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La tribu del sapo y del conejo
Cartas del palomar
Fanny Buitrago
Carlos Valencia Editores, Bogotá, 1988.
94 págs.
Un niño de nombre Tomás
está pasando por una inacabable racha de acontecimientos entre trágicos y dichosos:
ha cumplido doce años, lo que le da derecho
a comportarse como un hombre serio y responsable; ha recibido de regalo, entre otros, una
bicicleta y un yeso en la pierna derecha como premio adicional; se ve sitiado diariamente
por las visitas de una "tribu" de pequeñas gentes irascibles y vehementes que
le exigen se comporte como un auténtico contador de historias, so pena de asedio sin
término fijo. y recibe constantemente Ħas cartas de una prima confidente, Laura, a las
que responde con toda diligencia. Este es el núcleo alrededor del cual giran las páginas
del libro Car
t
as del
palomar. de la escritora barranquillera Fanny Buitrago, obra con la cual incursiona
una vez más en el prolijo mundo de la literatura infantil.
A
lo largo de 94 páginas cuidadosamente ilustradas por Ivar da Coll, se desenvuelven los
pormenores de un conflicto con antecedentes ilustres en la literatura universal: un
personaje amenazado se ve en la necesidad de recurrir a su imaginación
para salir bien librado del peligro. Así, Tomás, como una moderna Sheherezada, cuenta y
cuenta relatos propios
y
ajenos a los "miembros de la tribu del sapo y el conejo", que lo presionan y le
exigen una constante dedicación y satisfacción a su necesidad de maravillas, tan
acusiosa en la infancia y tan superficialmente satisfecha por nuestras modernas usanzas
educativas. El libro se desarrolla, pues, a lo largo de dos planos claramente
diferenciales y estrechamente unidos: por una parte la relación epistolar entre dos personajes concretos y objetivos,
Tomás y Laura, en la que se refieren hechos y cosas pertenecientes al mundo de la
realidad comprobable. cotidiana y maravillosa, en gracia al oficio transformador de la
escritura, y por obra de su entrelazamiento permanente con un segundo plano de narración,
en donde el protagonista deja de tener un nombre propio para convertirste en la
universalidad de la imaginación y sus formas, siempre jóvenes e inagotables. Son seis
relatos que encajan su diversidad y su libérrima determinación espacial y temporal entre
los espolones firmes y determinados de una correspondencia de diez cartas que narran,
describen y sugieren una realidad precisa, con su tiempo y su espacio definido y
determinable. Gran parte de la riqueza del texto estriba precisamente en este
entrelazamiento que armoniza y cohesiona seres y acciones dedos universos diferentes.
Ahora bien: el hecho de intercalar un mundo anecdótico y específico en uno más amplio y
total, que no constituye mayor novedad en el amplísimo ámbito del oficio literario, en
el caso de Cartas del palomar adquiere especial realce, puesto que responde
efectivamente a un desafío inicial, a saber: ser un libro infantil, estar
escrito para niños y representar para ellos la
opción de búsqueda de ensoñaciones y juegos. La narración intercalada, conservándose
en su estructura, tendría que llegar a ser simple y elemental, consiguiendo, por tanto,
ser absuelta por la inapelable inteligencia de los niños. Existe una gran diferencia
entre un libro que reúna o antología un conjunto de cuentos, de uno o varios autores, y
un libro de cuentos que en su conjunto se comporte como un relato en si mismo, en el que
la noción de unidad narrativa prevalezca sobre cualquier otro tipo de unidad
"exterior". Cuando nos enfrentamos a una obra construida como totalidad, así
cada una de sus partes sea íntegra por propia naturaleza, es la integración orgánica la
que predomina. Carias del palomar es un trabajo en el que una historia cotidiana y
específica engarza a otras, maravillosas y fantásticas, alrededor de un eje de
aconteceres muy precisos. En principio se trataría de equilibrar y coadyuvar la magnitud
y el brillo de unas y otras, de tal manera que, así como en una obra musical armonía y
melodía se integran y diferencian dinámicamente, el peso de una no ofusque ni minimice a
La otra. La intención unificadora, verificable en principio, no se avendría con un
tratamiento en el que, lo prioritario fuese una cosa u otra, para lo cual el plano de
relación epistolar, objetivo y cotidiano, tendría que cargarse con la fuerza mágica que
las narraciones por sí mismas tienen.
Fanny Buitrago ha
mostrado en su trabajo un ostensible deseo de recuperar el espacio perdido por la
literatura frente a los medios sociales de comunicación. El afán de procurar al niño
una posibilidad lúdica suficientemente apasionante que le permita optar frente al mundo
de las comunicaciones masivas, se ve reforzado con firmeza en las páginas de Cartas
del palomar.
RAFAEL MAURICIO MÉNDEZ B.
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