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Fernando desnudo (o Lecturas para
acompañar el ego)
Lecturas para acompañar el amor
Fernando Soto Aparicio
Tercer Mundo Editores, Bogotá, 1989,
98 págs.
Jazmín desnuda
Fernando Soto Aparicio
Plaza y Janés, Bogotá, 1989, 292 págs.
En mis manos tengo dos
libros del superprolífico escritor colombiano Fernando Soto Aparicio. Uno de ellos, Lecturas
para acompañar el amor, es una recopilación sin mucho ton ni mucho son, de una serie
de memorias y de comentarios al viento. El otro, Jazmín desnuda, es una novela
supuestamente erótica, llena de elementos grotescos y rayana con la pornografía de
librillos de un centavo.
Considero que es una
labor más bien inútil tratar de encontrar puntos en los que estos dos libros se
encuentren. Tal vez la desesperación que producen en el lector (aunque por distintas
causas) sería la única manera de compararlos. Como supongo que, aunque se trata de dos
libros inútiles, esta reseña debería serle útil a alguien, me abstengo de proceder a
hacer la susodicha comparación y me inclino a considerarlos por separado.
Lecturas para acompañar el amor, como ya
lo había dicho, es una especie de colección de pequeñas memorias del autor, en las que,
supongo que por una confusión de términos entre recuerdos personales y alabanza a sí
mismo, predomina la autocita inveterada y gratuita. En "Postal de invierno",
"Confesión de fe", "La destinataria", "La música del
alma"; "La primera maestra", "La muerte del agua", "El amor
y el olvido", "Preguntas y respuestas" y "Simplemente mujer", es
decir, cl 70% de los escritos, encontramos por lo menos un párrafo en el que Fernando
Soto cita a Fernando Soto. El exceso es tal, que hasta el epígrafe del libro es parte de
un poema (sic) del mismo autor. No es que yo tenga algo en
particular contra la autocita pero, cuando ésta
se torna absolutamente egocéntrica, no puedo dejar de pensar que quien lo hace abusa de
la paciencia del lector y carece de recursos y cultura literaria. Si nos guiamos por este
libro, todo parecería indicar que Soto Aparicio se ha pasado la vida entera dedicado
exclusivamente a leer y releer sus propios libros.
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El motivo central de esta
recopilación es la reminiscencia. No el recuerdo o la memoria edificante, mas sí el
plañidero regreso a un pasado donde todo fue mejor. El libro se encuentra inundado de
frases como "dichosos los niños de antes porque les tocó el sí" (pág. 44)
aplicadas a cualquier tema: el amor de antaño, la patria de antaño, la mujer de antaño,
la paz de antaño y así sucesivamente. Toda esta alabanza al pasado, toda esta manera
simplona e ingenua de tratar los temas, está reforzada por discursillos entusiastas y
cursis que bien podrían ser repetidos en el acto cívico de la escuela de un pueblo de
antaño: "Paz es un sabor a trigo, a leche y miel, a rosas, a durazno. Pero por
encima de todo, paz, paz, es un sabor a Colombia" (pág. 34). No hay momento en que
el autor le de un respiro al lector, no hay un alto en el discurso para que el lector
reflexione o intente sacar sus propias conclusiones. En Lecturas... todo está dado
y gira en torno al lugar común (los campesinos lindos, la mujer misterio, la patria
amada), la reminiscencia decadente que envuelve al pasado en una aureola de santidad
paradisíaca, y el pomposo ego de Fernando, quien se autoafirma como el Gurú de la
literatura colombiana:
"Mi
poema [...] lo han leído, declamado, escenificado, y ya pertenece al
patrimonio de los colombianos"
(pág. 75). Si utilizáramos este tipo de lecturas para acompañar el amor, creo que nos
moriríamos de tedio antes de llegar al primer encuentro.
En cuanto a Jazmín
desnuda, tampoco creo que sea una lectura apropiada para acompañar el amor. El
intento de Soto por construir una novela erótica es absolutamente fallido. Escribir sobre
el amor y una de sus manifestaciones, el sexo, no es unir elementos escandalosos y
morbosos, y tratar de tejer un argumento en el que la estética faltó en la lista de
invitados. En Jazmín desnuda hay de todo como en botica pero, obvíamente, falta
el toque de gracia. Desarrollada tras las bambalinas de un escenario telenovelesco (y bien
tele-novelesco, ya que los personajes son actores, actrices, guionistas, productores y
realizadores de telenovelas), se nos ofrece un chop suey con base en ingredientes
podridos: violaciones, suicidios, crímenes pasionales, homosexualismo, escoptofilia,
sadomasoquismo, orgías y chantaje, para sólo mencionar unos pocos, todo esto descrito en
un lenguaje soez y prosaico que deja al lector con la sensación de encontrarse leyendo un
pasquín amarillo oscuro:
Me desnudé... Me empujó
sobre la cama... No sé, nunca me sen ti
tan desnuda, no era mi piel, eran mis
tripas, la sanguinolenta masa interior del cuerpo, esta fétida carroña que llevamas por
dentro. Y ahí estaba él, encima y adentro de mí... No terminaba, me hizo ponerme de
rodillas, otra vez de espaldas, otra vez de frente y acabó echándome su porquería... [pág.
