Boletín Cultural y Bibliográfico, Número 22. Volumen XVIII, 1990 

Libros que son eso, libros, y no son, ni remotamente, 
productos literarios


La tragedia de Armero
Augusto Carona Agudelo
Ediciones Pajizo, Bogotá, 1988, 127 pág.

El último mártir de las bananeras
Miguel Madrid García
Ediciones Pajizo. Bogotá, 1988, 55 pág.

La muerte no respeta banderas
Antonio Echeverría Gis
Ediciones Pajizo, Bogotá, 1988, 71 pág.

Los oficios del hambre
Miguel Torres
Editorial Tiempo Presente, Bogotá, 1988, 126
pág.

Los duros de la salsa también bailan bolero 
Laureando Alba
Secretaria de Educación, Cultura y Recreación 
de Cali, Cali, 1987, 154 pág.

Jepira
José Soto
Arando Editores, Bogotá, 1989, 169 pág.

Juan Carlos Onetti recuerda cierta carcajada de Roberto Arlt. Ocurrió una noche de hace poco más de cuarenta años:

En aquel tiempo, como ahora, yo vivía apartado de esa consecuente masturbación que se llama vida literaria. Escribía y escribo y lo demás no importa. Una noche, por casualidad pura, me mezclé con Arlt y otros conocidos, en un cafetín. El monstruo, antónimo de sagrado, recuerdo, no tomaba alcohol.

Tarde, cuatro o cinco de nosotros aceptamos tomar un taxi para ir a comer. Entre nosotros iba un escritor, también dramaturgo, al que conviene bautizar Pérez Encina. En el viaje se habló, claro, de literatura. Arlt miraba en silencio las luces de la calle. Cerca de nuestro destino —una calle torcida, un bodegón que se fingía italiano—, Pérez Encina dijo:

— Cuando estrené La casa vendida...

Entonces Anta resucitó de la sombra y empezó a reír y siguió riendo hasta que el taxi se detuvo y alguno pagó el viaje. Continuaba riendo apoyado en la pared del bodegón y, sospecho, todos pensamos que le había llegado un muy previsible ataque de locura. Por fin se acabó la risa y dijo calmoso y serio:

—A vos, Pérez Encina, nadie te da patente de inteligencia. Pero esos el premio Nobel de la memoria. ¡Esos la única persona en el mundo que se acuerda de La casa vendida! 1 .

Fin de la nostalgia.
Mucho me temo que con numerosas obras que inundan por estos tiempos los frágiles estantes de las librerías del país, vaya a ocurrir mañana un hecho semejante: el recuerdo de ellas sólo será atesorado por sus autores respectivos, soltado en las recurrentes noches que prodiga la bohemia. Si ello ocurre —es muy previsible, por cierto— el dato hablará muy bien de la memoria de estos escritores, dejando mal parada a la literatura que producen.

No es nuevo, quede dicho. Aún se escuchan los ecos provocados por los escritores colombianos de hace varios decenios, de los cuales nada literario queda sostenido y firme en la memoria.

Durante el decenio que tenemos la suerte de despedir, publicar libros de lo que sea ha sido una constante. Y eso que Colombia, según se dice, propone mil dificultades a la hora de publicar. De publicar buena literatura, se entiende.

No sé por qué, pero empiezo a sospechar que los editores colombianos, motivados por el compadrazgo o la solidaridad —no sabe uno cuál de estos dos comportamientos es más dañino—, han empezado a poner en práctica el método que utilizaba Roberto Anta , precisamente, cuando de escritores inéditos y, por supuesto, desconocidos, se trataba.

