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El Mediterráneo es un mar joven
Cuadernos de un itinerario
Eduardo Mendoza Varela
Fundación Simón y Lola Guberek. Bogotá,
1989. 343 págs.
He repasado recientemente
algunas de Ħas crónicas de Cruz y Raya; de Eduardo Mendoza Varela; hay en ellas páginas
memorables; entiendo que el autor es mucho más ameno cuando habla de su terruño que
cuando sale a andar por el mundo.
El Mediterráneo es un
mar jovenes una serie de anotaciones desordenadas, olvidadas por años en polvosos
anaqueles. Notas perdidas en el texto nos enseñan que fueron escritas en los últimos
años de la década de los cincuenta.
Su autor insiste en que
no se trata de un libro de viajes sino de un libro de sensaciones. Sospecho que todo libro
de viajes tiene la obligación de ser un libro de sensaciones; también creo que el de
viajes es uno de los
géneros más difíciles. Leer esos libros es como mirar fotografías ajenas,
ejercicio fútil en tanto no haya puntos de identificación muy íntimos entre el viajero
y el lector.
Su lectura me
recordó, desde luego, los buenos libros griegos de Andrés Holguín. Esto me da pie para
una apreciación. Cierto pudor nos veda la dureza contra los muertos antes que estén
definitivamente muertos. Prefiero ser un lector discreto. Es más: me disgusta el
presuntuoso arte de destrozar autores para mostrar el ingenio (o el resentimiento) propio.
Reclamo solamente mi derecho a la objetividad. En nuestro medio, más que en cualquier
otro, cabe la idea de Roland Barthes de que toda crítica debe ser afectuosa. Porque si
hacemos la crítica que pide Alfonso Reyes, estableciendo minuciosamente las simpatías y
las diferencias con los autores, corremos el riesgo de quedarnos pronto sin literatura.
Pero pasemos al libro. No
he conseguido gustarlo. He recorrido las páginas, despaciosamente. En primer lugar, se me
antoja demasiado intimo. Sus claves son muy personales. Tiene el sentimiento de las cosas
bellas, pero...
Tampoco es deplorable.
Casi no hay libro que lo sea. Simplemente sus descripciones son letárgicas. Convocan al
bostezo. Me aqueja la desgraciada enfermedad de leer una página pensando en otra cosa.
Síntoma bien conocido, que en condiciones normales envía de inmediato el libro a su
estante vacío en la biblioteca, en espera del día en que mis herederos lo vendan o Lo
quemen. Seguí, tozudamente esperanzado, en busca de algún tesoro oculto... No sólo la
última parte, sino todo el volumen, se convierte en un viaje por Las estériles
provincias del Asia Menor. Sin embargo, hay allí hendijas de lucidez, como cuando anota:
"Girar con el ánimo desprevenido, sin metas ni itinerarios, me ha dado siempre los
mejores resultados".
Seguramente no le
falta erudición, pero ésta me parece de segunda mano (una original bibliografía a
posteriori parecería confirmarlo) y más cargosa que embellecedora. Quizá pueda
disculpar al autor el hecho de que escribió
para sí mismo y tal vez jamás quiso ver en la
imprenta sus impresiones.
Como el autor, amo la
Umbría, amo la Toscana, con sus "pueblos atalayados sobre el paisaje
conmovedor", pero... Pasamos por las vegas del Chianti, "la más refinada de las
campiñas", por el hermoso pueblito de San Gimignano, al que una atroz tradición
quiere llamar el "Manhattan del siglo XIII". Mendoza Varela adviene una
dicotomía cuando menos curiosa: los santos purpurados, ostentosos, barrocos, de Roma,
frente a los santos humildes de la campiña, santos de la Umbría y de la Toscana,
humanos, profundamente humanos, como Francisco de Asís o Catalina de Siena. Sin embargo,
pasé sobre Asís sin que se despertaran los ecos que alguna vez me despertara Chesterton.
Ahí están los olivos,
los cipreses de Toscana. Pero allí la poesía sólo puede gastarse con las palabras.
Porque ella se justifica a si misma.
Estuve en Grecia, en
compañía del autor. La mejor descripción de Atenas se la debo a un amigo: "Atenas
es igual a Armenia, pero con Partenón". Visité, en las páginas del libro. el
sorprendente museo de Atenas y, como el autor, deseché el caos mental de la visita
turística, pero...
En Roma, con "su
hondo lenguaje de cisterna", me sorprendió la saña con que los primeros cristianos
derribaron todo rastro del imperio. Vi a las solteras que acuden cada año, puntualmente,
a Palestrina (en Italia), para rezar a San Antonio. Recorrí una Palestina (en Asia),
calurosa y desértica. Observé a Vespasiano arrojando sartales de esclavos vivos en el
Mar Muerto. Quise admirar a Jerusalén, que "parece la proa de un navío fantástico
anclado en medio del desierto". No dudo que sea un lugar mágico, pero...
Recorrí sus
estampas... pero no encontré una visión que no repitiera los eternos lugares comunes. De
todos modos es un testimonio de un personaje de una especie que se extingue. Pero, en
suma, me ha parecido una obra de segundo orden de un escritor de segundo orden, a la cual
es fácil otorgarle el olvido.
Basta de peros. Contra
este volumen tengo solamente un reproche. el
único reproche que en verdad se puede hacer a un
libro: el aburrimiento. Así mismo, reconozco que es reproche valedero sólo para mí,
quizá no para otro lector. Ahí quedan los caminos de Grecia, los caminos de Italia y los
caminos de Palestina, para quien quiera transitarlos nuevamente sin fatiga corporal. Yo no
pude hacerlo.
LUIS H. ARISTIZABAL
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