Boletín Cultural y BibliográficoNúmero 21, Volumen XXVI, 1989

Vocación enmarañada


Selva que regresa
Samuel Jaramillo
Premio Nacional de Poesía,
Universidad de Antioquia, Medellín, 1988

Los premios de poesía (o los concursos, da igual) consagran —de preferencia— el canon literario. Difícilmente un jurado va a poner en riesgo el pellejo dándole el espaldarazo a un libro "experimental" o "peliagudo" en el sentido de que se aparte de las normas. Cualquier jurado pisa sobre seguro.

El premio nacional de la Universidad de Antioquia, concedido a Selva que regresa, no fue la excepción. Más aún: los miembros del jurado, precavidos como el jabón de Pilatos, emitieron una aclaración que es una ambigua y tolerante descripción del libro por ellos premiado. Reconocen que el panorama era desolador (no hubo ninguna "sorpresa"), y de ese panorama rescataron unos cuantos títulos, y de éstos decidieron premiar el manuscrito de Samuel Jaramillo. żY no será también que una frase—en el libro editado, pág. 59— les revelaba que un específico autor estaba en carrera, ya que previamente ese autor había publicado —en la misma universidad de Antioquia— un libro de poemas con el título Geografías de la alucinación (1982)? La suspicacia es un zancudo persistente.

La selva de Samuel Jaramillo es una selva literaria (la de Rivera, por ejemplo). Es, por lo tanto, una mujer y, en consecuencia, una geografía "exótica". La palabra clave es tantear (págs. 46 y 47), animarse o decidirse. Pero el poeta no pretendió propasarse: su exploración se realiza en un zoológico verbal y no en la devastadora lengua que parece amenazarlo. Y en verdad esa amenaza existe a lo largo del libro. Digámoslo así: Jaramillo pudo concentrarse en esa selva literaria y "agotarla", es decir, construyendo un invernadero de temas que tuvieran ecos de una tradición de vieja estirpe en nuestras letras. Parodiaria, ironizar, vacilarse como un chihuahua en un Rolls Royce. En cambio prefirió meterse en camisa de once varas, con las mejores intenciones seguramente, pero el resultado es poco menos que fatídico. Y es que el yo de Selva que regresa se toma demasiado en serio su "misión" de poeta. No está mal que deje que el lenguaje se organice a su modo por obra de una domadora:

Lo imaginación es la que construye. Ella es la arquitecta.
Sin ella no hay nada real: apenas hechos
desnudos, actos, palabras, piedras estériles
calentándose al sol inútilmente.
[Pasiones imaginarias, III, pág. 381]

Pero esa dirección, muy prudente, tendrá un giro previsible, como si el sujeto poético se dejara llevar por una imaginación enteramente codificada y esquemática. En todo momento esta palabra quiere internarse en lo desconocido (que después, veremos, ha de ser lo aparentemente inexplorado):

Avanzo mi pie. Doy el paso definitivo
y me encuentro de repente en otro territorio.
Avanzo. Tanteo. Exploro.
Estoy desamparado en esta noche de tierra caliente
con estrellas y con luna.
[Pasaje estrecho, III, pág. 46]

Pongámosle atención al desamparo que siente el yo. Hasta ese momento su propuesta es clara y el lenguaje la sostiene. A malhadada hora entra el "malditismo" en escena y todo se va al tacho. El "explorador" de esa selva ha caldo en una dualidad (sesos/ alma; cerebro/espíritu) que es dinamita pura en cualquier poema: "sorbiendo la cordura de mis sesos" (Enlunado, pág. 61); "todos los compartimentos de mi alma" (Alma tomada, y, Pág. 66); "Su voz enronquece desgarrada por una! contorsión! que despedaza su alma" (Rockera, I., pág. 75). No sabemos si Samuel Jaramillo quiso jugar con el legado romanticón, pues ya metido en esa selva resulta evidente que el alma de la palabra alma está irremediablemente perdida:

Si tengo alma
estas son las heridas de mi alma
GEOGRAFIAS DE LA ALUCINACION
[Las heridas de mi alma, pág. 59]

Cualquier extremaunción llegaría tarde. El resto del libro es una maraña de intenciones que, sabiéndolo o no, adoquinan su propio atajo a los infiernos de la mímesis (como en Derrotada —pág. 91 —, detono escandalosamente pachequiano) y de la poesía académica o del academicismo: "Del aeropuerto a la casa,/de la autopista a la conferencia,/ una mujer transparente! se bebe el agua de mis días"
(Agenda, III, pág. 78).

Las secciones finales del libro ("El poema es nuestro viaje" y "anuncian que el poeta ha llegado") son flojísimas. Nuevamente nos hallamos ante una propuesta que, pudiendo ser irónica, no lo parece por ninguna parte; es decir, no fue acogida por el autor. Concedámosle el beneficio de la duda: o el autor tiene problemas para establecer una distancia crítica o somos nosotros los que carecemos de clarividencia o de orientación en el bosque de palabras en que caímos. No descarto esta última posibilidad. Pero, ciertamente, la cosa cambia cuando hay que tragarse una vez más la historia del poeta como faro del mundo:

En su batalla contra la ceguera avasalladora, 
el poeta dirige su proyectil de luz
hacia el tejido ominoso de la oscuridad.
[Artillero, I, pág. 97]

Por lo tanto, la poesía se transformará en una especie de actriz de cine, pero con verdadera vocación de ayuda, con una entrega social muy digna:

La poesía es la única vigilia posible, Estrecho espacio en el que se enfrentan sin armas el corazón y la cabeza
[...]
La poesía: ese anteojo bizco que enfoca a la vez a la vida y su contrario.
[Anteojo bizco, V-VI, pág. 104]

Digamos que el problema no es exactamente una cuestión de cambio temporal
(o estético) y que ahora, en el presente de nuestra lectura, le debemos exigir a la poesía que deje de ser la "enfermera del alma" (pongámonos miméticos también). Que la poesía sea lo que le dé la gana: curación, embrujo, enfermedad, juego, convicción política. El problema radica en la manera de plantear el asunto con las mejores posibilidades de éxito o las menores tendencias al fracaso (tarde o temprano, como dice José Emilio Pacheco, nuestras carcajadas—al leer la poesía de Amado Nervo, por ejemplo— serán motivo de risa). El poeta trabaja contra el tiempo con palabras de piel muy suave y de frágil consistencia. La única manera de robustecerlas es trenzándolas en una forma que resista lo más posible, lo más que pueda, los mordiscos del lector principal. Y cada tanto necesitamos lavar ese uniforme que las cubre—esa forma— para quitarle esas manchas producidas por sus mismas palabras, bejucos incontrolables.

EDGAR O’HARA