Boletín Cultural y Bibliográfico, Número 22. Volumen XXVII, 1990 


Función o imagen paterna


Imagen paterna en la estructuración de la personalidad
Luis Fernando Hoyos A.
AZ Editores, Bogotá, 1987

Con este texto obtuvo el doctor Hoyos su grado de criminólogo en la Universidad Católica de Lovaina. Como dice el prologuista, Ernesto Arango, este trabajo estuvo durmiendo en algún cajón, refundido entre libros y papeles, antes de lograr su edición actual. A juzgar por las fechas de las referencias bibliográficas, en su primera versión debió de quedar terminado al comenzar los años sesenta.

Sin embargo, a pesar de los quince años que pueda tener el trabajo, no por ello su temática ha perdido vigencia. Efectivamente, podemos llegar a estar parcialmente de acuerdo con el autor cuando habla de la inexistencia de trabajos psicoanalíticos que versen sobre el padre, si precisamos que esa inexistencia es relativa. Por otro lado esta temática cobra importancia por contraste, es decir, por el gran auge que tuvo en los decenios de la posguerra la literatura psicológica centrada en el problema de la relación de la madre y el niño. Auge que deja aún sentir sus ecos, por ejemplo, en varios de los programas de salud de nuestro ministerio en Colombia.

Si el título de la monografía da lugar a pensar en un problema de tipo general, en realidad está circunscrito a la problemática de un criminólogo; se trata de considerar la influencia de la imagen paterna en la historia de individuos que en su vida adulta fueron encarcelados por actos delictivos. Precisamente el capítulo 2 está constituido por fragmentos de los relatos de entrevistas con reclusos de las prisiones Central y Secundaria de Lovaina (Bélgica). Se registran allí diez casos que luego son analizados en el mismo orden en el capitulo 3, revocando los elementos teóricos que se expusieron en los distintos apartados del capítulo primero.

Hay muchos reparos que hacerle a la concepción teórica y metodológica de este trabajo. En lo metodológico, salta a la vista la desproporción entre el material de cada caso y el contenido de cada uno de los análisis. Da la impresión de querer ilustrar, de manera forzada, la justeza y capacidad explicativa de la teoría.

En lo teórico, habría que comenzar por precisar el sentido de lo "psicoanalítico" para el doctor Hoyos. No sabría identificar una escuela belga de psicoanálisis agrupando una buena parte de los autores citados, pero en todo caso es claro que las referencias teóricas no están construidas con base en los "grandes autores" (Freud, Klein o Lacan) sino más bien en críticos o comentaristas. Si este no fuera el caso, sería completamente imposible explicarse frases como ésta: "En la fase edíptica se ha encontrado una gran fidelidad en las fuentes y una aplicación exacta de las orientaciones de Freud, al igual que ha encontrado una unanimidad en la mayoría de autores sobre los mecanismos que originan el conflicto edíptico" (pág. IX). En verdad, se podría decir que casi en cualquier diccionario o enciclopedia aparece enunciada la diferencia de tesis que sobre el Edipo tiene Melanie Klein con respecto a Freud; como mínimo se dirá que ella habló de un Edipo temprano. ¿Cómo, entonces, hablar de "unanimidad"’?

En el capítulo primero, el del marco teórico, toma el "superyó", al lado de la "afectividad" y de la "identificación (o estructuración del yo)", como parámetros de la descripción de tres grandes períodos (3-6 años = conflicto edípico; 6-12 años = etapa escolar; 12 en adelante = adolescencia) de lo que denomina el "desarrollo psico-social".

Si bien para describir los primeros años de vida (0-3 años) toma otros aspectos, así también para la adolescencia introduce el "futuro" como algo más específico.

Es chocante la expresión "Superyó o subconsciente" reiteradamente utilizada a lo largo del escrito. Solo al final (cf. pág. 67) se viene a atribuir dicha expresión a Lagache, aunque sin explicitar la referencia. Si en realidad habla de Daniel Lagache, debe de tratarse de uno de sus textos de juventud, supuestamente antes que se diera cuenta que el mismo Freud utilizó escasas veces el término subconsciente, y que nunca lo equiparó al superyó.

