Boletín Cultural y Bibliográfico, Número 22. Volumen XXVII, 1990 


Otro autodefensor


El sicario
Mario Bhamón Dussán
Ediciones Orquldca, Cali, 1988, 182 págs.

Todo es atemorizante en este libro. Desde el título (El sicario); la dedicatoria ("A un lector que será la próxima víctima"); la advertencia preliminar ("Los menores de dieciocho años no deberían leer esta novela"); la nota final de la contraportada ("En algún momento usted se sentirá dentro de sus páginas") y el insinuante primer párrafo ("Colombia, la república latinoamericana situada en la mitad del continente; patria de Córdova, de Rivera y de Barba Jacob; la del café, las esmeraldas, las orquídeas y desgraciadamente la marihuana y la coca, vivió en el séptimo año de la década de los ochenta de la presente centuria el más grande flagelo que un país sufriera jamás: la existencia de un temible personaje, al que comúnmente llamaron sicario").

Sobre el desconocido autor sólo se puede sospechar que es amateur y que lo es sin ninguna prevención:  declaradamente llano y directo. Lo testimonia su información inmodesta de que la primera edición de su novela apareció en julio, se agotó rápidamente y un mes después, "a solicitud del hambriento público lector", la reimprimió. Es de suponer, pues, que con sus cesantías, pequeños ahorros, préstamos aquí y allá, tal vez arriesgando un mes de salario, pudo pagar a un impresor astuto la suma correspondiente —¿por mil ejemplares? ¿por dos mil?— para responder a semejante desafío. Esta sinceridad arrebatadora se interrumpe, de pronto, con una pequeña excusa autobiográfica:"Usted perdonará que yo, que estuve 25 años en el ejército, no ahonde sobre el tema de los guerrilleros. Lo haré en la próxima novela. Si Dios me lo permite" (pág. 113). ¡Válganos el Señor! Seria mejor que lo pensara dos veces.

La novelita comienza "yendo al grano", al tema central: un sicario acaba de asesinar en Bogotá a la más alta autoridad eclesiástica del país: el cardenal Ramírez Campuzano, "el único que se enfrentaba a todo lo que causara desorden social o moral", pues con su pasado, "diáfano como la nieve de las cumbres andinas", era capaz solo de desafiar a esta "nación dormida por 45 años de relajamiento moral" (pág. 12). Pero la descripción de la iracundia laica del autor no para ahí: "El cardenal se habla convertido en un verdadero líder. Denunciaba los grandes males nacionales y se enfrentaba con valor a los responsables; a los mafiosos, que hablan acabado la honra internacional del país, a los comerciantes que se robaban el IVA; a los guerrilleros que sembraban la intranquilidad en vastas zonas del territorio patrio; a los ricos que se contentaban con dar una ínfima limosna al final de la misa, y al lado de sus casas crecía la más grande pobreza [...] a los políticos que sólo buscaban las prebendas del poder, mientras la vida de sus seguidores se hacía más humillante, y aun hasta los mismos curas que olvidando el apostolado de Cristo se plegaban a las exigencias de un mundo material, idólatra e impío" (pág. 12). Ante tan bárbaro crimen —continúa la enumeración agobiante— "en los taxis, en los buses, en los vehículos particulares, en las casas, en los lugares públicos, en los campos, en los cuarteles y en los seminarios la noticia causaba un demoledor impacto y hacía sentir una inmensa pena. Cada hombre experimentaba una sensación de impotencia, de soledad, de inseguridad y de rabia".

Bueno, preguntará el lector ansioso, ¿pero el criminal se fugó?, ¿quién lo mandó?, ¿no temía al castigo divino? Con calma, con calma. Las respuestas las da el autor en los siguientes 41 capítulos, en un sorprendente flashback lineal donde nos cuenta la historia del sicario, su infancia (que no fue tierna ni cuidada sino de hambre y palizas). Naturalmente, se nos hace un rápido retrato de la mamá del futuro asesino, la cual —según se nos relata—, en un arrebato de orgullo, después de haber enviudado durante la Violencia, no se fue con sus hijos a vivir a casa de su suegra, porque como usted sabe, entre suegra y nuera existen barreras más infranqueables que la Muralla China, la Línea Maginot o la Sigfrido, la Muralla del Atlántico, el Muro de Berlín, la Cortina de Hierro, o el Paralelo 38 ola Línea Bar Lev" (pág. 36). Párrafo que hace creer que el autor es un asiduo lector de Abelardo Forero Benavides.

