Boletín Cultural y Bibliográfico, Número 22. Volumen XXVII, 1990 


Las preguntas y las respuestas de Andrés Holguín


La prequnta por el hombre
Andrés Holguín
Plaza y Janes, Bogotá, 1988, 185 págs.

En nuestros días, la enseñanza de la filosofía se ha vuelto demasiado técnica, de modo que ese carácter pedante y académico la deforma, al alejarla de la historia contemporánea y de la existencia individualmente considerada. Se estudia filosofía desde el punto de vista de la información erudita y se escribe sobre ella conociéndola como una especulación docta e inocua, cuando no se trata de la aniquilación de toda filosofía, al convertirla en un sociologismo vulgar.

Como humanista y como poeta que vivenció todo lo aprendido, Andrés Holguín se negó siempre a encarnar un personaje intelectual adocenado y ala moda. Por eso sus escritos surgieron siempre de experiencias vividas con intensidad (viajes, amores, problemas políticos y sociales, autores amados con pasión). La pregunta por el hombre, su último ensayo, no es la excepción a esta concepción de la escritura. Es la culminación de sus búsquedas. supremas; el balance total de lo interiorizado en una existencia que se planteó, desde muy temprano, como una investigación vital y que, seguramente presintiendo la cercanía de la muerte, se enfrentó de manera directa, sencilla y radical, con los aspectos definitorios del hombre y su proceso de humanización. Se trata de un libro de madurez, donde se plantean solamente las preguntas que más abarcan las cuestiones fundamentales relacionadas con el surgimiento, transformación y afianzamiento de la especie humana.

Sin pretensiones de "filósofo" innovador y con la libertad y la sobriedad del ensayista moderno, templado y acendrado en el amoroso estudio de los clásicos griegos y de los más representativos autores de la modernidad, Holguín se dirige, especialmente, a un lector con conflictos primordiales acerca de los verdaderos orígenes del hombre y de las características de su proceso de superación, desechando críticamente, y con base en los descubrimientos del evolucionismo científico, del vitalismo y el transformismo, todos los mitos obstructivos, consoladores y narcicísticos que han retardado, desviado o llevado al fracaso las aspiraciones del hombre a una liberación efectiva, dentro de sus posibilidades naturales e históricas. Los avances en la concepción del hombre, siempre han tenido que luchar contra lo que podríamos llamar el narcisismo de la especie. Cuando Galileo comprueba que la Tierra gira alrededor del Sol y que el sistema solar es como una partícula perdida en la inmensidad espacial, gran parte de la resistencia contra sus descubrimientos surge de que éstos destruían la ilusión de que el hombre era el centro del universo y de que todo habla sido creado para su servicio como criatura predilecta de Dios. Después, Freud descubre el inconsciente y acaba con la ilusión consoladora de un hombre racional que elige su vida a la manera de un semidiós, planteando que el inconsciente es el destino de cada cual. Aparece Marx y describe un hombre que es el resultado necesario de una estructura social de clases en conflicto y que piensa según como trabaja y vive, cuestionando así las pretensiones a históricas del espiritualismo y de todo idealismo. Surge Nietzshe y demuele el dualismo cristiano, afianzando la integridad vital del hombre y fundando una moral en función de la superación de la especie y en la que es imposible juzgar para condenar o salvar y anuncia la "muerte de Dios". ¿Y qué decir de las ciencias naturales, en donde sólo se descubren leyes obligatorias y determinaciones que se extienden y entrelazan en todas direcciones? La cultura de la modernidad ha relativizado las pretensiones narcisistas del hombre y lo ha situado dentro de la naturaleza como un animal altamente evolucionado, cuyo poder efectivo cuenta ante todo como especie, como sociedad y como coyuntura histórica, pero que en su soledad y en su individualismo arrogante conoce la impotencia y la insignificancia. Esos son los aspectos que con mayor fuerza y agudeza destaca Andrés Holguín, desde su posición de individualidad independiente y crítica pero siempre en función de lo social. El envejecido humanismo aislado y abstracto que embellece consoladoramente su naturaleza o pretende renegar de ella y de la historia en que está inmerso, por una parte, y las supersticiones religiosas, por otra, son sometidas a una implacable crítica en La pregunta por el hombre. Ese hecho es tanto más valeroso y eficaz, si tenemos en cuenta que este ensayo se dirige específicamente a las sociedades hispanoamericanas, caracterizadas por una ausencia sensible de tradición científica y filosófica, por un fracaso de la influencia renacentista y de la Revolución Francesa y por tozudos y todavía muy extendidos rezagos medievales.

