Boletín Cultural y
Bibliográfico, Número
21, Volumen XXVI, 1989
De cuando la
locura tenía nombre y señas
Biografía del disparate
Pedro Claver Téllez
Editorial Planeta, Bogotá, 1988, 192 págs.
El
encanto de un pueblo está en que a su escenario se sube todo el mundo. Sobre esta
equívoca bendición cantaletean los mayores cuando desean señalar defectos a las
ciudades que en los últimos decenios se desbocaron en Colombia. La representación allí
se da en las calles. Y además de la rigurosa revista de papeles sociales en que la gente,
toda la gente que merece el nombre, tiene que tomar parte, el pueblo por lo menos brinda
la alternativa de descansar en los entreactos.
Estos
corren a cargo del bobo, de la loca y demás casos únicos que constituyen el orgullo de
cada población, junto con sus mujeres, su cosecha y su plato regional. El turista de la
ciudad lo comprueba con algo de embarazo, cuando en la plaza dominguera los paisanos se
congregan en una especie de sevicios o patriotismo alrededor del demente local. El
memorista explica que esta actitud es una manera de querer, y que el recuerdo de los
personajes de la cercana época cuando su ciudad era una villa grande enciende una tierna
flama que no está al alcance de los jóvenes. No mencionan que el servicio social que
aquellos prestaban era impagable; que nutrir sus miserias, manías y ridículos, pero
evitarles la reclusión, era y es la única recompensa posible. Las nuevas generaciones,
adictas a una espantosa franqueza que no pierde tiempo en comedias o rememoraciones
paliativas, sencillamente han decidido exterminarlos a balazos.
Biografía del
disparate, de Pedro Claver Téllez, periodista de renombre y profesor de literatura,
trata sobre estos "personajes típicos" del Bogotá de la primera mitad del
siglo, del pueblo ido. Fueron los últimos especímenes que se pasearon con apodos por sus
vías, antes que éstas pasaran de ser tablados a ser cadalsos.
de Pedro Claver Téllez,
periodista de renombre y profesor de literatura, trata sobre estos "personajes
típicos" del Bogotá de la primera mitad del siglo, del pueblo ido. Fueron los
últimos especímenes que se pasearon con apodos por sus vías, antes que éstas pasaran
de ser tablados a ser cadalsos.
Quizás
es una perogrullada señalar aquí que en cierto sentido la razón de ser de estos casos
de excepción fue recogida, reclamada con arrogancia a veces, por las artes nacionales,
repitiendo un proceso conocido en otras partes, y por los medios de comunicación. Su
dosificado y complejo manejo de los desbordamientos, su asepsia y la franquicia para
llegar hasta la alcoba del más misántropo, del más conspirador, del más cosmopolita
habitante de urbes, hacen superfluo al disparejo loco de la acera.
El
libro de Téllez no se ocupa del modo como la sociedad y la cultura colombianas, en el
prurito del progreso y la modernidad, han ido desplazando a sus escarnecedores y bufones.
Pero de sus páginas y de lo que acontece ahora puede inferirse, a grandes rasgos, el
siguiente proceso capitalino, proceso que bien podría hacerse extensivo a las demás
ciudades del país.
En el
siglo pasado las familias de alcurnia permitían traspasar los umbrales de sus caserones a
los más conocidos loquitos con chispa y bobos del absurdo, con quienes compartían
colaciones y cacao a cambio de alguna ocurrencia que disipara las monótonas tardes
provincianas. En las primeras décadas del presente, cuando cundía el vértigo optimista
por los discretos adelantos técnicos que iban a cambiar para bien todas las vidas, se les
hizo partícipes, enviándolos como recaderos del reciente trajín, incluso
permitiéndoseles que se arriesgaran en los nuevos oficios, como la cartería (Pomponio) o
la demagogia (La Loca Margarita), que el partido pagaba con un bando y un féretro, o que
sirvieran de moralejas sobre la implacabilidad del progreso (El Bobo del Tranvía),
llegando el bobo incluso a merecer un uniforme de fantasía. Pero ni el desarrollo ni la
democracia estaban a la vuelta de la esquina, y en el pragmático proceso de la
desilusión estos hombres pasaron a ser el pasmo de los bohemios ilustrados (Cuchuco),
luego el eslogan de los estudiantes (Goyeneche) y por último la entretención de los
desempleados (El Artista Colombiano). Hasta este punto llega el libro, hasta el momento en
que el chalado pierde
la ocupación y el remoquete y, confundido con su propio público en la
lucha por el peso, pasa a ser el mugroso mendigo N.N. que para pervivir no apela tanto al
disparate como al dispárate oportuno.
Pedro
Claver Téller se propone rescatar del olvido a estos personajes. Arguye con justicia que
no son unas cuantas notas y fotografías dispersas el único recuerdo que se labraron
viviendo a contrapelo en plena vía pública. Esperemos que en un futuro los rescate de la
mera nostalgia. Por el momento, el propio autor califica el resultado: "No es un
libro lo suficientemente bueno, como era mi deseo. Duró muy poco en incubación y fue
escrito de un tirón, como si trabajara en un periódico o en una revista [...] Es un
libro de afán, de pan comer, pero es un libro escrito con pasión, con amor por Bogotá y
por esos seres desgraciados que arrastraron su tragedia dejándonos un recuerdo
imborrable". (Pág. 12)
Otra
vez Téllez nos declara lo mismo. Es un narrador habilidoso, domina su lenguaje, está
dispuesto a investigar sus temas, conoce los secretos de una buena historia. Sin embargo,
como en el caso de Crónicas de la vida bandolera, otra vez admite haber salido con
un libro provisional (¿será este otro regalo de último minuto para el cumpleaños de
Bogotá?), de nuevo se excusa por la prisa, de nueva avisa que el verdadero trabajo
exhaustivo está en camino. Otra vez cabos sueltos, otra vez repetición de símiles y
frases, lo que lo hace parecer un escritor ingenuo, otra vez falta de pulimento y una
molesta oscuridad en cuanto a las fuentes consultadas, lo que hace inevitable la sospecha,
ojalá infundada, de que aquí hay mucho de melodramatización. ¿De dónde sale el
pormenorizado y crédulo episodio que motivó la locura de Pomponio? ¿Y los íntimos
detalles mingitorios sobre La Loca Margarita? ¿De dónde la temeraria reiteración de que
Cuchuco "tenía un extraño parecido físico con los filósofos griegos Sócrates y
Platón"? (págs. 36 y 74).
Mientras
aparecen los libros de veras, que son ya una obligación, el lector de la Biografía
del disparate
tendrá
que contentarse con los abrebocas que son estos bocetos sobre locos y excéntricos de una
población ya desaparecida. Aunque, sobra decirlo, las causas de sus extravíos, sus
temas, sus salidas, le dirán mucho sobre el país que habita. Pedro Claver Téllez dice
que al terminar de redactar el libro quedó "con un sabor amargo en la garganta"
(pág. 14).
CARLOS
JOSÉ RESTREPO
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