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A la sombra de lo documental
Páginas de un desconocido
Joaquín Mattos Omar
Fundación Simón y Lola Guberek,
Bogotá, 1989, 134 págs.
Páginas de un desconocido es
el segundo libro de Joaquín Mattos Omar (Santa Marta, 1960), un joven y expectante
escritor, director del plegable literario El Comején, de quién la Editorial Ulrika ya
había publicado un poemario (Noticias de un hombre, 1988).
Concebidas, visiblemente,
bajo la situación desprevenida de no querer ocasionar mayor conmoción con una
apacible visión del mundo encierran estas breves y flexibles páginas el asombro
ligero de un hombre que solo, domésticamente, mira con imparcialidad el universo
circundante, y no aquel de quien directamente padece. Una tímida contemplación a la que
sin duda debemos su amenidad: "Tendida la ciudad debajo de una leve llovizna, la
recorro con moroso deleite".
Aunque imaginativas y en
ciertos momentos poéticas, son estas líneas el fruto de una cacería, quizá
involuntaria, de situaciones inesperadas de donde, podríamos decirlo, les proviene el
humor llano, sin soma, de la
cotidianidad.
Una casa de vecindad (pág. 16) es una buena muestra, y por supuesto su moraleja:
"No basta ser un ciudadano de bien, si se es un ciudadano de malas".
Una ironía suave que,
como una toma de aire a lo largo del libro, nos va reanimando en medio de la forma de
estas estampas: depurada y de un rigor excesivo, aun cuando su estilo aparezca espontáneo
y prudente en ciertos pasajes.
Si bien el libro está
dividido en tres partes Narraciones breves, Cuatro Crónicas, Página de un
Desconocido, la atmósfera narrativa de Joaquín Mattos es monotemática; gira
alrededor de un mismo episodio: "Las preocupaciones, inquietudes y experiencias"
de un hombre que desde su ventana (digámoslo así) toma apuntes sueltos con un
bolígrafo.
Medio íntimos e
ingeniosos, medio experimentales, para leer sin desasosiego, siguen estos bocetos la
orientación de lo anecdótico: la palabra que llega, pasa y se va, pero que sin embargo
nos deja sesgada la sonrisa:
Qué
bella esa mujer que
pasa
por allí...
¿Cuál?
No, ya para qué: ya pasó.
Como la vida, Antonio...
Aquí las
cosas están dispuestas a favor de la percepción inofensiva de lo exterior, a pesar de
que a veces uno "queda rigurosamente a solas consigo mismo". El libro está
lleno de ejemplos: Hay en él las reflexiones de un hombre que recorre las ciudades y, en
efecto, más de "un anodino incidente callejero".
No obstante, estos
"intrascendentes episodios" ("Acaso estos hechos oculten alguna armonía,
alguna belleza"), contemplados a vuelo de ojo, sin pretensiones, tienen aquí ánimo
literario y, ciertamente, algún renglón se transmuta en materia poética. Desde luego,
una poesía de porte leve, ingrávida, tal vez por erigir asombros allí donde
difícilmente los hay. Me refiero a apuntes de este corte:
Los muertos, parias
entre los
parias, temibles animales nocturnos,
mucho más temibles que los lobos...
O como este otro:
Conocedora de la minada
de apetitosas
criaturas que lo pueblan, la araña arroja
al aire, todos los días, con puntualidad, su
finísima y sigilosa red, que nunca falta.
¡ Qué depurada su destreza, cuánta su constancia!
"¡Pero también
está la alegría de escribir!", que en Joaquín Mattos es densamente emotiva, y
favorecida, además, por un acento de plena convicción. Aquí, en su estilo, es donde nos
trasmite la certeza de estar frente a un escritor. Un escritor de tono elocuente y
pausado, que actúa siempre bajo una embelesada ambición documental, y que nos puede
hacer pensar en Alvaro Cepeda Samudio, en sus primeros escritos.
Como Jacques Gilard
lo subrayó de Cepeda, también en Joaquín Mattos, "en su afán de escribir, la
literatura y el comentario parecen compartir su preferencia". (Aunque en sentido
inverso, ya que en Cepeda la literatura está en función del comentario, mientras que en
Mattos el comentario revolotea en torno a lo literario).
Al igual que Cepeda
Samudio, Mattos "trata de aprehender su realidad con métodos propios, a través de
los esquemas impuestos".
Una técnica que parece
encauzar todo hacia lo noblemente ingenioso, y que les da a estas estampas un semblante
raro, casi artificioso.
Se dirá que esta
apariencia mecánica, este imprimir imágenes en esquemas preestablecidos o, lo que es lo
mismo, este llevar la imagen, fresca y lozana, al bruñidor, desemboca inevitablemente en
la esterilidad, como es natural, si pensamos en el agotamiento del tema. Pero en Páginas
de un desconocido, en sus tres partes, esta fisonomía se ve enriquecida merecidamente,
hasta el punto de otorgarles a estas líneas talla y singularidad.
Cálidas, de inusitada
imaginación, entre la ironía y la afección... "En fin, creo que estas
páginas cultivan puntualmente su juventud...".
GUILLERMO LINERO M.
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