Boletín Cultural y BibliográficoNúmero 21, Volumen XXVI, 1989
 

Historia y culturas populares


Los estudios regionales en Boyacá
Pablo Mora Calderón.
Amado Guerrero Rincón (compiladores)

Instituto de Cultura y Bellas Artes de Boyacá, Artes de Boyacá,
Mineducación, Instituto Andino de Artes Populares, Tunja, 1989, 278 págs.

 

Resultado de la jornada de la investigación y la cultura en Boyacá (Tunja, 1984) y del Seminario de historia regional y culturas populares en Boyacá (Tunja, 1988), es este espeso volumen. Hay en él (en el orden del índice), ponencias de especialistas en diversos campos del saber: Roberto Lleras, Guillermo Hernández Rodríguez, Marianne Cardale de Schrimpff, Neila Castillo, María Imelda López, Jorge Morales Gómez, Eduardo Londoño, Luis Wiesner Gracia, Javier Ocampo López, Luis Horacio López, Daniel Nieto, María Stella González, Carlos Rojas H., Germán Colmenares, Jaime Jaramillo Uribe, Jorge Orlando Melo, Bernardo Tovar Z., Alberto Corradine y Javier Guerrero, sumadas a tres mesas redondas, de contenido mucho más pobre que las exposiciones.

Como suele ocurrir en los foros, en él conviven la lucidez y la escoria. El libro (y los foros) comienzan por un gran error que será desvelado por los últimos expositores: dar unos falseados supuestos iniciales para luego trabajar sobre ellos. Ahora bien: basta ir a Tunja para comprobar que toda esa literatura rimbombante de la contraportada no pasa de ser pura retórica barata. Eso no quiere decir que el libro no sea interesante. Lo es, y en alto grado. Tanto, que he tropezado con enormes dificultades, si no para leerlo, sí a la hora de elaborar una reseña iluminadora. Es tan abundante y tan concentrado el material, que vacilo entre gran número de conceptos sugestivos de todo tipo.

He pensado acudir al abominable género-del "resumen". Hubiera preferido hacer una reseña con puros extractos y dejar cualquier juicio crítico al lector. Pero la falta de espacio hubiera dejado por fuera, injustamente, buena parte del material. Me limitaré, pues, a una visión global muy general, enumerando sólo algunos rasgos particulares.

Abre el libro un interesante prólogo de Pablo Mora Calderón, quien comienza por plantear la existencia clara de una región: el altiplano cundiboyacense, cuyos límites exteriores ya no serían tan claros. A lo largo de la obra se insistirá repetidamente en la necesidad de precisar los limites territoriales, bastante puestos en tela de juicio. Una idea que dará vueltas por todo el libro ya está alli: "A la sobrevaloración de lo hispano y la subvaloración de lo indígena instauradas por las cutes boyacenses, se le ha contrapuesto la fórmula inversa, por parte de algunos estudiosos". Algunas ponencias quieren denunciar en los estudiosos actitudes raciales o posiciones de clase dominante. Es el consabido cliché para proscribir la opinión contraria. Me agradaría quedar cobijado dentro de esa clase dominante, si fuera cierto, porque en este país —¿quién lo duda?— más estamos dominados por la grosería y por la afrenta. Según eso, también podríamos decir que la otra es una posición de clase, de la clase baja, de los resentidos.

Los tropiezos conceptuales son arduos. Para comenzar, ¿qué es cultura? Tengo a mí lado un volumen especializado en definiciones de "cultura". Prefiero volver al hoy olvidado Huizinga, para quien cultura era toda forma de dominación de la naturaleza. Daniel Nieto denuncia la vaguedad de contenido de lo "popular". Jorge Orlando Melo insiste, con muy sobradas razones, en la ambigüedad del término, identificado por muchos con lo "rural" y contrapuesto por otros a lo "importado". Lo popular, agrega, no se puede identificar con lo tradicional; muchas veces lo popular es lo nuevo. No podemos, entonces, presumir el origen popular de lo popular. Ni es lo rural, ni lo otro es lo importado. Es, en buena parte, producto de los medios masivos de comunicación.

Me sorprende cuando Roberto Lleras quiere justificar la arqueología, como si ella necesitara justificación. Sugiere que ella es importante en cuanto logre discernir permanencias culturales en las sociedades actuales. Es el utilitarismo de la ciencia, traido de los cabellos. Igualmente habría que negar la historia, porque la arqueología es "creación" de historia. ¿Acaso algo debe permanecer para ser importante? Olvidemos, entonces, a los muertos. Si no fuera otra afirmación enfática y falsa, podríamos decir que los arqueólogos pecan cuando se meten de filósofos. Pero comprendo que ningún ignorante se mete a arqueólogo.

