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Bitácora para leer a Jorge Cuesta
Soliloquio de la inteligencia.
La poética de Jorge Cuesta
Adolfo León Caicedo
Inba-Leega. México. 1988, 183 págs.
La idea de Xavier
Villaurrutia de que toda admiración ciega es una forma de injusticia fue durante mucho
tiempo verdad en el caso de Jorge Cuesta, la conciencia crítica de una generación cuyos
mejores lectores e imanes más opuestos fueron ellos mismos. Hermético, alquimista,
barroco, lúcido al extremo del hielo ardiente: la mayor parte de los juicios críticos
sobre Cuesta han pecado de superficialidad o de afirmaciones cuya contundencia se agrava
por la estrechez de miras, como queda demostrado en la mayor parte de la antología
crítica que Luis Mario Schneider incluye al final del tomo y de los Poemas y ensayos
de Jorge Cuesta.
A las lecturas de
inteligencia apasionada de Louis Panabière, Inés Arredondo y Christopher Domínguez se
une ahora la de Adolfo León Caicedo, cuyo trabajo Soliloquio de la inteligencia. La
poética de Jorge Cuesta mereció en México el premio nacional de ensayo literario
correspondiente a 1986. Si el propio Cuesta afirmaba que una de las características de su
generación era la desconfianza, León Caicedo ha sido fiel al precepto: la primera virtud
del libro es la manera como el poeta aparece desmontado, cuestionado, conectado con las
diversas tradiciones que remonta. De tal modo, el libro no es sólo una exégesis bien
hecha de una obra literaria, sino la invitación a una poesía que no por difícil es
menos cautivadora. La aventura intelectual de Cuesta se convierte así en el descenso que
la inteligencia contemporánea, desde Une salson saison en
enfer de Rimbaud hasta Piedra de sol de
Octavio Paz, realiza para reencontrar la luz perdida.
Los contemporáneos
solían citar la idea de Eugenio dOrs de que la Odisea no era un libro de
aventuras sino de problemas. León Caicedo lo
sabe, pero comprende el significado entre líneas de la idea: la solución a los
problemas puede ser árida y repetitiva, o fresca y generadora. De tal modo, su Soliloquio...
se convierte en un diálogo constante con las ideas centrales de Cuesta, expresadas en
sus ensayos y en su obra poética. Su minuciosa red de correspondencias y constelaciones
desemboca en el capítulo IV, donde Caicedo hace la que a la fecha es la mejor
interpretación del Canto a un dios mineral. Su prosificación del poema central de
Cuesta llega incluso a dar la impresión de ser otro poema, como si se cumpliera aquella
idea de la Cábala, en el sentido de que quien juega a ser fantasma termina por serlo.
Como señalábamos
antes, los Contemporáneos en conjunto y Cuesta en particular han merecido las mayores
consideraciones como leyenda y no como realidad. De ahí los lugares comunes y la crítica
prefabricada que se ha elaborado en torno a ellos. Uno de los mayores méritos del trabajo
de León Caicedo es que pone en duda ese manojo de frases hechas para emprender su propia
lectura. Para tal fin, contempla la tradición remontada por Cuesta y coloca en el mismo
renglón a Gide ya Góngora, a Valéry a Quevedo, para demostrar una vez más que la
actitud "clásica" de los Contemporáneos no fue un exotismo importado sino una
consecuencia natural de la evolución literaria de Hispanoamérica. El poderto dialéctico
y la solidez arquitectónica de Cuesta pertenecen más a la familia del Primero sueño o
de las Soledades que a El cementerio marino o La tierra baldía.
Paul Cézanne, uno de los
pintores más admirados por Cuesta, en cuya sintaxis de Imágenes encontraba la búsqueda
de la escritura de su generación, anhelaba una pintura en la que por ninguna fisura
escapara la realidad. Igual preocupación animó a Cuesta; intención análoga es la que
persigue León Caicedo. El que gustaba autonombrarse con el verso baudelaririano "el
más triste de los alquimistas" sonreirá satisfecho desde donde se encuentre, y con
una seña de su mano dirá que la botella lanzada al mar ha sido encontrada por el
destinatario preso, ése que creemos anónimo
desde que articulamos nuestro soliloquio.
VICENTE QUIRARTE
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