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Trabajos de llano
Ensayos orinoquenses
María Eugenia Romero
Orinoquia siglo XXI, Bogotá, 1988, 13 págs.
Este volumen reúne diez
artículos y un apéndice bibliográfico escritos entre 1972 y 1988, previamente
publicados en revistas y periódicos interesados en la temática de los Llanos Orientales
y de la Orinoquia. Están presentados en cuatro secciones:
1. Demografía y poblamiento; II. El Estado en la Orinoquia colombiana; III. La Orinoquia
colombiana: sociedad y tradición musical; IV. Bibliografía sobre cronistas y viajeros de
los Llanos Orientales de Colombia: siglos XVIII y XIX.
Aunque los enfoques y
gran parte de la información etnográfica y estadística han perdido vigencia, en su
momento fueron indicadores únicos para muchos de los temas tratados por la autora. En
algunos de ellos, puede decirse que la antropóloga Romero atisbó con anticipación
perfiles que hoy recoge la investigación social:
El movimiento guerrillero
acaecido en los Llanos Orientales [sic], y el cual cubrió el departamento del Meta. la
hoy prefectura de Casanare y parte de los llanos del Vichada, debería merecer la
atención de investigadores sociales para analizar sus móviles y consecuencias [pág.
201].
Esta
es una temática que ha empezado a ser abordada, aunque desconocemos si en relación o no
con la sugerencia de Romero en 1972. Otro tanto hay que decir de la propuesta de
investigar el problema de la aplicación del derecho penal colombiano a las minorías
étnicas de los Llanos, que ha suscitado foros conjuntos de juristas, indígenas y
antropólogos.
La autora empieza
señalando las repercusiones que la violencia
(y otras causales migratorias) de los decenios del 40 y del 50 en la zona andina ha tenido
en la colonización del Ariari, de la Macarena y de la comisaría del Guaviare. Destaca el
papel de entidades como la Caja Agraria, la Fac, y posteriormente el Incora, en la
promoción de estas colonizaciones que hoy en día son fuente de innumerables conflictos
sociopolíticos. Ya para ese momento (1972)
constatado
impacto (deforestación y consiguiente deterioro
de fuentes de agua, agotamiento de recursos) que sobre los ecosistemas piedemontanos ha
tenido ese proceso de migración interna. Estas informaciones son complementadas con una
panorámica de la distribución espacial de la población indígena y su relación con los
asentamientos de colonos, vigente para
1973
.
En sus artículos, Romero
se empeña en diagnosticar y proponer perspectivas para el desarrollo de la Orinoquia. Sus
ideas pueden sintetizarse en lo siguiente:
a) Falta de un
"propósito nacional" para la acción estatal en la región.
b)
"Improvisación" en la acción estatal, en especial en materia de
infraestructuras, e insuficiencia de éstas para la recepción de flujos migratorios.
c) Duplicidad de
funciones de las agencias estatales, que obstaculiza la ejecución de los programas.
d) Los planes para nuevos
asentamientos "deben tener en cuenta la idiosincrasia de los grupos interesados,
tanto nativos como migrantes y las perspectivas económicas reales" (pág. 34).
Por otra parte, llama la
atención acerca de que "el modo de vida y [la] alimentación [de los indígenas] ha
sido cambiado parcial o casi totalmente", y se manifiesta contraria a asumir
posiciones "conservacionistas", aunque exterioriza su alarma frente al cambio.
El análisis del Estado
en la Orinoquia es enfocado como la presencial ausencia, eficacia/ineficacia de los
aparatos administrativos de los
diferentes
sectores de la gestión pública, en una perspectiva cronológica. En ese contexto enmarca
el carácter de "marginalidad" de la región, adquirido desde el colapso de las
haciendas jesuíticas y reforzado por las guerras civiles del siglo XIX. Reconoce que esta
"marginalidad" es compartida por otras regiones del país, pero tiende a
explicarla más como resultado de voluntades políticas que como expresiones de
determinada estructura económica y social: tal "marginalidad" desaparecería si
la política estatal fuera menos centralista, menos "andina" y, sobre todo, si
hubiese un "propósito nacional", frente a la Orinoquía, sugiere la autora
(pags. 40-46). Por ello no deja de sorprender que al mismo tiempo afirme que ha habido un
"proceso de integración a la nación de los territorios de la Orinoquia" (pág.