Una tradición que habría persistido durante miles de años, según Lleras, sería la "utilización de material local, pese a su mala calidad" y, en cerámica, "un trabajo rápido y burdo por una sola cara". Entonces, si hay persistencia, quiere decir que continuamos trabajando mala calidad. De ello —según el enfoque— deberíamos jactamos y seguir proclamando, como lo hace sin empacho un expositor, que la tradición indígena era muy superior a la hispana:

"Es necesario que se comprenda que nuestro país bajo la dominación española fue mucho más atrasado que antes de la conquista". Falso; falso no, falsísimo. ¿En qué aspecto, me pregunto, fue superior? Sólo se me antoja responder con la fórmula lapidaria de Hernando Valencia Goelkel (Divagaciones sobre el escritor hispanoamericano): "Como dicha tradición no ha existido nunca, es difícil que desaparezca".

Esa rigidez es puesta, por lo demás, en tela de juicio por otros de los expositores. Eduardo Londoño, por ejemplo, se apresura a afirmar que toda tradición es circunstancial. El mismo Hernández Rodríguez insiste en el atraso de la cultura chibcha, en su economía rudimentaria y en su orfebrería muy inferior a la de los pueblos del Magdalena (a lo cual creo que habría que mencionar la genial excepción de la célebre balsa de Guatavita), y pretende establecer una continuidad de la sociedad chibcha después de la conquista. ¿No habrá desaparecido, como el imperio romano, arrollada por un cristianismo que no quería dejar ni un ídolo en pie? Otra cosa es que muchos de sus rasgos se hayan incorporado a la nueva sociedad, que no es ni hispana ni indígena. Y es que algunos expositores olvidan, como lo recalca Marianne Cardale, que los españoles también son fruto del mestizaje. La conquista de una sociedad por otra era, dice la autora muy sagazmente, un hecho cotidiano durante la época precolombina. Y otra cosa también es que ninguna posición justifica ni puede justificar la miseria o el atraso no sólo del pueblo boyacense sino de todo el pueblo latinoamericano. Al respecto anota Germán Colmenares: "No creo, por ejemplo, que una investigación sobre lo popular sea un programa de salvación nacional, un programa político. Hay que plantear propuestas concretas de investigación".

Claro está que subsisten ciertas permanencias. Enumeraré algunas:  los mercados cada cuatro días, la humilde mochila de fique, la supervivencia de la figura del "cacique" como líder comunal. O las que anota Luis Wiesner Graciá: "Los remanentes o matices indígenas de la familia en Boyacá son: el amaño; el madresolterismo; la formación de núcleos familiares extensos en las veredas municipales que ofrecen nombres en común y un número limitado de apellidos comunes emparentados entre sí por vía paternal; la conducta antropomorfa y mágica en el campo de la salud, la enfermedad y la religión...". Otras, me parecen de equívoca validez: las peregrinaciones a santuarios, las ofrendas, el éxito de las sectas religiosas. No hay que ser excepcionalmente agudo para sospechar que no solamente en España ocurre lo mismo, sino dentro de las capas más supersticiosas de cualquier sociedad. Nos creemos, pues, muy locales, presuntuosamente aislados del universo.

Me pregunto: ¿por qué quieren rescatar la inmovilidad? ¿Acaso hay un paraíso perdido al cual regresar? La misión de los investigadores sería vigilar para que no cambie tal cultura. Melo asevera que, de cualquier modo, el papel del investigador no puede ser tan importante.

Son las transformaciones las que mueven una sociedad. Al respecto dice Daniel Nieto: "Me asalta la idea de que lo permanente es lo cambiante". Y es que la miopía de especialistas les hace ver a algunos los árboles pero no el bosque. Eduardo Londoño dice acertadamente: "Explicar los porqués de esas transformaciones, da más lucidez a los estudios de cultura popular que un arrume etnográfico de permanencias . Los autores recalcan que hasta hoy se ha hecho una sola obra de síntesis regional en Boyacá, la de Javier Ocampo López, Historia del pueblo boyacense.

