Boletín Cultural y
Bibliográfico, Número
21, Volumen XXVI, 1989
Tocar el fondo
La Scherezada criolla. Ensayos sobre
escritura
femenina latinoamericana
Helena Araujo
Universidad Nacional de Colombia, 1989, 258 págs.
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Este
volumen, sin lugar a dudas, constituye un estudio serio, reflexivo, profundo, que llega a
tocar el fondo en lo referente a la escritura de las mujeres en América Latina. Helena
Araujo es una estudiosa del trabajo de las mujeres, lo hace con amor y pasión, y logra
meterse hasta más adentro de la piel. Desde 1980 se dedica a seguir el paso de las
mujeres que escriben; a leer, conocer y analizar su producción. Este texto, novedoso por
su temática y contenido, es una recopilación de todo su trabajo sobre la escritura de
las mujeres latinoamericanas; son ensayos, artículos, publicados en diferentes medios de
este continente y del viejo, y conferencias y charlas realizadas también en múltiples
centros docentes en las diferentes latitudes, lo que hace que su riqueza sea extenuante.
Es una obra de lectura para quienes leen por el solo goce de leer, pues Helena Araujo
escribe, no sólo muy bien, sino de manera muy amena, con toques de humor y crudeza, donde
la excesiva documentación no agota;
pero sobre todo es un texto de estudio para los y las interesadas
en adentrarse en la temática, y es también un libro académico para las y los
interesados en el estudio de la producción de las mujeres de este lado del océano.
Viene
la pregunta: ¿escritura femenina? "Lo cierto es que cuando halla su estilo por fuera
de las normas convencionales, se arriesga a quedar también por fuera de la
literatura". Sí, Helena Araujo comienza citando a Virginia Woolf, cuando dice
aquello que nos ha gustado tanto desde que lo leimos: "la forma de la frase, en sí
misma, no se adapta a la personalidad femenina"; para preguntarse luego: ¿existe
acaso esa personalidad? ¿No ha sido la mujer tradicionalmente una no personalidad, una
no-presencia? A partir de aquí arranca la autora a desatar el nudo, metiéndose entre las
palabras de las mujeres, y en el primer capítulo, que ella llama "Sobre el
continente negro", sienta las bases de su trabajo, que irá desarrollando
durante un decenio. Parte del acondicionamiento a que ha estado sometida la mujer desde
niña, esa especie de nebulosa donde la única claridad es su único destino:
ser madre, y al ser madre
deberá sacrificarse, soportar y padecer, y es tal vez la necesidad de "sobrellevar
ese destino de sumisión y padecimiento lo que le impone a la mujer una visión subjetiva
de las cosas". De esa subjetividad en que incurre por presiones exteriores se
desprenden muchas cosas: el silencio, la pasividad, el miedo, la inseguridad; no obstante,
"es en el mundo subjetivo donde se hallan las claves de la personalidad". Es a
partir de esa subjetividad "esa zona donde transitan sus pulsiones y se
manifiesta su libido" donde la mujer hallará su lenguaje. Helena Araujo
conecta así, de una manera muy bonita, el lenguaje con lo mítico para llegar a una
primera hipótesis: una posible relación entre la expresión mítica y "lo
femenino". Nos conduce luego a través de citas (y hago un paréntesis para recordar
que la autora se ha documentado ampliamente no sólo con la producción de las mujeres
sino en lecturas de autores, sobre todo franceses) para sustentar su paso a
paso que la lleva a desenrrollar
el hilo y decir: "el discurso simbólico y analógico resulta posiblemente accesible
a la mujer, por hallarse más próximo a su mundo introverso y a una identidad que está
involucrada en procesos subjetivos de represión". Más aún, con la represión de
las pulsiones sexuales impuesta por una tradición religiosa que desde siglos ha impedido
a la mujer reconocer su libido y asumir su cuerpo, "porque decir cuerpo es decir
deseo, y en la sociedad patriarcal la mujer no sobrevive sino bajo la prohibición del
deseo".