El método era, además de todo, infalible:

Cuando aparece por la redacción [del diario en el que trabajaba] un tipo con un manuscrito o me piden que lea un libro de un desconocido que tiene talento, nunca procedo como mis colegas. Éstos se asustan y le ponen mil ¡rabeas —muy corteses, muy respetuosos y bien educados— al recién venido. Yo uso otro procedimiento. Yo me dedico a conseguirle al nuevo genio toda clase de facilidades para que publique. Nunca Jala:   un año o dos y el tipo no tiene ya nada más qué decir. Enmudece y regresa a las cosas que fueron su vida antes de la aventura literaria 2

Buena estrategia. También irónica y lo que usted quiera, pero igualmente lamentable para la literatura, entendida como quieren los artistas:   como el arte de la palabra, o como la transposición poética de la realidad, que ala postre viene siendo lo mismo.

Pero decía que, al parecer, las recomendaciones del narrador argentino las están aplicando juiciosamente varios editores colombianos. Esta conclusión es racional, si nos atenemos a los títulos que circulan por ahí. Títulos en cubiertas de variada cartulina. Cartulina tras la cual, al abrir los volúmenes, hay hojas y tinta. Y hay muy poca, escasa literatura.

Lo cual reafirma mi parecer: Colombia, muy a pesar de haber sido cuna de un Nobel, y de haber propiciado la amarga experiencia de la vida a unos cuantos poetas que podríamos llamar notables, sigue albergando, cariñosamente, criterios extraliterarios en el momento de decidir qué sale al mercado de la literatura. Criterios que, se comprende, lo único que hacen es heridas 3 .

Seis de seis

Ahora, por ejemplo, tengo en mis manos grises varios libros que son eso, libros, y no son, ni remotamente, productos literarios. Triste decirlo. Porque uno debiera hacer como los comentaristas de nuestras páginas culturales de los domingos, que, semana a semana, hablan muy bien, señores, del titulo que se ha incorporado a la biblioteca personal. Reseñados. Uno quisiera, digo, tener ese don de gentes, esa afanosa cordialidad, para evitar decir lo que se piensa y, sobre todo, para no decir lo que se siente. Porque, en últimas, nadie ha definido exactamente qué es esa cosa rara que llamamos literatura. Mi inteligencia, que es escasa, no alcanza para explicar qué entiendo yo por literatura. Sé qué siento como literatura. Sé qué vivo como literatura. Qué como novela, qué como poesía. Pero me declaro incapaz de colocar esas sensaciones en una hilera medianamente organizada de palabras. Total, le como cuento a la intuición, y lo demás no importa.

Lo cual me descalifica como crítico. Lo cual, también, permite que me equivoque. Virtud de la poesía, equivocarse con precisión. Algo más o menos así dijo Capote, pero hablando del periodismo.

Vamos al grano, después de los mea culpa necesarios.

Seis productos editoriales tengo en mis manos. José Soto es el autor de Jepira, novela con el sello de Arando Editores. Miguel Torres escribió los cuentos que Editorial Tiempo Presente reunió en Los oficios del hambre. La secretaría de Educación y Cultura de Cali patrocinó la publicación de la novela Los duros de la .salsa también bailan boleros, de Laureando Alba. Y Pajizo Editores entregó al público lector La muerte no respeto banderas de Antonio Echeverría Gis; La tragedia de Armero, de Augusto Carona Agudelo, obra que pretende participar del género llamado testimonio; y El último mártir de las bananeras, de Miguel Madrid García.

Digo bien: se trata de seis productos editoriales, no de seis productos literarios.

Empecemos, pues, por aquel que no quiere ser producto literario. La tragedia de Armero, como es obvio, se entronca en esa lista de libros que han recreado hasta la saciedad la dolorosa experiencia que dejó a un pueblo sin mapa y sin lágrimas para un segundo dolor. Según se nos informa, Augusto Carona Agudelo nació en Pennsylvania (Callas) en 1934 (un4 de julio, agregan; luego, el escritor es del signo Cáncer). Es, además, sacerdote y docente. En su obra, busca registrar el inventario de sucesos que, minuciosos en cada acontecer, suponen el drama de la devastación del municipio tolimense. Y para lograrlo, recurre a todo: boletines oficiales, recortes de prensa, testimonio directo de algunos sobrevivientes, recomendaciones de psicólogos que enseñan cómo sobreponerse al dolor, proyectos de recuperación, planes estatales para atender a los sobrevivientes, y varios etcéteras más.

