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Influencia histográfica
El Ideal de lo práctico
Frank Safford
Empresa Editorial Universidad Nacional,
El Áncora Editores. Bogotá, 1989, 412 págs.
Los lectores colombianos
de la producción historiográfica que emplea las teorías y los métodos de las ciencias
sociales deben congratularse con esta publicación de Frank Safford, del mismo modo que
los especialistas lo hicieran cuando apareció la edición en inglés, en 1976. Las
adiciones y correcciones de la versión en castellano, si bien importantes, no alteran la
arquitectura de una obra que, para los efectos prácticos de la hora presente, llega en el
momento ideal. Con todo y su marginalidad, la discusión de los últimos años en torno al
desarrollo científico y tecnológico, ligado de por si a la Suerte de las instituciones
universitarias, y a la pertinencia de un sistema de educación superior armónico y
coherente, se alimentará de este estudio sobrio, económico en el empleo de los medios
eruditos y sólido en sus planteamientos.
La obra de Safford
ha influido notablemente en las investigaciones de la moderna historiografía colombiana,
a mi juicio, por el equilibrio que consigue establecer entre el sustento teórico y la
base factual y entre los diversos factores que dan sentido al mundo fenoménico descrito.
El tema del libro que nos ocupa, suficientemente ilustrado en el título, refiere las
relaciones entre los valores "educativos" y las estructuras socio-económicas y
políticas. El autor abre diciendo que cree más probable que los valores estén
determinados por las estructuras y no al contrario. Los valores son aquí como una especie
de cristalización ideológica de las actitudes dominantes frente a la formación técnica
en una sociedad preindustrial, agraria y con una herencia hispánica que Safford hace
datar del siglo XIII. Tales "estructuras" serian geográficas: topografía
difícil, insalubridad tropical, población dispersa, ríos poco navegables; la "herencia
colonial": una sociedad polarizada entre una elite con el monopolio del saber,
del poder y de la riqueza, esta última considerada como el principal factor de la
clasificación social, y una masa de campesinos mestizos, analfabetos, retraídos y
fatalistas que viven en un entorno general de bajísimas tasas de alfabetización y
escolaridad, efecto y causa del estancamiento económico característico del siglo XIX
colombiano, y, finalmente, la debilidad de una tradición científico-tecnológica.
No se trata,
empero, de armar el rompecabezas con un manual de instrucciones según el cual, si se
ensamblan primero los elementos que forman el marco, lo demás vendrá por añadidura,
porque, dados el tamaño, la forma y el color de las demás piezas, sería fácil hacerlas
encajar de entrada. No. Safford propone un esquema más complejo; analiza la competencia
de diversos valores y orientaciones dentro de la misma elite y explora "los
diferentes niveles de la conciencia" individual. Así, su estudio establece cómo
"los valores afectan el comportamiento económico, social y político y la manera en
que los contextos económico, social y político, condicionan los valores".
Para no perderse en la
densidad de manifestaciones "estructurales" o "valorativas", el autor
parece seguir este hilo conductor: con qué elementos, cómo, invocando qué preceptos y
bajo qué circunstancias (casi siempre adversas), los líderes colombianos, a tiempo que
depositaron un "exceso de fe" en la educación formal, concebida como panacea
para transformar el sistema valorativo, en la práctica exhibieron una profunda ausencia
de compromiso con ese ideal: fueron "ambiguos", de suerte que el libro concluye
aseverando que "gran parte de la clase alta colombiana ya ha obtenido una
capacitación técnica pero los valores aristocráticos continúan influyendo
negativamente sobre ella". Esto es así aun después de pasar la prueba de la
industrialización del siglo XX, que apenas modificó la tabla de valores
colombianos, sin alterarlos en su aristocratismo
esencial.
