| Boletín Cultural
y Bibliográfico , Número
20, Volumen XXVI, 1989
Protagonista de tres decenios
El jefe supremo
Rojas Pinilla en la violencia y el poder
Silvia Galvis, Alberto Donadío
Editorial Planeta Colombiana, Bogotá, 1988,
589 págs.
Este es un libro importante, necesario, pero desigual, acerca de un personaje
que ejerció innegable influencia sobre la vida nacional
en las décadas de los cincuenta, los sesenta y los
setenta. Rojas protagonizó el segundo golpe militar
del presente siglo; su gobierno fue una dictadura militar
folclórica y ominosa; su caída permitió
la instauración del régimen del Frente Nacional,
o sea, el de los gobiernos compartidos. Los tres hechos
enumerados no se pueden olvidar, y este libro contribuye
a reparar ese olvido.
El tema político, en cualquier parte, y sobre todo en Colombia, es enconado
y vidrioso: exige una objetividad casi sobrehumana, que
analice sin prejuicios todos los puntos de vista y realice
un escrutinio minucioso del contexto de la época.
Esta objetividad es elusiva cuando los historiadores tienen
una formación ideológica determinada y radical,
como es el caso que nos ocupa. Desecho la noción
de que el historiador que posea unas ideas políticas
definidas no está habilitado para escribir historia.
Puede hacerlo, si guarda el suficiente equilibrio. Silvia
Galvis y Alberto Donadío no siempre guardaron el
equilibrio requerido.
Hay que reconocer en esta obra el hecho de que historiadores de origen liberal
aceptan que hubo dos violencias, después de la guerra
civil de los Mil Días: una liberal, en la década
de los treinta, cuando llegó el liberalismo al poder
con Olaya Herrera, y otra conservadora, cuando los conservadores
reconquistaron el poder en 1946
(págs. 101-104). Este reconocimiento es un gran avance
historiográfico, a pesar de que los autores tratan
de explicar, o tal vez de justificar, la violencia liberal
como una reacción de ese partido contra la presunta
intolerancia del conservatismo y la Iglesia católica,
que en alianza de hierro, gobernaban a Colombia
(pág. 103).
A pesar del reconocimiento de las dos violencias y del aparato documental y técnico
que sostiene la narración, los autores dejan deslizar
con alguna frecuencia su pasión política contra
el conservatismo.
Vale la pena copiar apartes pertinentes en que se describen las dos violencias:
La violencia tuvo su origen próximo el 7 de agosto de 1946, fecha
en que el ingeniero antioqueño Mariano Ospina Pérez,
nieto y sobrino de expresidentes, asumió la primera
magistratura.
Recuperando el poder después de 16 años de abstinencia, los
conservadores lo utilizaron en varias regiones con fines
ilegales y delictivos para fortalecerse en él.
[pág. 101].
Los liberales fueron destituidos de los puestos públicos, perseguidos,
acosados en provincias y veredas, anatemizados por curas
de pueblo y obispos de acreditado fanatismo. Se repitió,
en la esencia, la reconquista violenta del poder de 1930
cuando los liberales, tras casi medio siglo de dominación
conservadora, ganaron, con Enrique Olaya Herrera, el control
del gobierno. [págs. 10 1-102].
Durante la administración del boyacense Olaya Herrera, llegado al
solio presidencial por el impulso de la división
del conservatismo mayoritario, los dirigentes liberales
de ciertos municipios de Santander intentaron liberalizar
a la fuerza poblaciones tradicionalmente conservadoras,
además de desbancar a sus opuestos de la nómina
oficial. El mecanismo utilizado para esta misión
fue la policía, la departamental y ¡a municipal,
que obedecían órdenes de alcaldes y gobernadores
liberales, a su vez obedientes a los directorios políticos.
Las balas policiales sirvieron para perseguir a los conservadores
en los Santanderes y Boyacá, preferencialmente. La
inscripción en los registros electorales, bajo coacción,
de campesinos conservadores, como si fueran liberales, desató
respuestas airadas y armadas, con las secuelas de matanzas,
masacres y asesinatos de parte liberal y conservadora. Un
cálculo publicado estima que unas diez mil personas
murieron durante el gobierno de Olaya Herrera por estas
causas. [pág. 102]
La visión es balanceada en apariencia, pero prejuiciada en el fondo. La
violencia liberal tiene, para los autores, explicación,
o tal vez justificación, como ya lo vimos. En la
época del gobierno liberal, los verdugos y las víctimas,
según los autores, fueron de lado y lado; no hacen
la misma observación para la violencia registrada
a partir de 1946, olvidando que el 9 de abril de 1948 casi
todas las víctimas fueron conservadoras.