Quiero recordar ahora un hermoso libro del poeta Víctor Casáus. Se titula Girón en la memoria y testimonia la invasión de bahía Cochinos, en Cuba. Con idéntica pretensión arranca el libro de Cardona, pero su misión queda trunca, se estrecha en estadísticas y páginas como insertos que nada dicen fuera de registrar números y decisiones. No está el hombre, el ser humano que sufre, sufriendo o sobreponiéndose, en ninguna de estas páginas. Si algo ha querido siempre el periodismo, desde las crónicas que escribiera José Martí al lado de los ahorcados del primero de mayo en Chicago, es testimoniar el alma, es registrar el sentimiento. Eso, de alguna manera, fue lo que conquistaron, para la literatura también, los escritores del New Yorker. No se trata de inventarios, aunque eventualmente los incluye. Se trata, en últimas, de sondear el drama humano, de interpretarlo, de convertirlo en algo más profundo que un simple suceso de primera página. Sobra recordar que Stendhal, de fundamento, recreó noticias de crónica roja. Julián Sorel es a imagen y semejanza de cualquier malevo decimonónico que se mueve invicto sobre el dolor. El sufrimiento, al igual que la alegría, es la materia de la palabra en hechos como éstos. Y en esta obra no se testimonia. Es colmo, es reunión. Nada, más. En pocas palabras, la información compilada por Cardona Agudelo, seguramente seria y abundante, no le permitió crear una obra que siquiera se acercara a las numerosas crónicas que la tragedia hizo aparecer en los periódicos. Conclusión: nada testimonia 4 .

Sigamos con Pijao Editores. Tras una cubierta desastrosa, ideal para un aviso publicitario pero nunca para un libro (quedan los colores bailando en la pepa de los ojos), se inician las páginas de La muerte no respeta banderas, de Antonio Echeverry Gil, natural de El Líbano (Tolima). Si el título es lo suficientemente ingenuo, porque lo es, los cuentos que lo integran no le desmerecen. En la presentación, los editores advierten que "[el tema de la violencia en los cincuenta] lo aborda de una manera sorprendente por su impecable manejo del lenguaje, sus acertados diálogos, su conducción de la historia, que a la manera de Ernest Hemingway, Truman Capote, Juan Rulfo o Manuel Mejía Vallejo, arrastra al lector hasta el final del texto".

Voy a tener que declararme un bruto de remate. Primero, porque no veo en qué momento Echeverry se emparienta con los autores citados (además, citados de qué insolita manera: ¿Capote y Rulfo? Por Dios). Y, segundo, porque, actuando como lector, llegué difícilmente al final de los textos. Trastabillando, sí, pero nunca arrastrado.

En serio: se trata de textos ingenuos, escritos, supongo, con muy buena intención. Pero, claro, de buenas intenciones está lleno el mundo. Ingenuos, sí: "En diez minutos estuvieron en las areneras. La noche estaba negra como la conciencia del conductor de la volqueta" 5. "La vieja, que no era ciertamente una mujer vieja sino más bien envejecida prematuramente por el sufrimiento, la soledad y la amargura, permanecía inmóvil, petrificada, clavada en el suelo de tierra pisada" 6 . O un cuento entero, La paz de los sepulcros ‘que tiene este epígrafe: " la más destacada condición de su carácter es el horror a la violencia’. Alberto Lleras refiriéndose al doctor Eduardo Santos".

Item final: si es harto lo escrito hasta ahora sobre la violencia de los años cincuenta, este libro sobra. Da pena decirlo, pero así es. No aporta. Más bien quita.

