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Historia
social de las ideas
El Ideal de lo práctico
Frank Safford
Empresa Editorial Universidad Nacional,
El Áncora Editores, Bogotá, 1989. 412 págs.
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Algunos de los trabajos
de Frank Safford habían sido divulgados por el Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura
1
;
otros, recogidos en un pequeño libro o dados a conocer durante congresos
de historiadores colombianos
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Una defectuosa
transcripción de su tesis de doctorado, sostenida en 1965 en la Universidad de Columbia (Commerce
and Enterpnse un Central Colombia, 1821-1870), ha circulado entre varias promociones
de economistas de la Universidad de los Andes. No es posible exagerar la influencia de
estos trabajos en Colombia. Ellos han contribuido, no solamente a consolidar las
enseñanzas de la obra de Luis Ospina Vásquez, sino que han servido de nexo efectivo
entre la comunidad de los historiadores y la de los economistas. Directa o indirectamente,
sus tesis han inspirado desarrollos tan notables como los trabajos de José Antonio Ocampo
sobre el modelo exportador del siglo XIX
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y no
pocas tesis de historia económica de economistas de la Universidad de
los Andes. En esa universidad animó también, en 1976, un memorable debate (¿o se
trataba más bien de una cruzada?) en torno a la Historia económica de Colombia de
William Paul Mc.Greevey.
La traducción de su
libro El ideal de ¡o práctico aparece, por fin, trece años después de su
publicación en inglés. Este libro constituye un retorno reflexivo sobre temas que el
autor había elaborado en el curso de más de un decenio. Como tal, el libro no se
inscribe simplemente dentro de la historia económica, la historia política o la historia
de las ideas. Se trata de una síntesis con un sello fuertemente personal que se inclina
hacia la historia social de las ideas. Aunque debe advertirse que el libro no enfrenta el
encadenamiento de ideas
propiamente dichas, sino más bien de actitudes sociales en las cuales estaban
imbricadas, de manera compleja, vagas ideas de progreso y de desarrollo material con
valores de tipo aristocrático y con los avatares de procesos políticos y económicos
accidentados.
La pregunta central de
Safford tiene una apariencia inocente, casi neutra, del tipo de aquellas que sólo
podrían interesar a un especialista. Se pregunta si como usualmente se piensa
(es decir, piensan los estadounidenses) las elites latinoamericanas poseen
una ineptitud Constitutiva, propia de un ámbito cultural particular, frente a las
empresas de tipo práctico y a los valores sociales que se ven favorecidos por una
economía de mercado. A este lugar común, Safford propone una interpretación
alternativa, pues el entusiasmo por las empresas materiales no ha estado ausente en las
sociedades latinoamericanas. En el caso específico de la Nueva Granada durante el siglo
XIX, este entusiasmo se vela contrarrestado, sin embargo, por un círculo de hierro que
las buenas intenciones (o la avidez adquisitiva, que también suele caracterizar a las
elites) no podían romper. El primer cabo de este círculo de hierro, tal como lo describe
Safford, estaba constituido por una determinación geográfica. Los accidentes de la
geografía dificultaban los transportes y los encarecían, produciendo un efecto de
aislamiento casi insuperable. Este factor, más que ningún otro, debe situarse en el
origen de una fragmentación de los mercados, de su atonía y de su aislamiento. La falta
de dinamismo consiguiente de la economía de mercado contribuía a reforzar un sistema de
valores de tipo aristocrático y a mantener rigideces en la estructura social que
limitaban cualquier iniciativa sobre innovación tecnológica.
¿Cómo romper
este círculo? Según Safford, la estrategia de las elites para propiciar una
transformación debía realizarse en condiciones que implicaran el menor costo, tanto en
esfuerzos reales como con respecto a sus propios privilegios y a los valores
aristocráticos que los acompañaban.
Por esta razón,
exhortaban al entrenamiento manual y mantenían una actitud favorable hacia la técnica y
la adquisición de conocimientos científicos. Estas exhortaciones contradecían las
oportunidades reales en las cuales se desenvolvían las carreras de los mismos miembros de
la cute.
Dichas oportunidades
residían en la actuación política, la única profesión en la cual las elites podían
reconocerse como ápice social y encontrar una realización adecuada de su vocación de
poder.
