Boletín Cultural y Bibliográfico, Número 22. Volumen XXVII, 1990 

La ley y el orden social: fundamento profano y 
fundamento divino (segunda parte)

III

Dentro del sistema colonial español las jerarquías sociales poseían un carácter político. En América, la equivalencia entre subordinación social y subordinación política se derivaba del hecho mismo de la conquista sobre pueblos aborígenes. Desde el punto de vista del Estado español, la existencia de diversas jerarquías y esferas en la sociedad debía garantizar un eslabonamiento indispensable para transmitir la autoridad regia. Colocada en un extremo de la cadena, ésta requería de un orden social inalterable para hacerse sentir, a través de sus intermediarios, hasta el eslabón más bajo de la cadena, tan alejado del primero. La fundamentación de este orden era también de naturaleza religiosa. El privilegio social premiaba la lealtad, y la lealtad más esencial era la debida a la ortodoxia religiosa. El hereje quedaba excluido, junto con su descendencia, de todo puesto de honor en la república y hasta se le prohibía el uso de todo adorno que realzara el prestigio social. De esta manera, todo aquello que empañará el prestigio de las jerarquías sociales afectaba en la misma medida a la autoridad política. El ejercicio del poder por parte de un grupo iba acompañado de calidades subjetivas, de las cuales no podía despojarse a los individuos que lo componían. El desconocimiento de la calidad de noble o el simple dicterio que asimilaba a un individuo a las castas provocaban inmediatamente el escándalo, como si se tratara de actos de subversión política.

Habitantes notables de la provincia de Tundama, de Carmelo Fernández. 1851 (En: Hojas de Cultura Popular. Bogotá. 1954). Mendigos en Argentina (En:  Voyage pittoresque dans les deux Amariques. París. 1836).

 

En las colonias españolas, el concepto de nobleza adolecía de una ambigüedad radical. En la mayoría de los casos, dicha pretensión no podía fundarse en títulos muy claros. Estos títulos eran usualmente el resultado de probanzas y de un juicio contradictorio ante la cancillería de Granada, que conducía a un real rescripto y a la otorgación de un escudo de armas. Como muy pocos emprendían este engorroso procedimiento, solía aceptarse como prueba de nobleza cierto consenso social basado en una tradición de preeminencia lugareña. En el estrecho círculo de notables locales, ninguno se sentía tentado a discutir las pretensiones ajenas, por temor a desvirtuar las propias en un intercambio de reproches mutuos. Por esta razón, un notable de Popayán, perteneciente a una nobleza de terratenientes y de comerciantes en esclavos, daba una curiosa interpretación de esta aceptación tradicional 8 . esta nobleza, ˇaprueba que tiene más relevante, son las hermosas operaciones. Si éstas se dirigen a una conducta regular, a tratar con moderación a los convecinos, entonces se cree que hay un alma noble que las dirige. Pero si todo el conato es perturbar la paz pública o poner tachas a los sujetos, sacar a la luz sus faltas, entonces se ve que hay un alma baja, de las más ínfimas que animan al operante [...].

Ante el fenómeno generalizado de noblezas improbables, se confundía deliberadamente el concepto con una cualidad moral, la "nobleza de alma", y ésta se reducía a la aceptación de un juego social destinado a evitar alteraciones de la paz pública. Había implícita una exigencia de tolerancia y de disimulo con respecto a las faltas ajenas, para evitar el escándalo de las disensiones en esta esfera social.

Reyerta popular. Litografía coloreada de Ramón Torres Méndez. Ed. Victor Sperling, Leipzig. 1910. Reyerta de aguadores. Litografía coloreada de Ramón Torres Méndez. Ed. Víctor Sperling. Leipzig. 1910.