El tercer libro de Pijao Editores, en este paquete, no merece muchos comentarios. Baste citar el párrafo inicial, que produce algo muy parecido a la tristeza: "Transitaba por las calles de Macondo, un hombre de singular estatura, de piel negra cuarteada por el sol, cabellos rizados y cerrado en barbas; por su aspecto de abandono y sus andrajos representaba una vejez prematura. ¿Cuál era su origen?, ¿por qué medios se valía para subsistir? Lo cierto era que según algunos ancianos de Macondo, este hombre en su juventud había sido un trabajador incansable y honesto de las Bananeras" 7 .

Párrafo inicial del cuento que da título al libro El último mártir de las bananeras, de Miguel Madrid García,joven autor natural de Aracataca (Magdalena).

No digamos más; dejemos las cosas de este tamaño.

Miguel Torres es un reconocido director de teatro, bogotano por más señas. Y su libro de cuentos Los oficios del hambre es presentado de elogiosa manera por Oscar Collazos:   "Miguel Torres se ha instalado en lo imaginario. Sin renunciar a la realidad, es decir, al mundo exterior, ha conseguido que lo real se convierta en parábola [...] La irrisión del mundo chaplinesco, la minuciosidad tragicómica de Beckett, la exuberancia verbal de García Márquez están aquí como puntos de referencia. Sin embargo, en ningún momento el autor renuncia a su particular universo de símbolos y temas. Los oficios del hambre puede ser un libro memorable si la memoria de nuestros lectores renuncia a cierta negligencia y a las trampas que tienden al conformismo y la pereza" 8 .

Ciertamente, Torres tiene oficio. Escribe en una prosa que se deja leer, e incluso entrega agradables sorpresas. Pero en ningún momento, según mi modesto entender, se sitúa en lo imaginario. Por el contrario, su preocupación es la cotidianidad de los desclasados, de nuestros desclasados. Aunque en algunos instantes, quizá como tributo, vuelva al lugar común que hace rato agotó García Márquez:   el de la magia de la realidad. Ocurre así en el cuento El tesoro del jardín de las dos lunas. El libro de Torres sondea diversas situaciones, que van desde la premonición de otro nueve de abril (cuándo se dejará de evocar la fecha, cuándo habrá verdadera literatura sobre este aspecto, cuándo, en fin, se pensará en el hombre y no en la política al redactar una presunta obra literaria. Preguntas sin interrogación, quede dicho), hasta escenas de la vida carcelaria y la humillación. En algunos trances logra salir airoso, en otros son más notorias las defecciones, como ocurre con el primer cuento del libro, La casa. Ahora, lo que mi lectura no encontró fue ese "particular universo" del que habla Collazos. Quiero entender que los cuentos de Torres son homenajes, guiños que le hace a otros autores que respeta y ama, y no, como puede ocurrir, reescritura de temas nuevos guiada por la mano de autores que nunca podrá imitar.

De Cali, han escrito hasta el agotamiento los autores caleños (ve, hasta salió con sonsonete de estribillo). Desde el muchachito precoz que fue Andrés Caicedo, pasando por varios apellidos más, todos poco memorables. Laureano Alba es de esos parajes, de la Cali rumbera y cálida, de la Cali caliente. Su novela Los duros de la salsa también bailan bolero (algo qué ver con la novela de Mailer. Tampoco es pregunta, sépanlo) vuelve al temita: jóvenes desarraigados, apátridas a su manera, marginales, dedicados lúcidamente al oficio de la autodestrucción, nostalgiosos, felizmente autónomos para angostarse sólo para ellos. Y de telón de fondo, la ciudad que él define como "ardorosa y concupiscente" 9 . Momentos afortunados hay en esta novela, especialmente aquellos en los que el diálogo que pretende respuestas y razones para la vida se va escalando hacia preguntas y razones para la muerte. Hecho que me hace recordar a mis más amados amigos poetas, aquellos que parafrasean el verso de Aurelio Arturo y dicen "los días que uno tras otro son la muerte", citando de memoria. Salsita, twist, boleros, cantinas, sorbos espaciados, mujeres, escenitas, todo eso en una novela de sólo 154 páginas y una palabra que anuncia el fin. Habrá que esperar el día en que Cali provoque otras asunciones de la vida. Espera que no será muy prolongada, porque la literatura que nace de esa ciudad vaen manos de autores mucho más profundos que Alba y sus compañeros de paseo. Va en manos de un Harold Kremer, por ejemplo. Porque el vitalismo de Caicedo ha dejado mucho para padecer 1O.