Como es de esperar, un
intento intelectual de estas proporciones requiere enfocar un período largo. Safford
estudia los componentes básicos institucionales o sociales de las grandes políticas
educativas desde Moreno y Escandón hasta la iniciativa neoborbónica de crear la
Universidad de los Andes, a raíz del 9 de abril de 1948, aunque para los últimos cien
años (circa 1870-1970) su estudio ilustra el caso" de la ingeniería
colombiana.
Safford está preocupado
por entender de qué manera la Ilustración española consiguió atravesar la atmósfera
brumosa de nuestro siglo XIX, y cómo, inclusive, logró proyectarse hasta nuestros días.
Para ello traza líneas de continuidad, mostrando las peripecias de los neoborbones, o sea
los "conservadores" de los treinta, cuarenta y fines del siglo pasado, y líneas
de ruptura "liberales", propuestas desde el general Santander,
intermitentemente.
Los neoborbones toman de
la Ilustración las ideas "educar a la elite" y "civilizar al pueblo",
para ponerlo en los términos del bello título del libro de Aline Helg. Lo uno no excluye
lo otro, porque se trata de formar técnicos y moralizar simultáneamente. Para ello,
siguen una estrategia institucional que acentúa los esfuerzos en la educación superior,
colocando las instituciones universitarias bajo el control estatal central e introduciendo
ideas y métodos de las ciencias experimentales. La reacción encabezada por los dominicos
no se hace esperar:
defendiendo los fueros de
la "autonomía universitaria", neutralizan el proyecto modernizador ilustrado,
empleando todos los ardides, inclusive las denuncias ante Inquisición. Estos apartes del
libro recuerdan que el proyecto de erigir universidades del Estado y de su control central
no es, como se dice en los seminarios del padre Borrero en Melgar,
"napoleónico"; claramente viene de la Ilustración borbónica. En
contraposición a este proyecto de educar a la elite para el desarrollo económico y
simultáneamente a las masas para la conformidad social, aparece el esquema liberal, cuya
estrategia acentúa elementos más igualitarios, a la luz del
romanticismo del 48, y subraya la importancia de
la educación primaria, propone mayor descentralización y desarrolla la ideología
(anglosajona) de un pleno laissez-faire educativo. El libro se detiene entonces en
los proyectos neoborbónicos y liberales: de los primeros fueron inspiradores hombres como
Ignacio Gutiérrez Vergara, Rufino Cuervo, Lino de Pombo o Mariano Ospina Rodríguez, muy
dados, sobre todo este último, a resolver los problemas por la vía de una legislación
coercitiva.
El proyecto neoborbónico
entra en reveso temporal durante el gobierno de Mosquera (1845-1849) que, sin renunciar
del todo a sus premisas, ejerce, no obstante, un liderazgo más "positivo":
inculca un sentido optimista en la clase
alta y da pie a que los científicos y tecnólogos colombianos tengan posibilidades de
empleo en las obras públicas.
El arribo de los
radicales en 1867 sepulta para siempre instituciones neoborbónicas como la Casa de
Refugio, el Colegio Militar o el Instituto de Ciencias Naturales, Físicas y Matemáticas,
los tres de Bogotá. Los liberales destruyen, adicionalmente, el cuasimonopolio de las
tres grandes universidades (Bogotá, Cartagena y Popayán), asimilándolas a los colegios
nacionales, y, para rematar, eliminan los títulos universitarios como requisito para
ejercer las profesiones, incluidas la medicina y el derecho.
Por otra parte, aunque no
es tan evidente que el énfasis puesto en la educación primaria o la superior diferencie
a "conservadores" de "liberales", como se comprobaría en Antioquia,
según Safford los "liberales" fueron los campeones del siglo XIX en elevar las
tasas de escolaridad primaria: del 8.7%, a que las llevó el gobierno de Santander en
¡837, al ¡8% en los años setenta, como resultado de la reforma educativa de 1879.