La distinción entre las castas no afectaba solamente la relación de los estratos altos con los bajos sino a las castas mismas. En los barrios populares de las ciudades de la Nueva Granada y aun en las casas de los nobles cohabitaban gentes de la más diversa condición. Los nobles se rodeaban de parientes, de esclavos, de criados y de clientes o agregados. En casas más humildes posaban transeúntes, pequeños comerciantes itinerantes (tratantes) o, de manera más permanente, inquilinos de tiendas y aposentos. No era rara la convivencia de blancos pobres con mulatos, mestizos y negros. Ni los nobles estaban distanciados físicamente de los estratos inferiores. Los contactos y hasta ciertas formas de familiaridad con los esclavos eran cotidianos, aunque la distancia social inhibiera la conducta de estos últimos hacia los primeros.

No ocurría lo mismo en los estratos más bajos. Las tensiones que imponía el abigarramiento en viviendas estrechas o las chispas que saltaban de las fricciones en tiendas, en mercados, en ventas y en pulperías, estimuladas casi siempre por la bebida, daban lugar a ofensas frecuentes. Insultos y dicterios que rebajaban aún más la condición de un blanco pobre para asimilarlo a las castas entre las que convivía, la intención denigrante de la alusión racial, agresiones provocadas por los celos, la rivalidad sexual o el abandono, violencias súbitas desencadenadas por la soberbia o por la humillación, oscuras venganzas por menudos agravios repetidos, el cuadro que puede dibujarse de esta sociedad a través de los expedientes penales dista mucho de la procesión ordenada de jerarquías y de oficios en los momentos solemnes de fiestas religiosas o de conmemoraciones de la monarquía.

En uno de los trabajos con los que Jaime Jaramillo Uribe fundó la historia social en Colombia, se estudiaban las actitudes colectivas frente a los mestizos y a las castas en general. Sobre los mestizos pesaba un predicamento de imprevisibilidad y eran tildados de "inestables, buscarruidos, gente de vida irregular y malas costumbres". Este elemento social no encontraba un acomodo en la república cristiana, al no estar sujeto a una clara relación de subordinación como la que constituía el tributo, el trabajo personal y la esclavitud o aun aquellas leyes inscritas en un código informulado de honor que regía para los estratos superiores. La suspicacia sobre los mestizos, y sobre las castas en general, los convertía en un blanco especial para los guardianes de la ley. La peligrosidad no se atribuía, como en Europa, a las clases laboriosas (los indios o los esclavos) sino precisamente al sector social que escapaba a toda forma específica de control o al molde aceptado y previsible de una conducta 9 .

IV

Fuera del estrecho ámbito de las antiguas ciudades coloniales, la aplicación de la justicia y, con ella, la efectiva presencia del Estado, eran muy problemáticas. Sólo dentro del perímetro urbano existía un sistema efectivo de jerarquías sociales, de atribuciones políticas repartidas entre los notables y de símbolos externos que fundaban un orden en el cual pudiera proyectarse el Estado. Fuera de este recinto, sobre todo en las áreas semiurbanas, las jerarquías sociales que servían para ejercer un control inmediato sobre las bajas esferas apenas tenían un reconocimiento nominal.

El centinela (Grabado en madera de Moros, en: Papel Papel periódico ilustrado. Bogotá. núm. 81, diciembre. 1884). Mestizos de Cartago en una venta en la Provincia de Cauca. de Manuel Paz. 1853. (En: Hojas de Cultura Popular, Bogotá. 1954).

Mucho más allá, dentro de los términos, a veces inmensos, atribuidos como jurisdicción a cada ciudad, había áreas enteras que escapaban al control efectivo de las autoridades. Sólo en el curso de la segunda mitad del siglo XVIII pudieron algunas ciudades, como Popayán o Cartagena, extender una red de alcaldes pedáneos o partidarios en muchas regiones de su jurisdicción. Durante todo el siglo XVII y gran parte del XVIII, por ejemplo, el valle del Patía, en Popayán, y el curso del río San Jorge, en Cartagena, fueron zonas de refugio para prófugos de toda laya 1O .