¿Podría
esta mujer alienada encontrar su propio discurso?, se pregunta la autora, y se pregunta
también muchas otras cosas, se pregunta y se responde, unas veces con preguntas, otras
con respuestas hipotéticas. Así, de esa manera, va tejiendo esa especie de introducción
al tema que después va a exponer con insistencia, adentrándose en la narrativa, más que
en la poesía, de la mujer latinoamericana que ha escrito "sintiéndose ansiosa y
culpable de robarle horas al padre o al marido. Sobre todo ha escrito siendo infiel a ese
papel para el cual fuera predestinada, el único, de madre. Escribir, entonces, ha sido su
manera de prolongar una libertad ilusoria y posponer una condena", como Scherezada;
de ahí el título que la autora considera un buen sobrenombre kitsch para la
escritora del continente. Con esto nos introduce, para irse hasta los confines, en la
influencia que sobre América Latina ejerció una España invadida por el islamismo, a lo
cual le suma "el tradicional concepto del honor castellano" y el ideal de la
pureza. Todo esto y mucho más, nos dice, ha sido trasladado al nuevo mundo, donde
"se traduce hiperbólicamente en los abusos del conquistador" Después vendrá
el orden patriarcal, patriarca, padre, pater... El machismo, pues, ha sido
entronizado con todas sus variedades: estamos en América Latina.
"Recatadas
en su producción testimonial, las latinoamericanas se permiten, sin embargo, cierto
desahogo en la ficción sobre todo a partir de las primeras décadas del
siglo"; así las mujeres producen obras de ficción que denuncian el autoritarismo
del esposo, del padre, del hermano. Para la mujer, la escritura "ha sido siempre un
síntoma de defensa contra la opresión". No obstante, fue oprimida, a su vez, por la
censura de la sociedad; de ahí que resultara siempre en alianzas con el poder masculino.
A estas escritoras las encontramos en casi todos los países de América Latina en los
primeros decenios del siglo XX. "Para una sociedad tan falocrática, la
discriminación en la industria editorial resultaba apenas normal:. si por milagro se
publicaban obras de mujeres eran poco promocionadas o difundidas", muchas autoras
permanecían inéditas, o se "repartían sus obras como cualquier labor
manual, entre conocidos y amigos". Luego, con la llegada de la sociedad
industrial y el crecimiento urbano, se crearon situaciones diferentes que proponían otros
temas, otros conflictos.
Helena
Araújo va citando, en su contexto, en su tiempo y en su espacio, una por una, a las
escritoras latinoamericanas que han escrito narrativa, marcando las diferencias entre
ellas, la temática y la correspondencia con las distintas geografías. Pasada la primera
mitad del siglo, la obra se hace más abierta necesariamente, y "los enfoques de la
inmanencia y las representaciones eróticas, dejarán de lado los artificios del pudor,
superando esa sensiblería con que solía confundirse lo femenino en el pasado
[...] Las escritoras, no olvidemos, pertenecían a una clase que solía imponer la
virginidad o la maternidad como alternativa y la frigidez como condición de decencia. No
es de extrañar entonces que al redactar disfrazaran el deseo de efusión lírica o de
sentimentalismo rosa".
Adelante
de lo que podría ser esta introducción, donde la autora, de una manera cruda a veces,
otras no, nos asienta en esa realidad de la mujer que escribe, se va metiendo a sustentar
sus preguntas-respuestas, a partir de lo que la mujer escribió y fue publicado, y ella
conoce y reconce. Helena Araujo no sólo es una estudiosa; es una académica. Lo sabemos
por esa manera de llamar a cada cosa por su nombre sin caer en los excesos
de la erudición, la pedantería
o la retórica. Ella mantiene el ritmo, un ritmo insistente; va y vuelve con tal
intensidad, que esta tarea me resulta difícil. Ella va a nombrar las figuras de la
retórica, las partes del lenguaje, las formas que en el escritor en la
escritora fluyen del inconsciente y no son premeditadas. Ese es el juego y placer de
la autora: ir a constatar; y lo hace con deleite y con cuidado. El siguiente capitulo,
"Entre Vírgenes y Marías", trata el tema del modelo mariano, preguntándose:
"tendrá que ver el culto a María con la conducta y pasividad de las mujeres"?
