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Función o imagen paterna
Imagen paterna en la
estructuración
de la
personalidad
Luis Fernando Hoyos A.
AZ Editores, Bogotá, 1987
Con este texto obtuvo el
doctor Hoyos su grado de criminólogo en la Universidad Católica de Lovaina. Como dice el
prologuista, Ernesto Arango, este trabajo estuvo durmiendo en algún cajón, refundido
entre libros y papeles, antes de lograr su edición actual. A juzgar por las fechas de las
referencias bibliográficas, en su primera versión debió de quedar terminado al comenzar
los años sesenta.
Sin embargo, a pesar de
los quince años que pueda tener el trabajo, no por ello su temática ha perdido vigencia.
Efectivamente, podemos llegar a estar parcialmente de acuerdo con el autor cuando habla de
la inexistencia de trabajos psicoanalíticos que versen sobre el padre, si precisamos que
esa inexistencia es relativa. Por otro lado esta temática cobra importancia por
contraste, es decir, por el gran auge que tuvo en los decenios de la posguerra la
literatura psicológica centrada en el problema de la relación de la madre y el niño.
Auge que deja aún sentir sus ecos, por ejemplo, en varios de los programas de salud de
nuestro ministerio en Colombia.
Si el título de la
monografía da lugar a pensar en un problema de tipo general, en realidad está
circunscrito a la problemática de un criminólogo; se trata de considerar la influencia
de la imagen paterna en la historia de individuos que en su vida adulta fueron
encarcelados por actos delictivos. Precisamente el capítulo 2 está constituido por
fragmentos de los relatos de entrevistas con reclusos de las prisiones Central y
Secundaria de Lovaina (Bélgica). Se registran allí diez casos que luego son analizados
en el mismo orden en el capitulo 3, revocando los elementos teóricos que se expusieron en
los distintos apartados del capítulo primero.
Hay muchos reparos que
hacerle a la concepción teórica y metodológica de este trabajo. En lo metodológico,
salta a la vista la desproporción entre el material de cada caso y el contenido de cada
uno de los análisis. Da la impresión de querer ilustrar, de manera forzada, la justeza y
capacidad explicativa de la teoría.
En lo teórico, habría
que comenzar por precisar el sentido de lo "psicoanalítico" para el doctor
Hoyos. No sabría identificar una escuela belga de psicoanálisis agrupando una buena
parte de los autores citados, pero en todo caso es claro que las referencias teóricas no
están construidas con base en los "grandes autores" (Freud, Klein o Lacan) sino
más bien en críticos o comentaristas. Si este no fuera el caso, sería completamente
imposible explicarse frases como ésta: "En la fase edíptica se ha encontrado una
gran fidelidad en las fuentes y una aplicación exacta de las orientaciones de Freud, al
igual que ha encontrado una unanimidad en la mayoría de autores sobre los mecanismos que
originan el conflicto edíptico" (pág. IX). En verdad, se podría decir que casi en
cualquier diccionario o enciclopedia aparece enunciada la diferencia de tesis que sobre el
Edipo tiene Melanie Klein con respecto a Freud; como mínimo se dirá que ella habló de
un Edipo temprano. ¿Cómo, entonces, hablar de "unanimidad"?
En el capítulo
primero, el del marco teórico, toma el "superyó", al lado de la
"afectividad" y de la "identificación (o estructuración del yo)",
como parámetros de la descripción de tres grandes períodos (3-6 años = conflicto
edípico; 6-12 años = etapa escolar; 12 en adelante = adolescencia) de lo que denomina el
"desarrollo psico-social".
Si bien
para describir los primeros años de vida (0-3 años) toma otros aspectos, así también
para la adolescencia introduce el "futuro" como algo más específico.
Es chocante la
expresión "Superyó o subconsciente" reiteradamente utilizada a lo largo del
escrito. Solo al final (cf. pág. 67) se viene a atribuir dicha expresión a Lagache,
aunque sin explicitar la referencia. Si en realidad habla de Daniel Lagache, debe de
tratarse de uno de sus textos de juventud, supuestamente antes que se diera cuenta que el
mismo Freud utilizó escasas veces el término subconsciente, y que nunca lo
equiparó al superyó.
