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Amolando los cuchillos
Bolívar frente a los médicos y
la medicina
Antonio Reales Orozco
Tercer Mundo Editores, Bogotá, 1988,
203 págs.
La patografía de
personajes famosos ha sido uno de los terrenos predilectos de los cultores de la historia
de la medicina, en especial de aquellos que ejercen como médicos. El número de esta
clase de trabajos es amplio, tanto en el país como en el mundo. Dentro de la región
bolivariana, como es obvio, la figura de Simón Bolívar ha sido objeto privilegiado de esta clase de literatura y, recientemente, también de la gran literatura. Al leer un
trabajo médico sobre las dolencias y la muerte del Libertador, inevitablemente viene a la
mente la última obra de García Márquez, El general en su laberinto. A veces la
literatura, la buena literatura, permite entrar con mayor profundidad que algunos estudios
histórico-médicos en ciertos dramas humanos, y ello no es raro en la literatura mundial.
Según el doctor René Tissot destacado psiquiatra francés la mejor
descripción de la muerte no se debe aun médico sino a un narrador: León Tolstói (La
muerte de Iván Ilich).
El
libro que nos ocupa, aun cuando constituye un esfuerzo muy meritorio desde el punto de
vista de la documentación secundaria y del análisis para acercarse a la enfermedad y a
la actitud de Bolívar frente a la medicina y los médicos, deja, a los lectores que
quieren formarse una visión integral sobre el tema abordado, a mitad de camino. Por una
razón que es extensible a no pocas de estas de patografías históricas. Se trata de lo
que podría calificarse de "unilateralidad iatrocentrista". Los análisis están
dominados por los puntos de vista y los prejuicios característicos de los médicos y, en
este caso, también de la psiquiatría. Por esta razón, quizá, esta clase de estudios
tienden a quedarse reducidos al ámbito de los profesionales de la medicina. Pierden
alcance explicativo y, en consecuencia, poco les dicen a los lectores formados en otras
disciplinas.
Esta actitud se puede
ilustrar tomando dos de los varios temas que incluye la obra comentada. Uno de ellos es el
de la relación médico-paciente. En el caso de Simón Bolívar esta relación fue, por
decir lo menos, compleja. Y en cuanto relación, es necesario, para su análisis, tener en
cuenta no sólo al enfermo sino también al médico. Desde el primer capítulo el autor
plantea el problema en los siguientes términos: "En honor a la verdad, aquellos
criterios del Libertador que se relacionan con su apatía por la medicina hipocrática, no
representan una saludable postura digna de imitarse. ¿Podemos considerar su actitud de
rechazo a la medicina clásica como un comportamiento inadaptado por influencias externas?
¿O debemos clasificarlo, más bien, como un comportamiento de tipo desadaptado en
relación con
las necesidades
personales?" (pág. 14). La actitud del Libertador frente a la medicina incluía,
naturalmente, a sus "oficiantes", los médicos.
Frente a este
planteamiento podrían esgrimirse algunos elementos que muestran que el asunto de la
relación médico-paciente va más allá de las actitudes del enfermo. En primer lugar, en
no pocas ocasiones algunos médicos adoptan frente a sus pacientes una actitud de poder.
Para ello recurren a su "ciencia". Bolívar era lo suficientemente lúcido como
para entender esta clase de posturas. Las duras palabras del Libertador frente al doctor
Moore, citadas por Reales Orozco, son algo más que un asunto de poca simpatía: "La
dignidad doctoral que se le ve algunas veces, es un vestigio ajeno de que se reviste y le
sienta mal. Está engañando si cree que tengo fe en la ciencia que profesa y en sus
recetas. Se las pido para salvar su amor propio y no desairarlo"
(pág. 50). ¿Por qué cabría preguntarnos no podría tener razón Bolívar,
al menos parcialmente, al emitir ese juicio? ¿Cómo se acercaba este galeno y en
general los que tuvieron que ver con el Libertador a su paciente? ¿Cómo podían
influir en ese acercamiento las calidades del enfermo y la manera como éste vivía su
dolor, su conciencia o su inconsciencia sobre él mismo? Las preguntas podrían
multiplicarse.
