Boletín Cultural y BibliográficoNúmero 21, Volumen XXVI, 1989

La historia intensa de Beatriz González


Beatriz González, una pintora de provincia
Varios autores
Carlos Valencia Editores, Bogotá, 1988,
196 págs., ilustrado.

Erase una vez una joven de escasos veinte años que, queriendo estudiar publicidad para ejercerla en su nativa Bucaramanga, ingresa a la Universidad de los Andes, a una facultad que le parecería deficiente. Ya había cursado dos años de arquitectura, estudiado historia del Renacimiento, viajado a Europa y decorado vitrinas y escenografías de modas.

Pero el veneno infectocontagioso de la pintura, transmitido entre otros por Juan Antonio Roda y Carlos Rojas, y avivado por Marta Traba, privó a los almacenes bumangueses de su posible decoradora. Variaciones sobre Velázquez y Vermeer, con el espectro de Botero rondando, marcaron su punto de partida: la representación multiforme de otras representaciones previas.

La intensidad de la historia comienza propiamente con el cuadro Los suicidas del Sisga, de 1965, emparentado con el pop y el kitsch. Con esta obra, la pintura colombiana descubre lo que los muralistas de cantina y los pintores de buses de pueblo ya sabían. En los círculos más avanzados se habló de valentía, capacidad crítica, humor, y los más intelectuales celebraron el nacimiento de una verdadera pintura colombiana.

Desde entonces, con toda naturalidad, la mesa de la última cena puede ser amarillo camino y la barba de Judas puede ser violeta. Alterando soportes ‘y marcos, la obra avanza paulatinamente, apropiándose de representaciones ya hechas, estableciendo un juego humorístico con el título y la imagen. La naturaleza como modelo es suplantada por la realidad fabricada mediante el artificio de la representación.

Toda la historia extensa de esta intensa pasión, desde sus orígenes hasta 1988, se encuentra narrada, catalogada y mostrada en este excelente libro de la editorial Carlos Valencia. El exquisito diseño gráfico de Camilo Umaña crea el espacio propio para la obra que documenta cuidadosamente el libro, sin competirle ni contradecirle, sin atosigar al lector ni dejarlo en ayunas. Porque este es un libro no sólo para ver, sino para leer y para consultar, funciones que no siempre cumplen las obras de este género que se vienen publicando en Colombia.

Cinco textos sirven de antesala al catálogo general de la obra producida por Beatriz González entre 1962 y 1988, un total de 356 trabajos que van desde dibujos y heliografías, pasando por pinturas, hasta telones y objetos de diversa índole. Cierra la publicación una completa cronología de la artista, enriquecida con citas pertinentes. Se encuentra también, en un capítulo previo, el diario que llevó la pintora durante la realización de una versión suya del Guernica de Picasso. Si bien la publicación incluye un índole de ilustraciones que facilita su consulta, hubiera sido deseable adicionar una bibliografía sobre Beatriz González que sirviera de complemento al interesad o en profundizar en el tema.

Luego de la introducción de Marta Calderón, un tanto elegíaca, el lector se encuentra con un detenido y reflexivo estudio de Carolina Ponce de León, titulado "Beatriz González in situ" Partiendo de una estructura cronológica e histórica, la autora elabora cada fase artística, desentrañando su fundamentación estética. Discute, cuando es pertinente, las relaciones de Beatriz González con el pop y el kitsch; en el primer caso, sostiene que, contrariamente a las apariencias, su obra no se puede definir como pop, tratándose más bien de una "coincidenci a" de lenguajes y de una diferencia de intenciones. Respecto al kitsch, el argumento se resume en esta afirmación: "no es kitsch en sí misma sino acerca del kitsch". Se podrá discrepar, pero ciertamente se trata de argumentaciones sólidas desde el punto de vista conceptual.

