Boletín Cultural y
Bibliográfico, Número
21, Volumen XXVI, 1989
"Hundiendo
los dedos entre las palabras".
Ana tras el espejo.
Trece cuentos
María Clara Rueda
Editorial Quimera Libros, 1989, 135 págs.
Los
textos de María Clara Rueda, que ella llama cuentos, lo son por que cuentan; cuentan
historias de mujeres, personajes eternos, mujeres de siempre, sin tiempo, sin espacio,
mujeres llenas de soledades y de esperas.
"(Sobre
la tierra dormida, fantasmas de mujeres susurran sus derrotas: son murmullos hechos de
olvidos y de traiciones, de huidas y de cansancio. Son las lloronas del planeta repartidas
a orillas de todas las grietas. Sus historias son el relato de la misma soledad.
Contarlas, vale la pena, es como agrandar agujeros en el viento: se llega, hundiendo los
dedos entre las palabras, al sitio en donde la brisa cambia de lugar las hojas)".
Esta cita, un entre paréntesis, el párrafo inicial de Odisea o La Espera, lo dice
todo. Sin embargo, falta decir que siempre llueve, está la presencia del agua, el agua
bajo el puente "la corriente avanza carmelita y espesa", o es tiempo
de un invierno diluviano "el agua allí cavaba más hondo que la rabia",
"sentía pasar el miedo haciendo gárgaras por entre los charcos" La
presencia del agua es la sensualidad latente en cada tema; va y viene, va y se encuentra
con Melanto, la sierva de Penélope, para contarnos esa historia que no es otra que la
nuestra, las tristezas de su ama que teje en la tela las tristezas de todas las mujeres,
las soledades de aquellas abandonadas "gastándose el cuerpo en vanos intentos,
luchando contra el vacío de las
sábanas enormes". La narradora cuenta lo que dice Melanto de las
mujeres muertas, abandonadas por los dioses; y cómo le ruega consuelo o condena, pero
ella calla. Penélope desafía el mar; sabe la historia de los hombres, de la guerra, de
la soledad; se consuela y se confunde por su hijo Telémaco: "la atemorizaba el
destino del hombre que se leía en sus ojos de niño y se maldecía por haber reproducido
esa raza de guerras y de adioses".
Trece
son los cuentos que María Clara Rueda presenta para nuestro deleite. Son relatos no sólo
muy bien escritos aun rompiendo con el lenguaje, porque ella no se deja ceñir, ni
atar el cinturón, sino que además la presentación es impecable, y la impresión y
los detalles de la edición están hechos con todo cuidado, buscando la armonía. El
deleite es grande, decía, porque encontramos lo inesperado siempre, a pesar de saber que
son historias de mujeres, textos atrevidos, palabras escritas con el corazón abierto de
par en par pero guardándose el secreto, el secreto que ella no quiere que descubran, ni
cuando mata a Berta en Berta está muerta. La mata porque la odia, porque es ella
misma, reconocida en esa primera risotada de niña burlona, reconocida luego, cuando se
encuentran: por eso la odia y la ama. No en vano el libro se llama Ana tras el espejo, porque
Ana siempre ha de estar tras el espejo y tras el espejo mata a Berta como lo haría una
niña, con veneno para insectos de jardín; no obstante hay violencia en el candor.
María
Clara Rueda siempre nos sorprende: o con el lenguaje, o con imágenes que revientan
inesperadas, o con los temas. En Ana tras el espejo o los hermanos, la narradora
cuenta la historia de los dos campesinos que se amaron; sí, hermanos y se amaron. Con
este texto se inicia el libro y comienza la ruptura. Entonces llega Ana. Era invierno,
llovía. Ana llega con el agua, y se les mete, mujer en casa, a revolcar el orden:
"ambos se le entregaron a esa fuerza que los zarandeaba con igual ahínco"
[...] "su unión fue lo único que el amor no destrozó a su paso por la casa".
Para Jorge, con el cambio llegó el miedo.
