Boletín Cultural y Bibliográfico, Número 22. Volumen XXVII, 1990 

El peso de la soledad


Giorgio
Jorge Holguín
Arte y Artesanías de Colombia Ltda.
Ia. ed. Rhodos, Bogotá.

Giorgio vive solo, absolutamente solo. Y lo peor es que a Giorgio le pesa mucho esa soledad, tanto que compró un teléfono esperando que alguien lo llamara y como nadie lo hizo, decidió llamarse a si mismo, pero la línea estaba ocupada.

Esa irónica desolación acompaña la vida de Giorgio, personaje creado por Jorge Holguín y presentado a manera de "tira cómica". Dibujo en recuadros, una línea excesivamente simple y una información dada a través de un texto corto, sencillo, que nos cuenta cómo es la vida cotidiana de Giorgio y su absursa relación con el mundo.

El lector no sabe dónde vive Giorgio, y la verdad es que no importa dónde, podría ser en cualquier lugar, pues Giorgio no se relaciona con el "afuera" en la medida en que ese entorno tenga una existencia propia a la cual Giorgio confluya. No. Giorgio está metido en sí mismo. El es el único protagonista pero no de sucesos extraordinarios o heroicos, tampoco de situaciones comunes, sino que protagoniza abiertamente su imposibilidad de relacionarse con el mundo. Esta negación es la que hace que Giorgio haga de su domesticidad una filosofía. Giorgio se hace una fiesta de cumpleaños para él solo, se detiene a pensar en el material de la correa del reloj, en los zapatos que va a usar, en la manera de lavar las medias. No se debate precisamente entre un ser o no ser, sino en qué hacer con las tostadas que ya no lanza al espacio la tostadora, o cómo pescar una cereza a tiempo de un vaso de "mai-tai". Esa es su realidad más profunda. Pero donde surge el absurdo y parte del humor es en el hecho de que Giorgio sea aún más elemental que la realidad que vive. Es incapaz de resolver los pequeños, los minuciosos problemas que le plantea el diario vivir. Los objetos lo sorprenden, le proponen opciones que por su obviedad lo desconciertan dejándolo estático, sin saber qué hacer.

Al padecer la vida, al ser víctima de lo circunstancial, Giorgio no solamente es un anti-héroe, sino que traspasa los límites de las consideraciones realistas, convirtiéndolo en un ser tan incapaz y tan torpe ante lo simple que se vuelve cómico. Es la comicidad del absurdo, pero también la de la ingenuidad. Detrás de ese hombre calvo, encerrado en su propia soledad, obsesionado por tener pelo en la cabeza o por nutrirse bien así no le guste el brócoli, hay un niño, en su infancia más tierna, a quien literalmente el mundo "le queda grande". Su capacidad de asombro es tan inmensa que se le trastocan las coordenadas que la realidad —la más práctica y funcional— le propone. Así, a Giorgio se le escurre la música del tocadiscos, o lava las medias en la licuadora teniendo que comprar un par cada semana, o lo que es más grave, no puede bajarse del bus porque un hombre gordo le pisó el cordón del zapato que se le desamarró.

Enredado en ese mundo doméstico, la soledad de Giorgio se hace más patética. El tiene nostalgia de otros seres como él, quisiera compañia, pero al otro lado no hay nadie, está escuchándose a sí mismo como en la imagen del teléfono, llamándose sin voz, a través de un aparato que desempeña el mismo papel que los demás objetos de la casa. Es tan real su soledad que Giorgio entabla una íntima relación con las cosas, las carga de vida y de afecto y con la mentalidad animista del niño juega con los manteles y acuesta en su cama a la tostadora porque para él no se dañó, sino que se puso enferma. De esta misma calidad es su relación con los animales: compra una langosta viva para comérsela y termina por cederle su bañera. Sin embargo Giorgio no soportaría una mascota por compañía. Está tan emproblemado consigo mismo y con lo que lo rodea que 0pta por consentir a un huevo de pato. El único movimiento hacia el afuera es un viaje al trópico. Es nuestro primer encuentro con Giorgio, es también nuestro primer desconcierto. Empezamos a descubrir su torpeza y su ingenuidad: se va un día antes del indicado al aeropuerto, al empacar la maleta no sabe cuántos pares de zapatos llevar, por lo que decide vendarse los ojos y termina escogiendo un zapato diferente para cada pie; en la aduana le encuentran camuflados 12 sanduches de queso.

Con estos preámbulos el lector espera encontrar a Giorgio inmiscuido realmente en el mundo tropical, o al menos tan "enredado" como lo vemos después. Pero no es así. Giorgio se comporta como un típico turista: va a toros, monta a caballo agarrado del sombrero y se toma fotos con su cámara automática en el puerto. Además no se relaciona con nadie. Aquí el problema no es de Giorgio sino de su creador, pues esa extrañeza con el medio no es la misma que encontramos posteriormente en la que Giorgio se caracteriza por su simplicidad y su impotencia, sino que al mirar con ojos de turista, sencillamente no ve nada, sólo lugares comunes que parecen provenir más bien de la mente del autor que del personaje. En este episodio del viaje Giorgio no alcanza a tener vida propia: ese trópico es extraño para él y para quien lo envió a viajar. Está lleno de imágenes de postal que no permiten caracterización alguna del personaje.

No hay una secuencia que nos permita saber cuándo termina el viaje al trópico, pero si hay una imagen que comienza a presentar al verdadero Giorgio, al que se queda con nosotros, al que logra conmovernos:   ésta es la de un buitre que aterriza sobre su cabeza, se queda allí todo el día y lo único que hace Giorgio es sentirse mal. Con esta imagen tan simbólica el personaje se descubre y es allí donde a mi parecer debería comenzar el libro, pues lo anterior parece responder más a la nostalgia de Jorge Holguín por estas tierras que al universo "giorgiano".

Es un libro extraño, desconcierta al tiempo que atrae. Es excesivamente simple pero logra crear un personaje con vida propia, y con el cual muy secretamente el lector puede llegar a identificarse.

Si nos detenemos a analizar los elementos estructurales por separado no es mucho "lo que se salva": el dibujo lo hace un niño de diez años no muy talentoso, el texto —como ya se dijo es simple— las situaciones son extremadamente cotidianas, el humor está hecho con lugares comunes. A pesar de la simbología de imágenes como la del buitre sobre su cabeza, o aquella en que un alce se pasa la noche mirando y vigilándolo por la ventana, alterando así su paz bucólica durante las vacaciones, no es propiamente una obra de carácter simbólico, al contrario es la obvie-dad, la transparencia, la univosidad de sentido lo que prima.

Quizás sea esta excesiva sencillez, este crear un mundo partiendo de lo más elemental, lo que haga que Giorgio viva, tenga una existencia propia y logre producir identificación. Pero una camuflada y vergonzosa identificación. Lo que pasa es que evoca lo que hay de más infantil en nuestra caparazón de adulto. Pero no al niño vivo y hábil, sino al torpe, al incapaz y sobre todo al extraño que por no lograr ordenar el caos que lo rodea y no lograr salir de si mismo se va quedando encerrado en su propia soledad, sordo, obsesivo y sobre todo bravo, muy bravo, esperando la aparición del próximo libro.

 

BEATRIZ HELENA ROBLEDO