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Un espejo en el diván
Ilusiones y erecciones
Fernando Garavito
Editorial Oveja Negra, Bogotá,
1989
De título elocuente,
este libro de Fernando Garavito es el intento de exponer ante el público a un sujeto,
desmantelando el edificio narcisista con ironía y rencor. La edición casi de
lujo promete mucho. En la contratapa hay una foto que merece ser analizada. Un
personaje nos da la espalda y sólo vemos parte de su calvicie (misma tonsura de
párroco); su postura contra una pared blanca es la del arrepentido,
avergonzado o castigado. O la de quien pretende tal vez ocultar lo que está haciendo
allí, con esas manos que no muestra, en su afán de dramatizar las ilusiones y erecciones
de la cubierta. En todo caso, lo que sí nos muestra el libro es un recorrido por una
poética que cabria casi toda en este fragmento:
Yo soy número uno
en todo
no ha habido no hay no habrá
sujeto de mayor potencia sexual que yo
una vez hice eyacular diecisiete veces consecutivas
a una empleada doméstica
[...]
tal como ustedes me ven joven buen mozo
inteligente genial diría yo
irresistible
con una yerga de padre y
señor mío
que las colegialas adivinan de lejos
a pesar de que yo trato de disimular al máximo
Este fragmento no pertenece
al libro de Garavito. Es de Nicanor Parra. El poema completo, titulado Como les iba
diciendo, apareció por primera vez en un libro de retratos de escritores
hispanoamericanos
1.
Sin embargo, es la manera
más sencilla de probar que gran parte de Ilusiones y erecciones, con su propósito
de escandalizar, rinde homenaje a la retórica de don Nica. Es más: las cuatro secciones
del libro de Garavito son muy distintas. Las dos primeras, prescindibles por completo,
llevan el emblema parriano, aunque nos servirán para examinar otras señales de esta
poética. Una constatación inicial es la búsqueda de un vocabulario:
Estoy
cansado de leer poemas que
nunca escriben la palabra tripas.
Yo resucito la palabra tripas.
[La flauta mágica, pág. 9]
Deja salir una palabra al
aire, la
palabra amapola, por ejemplo.
[Prisión, pág. 13]
La primera cita, que nos
remite a Mozart, nos remitirá también a Bergman en otras partes del libro. Pero sólo en
contadas ocasiones alcanza esta poesía a raspar ese convenio con lo trascendental que es
tan de Bergman. El problema de los poemas de Garavito es que tratan de domar distintos
códigos, como veremos. Y entonces el lector no sabe a qué atenerse:
Lector de Dante
como no se nota,
no hice nada por la poesía:
que ella se defienda como pueda
[...]
¿La poesía es un oficio serio?
La poesía es un oficio serio.
¡La poesía es un oficio serio!
[Sonata de
otoño, pág. 47]
El divorcio entre lo jocoso
y la responsabilidad salta a la vista constantemente. Garavito no ha conseguido la pareja
perfecta cosa que a Parra le sale de la manga entre la humorada y lo sublime.
Este yo poético que
alardea
con fogosidad (Buscaremos la antimoral
,
pág. 52) se debate entre la escritura como masturbación y
defecación (lo que no tiene nada de malo) y la autocomplacencia verbal (cuyo
inconveniente es la mimesis, el estancamiento). Recojamos, pues, las piezas del
rompecabezas:
ex
campeón de peso mosca, ex
agente de aduanas,
masturbador en las salas de cine...
[El huevo y la
serpiente, pág. 11]
Hacerme el hara-kiri en
plena
fiesta, acariciarme largamente solo...
[Juegos de verano, pág. 19]
y yo en mi mano labios
mi erecta lanza alegre
[Pasión, pág. 30]
más allá del sordo
único ser que se bifurca
aúlla se fatiga se masturba
[El habitante, pág. 37]
un solo ser se habla se
masturba
se hace el amor se adora se
conversa
[Los comulgantes, pág.
34]
¿Hasta qué punto estas confesiones
del sujeto poético (directas o en tercera persona) son las que dan luz acerca de
otras menos voluntarias? ¿Adónde conduce el desnudamiento? Sigámosle la pista:
Grotesco
ir y venir ítem retretes ser
[El habitante, pág. 37]
Después del
estreñimiento me
inclino sobre las baldosas.
¿Soy un primitivo?
[Te Adoramus, pág.
