Boletín Cultural y Bibliográfico, Número 22. Volumen XXVII, 1990 

La ley y el orden social: fundamento profano y 
fundamento divino (segunda parte)


V

Hasta aquí se han descrito algunas situaciones particulares en las cuales se inscribían con claridad los códigos más generales que informaban la vida y la actuación del Estado colonial. Ante todo, una indiferenciación entre lo público y lo privado, en la que lo político estaba conectado en lo más íntimo de la conciencia con el sistema de creencias religiosas. La configuración de los órdenes sociales era también un orden político del que sólo podía escaparse en regiones de refugio, en donde no podía operar el orden jerárquico afianzado en los centros urbanos. Los liberales del siglo XIX podían percibir la profunda extrañeza de ese orden que el discurso político había trastocado. La revolución había hecho aparecer un espacio público y un lenguaje adecuado para ese nuevo ámbito.

Milicias neogranadinas, acuarela sobre papel de Edward Mark. (Colección de la Biblioteca Luis Angel Arango).  

En un libro reciente, Renán Silva ha inventariado cuidadosamente el repertorio de ideas que fueron la materia de los discursos del Papel Periódico de la Ciudad de Santafé de Bogotá, semanario publicado entre 1791 y 1797. Silva persigue en cada tema y en cada idea proveniente de la Ilustración la torsión peculiar que debe señalar cierta originalidad en su adaptación a las circunstancias locales. Dentro de ese mundo cerrado de intereses localistas, lo que llama la atención de ese primer intento de enfrentar la realidad propia, aun con ideas prestadas, es la búsqueda y conformación de un público. Aun si se trataba solamente de una minoría ilustrada, halagada una y otra vez como "la parte más sana e instruida de la nación", o "el corto y precioso número que va por los caminos de la sabiduría y la prudencia", o todavía, "esa porción de vivientes que la naturaleza ha dotado de sobresalientes luces, distinguiéndola honrosamente de la miserable multitud". 13

Dirigirse a un público para promover la discusión de "intereses generales" era una invitación a trascender el egoísmo y los localismos en un espacio público que los cautos discursos del semanario tanteaban para fijar el ámbito y las dimensiones. La novedad de este paso puede medirse al contrastar el tipo de asuntos que se ventilaban en el semanario con aquellos que hasta entonces habían sido objeto de una atención rutinaria en los cabildos de ciudades y villas. Los temas del semanario iban siendo sugeridos por la razón y por la filosofía, en tanto que el foro tradicional de los cabildos apenas aceptaba aquellos debates en que se negociaban aranceles, abastos y rentas de los propios municipales. En el nuevo espacio, cualquier espíritu a la altura del siglo podía ejercitarse en discursos que apuntaran al "interés general", haciendo caso omiso de esas menudas transacciones en las cuales sólo podían ocuparse los espíritus egoístas e imbuidos de "preocupaciones". En el nuevo espacio, las palabras alcanzaban una especial resonancia, lanzadas al centro de la atención del público, así no fuera otro que el corto y precioso número de un público instruido. El nuevo espacio público contrastaba también con el viejo espacio de rituales y ceremonias, en el que la rígida codificación de los gestos, de las preeminencias y del orden de las corporaciones reiteraba los símbolos de la permanencia de un orden de cosas.

La aparición de este espacio público tenía que romper el continium de un espacio que cobijaba indistintamente los íntimos deberes morales como los deberes del vasallo hacia su soberano. La minoría "dotada de sobresalientes luces" aceptaba gustosa el peso de las obligaciones impuestas por un humanismo cívico republicano, forzosamente laico, de la misma manera que sus herederos liberales aceptaban sólo a regañadientes la influencia del púlpito 14.

El espacio público iba elaborando un lenguaje amplificado, adecuado para nuevos ámbitos. Era contrastando esta amplificación con el hilo tenue de la comidilla, los pasquines y el escándalo, como los liberales, entre ellos José Victorino Lastarria y Amunátegui en Chile, el boliviano Gabriel René Moreno o, en Colombia, Rufino Cuervo o José María Samper, encontraban una insufrible poquedad en "los pensamientos, los escritos, las palabras, las acciones coloniales". La imaginería de la revolución hispanoamericana había distanciado las realidades coloniales como parcelas de una época oscura que retrocedía aceleradamente frente a su propia epifanía luminosa. El solo lenguaje parecía fundar una nueva sociedad, barriendo los prejuicios de la antigua.

