Boletín Cultural y Bibliográfico, Número 22. Volumen XXVII, 1990 


Catorce años de conversaciones


Alejandro Obregón ¡...A la visconversa!
Conversaciones junto al mar

Fausto Panesso
Ediciones Gamma, Bogotá. 1989. 134 págs.

Muchas veces lo hemos visto, concentrado con la persona con quien habla, narrando historias inverosímiles de barracudas, cóndores, alcatraces, toros y tempestades, siempre con su porte de marino en tierra, agrietado por el sol de su amada Cartagena —aunque es español de nacimiento—, respondiendo disquisiciones con su voz grave y cálida, mientras en una de sus manazas sostiene un cigarrillo y en la otra un vaso de licor.

Licencias permisibles a un hombre que se ha pasado la vida viviéndola lo mejor posible, por encima del bien y del mal, entregado sin reservas al amor y muy ausente de sentimientos malsanos hacia el mundo. Una buena parte de sus horas ¡a ha pasado en su estudio, trabajando, creando, interpretando ¡a naturaleza, buscando cl alma de las cosas que lo tocan y de las que tocan a los demás. Por eso no es extraño, a quienes nos hemos asomado a su puerta, que al enterarse del desastre de la Ciénaga, donde murieron miles de peces, haya acudido allí de inmediato, observado con su silencio rabioso, respirado la muerte marina y regresado a su estudio, se haya encerrado y descrito esa realidad con su propia visión: la obregoniana.

A Alejandro Obregón se ha intentado hacerle muchas entrevistas. No a todas ha accedido y, cuando lo ha hecho, se ha limitado a monosílabos o a la consabida frase de los pintores:

"En mi obra está todo lo que tengo que decir". Pero que haya sido generoso en palabras y anécdotas, que acostumbre permitir la violación de su intimidad y de ayudar a interpretar su obra, eso es algo raro. De ahí que este libro que Fausto Panesso publica sobre el maestro no deje de ser atractivo por la serie de "chivas" que aporta, en todos sus órdenes.

Desde su simple presentación, donde Fausto se ¡imita a narrar someramente cómo fue sacándole trazos al pintor, hasta el estilo de la presentación del texto, atraen por la modestia, sencillez y riqueza espiritual, tanto del entrevistado como del entrevistador. Panesso deja hablar libremente a Obregón, evita caer en la tontería de la pregunta-respuesta —recurso elemental al cual acuden quienes tienen prisa—, hace de cuando en cuando comentarios sobre la vivencia que acaban de pasar, en tono emotivo, respetuoso, muy en su Sitio, sin pretender dejar en el lector la imagen de amiguismo y confiancita que lo hagan aparecer de igual a igual con ese monstruo llamado Obregón.

Sin embargo, a Panneso se le va la mano en su celo por respetar la palabra del maestro, en la medida como prefirió hacerse al margen y no le redactó ciertos párrafos y expresiones que en lenguaje coloquial están muy bien, pero que al trasladarlos al escrito pierden fuerza e intención. Por otro lado, peca también Fausto de desordenado. Muy bien: este libro es la consecuencia de catorce años de conversaciones aisladas, en distintos estados anímicos y emocionales, pero perfectamente habría podido armar la historia de manera más coherente, con ilación, enlaces que hagan más grata —de lo que es— la lectura.

Obregón habla como para sí, y hay momentos en que se tiene la sensación de estar hablando con uno, de estar contando aspectos de su existencia, con las mismas madurez y tranquilidad del hombre que sabe tiene su barco a buen resguardo, atracado en el momento de la siesta. Se nos presenta como un ser que emplea términos como "peladitos", "culicagado", "carreta", "vainas", "carajo" y "chuta",entre otras, ocultándonos por momentos lo que poco a poco va develando: su sabiduría no sólo sobre pintura, sino también sobre flora, faunas marina y terrestre, corridas de toros, física, literatura—escribe poesía—, historia universal, geografía, música y cuanta manifestación y percepción humana pueda existir. Sus experiencias durante los acontecimientos posteriores al 9 de abril de 1948, en Bogotá, sus vivencias durante la segunda guerra mundial, como vicecónsul en España, sus experiencias como camionero en el Catatumbo, tantas cosas tan opuestas aparentemente, sucedidas en la misma persona, van formando día a día una particular visión de su entorno en este Obregón que permanece constantemente con las antenas abiertas.

Tan acostumbrado a lo sencillo —punto de partida de la grandeza—, que narra: "En el año 47 pinto un pez. Lo miro y digo: ¡pero qué fácil es pintar!, de ahí arranca todo". Con análoga desprevención afirma recordar a un guacamayo azul que había en su casa paterna y se burlaba y reía de él todas las mañanas, cuando salía hacia el colegio. Pasan los años en esta colcha de reminiscencias y, después de haber estudiado pintura en Boston, declara con la mayor tranquilidad que "es malo estudiar pintura". Sus frases caen con cierta dulzura y dejan una sensación iluminada al lector. Por ejemplo cuando dice: "Nací queriendo no ser inteligente, depender sólo del entusiasmo, de la intuición". Y en otro aparte, con la mayor seriedad confiesa: "[tengo] diez por ciento de talento, veintisiete por ciento de trabajador manual, de carbonero y sesenta y tres por ciento de suerte". Sobre su obra los conceptos son un poco más contenidos. Evita profundizar, seguramente porque sabe que no es a él a quien le corresponde juzgar su propia creación.

En ese sentido, Fausto Panesso obra con tino al ser él quien hable sobre los diversos estados de la pintura de Obregón, sus épocas de masacres, peces, flora, cóndores, toros, etcétera, insistiendo en ¡a extraordinaria capacidad de transformación del pintor, cuyos cuadros, a primer golpe de vista y sólo para neófitos, podrían aparecer como similares.

Las anécdotas sobre los amigos del maestro no podían faltar. Se habla de Eduardo Cote Lamus, Jorge Gaitán Durán, León de Greiff, Gabriel García Márquez, Alvaro Cepeda Samudio, Alfonso Fuenmayor y muchos otros nacionales y extranjeros, imponiéndose siempre la calidez y el alto sentido humanista que hacen meritoria de una segunda lectura esta conversación frente a frente, o a la visconversa, apoyados en el excelente material gráfico de Olga Lucía Jordán y Abdú Eljaiek, fundamentalmente, y en las fotos del álbum familiar de Obregón. La presentación, en fotos, de los cuadros que forman su más reciente serie, Los vientos azules de Jerónimo El Bosco, son un goce para los sentidos, donde el movimiento tiene la palabra, tanto como su autor juega con los secretos de la libertad.

HOLLMANN MORALES