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Boletín Cultural y
Bibliográfico, Número
23, Volumen XXVII, 1990
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Anécdota, elemento
fundamental
País de cuento.
Varios autores
Tres Culturas Editores, Bogotá, 1989. 75 págs.
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La selección de
literatura infantil colombiana País de cuentos, realizada por la editorial Tres
Culturas, nos ofrece doce relatos de autores del presente siglo, quienes se han preocupado
más o menos expresamente por producir literatura para el público infantil y juvenil de
Colombia. La antología muestra una gama amplia de temas y maneras narrativas que permite
al lector intuir un universo literario prolijo y vital. Muchas generaciones han crecido
con el sentimiento íntimo de incongruencia al constatar la irrealidad de paisajes,
personajes y aconteceres en su propio espacio de posibilidad. En efecto, los molinos de
viento, los castillos y lacayos no se pueden experimentar de manera alguna, y la
sensación resultante es otra razón más que elabora un perfil de incertidumbre y
vacilación propio del hombre de nuestra cultura. Los autores seleccionados por Tres
Culturas, desde Santiago Pérez Triana y Porfirio Barba, los dos únicos fallecidos,
muestran un fuerte aliento de juventud y frescura que permite el indispensable
estado de identificación,
requisito de este género literario. No obstante, la inexistencia
de
una
auténtica tradición que se ocupe de la niñez en nuestro medio pesa ciertamente en la
factura de anécdotas no siempre transparentes y contagiosas, degustables con mayor
deleite por un estudioso de la literatura, o por un aficionado con criterios estéticos,
que por la inmediata avidez de un espíritu infantil.
El elemento
fundamental que distingue y califica a la literatura infantil es el asunto, la anécdota.
Esta característica supone, por tanto, una manera específica de expresión que sostenga
y permita el florecimiento de la acción y se convierta así en su instrumento. Se precisa
un lenguaje llano y directo y una conducción narrativa altamente controlada. El relato
oral de los abuelos se convierte así en un prototipo al cual acudir indefectiblemente.
Esta limpieza adorna relatos como Cuando las letras aes nos invitaron a jugar de
Miguel Ángel Pérez Ordóñez, en el cual el asunto, simple e ingenioso, consigue
estimular la imaginación y provocar una reflexión tanto más eficaz cuanto es presentada
con la mayor sutileza. La narración El testamento de Fo-Yao de Porfirio Barba
Jacob cuenta con todos los atributos propios de un precioso orfebre del lenguaje como el
poeta de Canción de la vida profunda, pero su capacidad de situarse al nivel
perceptivo de un niño que juzga severísimamente todo lo que lo rodea mediante unos
cánones precisos e inflexibles, no corresponde a la depuración de su lenguaje. Un
implacable juez de ocho años podría fallar en su contra sin terminar de leerla. Las
cortas narraciones de Jairo Aníbal Niño permiten el lujo simbólico de la parábola y
echan mano de la cotidianidad, recurso de alto riesgo, pero que en este caso es manejado
con seguridad por el autor. Celso Román nos cuenta una historia ejemplarizante que
transcurre al ritmo de una lógica fantástica muy precisa. Su propósito pedagógico se
empaña, quizá por la insistencia con que es abocado. La antología cuenta además con
los trabajos de Juan Manuel Roca, Leopoldo Berdella, Luis Darío
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Bernal, Alfonso Lobo
Amaya y Alvaro Morales Aguilar, y remata con una hermosa narración de Alberto López de
Mesa, altamente dramática, que contagia las peripecias y contradicciones de los perros
protagonistas y su Perro amor. Más cercana al ámbito de preferencias del público
púber y adolescente, esta historia concisa e intensa consigue conmover y sorprende con su
desenlace realista y cruel del que se eximen todas las anteriores historias, que quieren
mantener aún el dulce manto que separa la infancia de la severidad del mundo real.
Tres Culturas presenta
con éste el segundo de una serie de trabajos destinados a la niñez y a la temprana
juventud. Mediante una magnífica cubierta y una cuidadosa diagramación e ilustración
interna, trabajo de la artista Cristina Salazar con la colaboración de Alekos, los
editores nos entregan un trabajo esmerado. La necesidad de inflamar las infatigables
mentes infantiles colombianas con narraciones que se refieran a su propio mundo real y
afectivo, ha sido sentida y asumida por un amplio grupo de artistas y escritores, de los
cuales la presente selección es representativa. La tarea, recién comenzada, merece y
exige depuración y maduración.
RAFAEL MAURICIO MENDEZ
BERNAL
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