Boletín Cultural y Bibliográfico, Número 22. Volumen XXVII, 1990 


Tosquedad de diez años


Erosión
Adolfo Chaparro Amaya
Ediciones Arbol de Tinta, Bogotá, 1988

El entusiasmo deriva en lo incierto. Viene esta idea en glosa a los versos de un joven poeta, su libro Erosión, y su nombre Adolfo Chaparro Amaya, libro que se presenta al lector como un compendio de los poemas escritos entre 1977 y 1988. Tiene varias secciones, entre las cuales sobresalen las dedicadas (y encontradas) a Oriente y Occidente, a la mujer y a (esas otras mujeres) las guitarras. Un epígrafe de José Lezama Lima, que dice:

Esa es nuestra morada
                        La pureza que se recibe
                      Y la siniestra semilla que se
                   hunde

 Cuanto ahora puede decirse es, inicialmente, que los poemas demuestran una creación continua y, ciertamente, apasionada; y luego, que son más los propósitos que las realizaciones. Un calificativo: "expresión desgarrada", aunque por juvenil y ciertamente ingenua, que anuncia un párrafo de la contraportada: "En la tormenta la expresión poética abunda y válida es en cuanto concita pero es el poema el que resiste los viajes y la brújula los centros donde cl espíritu quiere la armonía recóndita y necesaria para musicalizar la vida y deshilvanar laberintos". Como en el párrafo transcrito, lo que dicen los versos es equívoco, no obstante ser la fuerza su primera virtud.

Quiero consignar mi creencia en el sistema de las generaciones, siendo este libro muestra del trabajo, la sensibilidad y el horizonte de la que más recientemente ha saltado al escenario de la creación poética en Colombia. No lo tomo como paradigma, aunque si como señal, y ésta es del desencanto real, casi de una agonía que impone una pregunta: ¿Hay un olvido de lo que es el poema como ente primero del lenguaje, como estructura de arte, como contagio de la emoción por las palabras y de la expresión por la emoción? Plasmar directamente pensamientos, estados de ánimo, anécdotas, imaginaciones o imágenes no es ni el poema ni la poesía, aunque haya una auténtica —como en este caso— cercanía a ella.

Los versos de Chaparro Amaya no son fáciles (tampoco difíciles) sino casi ajenos voluntariamente a la lectura:

La paroxística es el arte de tronchar el cristal
con el soplo trenzado de los
cuerpos
palpar lentamente las peripecias del misterio
adivinar los caracteres del libro vivo
impreso en miméticos pétalos de tiempo
Sin reparos abrí los laberintos de esta turbia 
pasión anacoreta decliné mi fastidio uteral 
erosionado por esa mirada suya distante, 
intransigente, enfrascada en un vacío 
tramposo donde se cuecen fogosos ventarrones
inhalados por el festín que ofrece mi corazón de 
paja a sus designios.

El entusiasmo deriva en la equivocación, como de buenas intenciones está hecho el camino que lleva al infierno. Una construcción verbal no es una estructura verbal, aunque aquí la inicial postura es presenciar el misterio, buscar lo misterioso (donde habitan el caos y lo ancestral) y elevarlo casi hasta lo magnifico. Hay poemas que quieren trajinar con cierta sabiduría ancestral, citando nombres del mito y ¡a leyenda, contactos con la oscuridad como en el recuadro "Extracto a las instrucciones de un vidente en el año 1944":

1. Quemar los naipes.
2.
Desifrar el cielo.
3.
Entrar las espaldas.
4.
Cruzar rampante los circuitos suásticas.
5.
Vaciar el golem sin romperlo, como un huevo.
6.
Apagar la vigilante mirada sin mirarla y ya, frente afrente,
en los interludios del sínodo inclemente
7.
Secretar en los oídos del Führer las órdenes precisas
para explorar su propio monasterio.

En la ciencia de la poesía hay dos términos: intención y ejecución, que cuando coinciden hacen al poeta. Claro es que en este caso no hay tal coincidencia. Hay afán. Poemas que quisieran agredir casi físicamente con cosas como alusiones al demonio, a zonas bajas de la existencia, que no son las del dolor sino las de ¡a miseria, en gesto que por locuaz acaba en inocuo, imágenes que recuerdan ciertas lecturas juveniles como (lo traigo a cuento sin relación) El lobo es: estepario, afán de esoterismo y de exorcismo, casi alucinación y huida de la vida, aunque —valga la verdad— están la urgencia y los lazos cordiales, como en el poema que abre el libro, maestro:   ¿Si un recipiente vuelca —con intención— el zumo de su ¡rama y trastoca los hilos apelmazados en fusión innata, cuál es el matiz genérico que revela las matrices donde el motor inamovible disefía la inocencia en su inicial impulso ironizada?

Poesía, digamos, tosca, la de este poemario que consigna diez años de labor; más irracional que subjetiva, más desmedida que contenida, a pesar de la laudable confianza en la vía del verso para descifrar la vida; más agresiva que rebelde y más cargada que despojada. Por lo dicho, he pensado en el tema de las generaciones, no tanto en cuanto a su recepción del pasado como en cuanto a su legado al porvenir.

Esta, la obra consignada en Erosión, en uno de cuyos versos dice:   "Antes de salir he de cancelar los odres donde bebió sin tasa mi soledad tirana", tal vez concilie amor y destrucción. Invasora o invadida, se presenta finalmente como literaria en su deseo de expresar lo exhausto, dentro de sentimientos y motivos que claramente son también literarios.

JAIME GARCIA MAFFLA