Boletín Cultural y BibliográficoNúmero 21, Volumen XXVI, 1989

Investigación sin novedades pero bien organizadas


Cartagena de Indias durante la primera república, 1810-1815
Adelaida Sourdis de De la Vega
Banco de la República. Bogotá, 1988, 160 págs. 160 págs.

Quizá no haya en el país historiografía más marcada con el sello del "heroísmo" que la referente a Cartagena de Indias en los primeros años de la independencia. Varios hechos han contribuido a esa característica: el ser la primera capital de provincia de la Nueva Granada en declarar la independencia absoluta de Madrid, el sostener una guerra sin cuartel contra su vecina Santa Marta y, en especial, el haber padecido como ninguna otra ciudad los estragos de la violenta reconquista del ejército expedicionario de don Pablo Morillo. Estos acontecimientos, sin duda de gran importancia dentro del conjunto de los episodios de la independencia, no sólo han producido exaltación constante entre muchos académicos, que se prodigan hasta la saciedad en adjetivos elogiosos al escribir sobre ellos, sino que han eclipsado Otros aspectos del experimento cartagenero, tales como las relaciones internacionales del gobierno republicano, los conflictos sociales que la independencia desató en las zonas rurales, el auge del comercio exterior y el papel del clero en la divulgación de las ideas emancipadoras.

A primera vista podría esperarse que la obra de Adelaida Sourdis de De la Vega, cuyo título es bastante sugestivo, viniera a llenar muchos de los vacíos que aún existen sobre la historia de Cartagena en ese período tan intenso. Sin embargo, no ocurre así, ya que los temas tratados no son novedosos: las luchas entre las diferentes facciones de la elite cartagenera por el control político de la ciudad, el enfrentamiento de Manuel del Castillo con Bolívar y el sitio de Morillo a la ciudad amurallada. No obstante, el trabajo es realmente meritorio por el tratamiento objetivo de los temas, al distanciarse de la visión heroica tradicional y sustentarse además, en fuentes primarias poco consultadas hasta ahora, que vienen a enriquecer el conocimiento del aspecto político de la independencia en Cartagena. En este sentido, sin duda, se avanza algo con respecto a los anteriores trabajos acerca del tema, pero, y la autora lo reconoce en su introducción, "se advierte que en el relato han quedado vacíos y que no se pretende que éste sea un punto final sino más bien que arroje otras luces para continuar los estudios sobre tan apasionante asunto".

Y el principal vacío de esta historia política —que no económica ni social— son tres años: 1812, 1813 y 1814, en los cuales parecería no ocurrir nada importante en el principal puerto español del norte de Suramérica. Estos años, tan vitales para la suerte de la ciudad, son tratados muy ligeramente, y la atención se concentra más bien en 1811 y 1815, como puntos de partida y finalización de la experiencia republicana. La concentraciónen esos extremos, sin embargo, arroja buenos  frutos, ya que se profundiza con efectividad en los antecedentes del II de noviembre de 1811 y en la lucha final por el poder político en 1815.

Debe reconocerse el valor de la autora en desmitificar a los "mártires" más caros a Cartagena: Manuel del Castillo y José María García de Toledo. Estos dos personajes, principales protagonistas de las pugnas por el poder en la ciudad amurallada, son colocados en el escenario real de sus vidas, actuando como representantes de la facción más moderada de la elite cartagenera, con toda su carga de contradicciones y ante el dilema permanente de apoyar o no la independencia absoluta. En forma parecida son tratados los hermanos Gutiérrez de Piñeres, quienes, por haber encabezado la facción más radical del proceso político, han sido castigados por la historiografía tradicional con un relativo silencio. En el libro, todos estos personajes se mueven como seres de carne y hueso, sujetos a sus propios intereses, pasiones y circunstancias, y no como actores de designios de la providencia. La lucha por el poder político de la ciudad fue particularmente intensa, y así se registra en esta monografía: no obstante, queda aún mucho por investigar acerca de cómo se manifestó dicha pugna, ya no entre sus protagonistas visibles, sino entre los estratos sociales y en las poblaciones distintas de Cartagena.

Describe muy detalladamente la autora el conflicto de las autoridades cartageneras con Bolívar, a mediados de 1815, cuando el Libertador asumió el encargo de someter a Santa Marta, en poder de los realistas, ante el envío inminente de una expedición española. Ciertamente que es necesario dar cabida a la condición humana para entender algunos acontecimientos históricos, que hoy en día nos parecerían absurdos, pero que en su momento estaban determinados por ella, con todas sus complejidades. Hoy es claro, por ejemplo, que de no ser por la disputa entre Bolívar y Castillo, Santa Marta hubiera sido tomada a tiempo para evitar el desembarco de Morillo, ¿pero por qué habría de exigírsele a Castillo más de lo que su propia naturaleza humana le determinaba? ¿Acaso no albergaba, según sus personales odios, razones suficientes para oponerse inflexiblemente a Bolívar ¿Quién, en esos años en que nadie, ni siquiera el mismo Bolívar, tenía en mente lo que sería la Gran Colombia, iba a pensar que las tropas venezolanas formarían parte de un mismo Estado y que por lo mismo había que dejarlas entrar a Cartagena sin mayores recelos?

Si bien ante los personajes que desfilan por la monografía se conservan la distancia y la objetividad, no ocurre lo mismo con la ciudad como tal, y particularmente respecto a su relación con el gobierno de las Provincias Unidas. En este sentido, la autora repite el esquema de achacarle a ese gobierno gran parte de la responsabilidad de la caída de Cartagena en manos de Morillo, por no suministrar a la ciudad los suficientes recursos para hacerle frente. Viejo esquema—que aún perdura en el inconsciente costeño, con nuevos matices y aplicado a Otros fenómenos— que oculta el grado real de responsabilidad de los propios dirigentes cartageneros en la reticencia del gobierno central a enviar cumplidamente ayudas al puerto. No fue Cartagena una provincia propiamente muy unida al resto de provincias que pretendían consolidar un Estado único en el virreinato de la Nueva Granada; tampoco observó lealmente algunas providencias que había jurado cumplir, ni adoptó una actitud discreta y respetuosa frente a las otras ciudades, tanto de la misma costa como del resto del virreinato, situaciones que le granjearon la animadversión de muchos dirigentes y que se tradujo en el poco interés por su suerte. Es éste uno de esos vacíos en la historia de Cartagena que se han llenado con fórmulas facilistas que ameritan una "investigación exhaustiva" para determinar realmente su contenido.

A pesar de ser muchos los pasajes del libro en que la profusión de fechas, nombres y sitios hacen perder al lector la visión de conjunto de lo que se está tratando, el hilo conductor se mantiene para lograr un conocimiento sistemático del proceso político vivido por Cartagena en esos años. Pero donde, sin duda, la autora hace gala de mayor lucidez es en el señalamiento de las consecuencias que para la costa traería la experiencia republicana de Cartagena: la región habría de llegar completamente exhausta y debilitada a la lucha política que se inauguraba, a partir de 1821, con la consolidación de la nueva república.

Para los estudiosos de la historia de la costa no deja de ser valiosa la aparición de esta monografía, por su rigor en el uso de fuentes documentales, por su limpia redacción y por invitar a continuar investigando acerca de un periodo sobre el cual tanto se ha escrito, que no se puede leer nada. Sólo es de lamentar la presencia de algunos errores en las notas de pie de página, que se repiten varias veces

GUSTAVO BELL LEMUS