Boletín Cultural y
Bibliográfico,
Número 21, Volumen XXVI, 1989
Dos viajes con
cien años de intervalo
Dos viajes por la Orinoquia colombiana,
1889-1988
Fray José de Calazans Vela y Alfredo Molano
Fondo Cultural Cafetero, Bogotá, 1988, 240
págs.
Realmente
el Fondo Cultural Cafetero tuvo la idea magnífica de publicar las Memorias de viaje del
padre dominico José de Calazáns Vela por la mayoría de los afluentes del Orinoco
pertenecientes a Colombia. Los editores estaban convencidos de que era una obra inédita,
sin serlo, ya que existía una primera edición realizada en Cartagena en 1936; sin
embargo, ella es bastante defectuosa y tan difícil de conseguir como el original. Por lo
tanto, se necesitaba esa nueva iniciativa, a fin de difundir en Colombia esta obra
indispensable para conocer la situación del oriente colombiano a fines del siglo XIX.
El
viaje de Vela, realizado entre los últimos días del mes de febrero y el 14 de noviembre
de 1889, es una mezcla de misión oficial de acercamiento a las comunidades indígenas, a
las cuales se quería "integrar" efectivamente a Colombia, y de trabajo
misionero para planear futuras obras de poblamiento y adoctrinación de
"salvajes". Siguiendo la costumbre de la época, se firmó un contrato entre el
misionero y el ministerio de Hacienda, por medio del cual se financió su visita
catequística, con el compromiso de presentar una memoria de todo el viaje. Vela cumplió,
con excelentes resultados a punto tal que su obra constituye la mejor radiografía que se
posee de esa región en su tiempo.
Cuando
se realizó el viaje, la economía cauchera se expandía por el oriente. Ya en La
Macarena, el Ariari y parte del Guayabero la Compañía Colombia había agotado los
árboles de caucho negro, y se estaban iniciando las primeras entradas al Vaupés en
búsqueda de esta goma. Lastimosamente, Vela no nos trae referencias más específicas
sobre esas actividades y sólo habla un poco
sobre la
destrucción de cauchales en el alto río Meta y luego alude a caucherías de los
venezolanos en el Orinoco.
Como
era de esperarse, el informe se concentra principalmente en la localización y en un censo
rústico de las comunidades indígenas a lo largo del Ariari, Guaviare, Vichada y Muco. Al
mismo tiempo, ofrece una desconsolada apreciación de la ausencia del Estado colombiano en
la mayor parte de los lugares por él visitados, comparándola con la creciente presencia
del Estado venezolano, representada en la empresa francesa Compañía General del Alto
Orinoco. Esta, por haber adquirido un contrato de compañía privilegiada con Venezuela,
se había apoderado prácticamente de una buena porción de estos territorios mediante un
comercio apoyado en las armas.
El
viaje de Molano y Rozo es una visión veloz, con los aceleres del avión y de lanchas
rápidas, tratando de comparar la situación cien años después que José de Calazáns
Vela. Ya no se extrae el caucho, pero el cultivo de la coca hace también estragos entre
las comunidades indígenas, y el endeude sigue predominando en las relaciones entre
"blancos" y aborígenes. La situación social poco ha cambiado, aunque muchos de
los protagonistas y sus descendientes hayan desaparecido. Tal es el caso de los indígenas
Mitúas o guayaberos, que Vela encontró a orillas del río Ariari y de los cuales ya no
existe vestigio alguno.
En los
colonos y aventureros, que hoy han ocupado los lugares abandonados por las desplazadas
comunidades indígenas, destaca Molano la violencia de su pasado y su presente. Han sido
seres marginados por un Estado que nunca los benefició pero que sí han sido integrados
dentro de las formas económicas más destructivas, de la naturaleza y del hombre, para
beneficio de unos pocos caucheros, chicleros, mercaderes de pieles, marimberos, coqueros,
los han explotado y los han dejado como una resaca humana que ha quedado sobre esa playa
pudriéndose al sol. No se vislumbra ningún horizonte para ellos; sólo más violencia.
Posiblemente
no estaremos presentes cuando se realice el viaje conmemorativo de los doscientos años de
la expedición del fraile José de Calazáns Vela y, simultáneamente, los primeros cien
del viaje efectuado por Alfredo Molano y Fernando Rozo. Sin embargo, podemos estar seguros
de que quienes lo lleven a cabo escribirán en sus memorias una plegaria para que la mente
de los gobernantes se ilumine y "por fin" decidan acordarse de que el Guaviare y
el Orinoco también forman parte de Colombia y necesitan la acción decidida del Estado.
Sí, hay males que duran cien años y hasta los hay que tienen los lustres de la
eternidad.
CAMILO
DOMINGUEZ
|