Dice que las mujeres, al rechazar su cuerpo y su sensualidad, influidas por el modelo de
María, asumen la sumisión y una predisposición a la obediencia y al silencio. La Virgen
siempre escucha, es intermediaria y, ya como madre, se sacrifica y da. Escribe que resulta
alentador encontrar cómo estos esquemas se modifican en la narrativa de algunas
escritoras. Es así como analiza tres relatos: La Anunciación, de Cristina
Peri-Rossi, otro de la argentina Luisa Valenzuela, tomado de Los heréticos, y El
Derrumbamiento de Armonía Somers. En este análisis, la autora toca fondo, vuelve a
retomar lo que ha planteado en la introducción sobre cómo el discurso mítico no puede
concebirse sin incluir a la mujer.
En el
siguiente capítulo, "La educación sentimental", el tema es la violación en
Armonía Somers y Griselda Gambaro, que se salen de los estereotipos, trasgreden el
discurso de lo reprimido, revientan de manera sórdida y violenta. Helena Araújo insiste
en "cómo la sociedad patriarcal inscribe la sexualidad en relaciones de poder
vinculadas a prácticas específicas". Aquí el tema es "la tía cómplice"
en los relatos de Marvel Moreno y Amalia Jalis, donde el cuerpo y la sensualidad aparecen
en la identificación, en este caso, de las protagonistas con el doble, la tía;
"aquí ni la paráfrasis ni el eufemismo logran controlar una intensidad que se
acumula en sugerencias y sobre todo en imágenes. Imágenes que a su vez conllevan
indicios narrativos" Obsesiva y desgarrada, "la niña impura" asedia a
muchas escritoras latinoamericanas. Los ejemplos de Albalucía Angel y Silvina Ocampo son
los escogidos para encontrar, en sus transgresiones, "la interiorización de lo
exterior" o "la exteriorización de lo interior", en el caso de la una y de
la otra. También saca del baúl del inconsciente a "la niña decente! la niña
indecente", donde se encuentra "la identidad sexual", "la pulsión de
muerte" y los "fantasmas". Escritoras de distintas generaciones y latitudes
caen y recaen en el tema: la culpa, la represión, cuando se presenta el
"placer-pecado", el miedo al goce. "De niñas malas, pecadoras, endiabladas
y otras abominaciones dignas
de leerse en secreto" es el título de otro capítulo donde
encontramos a Joana, la "menina terrivel" de Clarice Lispector, que se dice:
"la bondad me da ganas de vomitar". Sí, encontramos amor, odio, soledad,
violencia, crueldad, crimen, rebeldía; "cándidas pero lascivas, ingenuas adictas a
la perversión, las protagonistas de muchos relatos latinoamericanos son ante todo
reivindicadoras del pecado".
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"En
la República del Sagrado Corazón" se titula el capítulo que ya conocemos, por
tratarse de un ensayo incluido en el Manual de literatura colombiana de Editorial
Planeta y que se refiere a siete novelistas colombianas. Y en "Tres nombres del Cono
Sur" vuelve a retomar aquellas que parecen ser sus favoritas para el estudio:
Peri-Rossi, Somers y Valenzuela, tal vez porque en ellas encuentra el material listo para
ser desnudado, pieza por pieza, imagen tras imagen, elemento a elemento, con pasión pero
con equilibrio. El texto trae también un capítulo, menos denso, dedicado a las poetas;
un aparte para las colombianas; otro para la mujer negra, en la persona de la cubana Nancy
Morejón; otro para Martha L. Canfield, y otro para las mujeres que han sido traducidas al
francés, también menos intenso. Es que al final del libro la intensidad decae, quizá
por la manera misma como está organizada la sucesión de los capítulos.
"Feminismo
en plazas, letras y siglas" es un capítulo dedicado rápidamente a cuantificar la
producción de las mujeres y de las feministas, que más que profundizar enumera. El texto
termina con unas entrevistas:
una a Han Suyin, escritora china; otra a Max Frisch y otras a escritores
latinoamericanos que participan en el coloquio de Cerisy en 1978, al que la autora asiste
y donde inicia éste su largo trabajo sobre las mujeres. El final es un poco
desafortunado, no obstante que se entienda la intención de cerrar el círculo, porque, a
pesar de las palabras de Frisch que corroboran una de las hipótesis de la autora, queda
la sensación de un pequeño vacío que no deja sentir la redondez de la unidad. De todas
maneras, los finales
siempre parecen difíciles.
DORA CECILIA RAMIREZ
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