Boletín Cultural y Bibliográfico, Número 22. Volumen XXVII, 1990 


Bitácora para leer a Jorge Cuesta


Soliloquio de la inteligencia.
La poética de Jorge Cuesta
Adolfo León Caicedo
Inba-Leega. México. 1988, 183 págs.

La idea de Xavier Villaurrutia de que toda admiración ciega es una forma de injusticia fue durante mucho tiempo verdad en el caso de Jorge Cuesta, la conciencia crítica de una generación cuyos mejores lectores e imanes más opuestos fueron ellos mismos. Hermético, alquimista, barroco, lúcido al extremo del hielo ardiente: la mayor parte de los juicios críticos sobre Cuesta han pecado de superficialidad o de afirmaciones cuya contundencia se agrava por la estrechez de miras, como queda demostrado en la mayor parte de la antología crítica que Luis Mario Schneider incluye al final del tomo y de los Poemas y ensayos de Jorge Cuesta.

A las lecturas de inteligencia apasionada de Louis Panabière, Inés Arredondo y Christopher Domínguez se une ahora la de Adolfo León Caicedo, cuyo trabajo Soliloquio de la inteligencia. La poética de Jorge Cuesta mereció en México el premio nacional de ensayo literario correspondiente a 1986. Si el propio Cuesta afirmaba que una de las características de su generación era la desconfianza, León Caicedo ha sido fiel al precepto: la primera virtud del libro es la manera como el poeta aparece desmontado, cuestionado, conectado con las diversas tradiciones que remonta. De tal modo, el libro no es sólo una exégesis bien hecha de una obra literaria, sino la invitación a una poesía que no por difícil es menos cautivadora. La aventura intelectual de Cuesta se convierte así en el descenso que la inteligencia contemporánea, desde Une salson saison en enfer de Rimbaud hasta Piedra de sol de Octavio Paz, realiza para reencontrar la luz perdida.

Los contemporáneos solían citar la idea de Eugenio d’Ors de que la Odisea no era un libro de aventuras sino de problemas. León Caicedo lo sabe, pero comprende el significado entre líneas de la idea: la solución a los problemas puede ser árida y repetitiva, o fresca y generadora. De tal modo, su Soliloquio... se convierte en un diálogo constante con las ideas centrales de Cuesta, expresadas en sus ensayos y en su obra poética. Su minuciosa red de correspondencias y constelaciones desemboca en el capítulo IV, donde Caicedo hace la que a la fecha es la mejor interpretación del Canto a un dios mineral. Su prosificación del poema central de Cuesta llega incluso a dar la impresión de ser otro poema, como si se cumpliera aquella idea de la Cábala, en el sentido de que quien juega a ser fantasma termina por serlo.

Como señalábamos antes, los Contemporáneos en conjunto y Cuesta en particular han merecido las mayores consideraciones como leyenda y no como realidad. De ahí los lugares comunes y la crítica prefabricada que se ha elaborado en torno a ellos. Uno de los mayores méritos del trabajo de León Caicedo es que pone en duda ese manojo de frases hechas para emprender su propia lectura. Para tal fin, contempla la tradición remontada por Cuesta y coloca en el mismo renglón a Gide ya Góngora, a Valéry a Quevedo, para demostrar una vez más que la actitud "clásica" de los Contemporáneos no fue un exotismo importado sino una consecuencia natural de la evolución literaria de Hispanoamérica. El poderto dialéctico y la solidez arquitectónica de Cuesta pertenecen más a la familia del Primero sueño o de las Soledades que a El cementerio marino o La tierra baldía.

Paul Cézanne, uno de los pintores más admirados por Cuesta, en cuya sintaxis de Imágenes encontraba la búsqueda de la escritura de su generación, anhelaba una pintura en la que por ninguna fisura escapara la realidad. Igual preocupación animó a Cuesta; intención análoga es la que persigue León Caicedo. El que gustaba autonombrarse con el verso baudelaririano "el más triste de los alquimistas" sonreirá satisfecho desde donde se encuentre, y con una seña de su mano dirá que la botella lanzada al mar ha sido encontrada por el destinatario preso, ése que creemos anónimo desde que articulamos nuestro soliloquio.

VICENTE QUIRARTE