Pero más decisivas que
la competencia de valores entre estatistas y leseferianos, lo fueron las condiciones
fiscales, de inestabilidad económica o de belicosidad política, para asegurar la
continuidad de planes e instituciones educativas. Todo ello y la inexistencia de mercado
seguro para los científicamente calificados, hicieron del estudio de las ciencias un
pasatiempo o una vocación excéntrica, de suerte que terminamos en una especie de estatus
neocolonial tecnológico:
nuestros científicos técnicos (después de 1870)
son aptos para saber consumir tecnología pero no saben crearla, salvo casos
marginales.
Según Safford, el
resurgimiento de instituciones educativas como la Universidad Nacional, en 1868, una
entidad preferentemente científica y tecnológica, es resultado de los vientos
moderadamente buenos que soplaron para las exportaciones colombianas y para la
construcción y mejoramiento de una infraestructura de transportes. Las inversiones
extranjeras en la dotación de tal infraestructura, la minería, y, después de 1870, la
creación de empresas manufactureras tales como ferrerías o fabriquitas de jabones,
velas, cerveza o vidrio en Bogotá y Medellín, dan a Safford oportunidad para establecer
un sugerente contrapunto entre el tipo de ingeniero burocrático "nacionalista"
de Bogotá y el oriente y el más versátil, abierto y "cosmopolita" del
occidente.
Con una mirada a
vuelo de pájaro al siglo XX, Safford analiza las vicisitudes finales de los neoborbones
(el último exitoso sería Mario Laserna) con la Universidad de los Andes. Aunque está
bien establecida la dispersión geográfica de escuelas técnicas, muchas de religiosos,
en particular de los salesianos, ocurrida bajo la Regeneración, queda en el aire la
historia así sea sucinta de las grandes escuelas de ingeniería en el siglo
XX: la de minas, que pronto fue adscrita y desde entonces se mantiene en ella
a la Universidad Nacional; la de la Nacional de Bogotá, las ampliaciones y desarrollos de
ellas en los treinta y en los cuarenta bajo la república liberal; las de
agronomía, de la misma Universidad, en Medellín, Palmira y Bogotá; el ascenso de la
Universidad Industrial de Santander o de la del Valle; la erección, en el decenio de
1960, de una sólida facultad de ciencias en la Nacional, todo lo cual lleva a cuestionar
si en 1976 era exitoso el proyecto neoborbónico de Laserna en los Andes: "superar
en calidad académica" a la Universidad Nacional. Hoy en día, eso está lejos de
ser cierto.
Esto
no obsta para precisar que algunos de sus departamentos mantienen los más altos niveles
nacionales, como el de administración de empresas o el de ingeniería de Sistemas,
disciplinas centrales en el proceso de consolidar una elite técnica moderna. Pero cuando
Safford escribió su libro, pocos apostaban por el porvenir de la universidad más
"liberal" (en el esquema saffordiano): la Nacional. No cabe duda de que,
pensando en cl próximo siglo, y circunscribiéndonos arbitrariamente a la universidad,
sin pensar en la educación secundaria, la semilla más fecunda y adaptable al clima
colombiano está por germinar y producir los científicos y tecnólogos que demandará
Colombia, principalmente en la Universidad Nacional. Lo importante es que ella sepa
adecuarse al nuevo desafío, tenga financiamiento requerido y se arme de un espíritu
internacionalista y de colaboración con todas las demás instituciones públicas o
privadas, bogotanas o provincianas, católicas o no-confesionales, sencillamente porque, a
estas alturas, "neoborbones" y "liberales" pertenecen a un pasado que,
si aprendemos de Safford, debemos estudiar para no repetir. El desarrollo
científico-tecnológico del país exige una síntesis que permita a la educación
superior penetrar de lleno en las corrientes centrales de la vida social, antes que cada
institución se entierre como el avestruz, contemplando su mal llamada
"autonomía", su carácter "público o privado", o su legado
"neo-borbónico" o "liberal".
MARCO PALACIOS
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