Literatura terrígena, novela de la tierra, un poco de entusiasmo fabulador, memoria de los antepasados nativos, mirada de extrañado (es decir, de extranjero), y capacidad para el relato, se unen en un escritor guajiro: José Soto. Su última novela, Jepira, está llena de estos elementos. Y es, pienso, la mejor del grupo de obras que me ha tocado comentar muy brevemente. Aclaro: la menos mala.

Soto tiene antepasados italianos (su segundo apellido es Barardinelli), pero conoce, como todo guajiro, la sabia contradicción que es su raza.

La anécdota de su novela avanza en tal exploración, proponiendo un choque entre los nativos que ven con los ojos de adentro, y los que han sido educados en la cultura que enseña a ver desde afuera. Choque muchas veces trabajado en la novelística regional, pero no por eso despreciable. Empero, en la novela de Soto, el planteamiento y la solución de los conflictos parecen emparentarse con la novelística de principios de siglo, la protagonizada por autores como Gallegos, Rivera, Azuela o Güiraldes. Leyendo Jepira (la palabra es hermosa), uno siente que la novela no ha avanzado en el mundo. Y conste que Soto es un autor más conocido en España que en Colombia, según advierten, procelosos, sus editores.

Quizá se deba a que ya aquí el exotismo lo sabemos de memoria, digo yo.

 

JULIO DANIEL CHAPARRO H.

 

1 Juan Carlos Onetti, Presentación de El juguete rabioso, de Roberto Arlt, Barcelona, Editorial Bruguera, 1981. pág. 13. (regresar1)

2 Ib íd.. pág. 12. (regresar2)

3 Es curioso, pero de un tiempo para acá la multiplicación no ha sido de peces y panes, sino de libros. Cualquiera exclamaría, entusiasmado, palabras cercanas al milagro. No hay tal. El compromiso del libro es, ante todo, con la literatura; no con la publicidad. No creo ser el único que almacene tal sospecha.(regresar3)

4 La obra de Casáus, editada por Casa de las Américas, permite al lector asomarse, casi en plan de testigo, a los hechos que obligaron la tenaz resistencia cubana en contra de la intentona dirigida por la Cia. En tal sentido, sc logra el propósito: el autor no testimonia tan sólo hechos históricos que ocumeran, sino que pennite al lector testimoniarlos directamente. Otro tanto logró Martí. Cuando el ajusticiamiento de los presuntos anarquistas que, con sus vidas, inauguraron el día del trabajo para el mundo, logró un texto de tan desoladora belleza, que bien puede incluirse entre la mejor litera tura del siglo pasado en América. Con todo, él sólo buscaba testimoniar, hacer Sentir al lector lo que él mismo sintió ante el espectáculo de la ejecución. (regresar4)

5 Pág. 52. (regresar5)

6 Pág. 59. (regresar6)

7 Pág. 11. Por cierto, todos los relatos de este libro están habitados por idéntico comportamiento narrativo. Y Conste que se trata de un escritor joven. (regresar7)

8 En la solapa posterior. (regresar8)

9 Pág. 5. (regresar9)

1O Pienso que Caicedo, sin duda un artista, habría sido el más severo Crítico de sus epígonos locales. Porque ha sido mucha la parrafada interminable que, después de él y sin la misma desgarradura, han escrito quienes aparecen como sus paisanos. Piénsese en una novela como Acelere, que obtuvo incluso un premio nacional. Novela de la cual, afortunadamente, pocos se acuerdan. (regresar10)