a un puerto más grande, del que no regresan jamás".
El texto
de la ciénaga no está, y la parte gráfica de este sitio se halla incluida en el
capítulo "Santa Marta".
Decae notablemente el
trabajo del fotógrafo parisino, que, si bien nunca se acercó a nuestra cultura, tuvo la
sensibilidad y la técnica de un excelente fotógrafo en libros anteriores como Colombia,
en el que, además, no se dejó almibarar con textos como los del presente volumen.
El prólogo del libro
está firmado por Consuelo Cepeda, del que transcribo un poema con el que su autor
finaliza el milagro del país en que vivimos:
Que no se digan
más frases,
que el viento se lleve los murmullos,
que callen las voces vanas...
que aquí está Colombia en sensaciones y colores,
Colombia que habla con tinta-mar, cielo, montañas.
Colombia que habla mostrando y muestra soñando.
Esta Colombia que no alcanza a describirse con
palabras Y que todo se lo dice a las miradas.
ENRIQUE CASTRO