Boletín Cultural y Bibliográfico, Número 22. Volumen XXVII, 1990 


Hadas, aeromozas, bucaneros, trogloditas, 
toreros, samurais


Pumas de un desconocido
Joaquín Mattos Omar
Fundación Simón y Lola Guberek, Bogotá,
1989, 134 págs.

Pese al título, el nombre de Joaquín Mattos Omar no me es enteramente desconocido. El texto de la cubierta nos cuenta que nació en Santa Marta en 1960 y que ha publicado un cuadernillo de poesía, titulado Noticia de un hombre. Busco en seguida la reseña correspondiente (Boletín núm. 16,
pág. 127). Su autor es el agudo y poco benevolente Edgar O’Hara. Allí anota la influencia en Mattos de Cortázar, de Marco Denevi, de Julio Ramón Ribeyro, y se me dice que la escritura de Mattos Omar se inclina hacia la
prosa, hacia un tipo de relato atento al detalle, y que además tiene mucho que aprender de Francis Ponge. Si bien esto puede no decir mucho de su poesía, quizás abre el apetito por su prosa.

Quisiera hablar de poemas en prosa; para extraer este libro de la jurisdicción de los poetas, inventaré otra versión. Supondré, pues, que este es un libro de prosas en poema, que es exactamente lo mismo.

La brevedad, no la cortedad, lo caracteriza. Lo inician nueve imágenes, nueve retratos, nueve destellos fugaces. La siesta es un instante de liberación, como un primer parto visual. Veamos un aparte:

Permaneció perpleja pero aliviada, observando sus treinta 
y dos blancas piececillas regadas sobre la cama, sanas, 
bruñidas y sanguinolentas, mientras su propia boca se 
ensopaba en un delicioso manantial desangre...

Descubrió un vivido instante psicológico en El señor Carmona:

En los riñones siente que, igual que su camisa, su día se ha 
arruinado todo y con un rictus de agonía se convence de 
que es definitivamente un pobre diablo.

Es caricaturesco, grotesco, acuciante. Las alucinaciones comienzan a aparecer. No es extraño que la descripción fugaz se inicie como una fotografía: Una casa de vecindad... Una triste cantina de barriada... Un automóvil... Un hombre en su casa... Uno de los relatos cuenta la historia del profesor de matemáticas que va siendo progresivamente cubierto por una nube de polvo de tiza que se va desprendiendo del reguero de números que quedan estampados sobre el tablero de "invisibles páginas negras". Sus movimientos van perdiendo agilidad, haciéndose más difíciles:

Rígida y lastimosa, su apariencia era ya prácticamente la de una momia... Finalmente su voz se disolvió, se perdió de manera definitiva... Pero todavía entonces no cesó de caer polvo sobre él...

Lo obsesionan los suplicios mitológicos; los sentidos equívocos, como en Una casa de vecindad; el temor de que su corazón, ligero, escandalosamente frágil, se detenga de pronto. Prodiga imágenes atroces. ¿Qué sería de los muertos si no los devorasen los gusanos, condenados a la parálisis eterna "en la estrecha y maloliente mazmorra de su propio cadáver"? No elude el rasgo de humor ni la crónica roja en la historia del hombre "profundamente a-sombrado" que pierde su sombra en un incendio (basado, naturalmente, en el poema de César Vallejo, que a su vez recoge algo de un cuento de los hermanos Grimm, que a su vez es una leyenda medieval, que a su vez...). Lo que ocurre recuerda al hombre invisible de H. G. Wells. Véase esta bella imagen:

Fueron muchos los testigos que la vieron caer [a la sombra]. Uno de ellos declaró: "Fue una visión bellísima. Más que caer, diría que se pasó suavemente sobre el pavimento, como la más fina de las panteras "

Viene la búsqueda de la sombra. Algunos sospechosos son encontrados en poder de más de una. Simples errores judiciales. Se trataba, en un caso ejemplar, de "la sombra de una infamia que el tipo había cometido en su juventud". Los árboles, dirá en otro lugar, son "tenues espectros verdes que las sombras proyectan ociosamente en el aire".

El desafuero sangriento de una noche de brujas corre muy cerca de los deslices sádico-imaginativos de Andrés Caicedo.

Convivían allí, por ejemplo, mosqueteros y héroes de historietas, 
hadas y aeromozas, bucaneros y trogloditas, monstruos de la 
mitología griega y jueces del Santo Oficio, toreros y samurais, 
jeques y senadores de la antigua Roma, Charlot y don Quijote, 
princesas indias y damas de la Belle Époque.

