Boletín Cultural y Bibliográfico, Número 22. Volumen XXVII, 1990 

Germán Colmenares: una memoria personal*


Conocí a Germán Colmenares en una época que ya parece inverosímil:   en 1957, en una breve visita a Bogotá, tropecé en las oficinas de un periódico estudiantil que dirigía Fernando Cepeda Ulloa con un bogotano de 19 años, de atuendo rosarista, que discutía con ironía y dominio precoz acerca de Ortega y Gasset, Max Scheler o Weber. Luego, cuando empecé filosofía en la Universidad Nacional, lo reconocí —estaba en último año— y desde entonces fuimos amigos y colegas en muchos proyectos: aprendí a apreciar su intransigencia moral e intelectual, su lealtad con sus amigos, su desdén a veces agresivo de la mediocridad, su sorprendente capacidad de trabajo, su capacidad para ver nuevos problemas y plantear nuevas preguntas, y aprendí a ver con distancia ciertos rasgos de su carácter que a veces lo separaban de sus colegas, como su ocasional pedantería, su despliegue de erudición, la vanidad por sus éxitos intelectuales o el reconocimiento internacional y hasta su orgullo por no ser miembro de la Academia Colombiana de Historia.

En 1961 sacamos una revista mensual, Esquemas, con la colaboración de Rubén Sierra Mejía y Rubén Jaramillo, en la que, junto con sus artículos sobre el siglo XIX o Maquiavelo se publicaron textos de Lukacs, Goldmann y las que probablemente fueron las primeras traducciones al español de Herbert Marcuse, hechas por otro de los amigos de entonces, Nicolás Suescún. Eran años de intensa aventura intelectual y de una discreta bohemia: trasnochaba a veces, pero menos que nosotros, en los cafés de la carrera séptima, El Cisne o El Excelsior, en largas discusiones con Suescún, Carlos J. María o sus colegas de la revista.

Su precocidad seguía siendo asombrosa, así como su forma ordenada y obsesiva de trabajar. En ese año de Esquemas, mientras terminaba filosofía y derecho, escribió su tesis para el Colegio del Rosario, publicada con el nombre de Partidos Políticos y Clases Sociales. Era un trabajo sorprendente para un autor de 22 años. Ortega y Gasset había quedado atrás, aunque quizás dejó cierta influencia en su estilo, que nunca se amoldó a la exigencia de frases cortas de los editores modernos y trataba de conservar la complejidad de una idea en la estructura amplia de la frase. Sus libros de cabecera eran ya obras de historiadores y su inspiración teórica provino en buena parte de Historia y Conciencia de Clase, la clásica obra de Luckas que acababan de publicar en Francia.

Las lecturas de autores marxistas, que influyeron muy selectiva y críticamente en su trabajo, no alteraron un rasgo central de su actividad intelectual: su desprecio por la actividad política nacional. En primer lugar por los partidos tradicionales, en los que veía una simple farsa mercenaria. Pero también por los radicalismos de izquierda, estimulados en su opinión por rebeldías adolescentes, sin solidez ni realismo. Sólo lo atraía la respetabilidad moral y la dignidad de algunos pocos políticos de izquierda, como Gerardo Molina o Diego Montaña Cuéllar. En su vida firmó pocas adhesiones a proyectos políticos: creo que la única excepción fue su respaldo, en 1982, a la candidatura presidencial de Socorro Ramírez.

Su verdadero campo de acción fue académico: escritor y maestro. En la Universidad Nacional había estudiado con Jaime Jaramillo Uribe, quien introducía a sus estudiantes a la obra de Fernand Braudel y del grupo de Annales. En 1964, roto su primer matrimonio, que nos había hecho concuñados —lo mismo que a Estanislao Zuleta, quien también acaba de abandonarnos— fue a París a estudiar historia, y luego viajó a Chile, donde hizo una maestría en un ambiente muy influido por los franceses. Regresó a Colombia en ¡967, y trabajó en la Universidad de los Andes, donde cl rector Francisco Pizano de Brigard dio un amplio respaldo a un proyecto de investigación y docencia en el que colaboraron también Margarita González y Darío Fajardo. Publicaron documentos sobre historia del trabajo y una serie de monografías sobre población indígena que cambiaron nuestra imagen de la catástrofe demográfica que siguió a la conquista española. Estos trabajos le dieron un temprano prestigio internacional. Woodrow Borah, el gran gurú de la historia latinoamericana de la Universidad de California, dedicó casi un libro completo a discutir sus planteamientos, y Fernand Braudel le abrió el camino para un regreso a París, acompañado por su esposa Marina Jiménez, donde hizo, en el inverosímil tiempo de un año y medio, un doctorado, con una tesis publicada luego como Historia Social y Económica de Colombia.

