Un poeta de retaguardia
Los llantos
Gonzalo Mallaron
Edición del autor, 1988, 68 pág.
Una desdichada
antología de alumnos, profesores y exhalamos del Gimnasio Moderno dio a conocer los
poemas de Gonzalo
Mallaron
en 1986
1.
Un poco más tarde,
Mallaron
recogió algunos de esos versos,
incluyó otros y publicó el conjunto en
compañía de Juan Carlos Boyaba y Jaime Villa Solano
2
En noviembre de 1988 apareció, en una
edición privada de 100 ejemplares, su primer libro individual, Los llantos.
Considerando lo
que ha escrito Mallaron, este primer libro en solitario es una prolongación y una ruptura
simultáneas con los dos volúmenes anteriores. Prolongación en cuanto a que en los tres
se advierte el mismo gusto por la sonoridad del lenguaje, la contemplación de la
naturaleza y la melancolía del recuerdo. Ruptura en la medida en que ese gusto por la
eufonía de las palabras, la quietud de los argos y el lado oscuro o, más bien, saturnino
de la memoria, aparece formalizado con mayor habilidad estética en Los llantos. Este,
al igual que los dos volúmenes citados, también es un libro de elegías, de
"sollozos" por la ausencia de la figura deseada. Sin embargo, su unidad de
composición ya no es producto del azar o de la simple acumulación de poemas. Por el
contrario. En él se advierte el esfuerzo de Mallaron por dotar al conjunto de unidad
temática y estilística.
En Los llantos esa
unidad está construida con base en el "género" de los poemas: la mayoría son
lamentos por una mujer, un paisaje o una escena de la infancia. En este sentido, recogen
la herencia griega de la palabra elegía (de legos, llantos). En otro, sin embargo,
aspiran a un privilegio mucho mayor: convertirse en vehículos para rescatar la vida, los
seres, las cosas y lugares perdidos en el tiempo. Así, no resulta extraño que en la
mayoría de ellos el agua sea el motivo generador de la evocación, pues las
características y elementos de la poesía elegíaca son muy precisos y el agua es, entre
todos, uno de los más constantes. Por lo demás, el vínculo psicológico entre líquido
y llanto y pena y recuerdo es inmediato y, más aún, constituye uno de los tópicos de la
poesía funeral. En ésta no sólo se lamenta a una persona privada o algún
acontecimiento público digno de ello, sino que cl llanto y las figuras de agua son
parte fundamental de su intensidad dramática. (La vida, por ejemplo, es comparada
con el transcurso de un río y la
muerte con la inmensidad del océano).
Inscritos cómodamente en
esa tradición, los poemas de Los llantos se
distinguen por varias características y elementos
funerales: la mayoría son nocturnos (es decir, asocian el luto y la pena de un desengaño
amoroso con la oscuridad nocturna); desarrollan invariables imágenes de agua (en este
caso, la lluvia o los ríos, cuyo sonido precipita a Mallarino en el recuerdo y,
por consiguiente, en la escritura) y, por último, están consignados en verso libre que
es, junto con el tercero, la manera en que generalmente se han escrito y (¿se escriben?)
las elegías.
"Vehículos para
rescatar la vida perdida en el tiempo": no hace falta mencionar a Marcel Proust
un autor al que Mallarino dedicó un "sentido" poema para darnos
cuenta de la fama implícita en esa metáfora de las
Bellas Letras. Sin embargo, en este caso, no sólo
el prestigio sino la autoridad de ese nombre y esa concepción de la literatura son
completamente ilusorios. (La comparación, inclusive, es un desafuero pedagógico del
reseñista). Por una parte, debido a que si bien Mallarino desea presentarse como lector
de Proust, su gusto lo acerca más a la poesía española del Siglo de Oro y, sobre todo,
a su traducción nacionalel piedracielismo que a la refinada musa del autor de
En busca del tiempo perdido. Precisamente no hace mucho, en una
entrevista
3
, el señor Jorge Rojas manifestaba que el
origen de su vocación poética tuvo lugar de una forma que nos evoca, de inmediato, la
génesis de los poemas de Gonzalo Mallarino: "[La poesía] empezó en el patio de mi
casa. Un muchachito solo viendo llover y caer gotas de las tejas. Eso le infunde a uno un
sentimiento de soledad por una parte y de musicalidad por la otra, que tiene el agua
cuando cae... Entonces yo me inven
taba voces que no eran cantos.., voces apenas,
palabras no. Yo creo que ahí empieza un poco la poesía: una comunicación con una cosa
que me inventaba". Por otra parte, y como se trata de una poesía fundamentada en las
convenciones, su forma de asumir la herencia corresponde a lo que Harold Bloom llama epofrades
("los días desgraciados o aciagos, en los que los muertos regresan a habitar sus
antiguas casas... "). Pensando en ello, un critico, Rymel Serrano, proponía acuñar
el término "poesía de retaguardia" para contraponerlo a la expresión
"poesía de vanguardia" que denota una ruptura con las demarcaciones de lo
establecido. La actitud de retaguardia se caracterizaría básicamente por tres aspectos:
1.
Convencionalismo:
Uso frecuente de tópicos (imágenes cuyo sentido metafórico está prefijado por
la tradición).
Gramaticalidad (empleo paradigmático del lenguaje; "corrección
formal").
Léxico premeditadamente lírico.
2.
Anacronismo: escasez de rasgos estilísticos que sitúen la escritura en el lugar
histórico de su concepción.
3. Impersonalidad:
escasez de rasgos estilísticos que manifiesten la irreductibilidad de un yo creador.