53]
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¿Y si la puesta en
escena no fuera tan consciente? Volvamos a la estructura del libro. Dijimos que las
dos primeras partes sobran. La tercera introduce la prosa (aunque el poema que la abre, en
tercetos, vuelve a Parra). La cuarta sección es la más sólida, de versículos
narrativos que son anécdotas versificadas (en el buen
sentido; es decir, encuentran su formulación de
tal manera). El tipo de composición sirve al objeto expositivo. Los aires de Gombrowicz
son evidentes, sobre todo en las fórmulas de asumida complicidad con el lector, típicas
del novelista de La pornografía: "Por aquel entonces vivíamos como
gitanos..." (De viaje, pág. 66); "Fue en ese entonces cuando decidí
hacer algún aporte... (Microbios, pág. 74); "Por aquel entonces esperábamos
el año nuevo (Sonrisas de una noche de verano, pág. 79); "Aún entonces
lloraba yo de vez en cuando..." (Persona, pág. 86). Estos comienzos de poemas
nos sitúan en historias cuya trama ha de considerarse unida a las primeras partes
del libro, por más que estilísticamente se hallen a mucha distancia. En esta sección
final es obvio el peso de narradores, dramaturgos o poetas de una épica individual, y
pienso en Jean Genet y Charles Bukowski. Sin embargo, el malditismo está teñido de una
añoranza y de cierta ternura. Son "escenas de la vida personal", para decirlo
tramposamente con Bergman. Y lo decisivo seria asociar las-imitaciones verbales a
las imágenes (la pantalla cinematográfica como la pared blanca donde compungidamente se
recluye ese "individuo" de la fotografía) que pesca el protagonista con una
notoria ansiedad que es la urgencia de ser alguien:
Se lame
dulcemente. Siente la humedad de la lengua sobre el sitio, su sitio, su yo reducido a esa
herida casi invisible, a la pequeña neuralgia de la base
del cuello. Remontarse a la neuralgia. Volver a la
salida del cine, al frío en la nuca, a la calle vacía, a las luces que se cruzan, que se
disputan un mínimo espacio para imponer el rojo, el verde. Los pasos suenan tres pasos
más atrás.
Sentirse amenazado...
[El terror, pág. 57]
Entonces me deslizaba en
silencio, y desnudo, de cara a la pared, me acariciába, hasta llegar al goce último, al
último testimonio de mi soledad, de mi miseria
[Persona, pág. 88]
La sensación de
"sentirse amenazado", la persecutoria que el sujeto
poético sufre para frustración de una
autenticidad (que en poesía no existe, por lo demás), es lo que da pie para juzgar de
manera menos benevolente el narcisismo expuesto aquí. Al sujeto le falta la frescura o el
desenfado de quien prefreudianamente (vale decir, sin complejos de ningún tipo) se
desnuda en el cabaret de las musas. Pero en Ilusiones y erecciones los
arrepentimientos son demasiado sinceros, demasiado gratuitos, junto a la firme voluntad de
ir hasta las últimas consecuencias. ¿Qué ocurre, entonces, con las apropiaciones de
otros bailes, de otras conductas expresivas? Señalándolas podremos comprender no sólo
la angustia del sujeto perseguido sino también conseguiremos confiscárselas. Y así
estaremos en condiciones de afirmar por qué el libro de Fernando Garavito se atasca,
tropieza y cae. El desbalance entre las partes no es producto del empleo de la prosa o el
versículo, o de ambos, en contraste con las estrofas de versos cortos, ni de la
utilización de fuentes que apoyarían muy bien un sentido a duras penas
conseguido. Ese sentido no ha sido logrado a causa de una simple desarticulación. Cuando
nos topamos con otras fuentes, allí mismo descubrimos que el plan de aniquilar el
narcisismo del sujeto poético está envuelto en una neblina que habla de otro sujeto, no
tan poético, que manipula al primero. Cuando uno seda de bruces con versos como los
siguientes:
nudo
nervio nulo nervio nulo novicio no
noventa no noviembre nata neutra núcleo negado
[Knie, pág. 21]
domiciliable, domingo,
domiciliado.
dominio, dominar, dominante, dominado.
dominado. DOMINADO. dominado
[El manantial de la
doncella, pág. 16]
piensa de inmediato
en Oliverio Girondo, en el Cortázar de Rayuela, en Saúl Yurkievich. El asunto es
qué diablos estarían ellos haciendo aquí. O, para decirlo desde el libro de Garavito,
¿qué pretenden estos poemas?
El lector avispado se da
cuenta de que Vallejo no es el autor de los versos que siguen:
Para qué el viento si no existe el
árbol.
Para qué el número 7 sin el uno. Para
qué la palabra sin el nombre, la tristeza sin el hombro, el escalón sin la subida.
[Lección de amor, pág. 26]
Ir y venir, volver, girar de nuevo, nadie
se llama acá, nadie se denomina, nadie es lunes ni beso ni venga ni teléfono
[El rostro, pág. 29]
y entonces la inquietud y
la desconfianza vienen después de la consternación. Vallejo no es el autor de
esos versos, ciertamente. ¿Lo es Garavito? Las ilusiones del título del libro no son
más que eso. Y las otras (del titulo también) siguen siendo ajenas. Las musas piden que
les devuelvan su dinero, pero el cabaret está en quiebra, aunque es pura fachada.
EDGAR
OHARA
1
Cf. Sara Facio Alicia dAmico, Retratos y
autorretratos. Escritores de Am
érica
Latina, Buenos Aires, Ediciones Crisis, 1973, págs.
129-130. (regresar1)
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