Los supuestos ideológicos de una república cristiana podían operar en el ámbito estrecho de las ciudades y su jurisdicción más inmediata. Fuera de este ámbito existían vastas zonas de refugio en donde el orden regulado por jerarquías sociales, por patrones estables de dominación económica y por una ideología que los justificaba no parecía tener cabida. Allí no prevalecían las relaciones de subordinación ordinaria ni existían medios de vida, aun precarios, asegurados por diversas formas de explotación económica. En el Patia, como en muchos sitios distantes de los centros urbanos, predominaban las relaciones de nuda fuerza y la complicidad, que favorecían extensas redes de parentesco o de compadrazgo. Allí se reproducían, en otra escala y en forma caricaturesca, las relaciones de dominio de los clanes familiares que prevalecían en los centros urbanos 11 .

Estas regiones de refugio favorecían actividades como el abigeato y el contrabando. En 1789, un español que intentaba fundar una hacienda de ganados en el Patia se quejaba de

la mucha franqueza que les ofrece lo abierto de los sitios, cuevas, peñas y 
extraviados caminos, cuyas circunstancias, agregadas a las de su mucha 
versación en el pillaje y por celo de las justicias, hacen que éstos destruyan 
con su repetición las haciendas.

En la región del río Palo, en jurisdicción de la ciudad de Caloto, había otra región de refugio para negros cimarrones, mulatos y mestizos. Allí, el cuatrerismo se combinaba con el contrabando contra la renta del tabaco. Los refugiados vivían dentro de las posesiones territoriales de una poderosa familia de mineros de Popayán sin que éstos se percataran siquiera de su presencia. Allí mantenían no sólo sus rocerias clandestinas de tabaco sino también maíz y plátanos, lo que les permitía conservar su aislamiento. En 1799, dos propietarios siguieron el rastro de una res robada y, al pasar un brazo del río Palo, encontraron un rancho en el que tres negros y dos negras tasajeaban la carne. Sorprendidos, los negros huyeron para regresar al poco rato y atacar con piedras y un sable a los dos propietarios. Este ataque atrajo una redada sobre el refugio y el encausamiento de una docena de negros huidos, hombres y mujeres. Se trataba de dos familias, llamadas Frailes y Duendes, dedicadas al robo de ganado y al contrabando desde 1788. Los responsables de las heridas de los propietarios eran dos esclavos de una mina de las monjas del Carmen de Popayán, en el real de minas de Cerrogordo. A estos dos esclavos se los condenó a la horca, a cinco cómplices a doscientos azotes y ocho años de presidio, y a cuatro mujeres a cien azotes y ocho años de destierro. Aun antes de que la sentencia fuera consultada con la Audiencia de Quito, todos los condenados andaban prófugos. Sólo catorce años más tarde, en plena guerra de independencia, el expediente fue reanudado, al sorprenderse a uno de los encausados en un nuevo robo de ganado. Pero para entonces los contrabandistas del río Palo habían dejado de ser delincuentes. Ahora eran parte activa de un proceso revolucionario y alternativamente eran cortejados por dos ejércitos para que se enrolaran en sus filas l2.

Tipo blanco e indio mestizo en la provincia de Tundama. de Carmelo Fernández. 1851 (En: Hojas de Cultura Popular. Hojas de Cultura Popular. Bogotá. 1954).

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8 ACC., sign. 7.911. (regresar8)

9 Jaime Jaramillo Uribe, "Mestizaje y diferenciación social en el Nuevo Reino de Granada en la segunda mitad del siglo XVIII", en Ensayos sobre historia social colombiana, Bogotá, 1968,
págs. 263-303. (regresar9)

10 Gerardo Reichel Dolmatoff (cd.) Diario de viaje del P. Joseph Palacios de la Vega entre indios y negros de la provincia de Cartagena en el Nuevo Reino de Granada, 1787-1788, Bogotá, 1955. (regresar10)

11 Francisco Zuluaga, "Clientelismo y guerrillas en cl valle del Patfa, 1536-1811" en La Independencia Ensayos de historia social, G. Colmenares el al.. Bogotá, 1986. (regresar11)

12 ACC., signs. 9.851, 7.898, ACC., signs. 9.851, 7.898,9.860, 9.719, 8.041, 9.720,9.855, 9.859, 9.720, 9.852,9.856.(regresar12)