En lo que hace a las
convenciones, Mallarino recoge una herencia de imágenes cuya cantera es, en primer
término, el piedracielismo y, en segunda instancia, la poesía española. Una flor: la
rosa; un paisaje: la sabana acuarelada por la lluvia y el gris del aire; un ámbito: la
noche con luna y dos sentimientos la nostalgia y la galantería, que fueron
cantados con abundancia por Eduardo Carranza, Jorge Rojas y Arturo Camacho Ramírez, son
los tópicos vegetal, espacial y sentimental, respectivamente, a los que Mallarino canta.
Seria injusto decir que su poesía es convencional porque utiliza esos elementos; no
obstante, lo es por la forma de apropiárselos. Ni la rosa, ni el agua, ni la noche, por
más que respondan al paradigma de lo que debe ser el vocabulario de la poesía,
constituyen símbolos caducos. De hecho, pueden reciclarse indefinidamente siempre y
cuando el poeta sepa borrar el sentido
que la tradición les ha impuesto, y sepa agregar uno completa o parcialmente
inédito. Eso le exige confrontar su experiencia individual como poeta, el resultado de
sus lecturas y su horizonte de expectativas es decir, la literatura vigente en un
momento dado con "el desafío invencible de los clásicos".
Justamente, lo que Mallarino se
abstiene de hacer. Puestos a dar ejemplos, diríamos que donde más se aprecia el
convencionalismo de su poesía es en la proliferación de participios y en la manera de
adjetivar los sustantivos.
"Puertos transitados"
(pág. 10); "campo amanecido" (pág. 13), "nubes oscurecidas",
"minerales encendidos" (pág. 27); "cielo manchado" (pág. 37)...
podría elaborarse una lista mucho más nutrido;. Aún así basta con decir que la
excesiva frecuencia de los participios en Los llantos hace que su función, dentro
del libro, no sea distinta a la que burlonamente señalaba León de Greiff en
"Secuencia de secuencias", un grupo de sonetos dedicado a los piedracielistas y
demás poetas jóvenes
El portento se inicia, en
"ado",
en "ido";
presencias dos o tres, tal cual querube,
ángeles de ambos sexos, alba, nube,
no pocas rosas y no mucho oído.
¿Color? Azul, mejor si desleído,
Cuando una imagen baja, una otra sube
(a la que ayer leyera, a ésa me atuve,
mañana otra será si otra he aprendido...)
¿Sabor? ¡A qué! Pues que no sepa a
nada
o que sepa a sorbete de ambrosía sin bacterias
ni olor, púdico, helado.
¿Ritmos? ¿Acentos? ¡Música!
¡Herejía!
eso es estorbo de la Poesía lilial y exacta, en
entre
en "ido"
en "ada "...,
4
Burlas aparte, la observación del
antioqueño es penetrante: Mallarino,
como
muchos piedracielistas, tiende a estructurar la música del poema en función de lo
declamativo y no de su propia lógica musical interna. (No olvidemos que nuestro poeta
viene de una familia de recitadores y que Eduardo Carranza, Jorge Rojas, Arturo Camacho y
otros brillaron en ese arte ancilar que, dicho sea de paso, como lo expresó
Hernando Téllez
5,
no es arte ni posee relación alguna con la
poesía). Los participios, en cuanto palabras "eufónicas", se adecúan
perfectamente al énfasis de la voz en las pautas terminales de los versos. De allí que
su empleo dote a los poemas de Los llamas de un gesto que lo extrapola
continuamente de la lectura en silencio a la velada literaria.
En el mismo orden de
ideas, como el adjetivo no es para Mallarino un problema de exactitud, de conocimiento,
sino de métrica, su empleo en Los llantos se subordina a "emparejar" la
medida indispensable para que en los versos "se sienta el timbre, la emoción bien
impostada, la dicción impecable de los Mallarino"
6
,
Cierto, en los poemas del ambiente, el
color y el sabor de una palabra pesan más que su eventual significado, pero cuando esa
elección está encaminada a producir efectos sonoros extraliterarios y no intrínsecos,
como el recitado, se cae en el doble ripio de la gesticulación y las necedades. De este
modo, las mayores audacias y los más exquisitos descubrimientos con el epíteto en Los
llantos resultan siendo cosas como las cordilleras son "altas"
(pág. 9), el lecho de la vertiente es "frío" (pág. 27) y los cerros
orientales de Bogotá están "pelados" (pág. 43).
No está
de más advertir que esta coincidencia en léxico y pasión declamativa convierten a
Mallarino en un epigono del piedracielismo y en un poeta anacrónico e impersonal. Con
toda facilidad podríamos cambiar el año de la publicación, 1988, por el de 1936... y no
advertiríamos nada diferente a los carranzianos endecasílabos de hace cincuenta y cuatro
años.
MARIO JURSICH
DURAN
1 Senos volvieron
aves las palabras, Bogotá, Canal Ramírez Antares, 1986. (regresar1)
2 3 poetas bogotanos
inéditos, Bogotá, Tritex, octubre de 1986. (regresar2)
3 Ramiro Carranza,
"Monólogo de Jorge Rojas". El texto aún no ha sido publicado.
(regresar3)
4 Obras completas,
Medellín, Aguirre editor, 1960. (regresar4)
5 En "Poesía y
declamación", Mito, 1955- 1962 (Bogotá, Instituto Colombiano de Cultura, 1973),
págs. 163-167.(regresar5)
6 Hernando Caro Mendoza
en el prólogo a Los llantos. (regresar6)
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