Boletín Cultural y Bibliográfico, Número 22. Volumen XXVII, 1990 


Influencia histográfica


El Ideal de lo práctico
Frank Safford
Empresa Editorial Universidad Nacional,
El Áncora Editores. Bogotá, 1989, 412 págs.

Los lectores colombianos de la producción historiográfica que emplea las teorías y los métodos de las ciencias sociales deben congratularse con esta publicación de Frank Safford, del mismo modo que los especialistas lo hicieran cuando apareció la edición en inglés, en 1976. Las adiciones y correcciones de la versión en castellano, si bien importantes, no alteran la arquitectura de una obra que, para los efectos prácticos de la hora presente, llega en el momento ideal. Con todo y su marginalidad, la discusión de los últimos años en torno al desarrollo científico y tecnológico, ligado de por si a la Suerte de las instituciones universitarias, y a la pertinencia de un sistema de educación superior armónico y coherente, se alimentará de este estudio sobrio, económico en el empleo de los medios eruditos y sólido en sus planteamientos.

La obra de Safford ha influido notablemente en las investigaciones de la moderna historiografía colombiana, a mi juicio, por el equilibrio que consigue establecer entre el sustento teórico y la base factual y entre los diversos factores que dan sentido al mundo fenoménico descrito. El tema del libro que nos ocupa, suficientemente ilustrado en el título, refiere las relaciones entre los valores "educativos" y las estructuras socio-económicas y políticas. El autor abre diciendo que cree más probable que los valores estén determinados por las estructuras y no al contrario. Los valores son aquí como una especie de cristalización ideológica de las actitudes dominantes frente a la formación técnica en una sociedad preindustrial, agraria y con una herencia hispánica que Safford hace datar del siglo XIII. Tales "estructuras" serian geográficas: topografía difícil, insalubridad tropical, población dispersa, ríos poco navegables; la "herencia colonial": una sociedad polarizada entre una elite con el monopolio del saber, del poder y de la riqueza, esta última considerada como el principal factor de la clasificación social, y una masa de campesinos mestizos, analfabetos, retraídos y fatalistas que viven en un entorno general de bajísimas tasas de alfabetización y escolaridad, efecto y causa del estancamiento económico característico del siglo XIX colombiano, y, finalmente, la debilidad de una tradición científico-tecnológica.

No se trata, empero, de armar el rompecabezas con un manual de instrucciones según el cual, si se ensamblan primero los elementos que forman el marco, lo demás vendrá por añadidura, porque, dados el tamaño, la forma y el color de las demás piezas, sería fácil hacerlas encajar de entrada. No. Safford propone un esquema más complejo; analiza la competencia de diversos valores y orientaciones dentro de la misma elite y explora "los diferentes niveles de la conciencia" individual. Así, su estudio establece cómo "los valores afectan el comportamiento económico, social y político y la manera en que los contextos económico, social y político, condicionan los valores".

Para no perderse en la densidad de manifestaciones "estructurales" o "valorativas", el autor parece seguir este hilo conductor: con qué elementos, cómo, invocando qué preceptos y bajo qué circunstancias (casi siempre adversas), los líderes colombianos, a tiempo que depositaron un "exceso de fe" en la educación formal, concebida como panacea para transformar el sistema valorativo, en la práctica exhibieron una profunda ausencia de compromiso con ese ideal: fueron "ambiguos", de suerte que el libro concluye aseverando que "gran parte de la clase alta colombiana ya ha obtenido una capacitación técnica pero los valores aristocráticos continúan influyendo negativamente sobre ella". Esto es así aun después de pasar la prueba de la industrialización del siglo XX, que apenas modificó la tabla de valores colombianos, sin alterarlos en su aristocratismo esencial.

Como es de esperar, un intento intelectual de estas proporciones requiere enfocar un período largo. Safford estudia los componentes básicos institucionales o sociales de las grandes políticas educativas desde Moreno y Escandón hasta la iniciativa neoborbónica de crear la Universidad de los Andes, a raíz del 9 de abril de 1948, aunque para los últimos cien años (circa 1870-1970) su estudio ilustra el ‘caso" de la ingeniería colombiana.

Safford está preocupado por entender de qué manera la Ilustración española consiguió atravesar la atmósfera brumosa de nuestro siglo XIX, y cómo, inclusive, logró proyectarse hasta nuestros días. Para ello traza líneas de continuidad, mostrando las peripecias de los neoborbones, o sea los "conservadores" de los treinta, cuarenta y fines del siglo pasado, y líneas de ruptura "liberales", propuestas desde el general Santander, intermitentemente.

Los neoborbones toman de la Ilustración las ideas "educar a la elite" y "civilizar al pueblo", para ponerlo en los términos del bello título del libro de Aline Helg. Lo uno no excluye lo otro, porque se trata de formar técnicos y moralizar simultáneamente. Para ello, siguen una estrategia institucional que acentúa los esfuerzos en la educación superior, colocando las instituciones universitarias bajo el control estatal central e introduciendo ideas y métodos de las ciencias experimentales. La reacción encabezada por los dominicos no se hace esperar:

defendiendo los fueros de la "autonomía universitaria", neutralizan el proyecto modernizador ilustrado, empleando todos los ardides, inclusive las denuncias ante Inquisición. Estos apartes del libro recuerdan que el proyecto de erigir universidades del Estado y de su control central no es, como se dice en los seminarios del padre Borrero en Melgar, "napoleónico"; claramente viene de la Ilustración borbónica. En contraposición a este proyecto de educar a la elite para el desarrollo económico y simultáneamente a las masas para la conformidad social, aparece el esquema liberal, cuya estrategia acentúa elementos más igualitarios, a la luz del romanticismo del 48, y subraya la importancia de la educación primaria, propone mayor descentralización y desarrolla la ideología (anglosajona) de un pleno laissez-faire educativo. El libro se detiene entonces en los proyectos neoborbónicos y liberales: de los primeros fueron inspiradores hombres como Ignacio Gutiérrez Vergara, Rufino Cuervo, Lino de Pombo o Mariano Ospina Rodríguez, muy dados, sobre todo este último, a resolver los problemas por la vía de una legislación coercitiva.