Sigamos con entereza el discurrir de la historiela: después el adolescente presicario huirá de la casa y comenzará a cometer pequeños robos, se enredará con una mujer de mala vida en Cali, luego con una de buena vida; tendrá problemas con la policía —los odiará desde temprana edad—, odiará también a los guerrilleros con los que pasará unos pocos días y, siguiendo-la lógica cruel de la vida, obviamente, le gustará el dinero. Sí, el dinero fácil, ganar dinero sin trabajar. ¡Ah!, pero antes detengámonos en un subcapítulo destinado a "retratar el estado del país en esos años":

"El país rural de vida sana y tranquila habla quedado muy lejos, y sólo existía en el recuerdo de los más viejos [...] Estaba sucediendo en Colombia que funcionarios públicos que en su delinquir habían sido descubiertos, por primera vez no fueron a la cárcel [...] Comenzaron los viajes innecesarios de algunos parlamentarios en turismo oficial por el mundo entero [...] los buenos abogados se quedaron litigando mientras que los malos se metieron de jueces [...] la Iglesia, defensora por antonomasia de la moral pública y privada, fue incapaz de preservarla, pues el que vive cerca de la cascada termina por acostumbrarse al ruido [...] se hizo popular un establecimiento llamado motel y usted sabe que toda sociedad en la cual a la mujer sólo se la ve como objeto de placer, es corrompida y termina por destruirse [...] En resumen, al perderse la conciencia moral de la nación, la vida comenzó a volverse un caos" (págs. 57-61). En fin...

No perdamos el hilo, pues el crimen se acerca. El personaje, después de llevar prácticamente una "vida de perros", se entregará, ahora sí, en cuerpo y alma a los brazos de la delincuencia. Se va para Medellín, "la tierra de los paisas, de aquellos que con su reciedumbre se enfrentaron a la montaña y con el tiempo llegaron a ser los más grandes industriales del país" (pág. 149). Allí conoce a una pandilla de sicarios, asesina a un ganadero, por poco lo mata en un bar de mala muerte otro sicario llamado "Que Vaina, pues siempre contestaba así cuando le contaban algo" (pág. 151), pero logra salvarse de chiripa y, finalmente, las altas jerarquías del Mal le hacen un encarguito de extrema seguridad y harta plata: matar a "su Santidad el Cardenal", quien en esos días "iba a lanzar un ataque frontal contra la amoralidad nacional y especialmente contra los dineros de la mafia infiltrados en la mayoría de los estamentos nacionales" (pág. 173).

Después de cometido el cobarde crimen, el sicario regresa a Medellín, pero, durante el recorrido en moto con su compañero de fechorías, éste lo liquida y, a su vez, otros matones despachan a éste último y así sucesivamente. Moraleja del autor: "Lo que ignoraba el sicario Manuel A., era que en ese corto tiempo había asesinado a la persona que dedicara su vida entera al servicio del bien, de los demás, y que emprendiera una campaña sin igual para acabar con tantas injusticias y maldaded que precisamente habían ayudado a convertirlo en lo que actualmente era: un hombre que mataba porque le pagaban y que en el más remoto fondo de su perversa alma odiaba todo lo que representara autoridad, estuviera investido de dignidad o tuviera el más mínimo privilegio" (pág. 177).

No debe sorprender la aparición de este tipo de literatura. De hecho, hace diez años, Juan Gossaín comenzaba la serie, con su La mala hierba, que de verdad era muy mala (la novela, no la hierba). Pero el apóstol san Juan, aun en medio de la borrasca plagiaria y epigonal garciamarquiana, reconocía en un hecho social —la bonanza marimbera que dinamizó económicamente gran parte de la costa atlántica entre 1974 y 1980— el prefacio de acontecimientos políticos y humanos que degradarían al país todavía más y lo colocarían en una situación límite que históricamente ha soportado desde la inauguración del Frente Nacional, en 1957. Seguramente vendrán otras "versiones populares" de los hechos históricos del presente. Deplorables y logradas. Pero, antes, es importante reconocer el origen social y económico de esta sin salída que, naturalmente, no es la cómoda del esquemita "la Nación contra los narcotraficantes". Un engaño de similar naturaleza había pro vocado la reacción del extraordinario novelista estadounidense Dashiell Hammett, quien, ante el cuestionamiento, que le hiciera la dramaturga Lilian Hellman, de "moralidad política en tiempos de mafiosos", había respondido: "Excúsame, pero este no es mi negocio, y obedecer a los caprichos del titiritero del poderme parece tan estúpido como ganarme un tiro por equivocación".

CARLOS SANCHEZ LOZANO