Es apenas obvio que la
perspectiva vivencial y de conocimiento del paciente sobre la enfermedad es diferente de
la del médico. Los síntomas trasto-can no sólo el organismo del enfermo. Alteran
también la percepción de su propio cuerpo y de su entorno social:
familia, amigos, etc. Su medio
cultural, en el sentido etnológico, y su historia personal determinan una manera
particular de "sentir" los procesos patológicos. Ya su cotidianidad, como
diría René Leriche el fundador de la cirugía fisiológica, no es "el
silencio en la vida de los órganos": es el ruido telúrico del dolor. Este hecho
puede generar actitudes de sumisión o de rebeldía frente a diversas instancias, incluida
la medicina. Una posición negativa frente a los médicos y sus actos puede relacionarse
con esa nueva forma de vivir la vida que es la enfermedad, y no necesariamente con
presupuestos caracterológicos innatos o adquiridos en la infancia. Uno de los grandes
méritos de "el Bolívar" de García Márquez es que nos deja penetrar en esa
tempestad de la enfermedad y de la muerte.
Es sabido, como lo
reconoce de paso el autor del libro comentado, que sólo hacia finales del siglo XIX
comienza la medicina científica a ser realmente curativa. Este salto se debió al
surgimiento de la "mentalidad etiopatológica", al desarrollo de la química
orgánica y de la farmacología, etc. Algunos historiadores, como es el caso de Charles
Liechtenhaeler (Histoire de la médecine, Fayard, París, 1978), señalan, incluso,
que el "escepticismo terapéutico" dominó la medicina hasta la llegada de los
antibióticos, en 1939. No es extraño que una persona "informada", como lo era
Bolívar, manifestara también cierto escepticismo frente a los remedios de la primera
mitad del siglo XIX. Cosa distinta era el diagnóstico, pues desde la consolidación de la
gran medicina hospitalaria hacia los primeros decenios de dicho siglo ya
había arrancado en serio, combinando los datos de la semiología moderna con los
hallazgos de la anatomía patológica.
El otro tema
de los dos que queríamos tocar es el de la supuesta afección epiléptica del
Libertador. Y es destacable, por cuanto deja traslucir una actitud perjudicada de la
enfermedad, o en ciertas enfermedades. Tal actitud se encuentra en algunos médicos y,
deforma amplia, en la sociedad:
la enfermedad como un estigma, como una vergüenza, como una mancha. Está
comprobado que tal dolencia no existió. Pero, de haber existido, no hubiese sido algo
"ofensivo" para el Libertador. Ni se justifica la pregunta:
"¿Qué sería de
nosotros, de nuestra historia, de nuestra epopeya, de nuestras glorias, de nuestra
influencia en la libertad del Nuevo Mundo si llegáramos a demostrar que el director de
aquella magna revolución que conmovió todo el Continente desde Bering hasta Magallanes,
había sido la obra de un epiléptico melancólico y apático?" (págs. 98-99). Todos
los seres humanos, incluidos los grandes hombres, estamos sujetos a sufrir todo tipo
de dolencias, y ninguna es más digna o
indigna que otra. Y así como la existencia de algún tipo de estado morboso no explica
exhaustivamente las acciones humanas, los hombres las cumplen acompañados de las
inevitables deficiencias transitorias o permanentes de su organismo.
No obstante estas
apreciaciones críticas, hay tres aspectos que merecen rescatarse de "el
Bolívar" de Reales Orozco. El primero, su intento de situar la figura del
"ilustre enfermo" en el contexto del acontecer histórico de la época. En este
sentido, abre líneas de trabajo que podrían dar paso a nuevos estudios de
profundización en este tema y en otros de la historia de la medicina. El segundo, la
vinculación de las dolencias orgánicas de Bolívar con aspectos de su personalidad y con
acontecimientos políticos y humanos que fueron debilitando su organismo. Este hecho, a
menudo, es olvidado por algunos médicos, incluso en su práctica cotidiana.
El
tercero, que este trabajo abre la posibilidad de una seria discusión en torno a problemas
metodológicos e interpretativos en la historia de la medicina y en la medicina a secas.
Ojalá que el público de estudiantes de medicina y de profesionales de la misma sea
amplio y se sensibilice cada vez más a trabajos como este que, como alguien dijo, no
cortan pero amuelan los cuchillos. Y podría agregarse: contribuyen a que brote menos
sangre.
NESTOR MIRANDA CANAL
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