La tradición también podría ser puesta en tela de juicio. Dice Germán Colmenares: "Creo que no se debe tomar tan en serio la tradición, porque ésta también se inventa". Se me ocurre que así pasa con la tradición oral. No hay campesino que no enriquezca o no deforme la memoria colectiva con aportes de su propia cosecha. Si usted escucha una historia de su boca, él no se acordará si se la contaron sus padres, sus amigos, o si se la inventó.

Entonces, ¿por dónde se debe empezar? Colmenares aconseja empezar estudiando las fiestas populares. En cuanto a los documentos, arguye Melo, si las relaciones de viajeros darían una visión muy pobre, los viejos documentos judiciales, tan inexplorados, son, a sus ojos, un buen campo de investigación para comprender la vida de los pueblos.

Ciertos temas tangenciales también tuvieron cabida en los foros: gran parte del libro consta de interesantes estudios arqueológicos y etnográficos, acerca de la comunidad muisca, de la llamada cultura Herrera, que preludió, quince mil años atrás, a los muiscas, de la cultura tuneba, única que permanece viva y aislada (a la que dedicó su vida la recientemente fallecida Ann Osbomn), de la cultura guane (Jorge Morales Gómez afirma que los guanes no eran muiscas, sino un pueblo con identidad étnica propia).

Hay opiniones novedosas. Eduardo Londoño insiste en que los muiscas no tenían clases sociales y que lo que tomamos como tributos no eran más que regalosa personas de prestigio. Se ha reafirmado la idea de Hernández Rodríguez de que poseyeron una propiedad territorial colectiva, pero que el cultivo fue personal. Igualmente se ha establecido cada vez más una marcada diferenciación, no sólo idiomática, entre el pueblo muisca de Hunza (Tunja) y el de Bacatá (Bogotá). Se trata también de destruir ciertos mitos. Anota Colmenares: "No creo, como afirmaba Armando Solano, que la melancolía esté en la raza indígena, sino por el contrario, en la blanca.

Pero mientras se quiere rescatar lo indígena, llama la atención la carencia de estudios sobre el campesinado, que en mayor grado los amerita. Las sociedades campesinas, dice Colmenares, son completamente nuevas. Su tendencia a la desaparición es preocupante. Luis Horacio López advierte que el departamento de Boyacá se está despoblando y que la educación radiofónica está creando una sustitución cultural acelerada. En el estudio sobre la música, Carlos Rojas denuncia cómo tienden a desparecer el pasillo y el bambuco para dar paso a la música que la radio quiera imponer. Señala la reciente aparición del merengue guasca, y la gran influencia que en los nuevos ritmos tiene el vallenato. Empieza a verse con claridad que lo que se está enfrentando son problemas de masificación, más que de cultura oprimida.

Mucha y buena información acerca del poblamiento hispánico en la región hay en la ponencia "Los fundamentos geohistóricos..." de Javier Ocampo López. Alejandro Alvarez Gallego presentó algunos apuntes sobre la historia de las escuelas en Boyacá, dentro del enfoque de que ellas son fruto de una clase dominante. Se ha puesto énfasis en el descubrimiento de una familia lingüística chibcha muy grande, que iría desde Centroamérica hasta el Amazonas. María Stella González estudia algunos elementos de la lengua chibcha que han sobrevivido; palabras como cubios, cuchuco, changua, chingue, chisa, chusque, fique, tunjo y uchuba son de claro origen muisca.

Casi al final, irónicamente, lo cual es una buena muestra del extravio conceptual, aparecen los métodos de investigación en la visión, siempre lúcida, de Jaime Jaramillo Uribe. Por fortuna para los expositores, propugna un anarquismo metódico cuando no se pueda aplicar un método estructuralista.

¿Conclusiones? Entiendo que estamos codificando la pobreza. Como país pobre, nos quedamos siempre en el umbral de la ciencia. Podemos plantear mil hipótesis, porque son gratuitas y no nos es esquiva la imaginación. En las conclusiones de este libro se advierte cierta decepción, cierta conciencia de fracaso. No lo creo así. Creo que cada inquietud, que cada duda, es ya un logro. El pensamiento no se hace sólo con cúmulos de conocimientos exactos. La abundancia de ideas también va edificando la ciencia o, por lo menos, el conocimiento de nosotros mismos. Hay una que me llama la atención en este libro: el punto más común de contacto en la actualidad para elaborar una teoría de una cultura latinoamericana sería la telenovela. No estoy por entero en desacuerdo con esa sugestiva afirmación.

LUIS H. ARISTIZÁBAL