46), aunque "sin directices gubernamentales", como si se tratase de un proceso
acabado, eliminada la frontera interior, desmarginalizada la región.
No se considera, por otra
parte, el papel desempeñado por la economía de la coca en la modificación de la
frontera agropecuaria y, principalmente, en la concentración de la propiedad territorial
en las zonas de vieja y nueva colonización. Sólo una vez se menciona la necesidad de
reflexionar sobre un posible papel de la "economía subterránea" (pág. 47).
Dos conceptos aparecen .
en las indagaciones de Romero sobre la economía y la sociedad orinoquenses: economía extractivista y sociedad de
colonización. El estilo de los escritos, fluctuando entre la intención historiográfica,
el periodismo regional y el documento reivindicativo, oscurece la comprensión del punto
de vista de la autora sobre estos conceptos. Así, no aparece claro el lugar histórico de
la evolución de. la ganadería en esa economía extractivista, ni su articulación con la
agricultura piedemontana y el comercio fluvial. Tampoco, si la actual agricultura
capitalista mecanizada tiene alguna relación con los procesos precedentes.
Por otro lado, la
"sociedad de colonización" orinoquense es definida como la coexistencia de tres
categorías sociorraciales: llaneros, colonos
e indios. La de los llaneros corresponde a los "colonos
antiguos", descendientes de las primeras mezclas de lo español y lo indio, dedicados
principalmente a los trabajos de llano. La de los colonos se refiere a los
"colonos recientes", es decir, a los establecidos durante los procesos
migratorios de la segunda mitad del siglo XX, quienes se dedican a la agricultura de
subsistencia en las vegas, contribuyendo al sostenimiento de la fuerza de trabajo de las
haciendas ganaderas. Finalmente, la de los indios, descendientes de los antigüos
pobladores de caños y sabanas, sálivas y achaguas, cuibas y sucuanis, que después de
deambular como cazadores-recolectores u horticultores itinerantes, o huyendo de las
persecuciones, han empezado a sedentarizarse y a adoptar formas económicas como la
ganadería.
Esa visión por lo
demás compartida por muchos investigadores resulta muy limitada actualmente. Oculta
y "suaviza" la estructura de clase sobre la que se sustenta la trilogía en
conflicto, al proponer unas categorías de base histórico-cultural-territorial. Excluye
del esquema de "sociedad" a los terratenientes-ganaderos, quienes aparecen en la
periferia del esquema designados como los blancos, los dueños "criollos"
de la tierra que a veces asisten a los parrandos y hasta regalan "mamonas" para
la peonada. Además, dificulta la comprensión de la transformación de algunos sectores
"llaneros" en burguesía agroindustrial, el sector de más rápido desarrollo en
el llano colombiano de hoy.
El volumen concluye con
una amplia recreación de las tradiciones musicales llaneras. La autora muestra cómo la
poesía, la música, los instrumentos, se desarrollaron en estrecha relación con el
trabajo en hatos y haciendas. Pero más que con el trabajo, con el ambiente, con el
microuniverso que la vida social del hato encierra: de la esforzada faena a la evocadora
reunión vespertina de la peonada, o al abigarrado conjunto de la romería con virgen
patrona, común a varias regiones llaneras.
Romero
llama la atención sobre algunas fiestas de santos patronos
cristianos, que, de eventos pluriculturales
ritualizados muy precisamente, se han venido transformando en simples ferias comerciales
de ganaderos y peones, de las que se han borrado sus ceremonias más identificadoras y en
las que, por el contrario, se esfuerzan sus oficiantes por ocultar todo nexo con su
"indianidad". Examina para ello, en particular, una celebración de la fiesta de
La Candelaria en Orocué, que resulta muy ilustradora de lo dicho.
Versificación de
galerones, corríos, lloraos y contrapuntos; golpes de cuatro y bordoneos de arpas; temas
de sabana, de matas de monte y de caños, de seres del día y de la noche, de la tormenta
y del verano, presentes en el complejo histórico-literario-musical de estas tradiciones
llaneras, son definidos y descritos por la autora con minucioso y sonoro gusto, una muy
grata manera de conducirnos al final del volumen.
MARIANO USECHE LOSADA
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