Como intelectual imbuido por un equilibrado escepticismo, Andrés Holguín prefiere plantear otra pregunta y quedarse en la duda, cuando se da cuenta de que es prematuro intentar una respuesta. En su ascética sencillez, su libro plantea "más preguntas que respuestas definitivas"; y es ese hecho el que le da ese tono de autenticidad y de honestidad irreductible. El saber preguntar acertada y oportunamente es ya una manera de vislumbrar posibilidades y respuestas objetivas.. Una verdadera pregunta encauza toda una investigación hacia perspectivas de superación, así corno una pregunta mal planteada la desvía y falsea. Andrés Holguín lo sabe muy bien, y por eso sus preguntas indagan acerca de los fundamentos, situando las cuestiones en un ámbito transgresor que abre ambiciosos horizontes. Sus preguntas son progresivas, en el sentido de que se van desplegando paulatinamente a medida que la descripción avanza, hasta abordar cuestiones definitorias que, como él dice, son las que, en su difícil elementalidad, abarcan a todos los hombres. Cuando Holguín intenta una respuesta a preguntas capitales como «¿qué es, quién es el hombre?", sabe también que la respuesta no puede ser única e inmediata, sino que es una respuesta que se va esbozando y ramificando por etapas. Redescubre así cómo el hombre se va diferenciando progresivamente de sus antepasados y hermanos entrañables, los animales, porque no es posible situar al hombre fuera de la naturaleza "en un estatua completamente nuevo", como lo pretenden las religiones. Los animales han sido subestimados o despreciados por las posiciones que pretenden una ascendencia sobrenatural, pero lo cierto es que en los animales hay un principio de libertad ("escogen su pareja y su comida", lo que les confiere cierta imprevisibilidad), e incluso se puede hablar de que los anima un principio de razón. Se trata, entonces, de que en la naturaleza hay diferencias sólo de grado entre sus criaturas y diversos sectores, grados de «sentimiento", de nivel psicológico, de introversión, de razonamiento; y por tanto, ninguno de estos factores sirve para definir a los seres humanos "como seres aparte". "Así—continúa Holguin— desde cualquier perspectiva, el hombre es un ‘más’ frente al mundo y los animales; pero sólo ‘un más’ ".Sin embargo, el hombre pretende haber «sido creado o modelado por un Dios". Esta grave desviación sigue siendo propagada tenazmente por las grandes religiones que dominan al mundo desde hace milenios (como el cristianismo y sus variantes, el hinduismo y sus ramificaciones y el mahometismo) y constituye un retroceso respecto a los ¡riegos más representativos, como Anaximandro, Epicuro y Aristóteles, y a poetas-filósofos como el latino Lucremo. Más adelante, gracias al pensamiento enciclopedista que informa la Revolución Francesa ya investigadores como Darwin, Lamarck y Spencer, ya "no es posible regresar a los viejos mitos y a las viejas leyendas". Tanto la tesis del creacionismo —que afirma que el hombre y la naturaleza han sido creados de la nada por un Dios, como la de que si hombre es "un ser racional", quedan superados por el transformismo científico y el estudio de la evolución (primero en la naturaleza y luego en la historia como lucha y dominio de esa naturaleza). Contra lo que predica, por ejemplo, el catolicismo, "el hombre no proviene de ninguna ‘caída’. Es, por el contrario, el sorprendente resultado de un continuo ‘ascenso’  que, después de superar las humildes etapas iniciales zoovegetativas y específicamente animales, llega al estadio del homínido (esa criatura que ya no es completamente animal pero que tampoco es todavía un hombre) para iniciar después su propia historia como homo zapienh. De ese modo, sino ha habido "caída" no ha habido pecado y, por tanto, tampoco se justifica hablar de "redención": "el mundo cristiano se desploma —concluye Holguín—; Jesús o el ‘Cristo’ ingrese a la región de las fábulas o de los mitos sin vigencia", porque tampoco es necesario el juicio post mortem y el cielo y el infierno se esfuman. Ese «origen modesto" del hombre hace precisamente más relevante "su superación asombrosa" en dos millones de años aproximadamente. La moral ya no tiene que basarse en el temor al castigo eterno venido de lo alto, sino que debe descubrirse en y para las relaciones humanas. La más grande aventura y la suprema meta del hombre es la de su "ascenso"; es decir, la de su desanimelización y humanización progresiva, y lo que de ese proceso distraiga o aparte calo verdaderamente criminal. Lo más fascinante de ese ascenso es el hecho de que, a medida que se consolida, el hombre depende cada vez más de si mismo. A medida que produce, el hombre se produce a sí mismo y llega a ser cada vez más el producto de su propio producto. Como a ese proceso no se le ve término probable (al menos durante tal vez milenios), el hombre es en cierto modo indefinible o habría que intentar definirlo, pero por su imposibilidad de congelarse en un ser, en una identidad consigo mismo. Esto no quiere decir que en el hombre de las últimas etapas (y mucho menos el del comienzo) haya primado la razón: ni "el hombre actúa racionalmente, ni los animales carecen de razón"—agrega Holguín—. Actúa racionalmente por excepción- pero la tendencia es a actuar "con base en sus instintos, sus pasiones, su inconsciente más recóndito", como nos lo comprueba el psicoanálisis desde Freud. "La sexualidad lo mueve más frecuentemente que la inteligencia" y, además, "la razón es un resultado muy tardío de la evolución". Muchas veces, en contraste, "los animales, por el contrario, actúan con sensatez, basados en su instinto y también en su inteligencia". Por ejemplo, los animales preservan el medio, y el hombre tiende a destruirlo. Finalmente, "la inteligencia que tiene el hombre es, precisamente, la que ha heredado (y desarrollado) de sus antepasados los animales".

Estos y otros muchos temas igualmente universales, actuales y apasionantes aonios que expone Holguín, y me hería interminable si pretendiera glosarios como ellos se merecen. Baste decir que, con el libro La pregunta por el hombre. Andrés Holguín ha roto las barreras de contención que en nuestro país han instaurado los dueños y principales g6stores del establecimiento. Es un caso, el de este poeta reflexivo, lleno de profunda simpatía por la naturaleza y por la humanidad, que comprueba una vez más cómo la conciencia de la muerte inspira una apreciación exaltada y profunda de la existencia, postulándola como el supremo valor en el cual se fundan los demás. Con La pregunta por el hombre, Andrés Holguín culmina su noble búsqueda existencial y señala un camino hacia el futuro, en medio del pesimismo y la impotencia de una sociedad anarquizada y ansiosa, con el coraje sereno y radical que sólo conquistan los hombres que se tornan necesarios e inolvidables.

EDUARDO GÓMEZ