A renglón seguido añade que aquel Liliput anacrónico constituía "un magnífico caldo de cultivo para los autos-fantasmas". El resto, como puede imaginarse, es confusión, gritos, sangre:

Hacia las once de la noche, había sido ya notablemente asolado el país de ilusión que ellos habían fundado, y las calles se mostraban llenas de cadáveres.

Siguen cuatro crónicas, cual rápidas viñetas. La que creo es su mejor página, una opaca disertación sobre la lluvia, me deslumbró, que es todo lo contrario de lo que debería haber ocurrido. De pronto dice abruptamente: "Los arroyos me entristecen porque desconozco su rumbo".

El estilo convoca los temas. Quizás sus gustos musicales no se compadezcan con sus gustos literarios. En un relato concluye que ser bueno es una causa perdida.

"Un libro que ha sido anotado por un lector, ve aumentado y modificado, desde luego (para bien y para mal), su contenido", dice por ahí. Mi ejemplar, es cierto, ha quedado repleto de notas. El autor es un glosador, y las glosas se evidencian en las páginas que cerrando el volumen le dan nombre, páginas que serían, como recalca Mattos, una selección de apuntes sueltos que le habría enviado —con "garantizada irregularidad"— un desconocido, sin duda otro borgiano irredimible. Si ello es cierto, aconsejo al autor verdadero que se apresure a cobrar, si no los inexistentes derechos de autor en este país, siquiera la cuota de gloria que le pueda corresponder por su ingenio.

En los apuntes nos pinta un dios propenso a lo avieso, que ha llevado su siniestra maestría a un asombroso grado de virtuosismo; nos cuenta de un lector inconforme que se come las palabras engullendo libros; nos muestra laberintos borgianos muy reales, como el del arqueólogo Evans, extraviado para siempre cuando se internó en los pasadizos del de Creta, o al propio Borges prisionero de su popularidad en un departamento bonaerense. Una especie de "jirafa" garciamarquiana relata el hecho veraz del hombre que muere cayéndose de un tejado por estar observando en el baño a una anónima Remedios, la bella. En otro lugar, resuelve a su modo el misterio del Casa tomada de Cortara. Quiere materializar la luz y las sombras. Se sumerge en hechos cotidianos, triviales, sórdidos. El absurdo los invade. Matos alberga la secreta esperanza de que oculten alguna armonía o belleza: autobuses que prorrumpen cuerpos humanos tras haberlos machacado minuciosamente, que se convierten en arte por obra y gracia de una canción y que luego, cual niebla ambulante, ocultan en la calle la belleza de una mujer. Describe la vergüenza de cerrar una ventanilla. La belleza es común. Lo dijo Borges. Se agazapa en lo insospechado. En el Nosferatu de Herzog, por ejemplo (el vampiro no es como lo pintan, sino un individuo común y corriente y el señor Drácula es una criatura espantosamente aburrida). De pronto el desconocido descubre el valor de la soledad en la obra de Alvaro Mutis, o analiza el suicidio a la luz de El fuego fatuo de Drieu La Rochelle, autor —relaciono ahora— tan lúcidamente redescubierto en un reciente ensayo del mismo Mutis. A continuación acaricia la memoria de Cioran cuando sentía deseos de silbar cada vez que escribía una página, o contempla la majestad de un árbol yacente bajo el hacha del verdugo.

Para ilustrar al autor, transcribo íntegramente dos breves apuntes:

Aquella noche, recuerdo, papá me dijo a voces que una terminante decisión suya me negaba en adelante intervenir más en "los burdos juegos de la plebe’ (Tal fue la expresión que usó). Por fortuna, yo sabía ya para entonces que dicha prohibición—a la que debía seguir, desde luego, su desacato— era tan sólo otro de los burdos juegos de la plebe.

Los pájaros se atreven a veces a dispararle a las escopetas. ¿ Cuándo, 
pues, reaccionará el árbol? ¿ Cuándo veremos un rayo vegetal alzarse y 
despedazar el cielo?

Un lunar. El anónimo desconocido es en exceso onírico, más a la manera de Michaux que a la del mencionado Ponge. Creo descubrir en sus confesiones la pasión por ciertas sustancias estimulantes —de las materiales, de las depurificadoras—. En ese caso, espero equivocarme, presagio en este buen escritor naciente grandes pero efímeros destellos.

LUIS H. ARISTIZÁBAL