El lenguaje de la independencia constituyó una innovación radical. Su retórica y sus metáforas no enriquecían una vida literaria, pero en cambio se volvieron corrientes en mensajes, proclamas, partes militares, discursos políticos y hasta en una correspondencia privada conscientemente escrita para ser incorporada a los archivos públicos. La revolución hizo aparecer una nueva escritura que no tenía antecedentes en las prácticas curialescas de la colonia. En Hispanoamérica, gran parte del lenguaje escrito no adhería a modelos literarios sino a los que le ofrecían memoriales administrativos y alegatos judiciales. En ellos, el barroquismo conceptista del siglo XVII, de una intrincada y sabia retórica, había dado lugar durante el siglo XVIII a una prosa reiterativa y plana que no debía dejar lugar a confusiones. El nuevo lenguaje estuvo compartido por militares y políticos y fundamentalmente por abogados. Parte de esta retórica procedía de la experiencia intelectual europea reciente y de la resurrección de un estilo tribunicio corriente durante la Revolución Francesa. Con la revolución, la escritura adquirió un énfasis y una dignidad un poco teatrales: la escritura que Roland Barthes describía como escritura política, en la que "se asigna unir de un solo trazo la realidad de los actos y la idealidad de los fines El mismo Barthes, refiriéndose a la Revolución Francesa, hablaba de una amplifiicación teatral de la escritura. La revolución hispanoamericana adoptó de manera natural esta amplificación y la tomó de las mismas fuentes de la francesa: los escritores latinos del clasicismo.

VI

El problema que tenían que enfrentar quienes se adueñaban del espacio público nacía de una paradoja. Por un lado, debían ofrecer una garantía a las masas populares de que la novedad de su discurso no rompería con un vínculo esencial que debía unir al pueblo con la cute dirigente. De allí que, inmediatamente después de librarse la batalla decisiva de Boyacá, en el territorio de la Nueva Granada, el gobierno ordenara que los curas de las ciudades, las villas y aun de las parroquias de mestizos más apartadas, predicaran "que el actual sistema de libertad no se opone a la fe de Jesucristo Nuestro Señor y, que así, no son herejes los que lo siguen". Por otro lado, no se pretendía que las masas populares se incorporaran de lleno en el espacio público. Se admitía que la religión constituía todavía el fundamento moral de la sociabilidad popular, aunque esto no quisiera decir de ningún modo que debía conservársela como el fundamento de la política. El estatuto ambiguo de la religión y de la Iglesia, que se relegaban a la mera función de constituir un dique de las pasiones incontrolables de las masas y que al mismo tiempo se reconocían como un nexo indispensable entre dirigentes y dirigidos, iba a ser la fuente de controversias doctrinales agotadoras y de cruentas guerras civiles 15.

En el nuevo orden estaba ausente un monarca, el eslabón final de una cadena de fidelidades que daba consistencia a las órdenes, estados o jerarquías. Su desaparición entrañaba riesgos de agitar la discordia y de dejar sin freno las pasiones de la plebe. En la Nueva Granada, como en Quito, el pensamiento ilustrado había expresado horror por la discordia. El redactor del Papel Periódico, que buscaba distanciarse de la Revolución Francesa pensando en ella como en un tema para los historiadores del futuro, mostraba su estupor ante el "repentino trastorno sucedido sin ejemplar alguno en todas las clases y jerarquías del Reino: la abolición absoluta de los enlaces y órdenes de la sociedad" 16

El espacio público mensajes, proclamas y discursos. Los voceadores (Grabado en madera tomado de: El zancudo, Ed. Arco. Bogotá. 1975).

La aspiración real de los liberales consistía en que el lugar que antes ocupaban el consenso religioso-moral y un sistema de fidelidades que daban forma orgánica a los órdenes sociales fuera ocupado por un culto abstracto de la ley. La ley daba, en efecto, forma y figura tangibles al espacio público. Su único enemigo eran las pasiones, tanto colectivas como privadas. Sobre el andamiaje de esta tensión entre la ley y las pasiones se escribió la primera historia de la revolución por uno de sus actores, José Manuel Restrepo. En esta historia, uno de los puntos culminantes de la trama lo constituyen los sucesos de abril de 1826, en el departamento de Venezuela, que desencadenaron la disolución de la Gran Colombia. En esta ocasión, según Restrepo, el general Páez, quien propiciaba la discordia al no someterse a un juicio del Congreso, no escuchaba "mas que la voz de su profundo resentimiento y de sus impetuosas pasiones". Con esto marchitaba los laureles de su gloria y aparecía ante el mundo como un faccioso. En ese año y durante los dos años sucesivos, eran muy frecuentes las declamaciones sobre la intangibilidad de las leyes, amenazada por militares y clérigos reaccionarios. La exageración sobre el carácter intangible de la ley adquiría el aspecto de una consigna en toda ocasión que los santanderistas enfrentaban a "clericales", "godos", "serviles" o "militaristas". En mayo de 1826, el fiscal de la Corte Superior de Justicia de Popayán denunciaba al provisor del obispado, un antiguo realista, por haber omitido un procedimiento legal 17 :

ha destrozado —declamaba— nuestro sagrado código fundamental 
y en cuanto ha estado de su parte ha roto el pacto social, ha destruido 
el sistema de gobierno adoptado en Colombia y, en fin, ha transtornado 
todo el gobierno político y civil que establecen las leyes...

