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Tosquedad de diez años
Erosión
Adolfo Chaparro Amaya
Ediciones Arbol de Tinta, Bogotá, 1988
El entusiasmo deriva en
lo incierto. Viene esta idea en glosa a los versos de un joven poeta, su libro Erosión,
y su nombre Adolfo Chaparro Amaya, libro que se presenta al lector como un compendio
de los poemas escritos
entre 1977 y
1988. Tiene varias secciones, entre las cuales sobresalen las dedicadas (y encontradas) a
Oriente y Occidente, a la mujer y a (esas otras mujeres) las guitarras. Un epígrafe de
José Lezama Lima, que dice:
Esa es nuestra morada
La pureza que se recibe
Y la siniestra semilla que se
hunde
Cuanto
ahora puede decirse es, inicialmente, que los poemas demuestran una creación continua y,
ciertamente, apasionada; y luego, que son más los propósitos que las realizaciones. Un
calificativo: "expresión desgarrada", aunque por juvenil y ciertamente ingenua,
que anuncia un párrafo de la contraportada: "En la tormenta la expresión poética
abunda y válida es en cuanto concita pero es el poema el que resiste los viajes y la
brújula los centros donde cl espíritu quiere la armonía recóndita y necesaria para
musicalizar la vida y deshilvanar laberintos". Como en el párrafo transcrito, lo que
dicen los versos es equívoco, no obstante ser la fuerza su primera virtud.
Quiero consignar mi
creencia en el sistema de las generaciones, siendo este libro muestra del trabajo, la
sensibilidad y el horizonte de la que más recientemente ha saltado al escenario de la
creación poética en Colombia. No lo tomo como paradigma, aunque si como señal, y ésta
es del desencanto real, casi de una agonía que impone una pregunta: ¿Hay un olvido de lo
que es el poema como ente primero del lenguaje, como estructura de arte, como contagio de
la emoción por las palabras y de la expresión por la emoción? Plasmar directamente
pensamientos, estados de ánimo, anécdotas, imaginaciones o imágenes no es ni el poema
ni la poesía, aunque haya una auténtica como en este caso cercanía a ella.
Los versos de Chaparro
Amaya no son fáciles (tampoco difíciles) sino casi ajenos voluntariamente a la lectura:
La paroxística es el arte de tronchar el cristal
con el soplo trenzado de los
cuerpos
palpar lentamente las peripecias del misterio
adivinar los caracteres del libro vivo
impreso en miméticos pétalos de
tiempo
Sin reparos abrí los laberintos de esta turbia
pasión anacoreta decliné mi fastidio uteral
erosionado por esa mirada suya distante,
intransigente, enfrascada en un vacío
tramposo donde se cuecen fogosos ventarrones
inhalados por el festín que ofrece mi corazón de
paja a sus designios.
El entusiasmo deriva
en la equivocación, como de buenas intenciones está hecho el camino que lleva al
infierno. Una construcción verbal no es una estructura verbal, aunque aquí la inicial
postura es presenciar el misterio, buscar lo misterioso (donde habitan el caos y lo
ancestral) y elevarlo casi hasta lo magnifico. Hay poemas que quieren trajinar con cierta
sabiduría ancestral, citando nombres del mito y ¡a leyenda, contactos con la oscuridad
como en el recuadro "Extracto a las instrucciones de un vidente en el año
1944":
1. Quemar los
naipes.
2. Desifrar el cielo.
3. Entrar las espaldas.
4. Cruzar rampante los circuitos suásticas.
5. Vaciar el golem sin romperlo, como un huevo.
6. Apagar la vigilante mirada sin mirarla y ya, frente afrente,
en los interludios del sínodo inclemente
7. Secretar en los oídos del Führer las órdenes precisas
para explorar su propio monasterio.
En la
ciencia de la poesía hay dos términos: intención y ejecución, que cuando
coinciden hacen al poeta. Claro es que en este caso no hay tal coincidencia. Hay afán.
Poemas que quisieran agredir casi físicamente con cosas como alusiones al demonio, a
zonas bajas de la existencia, que no
son las del dolor sino las de ¡a miseria, en gesto que por locuaz acaba en inocuo,
imágenes que recuerdan ciertas lecturas juveniles como (lo traigo a cuento sin relación)
El lobo es: estepario, afán de esoterismo y de exorcismo, casi alucinación y
huida de la vida, aunque valga la verdad están la urgencia y los lazos
cordiales, como en el poema que abre el libro, maestro:
¿Si un recipiente vuelca con
intención el zumo de su ¡rama y trastoca los hilos apelmazados en fusión innata,
cuál es el matiz genérico que revela las matrices donde el motor inamovible disefía la
inocencia en su inicial impulso ironizada?
Poesía, digamos, tosca,
la de este poemario que consigna diez años de labor; más irracional que subjetiva, más
desmedida que contenida, a pesar de la laudable confianza en la vía del verso para
descifrar la vida; más agresiva que rebelde y más cargada que despojada. Por lo dicho,
he pensado en el tema de las generaciones, no tanto en cuanto a su recepción del pasado
como en cuanto a su legado al porvenir.
Esta, la obra consignada
en Erosión, en uno de cuyos versos dice:
"Antes de salir he de cancelar los odres
donde bebió sin tasa mi soledad tirana", tal vez concilie amor y destrucción.
Invasora o invadida, se presenta finalmente como literaria en su deseo de expresar lo
exhausto, dentro de sentimientos y motivos que claramente son también literarios.
JAIME GARCIA MAFFLA
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