En cuanto a las áreas
llamadas "afectividad" y "futuro" son las que más cerca están de una
concepción psicológica ingenua quede una concepción psicoanalítica. El tipo de
sentimientos que se supone se dan de preferencia como consecuencia del influjo de
determinada imagen paterna no son, de ninguna manera, exclusivos para los individuos que
hayan tenido este tipo de padre; son afectos que están igualmente presentes en
cualquiera. Resumirlo bajo el. rótulo de "actitudes", es escamotear el problema
de la conformación de una estructura de carácter determinada. Y aún más: considerar
ciertas actitudes como anormales para atribuirles la capacidad de "predisponer
sicológicamente a un siquismo de morbosidad" (pág. 9) es una rentes etapas, tal
como fueron deslindadas en la exposición del primer capítulo. De esta manera se puede
hacer el seguimiento de una línea de evolución, pero en ninguna forma se explican ni el
origen ni el sentido ni la función de las conductas.
Pero
la mayor objeción que se le puede hacer a esta monografía es la del concepto mismo de
imagen paterna. Aunque se diga (pág. 7) que se han aislado seis tipos de
presencia paterna teniendo en cuenta las características del conflicto edípico, no se ve
claro cuál es la verdadera justificación para definir esos tipos. En síntesis, estas
"imágenes" incluyen la manera como el padre ejerce su autoridad con el hijo y
cómo combina esta función con la manifestación de sus sentimientos amorosos, pero todo
ello desde una perspectiva normativa (se contrapone la presencia normal a las demás
presencias anormales). Parece que se quisieran definir ciertos patrones más o menos
constantes en el comportamiento del padre hacia los hijos, pero de hecho en la
descripción y análisis de casos se ve claro que se trata más bien de ciertas
modalidades de presencia del padre para el hijo, es decir, que de por medio está la
representación subjetiva que cada hijo se puede hacer de las conductas de su padre, y que
por eso cualquiera de las "imágenes" se puede hallar en la historia de un solo
individuo, y hasta de individuos que no han llegado a ser delincuentes.
En última instancia, lo
que se coloca como ideal es el conjunto de condiciones que promoverían la conformación
de una personalidad de tipo obsesivo (firmeza de voluntad, de principios,
"estructuración" afectiva, tenacidad en los proyectos, etc.). Parece como si
para el doctor Hoyos toda personalidad histeriforme fuera un delincuente en potencia.
Si la función del
padre se redujera a la autoridad, no podría entenderse por qué se produjo un psicótico
como el doctor Schreber, con un padre tan seriamente disciplinador. Si la carencia de
presencia paterna fuera equivalente a la ausencia física del padre (cf. pág. XI), todos
los hijos huérfanos o de padres separados deberían ser delincuentes. O en todos los
sectores socioculturales en donde aparecen los "nuevos padres", que asumen o se
reparten los cuidados "maternos" del hijo, debería hacerse evidente el aumento
de la delincuencia.
En fin, todos
estos problemas nos muestran la pertinencia de las distinciones lacanianas entre un padre
real, uno imaginario y otro simbólico. En efecto, el asunto no es tanto si está o no
presente el padre, sino si su función, que es básicamente simbólica, se puede ejercer,
o bien si puede ser representada por el padre real. No podríamos dejar de estar de
acuerdo con el autor al considerar que esta función paterna está íntimamente articulada
al complejo de Edipo, pero obviamente que no se trata del Edipo "vivencial" que
él describe, sino de ese Edipo al que hace referencia la frase que escribe Anika
Rifflet-Lemaire cuando habla de Lacan y que tan desadvertidamente cita el autor: "El
complejo de Edipo es un estado radicalmente inconsciente y no está inscrito en una
experiencia que el sujeto haya hecho de su yo, pero él constituye el momento estructural
y fundamental de la historia del sujeto".
MAURICIO FERNÁNDEZ
ARCILA
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