Sólo
en ella encontraba la solidez que antes le faltaba, y el tiempo se le derrumbó también
como su fuerza; llegó la hora de la espera y "la mezquina recompensa". Para
Luis fue diferente: "las manos de Ana lo cubrían de un valor para él
desconocido", a su lado perdía la timidez, el miedo a errar, la duda. Ana alimentaba
su ser de ese amor, su propia vida comenzaba con los amantes cada día. Su alma se
construía y se reconstruía de sus palabras, de sus manos. . . "Ana emergía ora
diosa ora sierva, dispuesta a la más absoluta entrega [...] ella fue la desobediencia a
las mínimas leyes del secreto". Entonces, un año después, también en invierno, la
mataron "habían hecho lo único que aún les era posible: actuaron como uno
solo movidos por el mismo miedo sin nombre" y se recuperaron, olvidando lo que
habían "visto de sí mismos en esa mujer de amores profundos".
Es así
como ellos la matan, al igual que en Cantos profanos; donde el barítono que
"odiaba los accidentes que rompen la rutina" y "los objetos que se
atravesaban a su paso", y que había llegado tarde al teatro porque "la lluvia,
afuera, apelotonaba los carros como multiplicándolos con cada gota de agua", la
quiere asesinar a ella. "¡Mataría! ¡Estrangularla con sus manos, frente a
todos!", a ella, a quien había encontrado en las puertas del teatro y había amado
sin su autorización, como ellos, como Jorge y Luis, "maldita mujer, allá en lo
negro, Amor, Humillación, Traición, Olvido, Encarnizarse.
Definitivamente,
la autora rompe esquemas y silencios, desbarata los
órdenes, como en El puente. La
escena ocurre y es muy cinematográfica (lo digo por las imágenes), y la narra, y no
sabemos si es presente, pasado o futuro, o es una ilusión o son puras palabras. Sin
embargo, sentimos la espera que ella, la protagonista, domina; abajo, por supuesto, corre
el agua, y arriba a ella, como a Penélope, "que fuera criada para la entrega, le
pertenece hoy por completo la espera".
La receta del miedo
de Gerda es otro de los cuentos que rompen con todo: está escrito de una manera que
no tiene nombre; adopta la forma de guión cinematográfico; hay dos voces que narran o
dialogan y un director, por lo general, exasperado que da órdenes o narra. El tema es el
miedo, el miedo que de repente le da a Gerda, así, sin más: "(la cámara se posa
sobre el miedo: es un miedo hecho de una substancia pegajosa que le embadurna a Gerda de
tristeza el alma)". Son VI actos, hay personajes, vida cotidiana, matrimonio,
retratos de la sociedad contemporánea, máscaras, una comida de una familia burguesa de
hoy; la cámara continúa por entre la película; aquí da risa, hay que reir. Y está
también Gerda con su miedo, ese miedo que nos habita, y a ella, a Gerda, mujer.
es otro de los cuentos que
rompen con todo: está escrito de una manera que no tiene nombre; adopta la forma de
guión cinematográfico; hay dos voces que narran o dialogan y un director, por lo
general, exasperado que da órdenes o narra. El tema es el miedo, el miedo que de repente
le da a Gerda, así, sin más: "(la cámara se posa sobre el miedo: es un miedo hecho
de una substancia pegajosa que le embadurna a Gerda de tristeza el alma)". Son VI
actos, hay personajes, vida cotidiana, matrimonio, retratos de la sociedad contemporánea,
máscaras, una comida de una familia burguesa de hoy; la cámara continúa por entre la
película; aquí da risa, hay que reir. Y está también Gerda con su miedo, ese miedo que
nos habita, y a ella, a Gerda, mujer.
Epilogo
Voz 1: (Disolviéndose en el olvido) ¿De qué era que estaba hecho el miedo de Gerda?
Voz 2: De hinojo, de laurel, de clavo...
Voz 1: ¿De nada?
Voz 2: De hinojo, de...
Director: ¡ Telón!
Mujeres
sin nombre, mujeres de todos los tiempos, Ana tras el espejo. En Submarino, ella,
la protagonista, bebe submarino un vaso de cerveza más una copa de
aguardiente con dos hombres hermosos. Beben en un bar. Ella regresa a la casa bajo
la lluvia. Tiene 40 años. Es secretaria. Es la primera vez que comete pecado. Entra al
bar, bebe, sale borrachita y llega a casa a vomitar. En realidad, el relato es su regreso
a casa a las tres y media de la mañana bajo la lluvia.
Imposible
hablar de todos; son trece y cada texto es bello, redondo. Así es la narrativa de María
Clara
Rueda: no puede ser
lineal, como la vida, que tampoco se puede construir como se arma una frase, con un sujeto
que actúa sobre un objeto.
DORA CECILIA RAMIREZ
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