Volvió a Colombia en 1971, pero los Andes no quiso volverlo a nombrar: había respaldado, con Eduardo Camacho Guizado y otros académicos, una especie de sindicato profesoral. Se fue entonces a la Universidad del Valle, como Decano de Humanidades, y allí se quedó casi veinte años. En los últimos años quería volver a Bogotá, y trató de vincularse a la Universidad Nacional, pero un absurdo estatuto docente lo clasificaba por debajo de colegas cuya obra, al lado de la suya, era insignificante. Fue la Universidad de los Andes la que lo nombró, hace apenas tres meses, Decano de Ciencias Sociales y Humanidades, cargo que aceptó entusiasmado pero no pudo nunca disfrutar.

En el Valle su trabajo fue también sorprendente. A veces parecía que publicaba un libro anual: tras diez meses de transcribir sus documentos en unas fichas bien ordenadas, en dos meses redactaba doscientas o trescientas páginas, que quedaban listas para la imprenta. Casi no revisaba estos textos, y por supuesto esto se nota a veces. Tampoco se preocupaba mucho por la literatura secundaria sobre el tema que iba a tratar: trabajaba con base en los grandes científicos sociales del mundo, que lo inspiraban y lo atraían, y una abundante documentación, que a veces imponía la estructura a la obra. Casi nunca utilizó asistentes ni pidió financiación para sus investigaciones: una que tuvo de Colciencias la devolvió, pues los auditores no le permitían trabajar en los archivos bogotanos durante sus vacaciones. Sus trabajos fueron escritos mientras dictaba tres cursos y ocupaba alguna función administrativa. Las veces que tuvo asistentes, los escogió bien y se abrieron camino: fueron Darío Fajardo, Augusto Gómez y Pablo Rodríguez, todos académicos reconocidos. De esos años son sus libros más notables; Popayán, una sociedad esclavista; Cali: terratenientes, mineros y comerciantes; Rendón: una fuente para la historia de la opinión pública y Las convenciones contra la cultura.

Después de Braudel y Borah, que influyeron su obra inicial, se sintió atraído por autores, viejos y nuevos, que le ofrecían miradas novedosas sobre los problemas históricos. Nunca se sintió a gusto con Althusser o Foucault, pero se fascinó con Cristaller y su teoría del "lugar central", con Panowsky y sus estudios iconográficos, con la "metahistoria" de White, con los análisis literarios de Norton Frye, con Clifford Geertz y su "thick description". Sus nuevos trabajos iban en esas nuevas direcciones: propuso hace tres o cuatro años una historia del poblamiento colombiano, apoyada en Cristaller, aunque luego abandonó este plan, retomado por otros historiadores. Estaba escribiendo, al morir, una Historia de Bogotá, su ciudad natal, insatisfecho con lo que consideraba el gran desperdicio de información de las historias publicadas con ocasión de los 450 años. Además estaba reelaborando los dos tomos de su clásica Historia Económica y Social de Colombia, para actualizaría y darle una estructura mejor balanceada.

Sin hobbies ni gustos deportivos, dedicaba mucho tiempo a la lectura voraz de novelas, de grandes autores pero también de la serie negra o de detectives. El cine era otra de sus aficiones, y me parece que nunca vio un programa de televisión. Le encantaban la conversación, en la que desplegaba una ironía y una mordacidad muy bogotanas, los viajes al exterior—fue profesor invitado en las Universidades de Cambrsdge y Columbia e iba con frecuencia a simposios y congresos—, la buena comida y el buen vino, y hacia cierto alarde de su sibaritismo, pero en realidad su vida fue extraordinariamente austera, dedicada exclusivamente al trabajo, a la lectura, a su familia y a sus amigos.

Vivió con valor, con dignidad y con un humor indeclinable su última enfermedad, como todas las cosas de su vida. La última vez que hablé con él, ya en sus últimos días aunque todavía capaz de hacer chistes sobre su situación, se refirió sobre todo a sus amigos: "hemos hecho juntos muchas cosas que van a quedar: esa es la única manera de crear espíritu".

JORGE ORLANDO MELO

* Tomado de la Prensa, 28 de marzo de 1990.(regresar*)