65].
Como
si esto no fuera suficiente para producirnos una indigestión, Soto Aparicio maneja los
recursos literarios como si estuviera tratando con un lector tarado. Dentro del libro
todos los diálogos son artificiales y acartonados. Suceden cosas como que dos personas se
encuentran y, por una casualidad del destino, mencionan una telenovela que, por lo buena,
se supone que todos han visto. Es esta oportunidad, sin embargo, la que el autor aprovecha
para poner a uno de estos personajes a contarle al otro la telenovela con lujo de
detalles!: żY qué me dices de Graciela de Alberti, la de Limones de sangre?... La
recuerdo perfectamente, dijo Camila y cerró los ojos" (pág. 136), y ahí comienza
el recuento de la telenovela, punto por punto. De paso quiero anotar que los argumentos de
estas supuestas telenovelas no dejan de ser horripilantes y mórbidos: monjes que violan
niñas, niñas que asesinan a sus padres, padres sádicos que degüellan homosexuales,
homosexuales que sodomizan perros y un sinfín de alucinaciones que sólo pueden proceder
de una mente acalorada. Sin embargo, la cosa no para ahí. Para sazonar este esperpento,
Soto Aparicio nos regala más discursillos veintejulieros en los que él parece ser
experto. En este caso es lnravisión la que se convierte en el blanco de sus
desafortunados dardos (ver diatriba página 54 a página 57). No es que yo tenga ningún
interés en que Inravisión no sea criticada, pero la pobreza de los recursos que para
ello utiliza Fernando Soto hace que uno hasta termine tomando partido por tan difamado
instituto. El autor habla de una manera tan obvía y tan reiterativa a través de todos
sus personajes, que uno no puede evitar sonreír maliciosamente y exclamar: "Ahí vas
otra vez, Fernando". Aunque hay varios personajes en la novela, parece que todo el
tiempo se tratara del mismo chabacano hablando de las mismas cosas:
Cada licitación es más complicada que las anteriores
(dice Claudia Pontón)... Complejas e inútiles (dice Gabriel)... (Es un engaño) que
Inravisión tolera (comenta Carlota).... [pág. 237].
El intento de crear
diálogos reales se convierte en un monólogo interpretado a varias voces por distintos
idiotas útiles.
Los entremeses de esta
malsana comida, trasnochada y que se nos ofrece con la intención de intoxicarnos, son las
descripciones minuciosas de las vestimentas de los personajes, en las que el lugar común
es elevado a
extremos de
paroxismo: "...(Ella estaba vestida con)... pantis marfil, talla smail... marca
Chanel, minifalda de blue jean marca Babboo, azul fuerte; blusa azul, desteñida, Lady
Manhattan... zapatos Rebook [sic], azules y blancos" (pág. 233) y los coches en que
desplazan los personajes, amén de un recorrido por todos los moteles, discotecas y
restaurantes de Bogotá, a los que el autor siempre se refiere con nombre propio. La salsa
en que estos entremeses se remojan, es darle a cada capítulo el título de una canción
popular: Fresa salvaje, Los días del arco iris, Corazón de melón, Amada amante, etc.,
etc., etc., lo cual en sino es una mala idea pero, en el contexto de esta malograda novela
erótica, no hace más que contribuir a exasperar al lector sin agregarle ningún sabor a
lo que se le sirve. Lo contrario ocurre con los personajes y títulos de las telenovelas
que Soto nos cuenta en su libro, los cuales equivalen a poner cominos aun mousse de
guanábana de por sí vinagre: El Monasterio de Satanás, Siete minutos de muerte, Los
muertos juegan al amor, Se busca una virgen loca, Los violadores, Divadiosa dorado,
Lunaurora Román, La pechosdeoro, Camaloca y otros que ni siquiera voy a mencionar para
ahorrar un poquito de espacio.
Ambos libros de Soto
Aparicio caen en un exceso de palabras que abruman al lector, dejándolo estupefacto ante
la inutilidad del gasto de papel (y de árboles) que esto implica. Lecturas es
bobalicón y soso; Jazmín desborda elementos perversos y exagerados, tratados de
tal manera que sólo pueden ser chocantes.
Recuerdo que alguna vez
D. H. Lawrence dijo que un autor, para demostrar que lo era, debía escribir bastantes
libros. Sin embargo, no creo que esto deba ser tomado al pie de la letra, como parece que
lo han hecho algunos autores colombianos. Creo que, cuando Lawrence dijo esto, hablaba de
bastantes en el sentido de suficientes, y que en este caso estaba pensando también en la
buena calidad. Como dice un adagio budista, un hombre sabio es aquel que sabe que
suficiente es suficiente. Un hombre ciego, digo yo, es aquel que "no hace literatura
sino mecanografía".
MIRIAM COTES BENITEZ
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