En cuanto a las áreas llamadas "afectividad" y "futuro" son las que más cerca están de una concepción psicológica ingenua quede una concepción psicoanalítica. El tipo de sentimientos que se supone se dan de preferencia como consecuencia del influjo de determinada imagen paterna no son, de ninguna manera, exclusivos para los individuos que hayan tenido este tipo de padre; son afectos que están igualmente presentes en cualquiera. Resumirlo bajo el. rótulo de "actitudes", es escamotear el problema de la conformación de una estructura de carácter determinada. Y aún más: considerar ciertas actitudes como anormales para atribuirles la capacidad de "predisponer sicológicamente a un siquismo de morbosidad" (pág. 9) es una rentes etapas, tal como fueron deslindadas en la exposición del primer capítulo. De esta manera se puede hacer el seguimiento de una línea de evolución, pero en ninguna forma se explican ni el origen ni el sentido ni la función de las conductas.

Pero la mayor objeción que se le puede hacer a esta monografía es la del concepto mismo de ‘imagen paterna’. Aunque se diga (pág. 7) que se han aislado seis tipos de presencia paterna teniendo en cuenta las características del conflicto edípico, no se ve claro cuál es la verdadera justificación para definir esos tipos. En síntesis, estas "imágenes" incluyen la manera como el padre ejerce su autoridad con el hijo y cómo combina esta función con la manifestación de sus sentimientos amorosos, pero todo ello desde una perspectiva normativa (se contrapone la presencia normal a las demás presencias anormales). Parece que se quisieran definir ciertos patrones más o menos constantes en el comportamiento del padre hacia los hijos, pero de hecho en la descripción y análisis de casos se ve claro que se trata más bien de ciertas modalidades de presencia del padre para el hijo, es decir, que de por medio está la representación subjetiva que cada hijo se puede hacer de las conductas de su padre, y que por eso cualquiera de las "imágenes" se puede hallar en la historia de un solo individuo, y hasta de individuos que no han llegado a ser delincuentes.

En última instancia, lo que se coloca como ideal es el conjunto de condiciones que promoverían la conformación de una personalidad de tipo obsesivo (firmeza de voluntad, de principios, "estructuración" afectiva, tenacidad en los proyectos, etc.). Parece como si para el doctor Hoyos toda personalidad histeriforme fuera un delincuente en potencia.

Si la función del padre se redujera a la autoridad, no podría entenderse por qué se produjo un psicótico como el doctor Schreber, con un padre tan seriamente disciplinador. Si la carencia de presencia paterna fuera equivalente a la ausencia física del padre (cf. pág. XI), todos los hijos huérfanos o de padres separados deberían ser delincuentes. O en todos los sectores socioculturales en donde aparecen los "nuevos padres", que asumen o se reparten los cuidados "maternos" del hijo, debería hacerse evidente el aumento de la delincuencia.

En fin, todos estos problemas nos muestran la pertinencia de las distinciones lacanianas entre un padre real, uno imaginario y otro simbólico. En efecto, el asunto no es tanto si está o no presente el padre, sino si su función, que es básicamente simbólica, se puede ejercer, o bien si puede ser representada por el padre real. No podríamos dejar de estar de acuerdo con el autor al considerar que esta función paterna está íntimamente articulada al complejo de Edipo, pero obviamente que no se trata del Edipo "vivencial" que él describe, sino de ese Edipo al que hace referencia la frase que escribe Anika Rifflet-Lemaire cuando habla de Lacan y que tan desadvertidamente cita el autor: "El complejo de Edipo es un estado radicalmente inconsciente y no está inscrito en una experiencia que el sujeto haya hecho de su yo, pero él constituye el momento estructural y fundamental de la historia del sujeto".

MAURICIO FERNÁNDEZ ARCILA