El proyecto neoborbónico entra en reveso temporal durante el gobierno de Mosquera (1845-1849) que, sin renunciar del todo a sus premisas, ejerce, no obstante, un liderazgo más "positivo": inculca un sentido optimista en la clase alta y da pie a que los científicos y tecnólogos colombianos tengan posibilidades de empleo en las obras públicas.

El arribo de los radicales en 1867 sepulta para siempre instituciones neoborbónicas como la Casa de Refugio, el Colegio Militar o el Instituto de Ciencias Naturales, Físicas y Matemáticas, los tres de Bogotá. Los liberales destruyen, adicionalmente, el cuasimonopolio de las tres grandes universidades (Bogotá, Cartagena y Popayán), asimilándolas a los colegios nacionales, y, para rematar, eliminan los títulos universitarios como requisito para ejercer las profesiones, incluidas la medicina y el derecho.

Por otra parte, aunque no es tan evidente que el énfasis puesto en la educación primaria o la superior diferencie a "conservadores" de "liberales", como se comprobaría en Antioquia, según Safford los "liberales" fueron los campeones del siglo XIX en elevar las tasas de escolaridad primaria: del 8.7%, a que las llevó el gobierno de Santander en ¡837, al ¡8% en los años setenta, como resultado de la reforma educativa de 1879.

Pero más decisivas que la competencia de valores entre estatistas y leseferianos, lo fueron las condiciones fiscales, de inestabilidad económica o de belicosidad política, para asegurar la continuidad de planes e instituciones educativas. Todo ello y la inexistencia de mercado seguro para los científicamente calificados, hicieron del estudio de las ciencias un pasatiempo o una vocación excéntrica, de suerte que terminamos en una especie de estatus neocolonial tecnológico:   nuestros científicos técnicos (después de 1870) son aptos para saber consumir tecnología pero no saben crearla, salvo casos marginales.

Según Safford, el resurgimiento de instituciones educativas como la Universidad Nacional, en 1868, una entidad preferentemente científica y tecnológica, es resultado de los vientos moderadamente buenos que soplaron para las exportaciones colombianas y para la construcción y mejoramiento de una infraestructura de transportes. Las inversiones extranjeras en la dotación de tal infraestructura, la minería, y, después de 1870, la creación de empresas manufactureras tales como ferrerías o fabriquitas de jabones, velas, cerveza o vidrio en Bogotá y Medellín, dan a Safford oportunidad para establecer un sugerente contrapunto entre el tipo de ingeniero burocrático "nacionalista" de Bogotá y el oriente y el más versátil, abierto y "cosmopolita" del occidente.

Con una mirada a vuelo de pájaro al siglo XX, Safford analiza las vicisitudes finales de los neoborbones (el último exitoso sería Mario Laserna) con la Universidad de los Andes. Aunque está bien establecida la dispersión geográfica de escuelas técnicas, muchas de religiosos, en particular de los salesianos, ocurrida bajo la Regeneración, queda en el aire la historia —así sea sucinta— de las grandes escuelas de ingeniería en el siglo XX: la de minas, que pronto fue adscrita —y desde entonces se mantiene en ella— a la Universidad Nacional; la de la Nacional de Bogotá, las ampliaciones y desarrollos de ellas en los treinta y en  los cuarenta bajo la república liberal; las de agronomía, de la misma Universidad, en Medellín, Palmira y Bogotá; el ascenso de la Universidad Industrial de Santander o de la del Valle; la erección, en el decenio de 1960, de una sólida facultad de ciencias en la Nacional, todo lo cual lleva a cuestionar si en 1976 era exitoso el proyecto neoborbónico de Laserna en los Andes: "superar en calidad académica" a la Universidad Nacional. Hoy en día, eso está lejos de ser cierto.

Esto no obsta para precisar que algunos de sus departamentos mantienen los más altos niveles nacionales, como el de administración de empresas o el de ingeniería de Sistemas, disciplinas centrales en el proceso de consolidar una elite técnica moderna. Pero cuando Safford escribió su libro, pocos apostaban por el porvenir de la universidad más "liberal" (en el esquema saffordiano): la Nacional. No cabe duda de que, pensando en cl próximo siglo, y circunscribiéndonos arbitrariamente a la universidad, sin pensar en la educación secundaria, la semilla más fecunda y adaptable al clima colombiano está por germinar y producir los científicos y tecnólogos que demandará Colombia, principalmente en la Universidad Nacional. Lo importante es que ella sepa adecuarse al nuevo desafío, tenga financiamiento requerido y se arme de un espíritu internacionalista y de colaboración con todas las demás instituciones públicas o privadas, bogotanas o provincianas, católicas o no-confesionales, sencillamente porque, a estas alturas, "neoborbones" y "liberales" pertenecen a un pasado que, si aprendemos de Safford, debemos estudiar para no repetir. El desarrollo científico-tecnológico del país exige una síntesis que permita a la educación superior penetrar de lleno en las corrientes centrales de la vida social, antes que cada institución se entierre como el avestruz, contemplando su mal llamada "autonomía", su carácter "público o privado", o su legado "neo-borbónico" o "liberal".

MARCO PALACIOS