Se incluye también un interesante estudio de Marta Traba, publicado originalmente en la revista Eco, así como un análisis de Rafael Humberto Moreno Durán, sobre la obra escrita de Beatriz González. De carácter más bien abstracto y alusivo, aunque muy en la onda intelectual posmoderna que mira el revés de los símbolos y deja correr las asociaciones cultas, formando un rico, sugestivo y complejo tejido.

Una carta de Luis Caballero cierra el capítulo de los textos, donde sin disimulada admiración, y en tres trazos, marca la importancia y los pilares de la pintura de la artista.

La principal carencia de los textos incluidos y de la cronología, es que no sitúan claramente la obra que estudian en el contexto de la historia del arte colombiano, asunto que resulta fundamental a medida que pasa el tiempo, ya que van quedando muy lejos y en el recuerdo de unos pocos, las ardorosas discusiones y polémicas que la obra suscité, el contrapunto que estableció con los pintores abstractos, el nutriente conceptual que tomó de Botero, las luchas que debió librar y, por lo tanto, el sentido que tiene en su momento hablar de intención crítica, de valentía y humor, del carácter "provincial".

El capítulo III presenta el extenso diario que Beatriz González llevó durante la ardua ejecución de su versión de Guernica, también llamada Mural para una fábrica socialista. Se trata de un diario "práctico"(pág. 171) pero, como casi todos los diarios, ofrece un limitado interés público, ya que para el fisgón no revela intimidades, ni para el especialista reflexiones estéticas que den las "claves" de la obra. Apresurado por momentos, cumpliendo la disciplina de registrar los hechos, es más bien un inventarío de las dificultades sufridas en el ingente trabajo de pintar 273.280 centímetros cuadrados de táblex. Y comprueba, una vez más, que el arte es 90% de transpiración. O, en este caso, digamos 95%.

Como en sus varios telones basados en pinturas de la historia del arte, hay un sentido que se escapa al espectador. El trabajo descomunal de llevar a la lona obras clásicas se convierte, no tanto en un símbolo de la "alegría del subdesarrollo", como en la fatiga del mismo, que exige recurrir, como en el teatro o el circo, a las grandes proporciones, que le permiten, no en vano, declarar a la artista que "en metros cuadrados le ganó a Pedro Nel [Gómez]".

El libro compendia una obra que, como lacónicamente declaraba la artista a raíz de una reciente exposición donde recibió numerosas felicitaciones en lugar de críticas o discusiones, ha ido integrándose al fin al repertorio de imágenes nacionales, ocupando ya capítulo en la historia del arte colombiano, y pudiendo aspirar a una silla en la Academia de Historia.

Que el mal gusto y el feísmo no conmuevan ahora las conciencias y las miradas, prueba la capacidad de asimilación y adaptación del organismo social. El pelo aguamarina de Lucho Herrera o la despiadada crítica a Belisario son muy chic en una galería. Los artistas seguidores, porque también los tiene, pueden utilizar la estrategia de la tergiversación cromática y compositiva y los marcos y soportes, pues son ya parte del repertorio aceptable del oficio.

Sí, el riesgo que ahora recorre o soslaya esta obra es el del folclorismo en tecnicolor alterado por la fórmula de un humor que no deja de herir:  acaso pierde eficacia social, pero gana admiradores que la disfrutan más libremente. Ya nada parece escocer el alma colombiana, acostumbrada al diario horror que el arte no supera y apenas parece poder comentar desde su impotente puesto de espectador, que vende su producto en un mercado creciente, ni siquiera por decorar los interiores, sino más bien como un juego de especulación financiera.

Historia intensa que muestra que, con paciencia y con tiempo, el estómago social se vuelve omnívoro y puede digerir hasta los alimentos más ácidos o venenosos. Historia intensa, que nos deja a la salida de la falsa alegría del color estridente, del brillo conceptual y compositivo, de la "torpeza sofisticada del dibujo" (como la llama Luis Caballero), del absurdo contubernio colombiano de papagayos con monalisas y crímenes sin fin, recortados contra el telón de fondo de la "móvil y cambiante naturaleza".

SANTIAGO LOND0Ñ0 V.