Boletín Cultural y Bibliográfico, Número 22. Volumen XXVII, 1990 


Entre la imprecaución y el ridículo


Diario secreto
José María Vargas Vila
Selección, introducción y notas de Consuelo
Triviño. Arango Editores-El Áncora Editores.
Bogotá, 1989, 210 págs.

La señora Triviño es la primera colombiana que ha tenido acceso a los originales del llamado "Diario secreto" del panfletario colombiano Vargas Vila. Lo consiguió bajo el auspicio de la Comisión Cultural del V Centenario del Descubrimiento de América, de España, y con la ayuda de los directivos de la Biblioteca Nacional José Martí, de La Habana, institución que tiene bajo su tutela el preciado diario, que reposa en el archivo del Consejo de Estado de Cuba.

La primera decepción que se lleva el lector es enterarse de que se trata de fragmentos escogidos por Consuelo Triviño, lo cual suscita cierto resquemor por tener que leer lo que otro, a su libre y real albedrío, ha subrayado para conocimiento público. De manera que no hay continuidad en las expresiones de Vargas Vila, sino destellos apenas de su sentir y pensar, aislados por los cientos de páginas aún inéditas y custodiadas en caja fuerte.

No obstante —salvo los párrafos de escándalo que llamaron la atención de la tijera y que comentaremos más adelante—, lo que se nos permitió leer es suficiente para revelarnos a un hombre amargado, repudiado y amado, solitario y asediado por la turba, grande y miserable, ególatra y entregado al amor de su hermano Antonio y de su mano derecha, un poética venezolano del montón, Ramón Palacio Viso, a quien el propio Vargas Vila declarara su heredero universal.

Vargas Vila, además de esos dos amores inmediatos y de los cientos de odios acumulados, vive en gran medida de sus recuerdos y de la idealización de su madre y de su patria, pese a que ésta no le otorgó favor alguno, distinto del accidente de haber nacido en Bogotá y recibido el bautizo en la iglesia de Santa Bárbara, circunstancia que siempre lamentarla —ya excomulgado—, alegando con orgullo ser un ateo de racamandaca y sin arrepentimiento alguno.

No es difícil deducir por qué atrajo tantos lectores durante el último decenio del siglo XIX y el primero del presente, si nos atenemos a su recurso del lenguaje directo, cargado de imprecaciones, irreverente, alfilerozo, punzante y con fuerza descrestadora. Además, su asombrosa seguridad en si mismo, que raya con el ridículo, debió de atraer parroquianos deslumbrados con expresiones tales como:   "Si yo quisiera ser un clásico, lo seria. Nada tan fácil como el período redondo". O esta otra: "Creo ser, entre los escritores de habla española, el que más ha enriquecido el idioma". Una más: "Yo no escribo para el público. Antes bien, lo desprecio".

Son frases sacadas con pinzas de la extensa entrevista que Rafael Maya le hiciera en Barranquilla el 27 de abril de 1924, la última vez que Vargas Vila estuvo en su país, luego de 38 años de exilio, primero justificado, luego voluntario. Esa seguridad y creencia de ser superior, se refleja también en su Diario. Ahí encontramos bellezas como éstas: "Yo soy mi propio Dios y me adoro con delectación". Otra: "Nunca estoy más solita-no que en medio del tumulto". Sigamos: "[la] época prevargasviliana, carente de todo mérito de arte". Escribe: "De todas las pasiones que inspiré, sólo el Odio me es amado". Finalmente: "los hombres del presente ¿qué podrán decirme que yo no les haya dicho o que yo no sepa ya?".

¡Pobre Vargas Vila! Cierto es que su lenguaje encendido despertó muchas conciencias atrapadas en la adormidera de la indiferencia, replanteó los principios estereotipados del amor, insultó a más no poder a la mujer (refiriéndose a Emilia Pardo Bazán, dijo que era "llena de prejuicios y de aberraciones mentales, como corresponde a su sexo"), fue iconoclasta, no inclinó la cerviz ante política ni religión y se dio el lujo de ser independiente y libre en su vida, cosa que para un hombre de su tiempo no debió de ser fácil.