La parte demostrativa de
estas tesis establece una periodización que se apoya en el excelente conocimiento que el
autor tiene de los problemas económicos del periodo anterior a 1850 y de la
comercialización de la agricultura posterior. Distingue así entre los esfuerzos de
impulsar el trabajo entre las clases bajas durante el período 1821-1845. esfuerzos que
atribuye a personalidades conservadoras que dominaron los resortes del poder en ese
período y que caracteriza como neoborbónicos, y la actitud de los
liberales-radicales del período subsiguiente (1850-1880). Safford examina lo que ha
caracterizado como ideología neoborbónica en figuras como Rufino Cuervo, Lino de Pombo o
Mariano Ospina Rodríguez. Resulta curioso que en su minuciosa exploración bibliográfica
se le haya escapado precisamente el nexo de unión entre la generación de la
independencia, que se movió bajo las incitaciones ilustradas de los borbones, y la
generación de los neoborbónicos. Tal vez la formulación más
enfática de esta nueva tendencia esté contenida
en la quinta de las Meditaciones colombianas de Juan García del Río
4
. Según García del Río,
era necesario ano confundir la educación científica y la popular; el cultivo de
las clases elevadas de la sociedad no es un cultivo que conviene a la plebe. La educación
del pueblo debe consistir en la buena moral y las artes prácticas. Las grandes teorías
filosóficas y religiosas son inútiles e inaccesibles al pueblo, el cual teniendo las
ideas y virtudes indispensables al género de sus trabajos y a la felicidad de su vida, en
bastando sus luces a sus capacidades, debe estar satisfecho. Las clases elevadas, por el
contrario, deben entrar en el secreto de las ciencias de que han de hacer aplicación para
el interés del Estado, y conservar su depósito". Sin duda, ningún político,
después de él, se hubiera atrevido a expresar públicamente las ideas que García del
Río asociaba con la "plebe": "la más crasa ignorancia, el desaseo más
perjudicial a la salud, la más torpe desaplicación, la más notable falta de todo
sentimiento elevado". Se mostraba escéptico respecto al "extraordinario
concurso de circunstancias" que debían reunirse para "lograr que las luces
penetren en las masas populares, se disipen las tinieblas de la ignorancia, se mejoren las
clases vulgares". El régimen electoral de una democracia podría ser fácilmente
manipulado "por cualquier perturbador osado y siniestro" allí "donde la
masa del pueblo no es capaz de juzgar por sí; donde por su falta de virtudes y de
conocimientos es así insensible a las ventajas de una constitución libre; donde es
indiferente a todo cuanto concierne a la función pública; donde no conoce sus derechos
ni sus deberes; donde está sumida en le ignorancia y la
degradación"
5
.
En García del Río las
conexiones entre la exhortación al trabajo y a la moralidad y sus postulados políticos
son evidentes. Por eso no es de extrañar que la calidez de estos sentimientos
neoborbónicos indujera a los radicales a buscar más bien el apoyo político de dichos
Sectores antes que su moralización por el trabajo o el aumento de su productividad. Los
liberales, que propiciaban un esquema
librecambista asociado con el incremento de la agricultura comercial, confiaban más en
las virtualidades del mercado, para disciplinar la voluntad, que en prédicas
paternalistas y moralizantes. Sin embargo, tanto los esfuerzos de conservadores
neoborbónicos como de liberales librecambistas estaban destinados al fracaso, como
advierte Safford. Por un lado, operaba la desconfianza de los sectores bajos hacia la
prédica paternalista y, por otro, las debilidades del mercado y la inestabilidad del
modelo agroexportador no ofrecían alicientes que premiaran con el éxito la libre
iniciativa.
Safford distingue entre
aquellos esfuerzos encaminados a inducir hábitos de moralidad y de trabajo dentro de las
masas o de integrarlas dentro de una economía de mercado y los intentos en el seno mismo
de las elites para modificar su propia orientación hacia la técnica y hacia la ciencia.
Este problema está expuesto en los capítulos que examinan la suerte de estudiantes
granadinos en instituciones de enseñanza estadounidenses (a los cuales el general Pedro
Alcántara Herran servía como acudiente), el impacto de la Escuela Militar, que funcionó
entre 1848 y 1854, y la relativa estabilización de la carrera de ingeniería en medio de
los avatares políticos y el desarrollo accidentado del modelo agroexportador entre 1863 y
1903. El libro se cierra con un epilogo que resume los intentos, por parte de la elite, de
modificar actitudes hacia el trabajo productivo, hacia
los logros materiales, hacia la técnica y hacia
la ciencia. Aunque se señala la ambigüedad en que incurrían aquellos que, aun siendo
prominentes figuras políticas, exhortaban a emprender labores prácticas y productivas,
vuelve a insistirse en las limitaciones impuestas por deficiencias económicas y la
incertidumbre de una economía exportadora con fuertes fluctuaciones. El autor concluye,
sorpresivamente, que en el siglo XX, a pesar de un crecimiento económico que ha hecho
surgir elites de técnicos, las clases altas colombianas se ven afectadas todavía por
valores aristocráticos.
