Boletín Cultural y
Bibliográfico, Número
21, Volumen XXVI, 1989
"Sin
rumbo y sin prisa"
Vuelvo a las calles
Mario Rivero
Fundación Simón y Lola Guberek,
Bogotá, 1989
Estos poemas de Mario
Rivero cumplieron su mayoría de edad, a la usanza antigua: tienen 21 años, el límite
vital que habla que superar
para tener derecho al dudoso privilegio de votar, de tener llave de la
casa y de escandalizarnos con las candorosas películas prohibidas para menores. Allí, en
la cómplice oscuridad de los teatros, se iniciaron nuestros amores más atormentados
porque eran imaginarios: Liz Taylor, Natalie Wood, Sofía Loren, Kim Novak, Rossana
Podesth. Las inconscientes coquetas que poblaron nuestros sueños eróticos.
Vuelvo a las
calles es un libro adulto, pero no por la edad, porque conserva la frescura, la
espontaneidad y el desenfado de un trabajo reciente. Si Mario no hubiera tenido la
honestidad de advertirnos que fue escrito en 1968, cualquier lector pudiera pensar que es
un fruto de sus últimas cosechas.
es un libro adulto, pero no por la edad, porque conserva la frescura, la
espontaneidad y el desenfado de un trabajo reciente. Si Mario no hubiera tenido la
honestidad de advertirnos que fue escrito en 1968, cualquier lector pudiera pensar que es
un fruto de sus últimas cosechas.
Es
posible que durante los años que estos versos permanecieron inéditos su autor haya
tenido la tentación de remendarlos o maquillarlos; pero si lo hizo no se nota. Porque
fluyen con la misma despreocupación de un transeúnte que deambula, sin rumbo y sin
prisa, porque nadie lo espera. Conservan esa claridad, esa sencillez que caracteriza su
personal tono poético. Nada hay aquí que delate un trabajo preciosista de orfebre o una
paciente y lenta actividad de artesano. Por el contrario, es la mirada emocionada y
apresurada de alguien que vive peligrosamente y utiliza la palabra desnuda, directa, y
eficaz. No hay vocablos ni temas exóticos, ni la mínima concesión a esa intrusa que
llamamos retórica.
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Por las
calles de Mario no transitan ni damas encopetadas ni dignos caballeros. "La
paralítica, vendiendo
crisantemos y margaritas, es un buen tema para mí", dice. Y también
lo son los gamines, los muchachos de barrio, los humildes "porteros vestidos de
generales". Los obreros, algún borracho y unas cuantas nocheras. Gente del montón,
elemental y simple. De lavar y planchar, como decimos. "Su perfume es el mismo,
barato y dulce". Lucen "anillos de rubí de vidrio", sudan, tienen tufo,
usan ove-rol o "pueblerinos vestidos de crespón brillante" y comparten ese
sueño imposible de "algún mar o una ciudad para estrenar" o "el bienestar
que da a un cuerpo el estar en otro, anidado o simplemente enterrado en la arena".
Por eso su amiga anónima, que es "atractiva sin pretenderlo", cuando interrumpe
en la calzada con su carrito del pescado, "es como una bandera". Y la muchacha
que muerde la ciruela, es gorda y lleva delantal, pero sus "senos son como dos
mundos".
Personajes
de la barriada, de la pobreza, de la monotonía. Puticas que no incitan el deseo sino la
ternura. Gamines de frente sucia pero de dientes blancos. Empleaditas que no alebrestan la
lujuria sino la comprensión. Por eso está un obrero que dice "que está haciendo la
cosa con alguna muchacha y piensa en sus motores" y "alguien que orina desnudo
una última burbuja de cerveza" .y alguien hastiado que puede "estar haciendo lo
que la gente llama locura
Poesía
popular, en el más bello sentido de la palabra. Para leer y releer en voz baja, porque no
soporta la declamación.
Romance
de lo cotidiano y lo doméstico. Gesta de los anónimos, de los desesperanzados, de los
rutinarios.
Poesía
que busca y encuentra un nuevo camino para la metáfora, para la imagen sugerida, para la
emoción "de compartir un aire tristemente usado", en la barriada.
Por
cronología, Vuelvo a las calles debe situarse entre Poemas urbanos, de
1963, y Baladas sobre ciertas cosas que no se deben nombrar, premio nacional de
poesía Eduardo Cote Lamus de 1972, pero lo siento más cercano al primero que al segundo,
porque tiene el mismo tono, el mismo
ritmo y el mismo lenguaje despreocupado de esa excelente obra que
son sus poemas urbanos. En Baladas, Rivero hace un collage con letras de
tangos y boleros, avisos de neón, diálogos íntimos, personajes como Benny Moré, Los
Panchos, Truman Capote o Ho Chi Minh. En este nuevo libro el único protagonista son las
calles, con su ruido, su mugre y su miseria, porque, como dice él, "las calles son
como las mujeres, tienen implícitos un murmullo, un recuerdo, un sabor pasado; uno siente
en ellas el camino que han hecho otros hombres".
MIGUEL MÉNDEZ CAMACHO
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