Las fuentes de algunas aseveraciones son de dudosa imparcialidad. Se dice, por
ejemplo, que a Pasto fueron enviadas, de todo el Valle del
Cauca, a raíz de los sucesos del 9 de abril de 1948,
seis mil personas afiliadas al partido liberal, y se cita
como fuente el periódico El Liberal, de Popayán,
del 5 de septiembre de 1948 (pág. 120).
En el relato del 13 de junio de 1953 (pág. 252) se omite el motivo por
el cual el presidente titular, Laureano Gómez, solicitaba
del designado en ejercicio del poder, Roberto Urdaneta Arbeláez,
la destitución de Rojas Pinilla como comandante de
las fuerzas armadas. Como se sabe bien, el motivo de la
solicitud eran las torturas padecidas por un ciudadano liberal,
el señor Felipe Echavarría. También
falta en ese relato la versión de Laureano Gómez
sobre los antecedentes del golpe militar, que puede consultarse
fácilmente, en el Primer Manifiesto a los Colombianos,
escrito en Nueva York, en julio de 1953, por el presidente
desterrado.
Es pertinente observar que para captar el estado de la opinión pública
sobre el gobierno de Rojas los autores se apoyan en notas
enviadas por la embajada de los Estados Unidos al departamento
de Estado y no en opiniones nacionales (pág. 279).
Este tipo de apoyo documental sobre hechos ocurridos durante
ese gobierno puede justificarse, en algunos casos, no en
todos, por la censura de prensa y la falta de información
imparcial que eran frecuentes durante la dictadura rojista.
Citemos otro ejemplo en que la base documental es una nota de la embajada de
los Estados Unidos al departamento de Estado: La circular
310 que claramente restringía la libertad de culto
consagrada constitucionalmente, recibió el apoyo
de la jerarquía eclesiástica, e inclusive
el Cardenal Luque sugirió que su esencia fuera incluida
en la Constitución Colombiana (pág. 405).
En este caso, los autores hubieran podido verificar perfectamente
en fuentes nacionales la intervención de la jerarquía
eclesiástica y del cardenal en este asunto. El episodio
pudo ser verídico, pero una nota de la embajada estadounidense
no debió constituir la biblia documental sobre este
punto.
Hay otros casos de endeblez documental y de sectarismo político. En la
página 514 los comentarios de los autores sobre los
pactos del Frente Nacional son sectarios y están
fundados en hojas volantes y en una conversación
de funcionarios menores de la embajada de los Estados Unidos
y del directorio nacional conservador que apoyaba a Rojas
en 1955.
El juicio sobre el 10 de mayo de 1957 debería ser el juicio central del
libro, y está equivocado. En la nota de pie de página
3, en las páginas 538 y 539, se lee: Los defensores
del general Rojas han afirmado siempre que el 10 de mayo
fue obra exclusiva de la elite política y de las
oligarquias y que el pueblo raso no participó en
la jornada. Sin embargo, las declaraciones de la Unión
de Trabajadores de Colombia tienden a moderar tal versión.
El giro moderar tal versión no es apropiado.
En esos días y en esa fecha (10 de mayo) hubo un
verdadero levantamiento popular contra Rojas. Los desatinos,
la corrupción y las arbitrariedades del régimen
rojista habían colmado la paciencia de la mayoría
del pueblo colombiano. Los dirigentes de ambos partidos
y los estudiantes fueron el motor de la rebelión:
ellos le dieron cauce y salida política a un descontento
popular que sin lugar a dudas existía.
Compartimos la alarma de los autores por la incineración de los archivos
de algunas dependencias oficiales correspondientes a la
época descrita en este libro.
Consideramos que esta obra, a pesar de las flaquezas anotadas, es una contribución
importante a la historiografia de una época difícil
de nuestra historia. La época del odio partidista
entre liberales y conservadores parece, por fortuna, cancelada
para siempre. Otros odios y otras violencias nos azotan
hoy. Pero las lecciones y la experiencia de esa época
pueden servirnos para comprender los conflictos contemporáneos.
El problema es que aquellos años no cuentan todavía
con el historiador absolutamente imparcial que narre lo
que ocurrió en la realidad. Por desgracia, es muy
posible que ese tipo de historiador nunca aparezca en nuestro
medio.
GERARDO BEDOYA B. |