Este libro se aleja, de
manera deliberada, de una interpretación política convencional del siglo XIX. La
síntesis personal del autor se apoya en una preocupación típicamente estadounidense. El
enfrentamiento de dos sistemas de valores, en el que uno se pone como el rasero del otro,
podría rastrearse hasta las preocupaciones del profesor Frank Tannenbaum. Sólo que aquí
la validez de los valores que sirven de piedra de toque ni siquiera se discute. Frente a
ellos el acontecer político, los conflictos sociales o el choque de las ideologías de la
Nueva Granada en el curso del siglo XIX eran apenas estorbos o acontecimientos
infortunados que impedían su realización.
Lo que podría decirse en
favor de una elite bien dispuesta hacia dichos valores es que ella se enfrentaba a un
círculo de hierro que encadenaba los obstáculos geográficos al encarecimiento de los
transportes, al aislamiento de los mercados y a la ausencia de dinamismo social. Sin
embargo, no sólo la geografía, que presentaba dificultades casi insuperables a los
transportes y a la conexión entre los mercados, era un obstáculo objetivo para la
generalización de valores prácticos. También lo era una conformación de clases que en
manera alguna se ajustaba a la ambigua noción de elites. Tampoco existía una
simple dualidad entre un sector aristocrático y un sector popular en la Nueva Granada.
Así, lo que debería discutirse no es un sistema de valores sino la estructura social que
sustentaba dicho sistema. Como en la Colombia de hoy, las clases se presentaban
como una configuración de capas geológicas
inestables y la política servía de palanca para desplazar permanentemente capas más
antiguas. Gentes de provincia se volcaban sobre la capital y su ascenso sólo podía
asegurarse mediante una confesión política radical (en un sentido o en otro). No era que
las cutes prefirieran el ejercicio de la política como un noble deporte para su propia
edificación personal. Más bien ocurría (como hoy) que la política era el terreno en
donde podían airearse aspiraciones de movilidad social.
Sin embargo,
Safford no parece dar mucha importancia a las conexiones políticas entre las actitudes de
la elite hacia las masas y el sitio que les reservaba dentro de la sociedad. De hecho,
para romper el circulo de hierro descrito por Safford había otras posibilidades. Por
ejemplo, los neoborbónicos eran perfectamentc conscientes de la debilidad demográfica, y
por eso el carácter moralista de sus exhortaciones se dirigía también al
fortalecimiento de la familia. El aislamiento regional y la fragmentación de mercados con
concentraciones insignificantes de población pudo superarse, en parte, merced a
desplazamientos de población y a colonizaciones espontáneas de cuyos problemas los
trabajos de Catherine LeGrand nos han proporcionado un repertorio muy completo
6
. Por otro lado, los intentos
de nivelación social de los radicales en el curso del siglo XIX pudieron no ser muy
efectivos. Pero ellos se apoyaban en expectativas reales y estaban propiciados por la
expansión lenta y llena de conflictos de una frontera agraria.
Aunque la
síntesis tan personal de Safford arroja mucha luz sobre ciertos aspectos del siglo XIX,
ella constituye un marco excesivo a sus hallazgos en el archivo del general Herrán. El ideal
de lo práctico observable en algunas figuras prominentes de la primera mitad del
siglo XIX no debería distraer la atención de otros problemas centrales del siglo: el
problema de la población, el proceso de poblamientos y una lucha política que, con un
lenguaje inadecuado, revela aspectos sociales más sustanciales que la vocación de las
elites hacia ideales anglosajones.
GERMÁN COLMENARES
1
"Significación de los antioqueños en el desarrollo económico colombiano. Un examen
crítico de las tesis de Everett Hagen" 3:2(1965), págs. 49-69. "Empresarios
nacionales y extranjeros en Colombia durante el siglo XIX", núm. 4 (1969), págs.
87-111. "Acerca de las
interpretaciones socioeconómicas de la política en Colombia del siglo XIX: variaciones
sobre un tema", núm. 13-14(1985-1986),
págs. 91-151. (regresar1)
2 Aspectos
del siglo XIX en Colombia, Medellín, 1977. "Empresarios ingenuos: organización,
capital y conocimientos técnicos en las fábrica de Bogotá, l854-1850, en Revista de
Investigaciones, Universidad del Quindio, 1:2 (julio de 1986), págs. 16-17.(regresar2)
3 Colombia y la economía
mundial. 1830. 1910, Bogotá 1984.(regresar3)
4
Juan García del Río, Meditaciones colombianas.
Bogotá, 1945. págs. 182 y 183.(regresar4)
5
Ibíd., tercera medit., págs. 98 y 112, cuarta
medit., pág. 134.(regresar5)
6
V. C. Le Grand, Colonización campesina en
Colombia. 1850-1950. Bogotá. 1988. (regresar6)
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