Pero su vida fue facilista. Le cogió el tiro a lo que la gente quería leer y se dio a la tarea de producir como demente, de escribir con la certeza de que más de una editorial estaría interesada en publicarle, y llenó sus bolsillos de oro. Cuando el 12 de diciembre de 1923 emprende una gira por América —en la que gastó casi toda su fortuna—, advierte que escribirá un diario de viaje "destinado a una pronta publicación". Todo lo que hace le parece de suma importancia para cl mundo. Cataloga hasta su epistolario y lo incluye en su testamento a favor de Palacio Viso, como patrimonio intelectual susceptible de usufructo.

Si a esta existencia tacaña y gris le adicionamos sus temores —que a la vez le satisfacen—, tenemos el retrato del perfecto excéntrico ávido de llamar la atención. En las páginas de su Diario secreto no hace otra cosa que aludir a la soledad, a la tristeza, al aislamiento, al dolor, a sus enfermedades, a la vejez, a la injusticia, a la muerte —que espera con amor y sosiego, con deseo, según él—, a la desgracia de su hijo adoptivo y heredero, quien se va quedando ciego, a su carencia de capital —se metió en la aventura de comprar unos automóviles que llevó a Cuba, y lo quebraron—, a su cansancio.

Sí, en sus últimos dos —falleció en Barcelona el 23 de mayo de 1933— se acentuó su desgracia de ser ondeante, perdió la poca fe que tenía en el ser humano —en Dios nunca la tuvo—, se sintió fracasado porque sus lectores no se contaban numéricamente como antes, saboreó el comienzo del olvido y vivió la sensación de haber escrito mucho, ganado bastante, derrochado todo y yacer como si nada hubiera sucedido.

Quién sabe qué habrá pensado, en esos meses finales de limitaciones, acerca de las personas a quienes injurió. Debió de mantenerse firme, puesto que su diario no recibió alteración alguna. Escribió de Santos Chocano: "tiene la inmunidad del excremento"; de Eugenio d’Ors: "es conmovedor el esfuerzo que hace para pensar sin lograrlo"; de Pueblo o Baroja: "cree que el arte es una pianola y la toca con los pies... por no decir que con las patas"; de Jaime Balmes: "tan absurdo, que tuve necesidad de rebatirlo"; de Amado Nervo:  "hombre alto, esquelético, sucio y bohemio"; de Marco Fidel Suárez: "[fue] el hijo de sí mismo, ya que no pudo saber de quién"; de Enrique Gómez Carrillo —su más odiado enemigo—: "parásito libidinoso, empeñado en buscar abrigo bajo los harapos de la gloria". Etcétera.

Ese es el gran mérito de los fragmentos del diario de José María Vargas Vila, que enseña Consuelo Triviño: la de permitir, después de tantos años y cuando su generación ha sido inhumada, acercarnos a la personalidad y al pensamiento íntimo de un hombre que, gústenos o no, no fue del montón, tuvo severos rasgos de originalidad, escandalizó y cuestionó y ha sobrevivido en la memoria colectiva, por encima de muchos de sus contemporáneos.

La introducción de Consuelo Triviño es relativamente breve, pero concisa, objetiva en lo que se refiere a Vargas Vila, con algo de anécdota, de análisis del contenido de lo que leyó y con datos que pueden dar pie a un estudio más profundo sobre la vida y obra del escritor. Peca en algunas aseveraciones ligeras. Como esta de manifestar, así como así, que "la cultura oficial en nuestro país ha despreciado las manifestaciones populares". Contradice de tajo la labor de miles de casas de cultura salpicadas en la geografía colombiana y los esfuerzos de otras instituciones nacionales que luchan de cuerpo presente y a través de radio y televisión, no sólo por evitar la aculturación sino también por alimentar la afirmación de la idiosincrasia de cada zona del país.

Como lector me quedó una duda. El propio Vargas Vila afirma no haber usado jamás seudónimo alguno ni escrito algo sin su nombre al pie. El prologuista de este libro, Rafael Con-te, dice que nunca Vargas Vila cambió su nombre, y la señora Triviño se muestra conforme con eso. Sin embargo, está escrito que José María Vargas Vila era hijo legitimo del general José María Vargas Vila y la señora Elvira Bonilla Matiz. ¿Su nombre real no seria, entonces, José María Vargas Bonilla?

HOLLMANN MORALES