Boletín Cultural y Bibliográfico, Número 22. Volumen XVIII, 1990 


A la sombra de lo documental


Páginas de un desconocido
Joaquín Mattos Omar
Fundación Simón y Lola Guberek, 
Bogotá, 1989, 134 págs.

Páginas de un desconocido es el segundo libro de Joaquín Mattos Omar (Santa Marta, 1960), un joven y expectante escritor, director del plegable literario El Comején, de quién la Editorial Ulrika ya había publicado un poemario (Noticias de un hombre, 1988).

Concebidas, visiblemente, bajo la situación desprevenida de no querer ocasionar mayor conmoción —con una apacible visión del mundo— encierran estas breves y flexibles páginas el asombro ligero de un hombre que solo, domésticamente, mira con imparcialidad el universo circundante, y no aquel de quien directamente padece. Una tímida contemplación a la que sin duda debemos su amenidad: "Tendida la ciudad debajo de una leve llovizna, la recorro con moroso deleite".

Aunque imaginativas y en ciertos momentos poéticas, son estas líneas el fruto de una cacería, quizá involuntaria, de situaciones inesperadas de donde, podríamos decirlo, les proviene el humor llano, sin soma, de la cotidianidad. Una casa de vecindad (pág. 16) es una buena muestra, y por supuesto su moraleja: "No basta ser un ciudadano de bien, si se es un ciudadano de malas".

Una ironía suave que, como una toma de aire a lo largo del libro, nos va reanimando en medio de la forma de estas estampas: depurada y de un rigor excesivo, aun cuando su estilo aparezca espontáneo y prudente en ciertos pasajes.

Si bien el libro está dividido en tres partes —Narraciones breves, Cuatro Crónicas, Página de un Desconocido—, la atmósfera narrativa de Joaquín Mattos es monotemática; gira alrededor de un mismo episodio: "Las preocupaciones, inquietudes y experiencias" de un hombre que desde su ventana (digámoslo así) toma apuntes sueltos con un bolígrafo.

Medio íntimos e ingeniosos, medio experimentales, para leer sin desasosiego, siguen estos bocetos la orientación de lo anecdótico: la palabra que llega, pasa y se va, pero que sin embargo nos deja sesgada la sonrisa:

Qué bella esa mujer que pasa por allí...
— ¿Cuál?
— No, ya para qué: ya pasó.
— Como la vida, Antonio...

Aquí las cosas están dispuestas a favor de la percepción inofensiva de lo exterior, a pesar de que a veces uno "queda rigurosamente a solas consigo mismo". El libro está lleno de ejemplos: Hay en él las reflexiones de un hombre que recorre las ciudades y, en efecto, más de "un anodino incidente callejero".

No obstante, estos "intrascendentes episodios" ("Acaso estos hechos oculten alguna armonía, alguna belleza"), contemplados a vuelo de ojo, sin pretensiones, tienen aquí ánimo literario y, ciertamente, algún renglón se transmuta en materia poética. Desde luego, una poesía de porte leve, ingrávida, tal vez por erigir asombros allí donde difícilmente los hay. Me refiero a apuntes de este corte:

Los muertos, parias entre los 
parias, temibles animales nocturnos, 
mucho más temibles que los lobos...

O como este otro:

Conocedora de la minada de apetitosas 
criaturas que lo pueblan, la araña arroja 
al aire, todos los días, con puntualidad, su 
finísima y sigilosa red, que nunca falta.
¡ Qué depurada su destreza, cuánta su constancia!

"¡Pero también está la alegría de escribir!", que en Joaquín Mattos es densamente emotiva, y favorecida, además, por un acento de plena convicción. Aquí, en su estilo, es donde nos trasmite la certeza de estar frente a un escritor. Un escritor de tono elocuente y pausado, que actúa siempre bajo una embelesada ambición documental, y que nos puede hacer pensar en Alvaro Cepeda Samudio, en sus primeros escritos.

Como Jacques Gilard lo subrayó de Cepeda, también en Joaquín Mattos, "en su afán de escribir, la literatura y el comentario parecen compartir su preferencia". (Aunque en sentido inverso, ya que en Cepeda la literatura está en función del comentario, mientras que en Mattos el comentario revolotea en torno a lo literario).

Al igual que Cepeda Samudio, Mattos "trata de aprehender su realidad con métodos propios, a través de los esquemas impuestos".

Una técnica que parece encauzar todo hacia lo noblemente ingenioso, y que les da a estas estampas un semblante raro, casi artificioso.

Se dirá que esta apariencia mecánica, este imprimir imágenes en esquemas preestablecidos o, lo que es lo mismo, este llevar la imagen, fresca y lozana, al bruñidor, desemboca inevitablemente en la esterilidad, como es natural, si pensamos en el agotamiento del tema. Pero en Páginas de un desconocido, en sus tres partes, esta fisonomía se ve enriquecida merecidamente, hasta el punto de otorgarles a estas líneas talla y singularidad.

Cálidas, de inusitada imaginación, entre la ironía y la afección... "En fin, creo que ‘estas páginas’ cultivan puntualmente su juventud...".

 

GUILLERMO LINERO M.