El mismo espíritu informaba el alegato de un oficial santanderista que reclamaba por una ofensa personal que le había infligido el intendente del Cauca, Tomás Cipriano de Mosquera 18 :

¿ Y será posible que esto haya sucedido en el siglo 19, en la República 
de Colombia, tierra de libres, foco de luz, nodriza de héroes y al través de
leyes que garantizan al hombre en convivencia? ... Colombia está al borde 
e un sepulcro profundo el día que se viole una ley...

Rufino Cuervo, otro civilista que actuaba de fiscal ante la Corte de apelaciones de Popayán en 1827y 1828, declamaba en un tono casi idéntico, en un proceso político 19 :

Circunstancia bien singular, de advertir que contra estos dos últimos 
no ha habido un proceso judicial; ¡horribles atentados! Es así que se 
salva la valla que ha puesto la ley al empleado público para el ejercicio 
de sus funciones y es así que se desacreditan nuestras instituciones 
celestiales. Si por un momento retrogradásemos a las épocas de las 
prescripciones de los verdugos españoles, sería allí y solamente allí 
donde encontraríamos entre nosotros atentados de tamaña magnitud...

El enfrentamiento entre liberales y conservadores en el curso del siglo XIX fue la expresión de visiones parciales y complementarias de una sociedad escindida culturalmente. La esencia del discurso liberal, que se apoyaba en un culto abstracto de la ley, encontraba un desafío permanente en la visión organicista que provenía del orden social de la colonia y que podía pasar como un orden natural que engendraba deberes morales. En uno y otro caso aparecía una fisura real en la sociedad y una desconfianza mutuas entre las masas que integraban todas las castas y las elites criollas. La dialéctica entre una visión utópica y una visión realista, entre el imperio de la ley que debía aceptarse voluntariamente y la coerción de las "costumbres" que no podía abolirse de un plumazo, buscaba transacciones en las que se inscribe buena parte del repertorio político hispanoamericano: el caudillismo, el caciquismo, el clientelismo, etc. Estas formas aparecieron como el sustituto de una unidad imposible dentro del cuerpo social y para reemplazar la vieja cadena de fidelidades que culminaba en la figura del monarca. Con ellas se llenaba el vacío creado por la independencia en las formas de control social: el continium entre lo privado y lo público, la identificación de órdenes y jerarquías sociales con lo político y, de manera significativa, los privilegios corporativos monopolizados por ciudades y villas de españoles. Este monopolio había correspondido, en la esfera individual, a la categoría de vecino, aquel que tenía "casa poblada" y privilegios patrimoniales dentro de una ciudad. La generalización de estos privilegios se realizó elevando al rango de ciudades y villas a muchos sitios y parroquias que estaban antes subordinados a centros urbanos y confiriendo a sus habitantes el título de ciudadanos. Con esto, todos los que vivían al margen de la sociedad colonial, o que se habían excluido de la república cristiana, podrían reintegrarse a la república profana bajo el manto del concepto universal de ciudadanos.

Tipo blanco e indio mestizo en la provincia de Tundama


PRIMERA PARTE

 

13 Renán Silva, Prensa y revolución a finales del siglo XVIII, Bogotá, 1988. (regresar13)

14 J. G. A. Pocock, The Machiavellian Moment: Florentine Political Thought and the Atlantic Republican Tradition, Princeton, 1975. (regresar14)

15 El examen económico y social de las guerras civiles, que apenas ha comenzado a hacerse en Colombia, no debería perder de vista la posición central de los conflictos con la lglesia. O el hecho palmario de que los conservadores, en su alianza con la Iglesia, estaban en mejor posición que los liberales para interpretar creencias e instintos populares. (regresar15)

16 Papel Periódico de la Ciudad de Santafé de Bogotá, edic. facsimilar, Bogotá, 1978, t. y; "Idea general del estado presente de las cosas de Francia", t. IV, núm. 130, pág. 613. (regresar16) 

17 ACC., sign. 4.233. (regresar17)

18 ACC., sign. 3.768. (regresar18)

19 ACC., sign, 4.340.  (regresar19)