Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 20, Volumen XXVI, 1989

 

Una recreación que promueve el mal


El libro rojo. Televisión, crimen y violencia
Gustavo Castro Caycedo
Editorial Presencia, Bogotá, 1988, 413 págs.

 

Irresponsablemente, dinamitando nuestro pequeño grano de alegría prostituimos la belleza y cercamos de horrores el reino de la infancia. Ya la inocencia está sin Pulgarcito, sin Blancanieves, sin la Cenicienta, sin la canción de cuna que se arrugó en los labios de una abuela lejana. De vivir entre el odio y ver tumbas abiertas al pie de los trigales, los niños han crecido con la sonrisa muerta y los juguetes rotos en el alma. Pobres niños ya viejos. Niños de muecas trágicas que bajo sus caritas van llevando en silencio una inocencia triste que floreció con canas.

Jorge Robledo Ortiz

 

Este poema puede servir de presentación para El libro rojo, obra que desde su aparición —agosto de 1988— creó discusiones, controversias y polémicas en el ámbito nacional. Su autor, el periodista zipaquireño Gustavo Castro Caycedo, demuestra con esta investigación cómo la televisión, medio que transmite información a veinte millones de colombianos, ha servido como escuela para incrementar la violencia, la impunidad y el delito en el telespectador. 

Este libro es un documento que permite visualizar otra alternativa a las investigaciones que sobre medios de comunicación se han realizado en diferentes regiones de nuestro país. Su autor recurre a los diferentes géneros del periodismo para mostrar al lector, por qué la Televisión es considerara como un medio nocivo para la familia colombiana. Los espacios violentos son los preferidos por grandes y chicos en este país, una nación donde el miedo y la muerte rondan diariamente. 

Gustavo Castro Caycedo, consultor de medios de comunicación durante más de diez años, ha escrito El libro blanco de la televisión, La televisión en negro y Usted, sus hijos y la seguridad. Ahora, con su último libro, no pretende adelantar un juicio inquisitorial para condenar a la televisión, sino ilustrar desde otro ángulo a quienes, por descuido, negligencia o falta de información, no comprenden cómo los programas violentos incrementan la pérdida de valores, produciendo el odio y la descomposición social. 

Varios capítulos contienen opiniones de expertos, entidades, investigadores, columnistas, editorialistas, jueces, psicólogos. de prisiones, catedráticos, críticos, programadores, anunciantes y, en general, conocedores de este tema que explican por qué los mensajes violentos emitidos por la televisión sí influyen en el espectador, reforzando y promoviendo los antivalores y la impunidad. 

En cuanto al aspecto testimonial, la obra presenta entrevistas, relatos de delincuentes y reclusos, experiencias de investigadores y expertos, columnistas, editorialistas, jueces, programadores y anunciantes, todo esto complementado con la investigación del autor —diez años de labor continua— que lo llevó a observar, discutir y analizar por qué la televi­sión influye en el comportamiento del telespectador. 

Uno de los principales méritos del libro radica en que se fundamenta en investigaciones y cifras exactas, entregadas por las autoridades y las personas que se hallan al frente de este medio de comunicación, así como en las conclusiones de los investigadores, que explican las causas por las cuales Colombia es hoy el país más violento del mundo. Relacionan, en parte, este doloroso fenómeno nacional con los crímenes y otros actos violentos presentados, para “entretener”, en la programación recreativa, que constituye el 84 por ciento de los espacios de los dos canales de televisión nacional.  

 

T.V. en el país más violento 

El autor busca crear conciencia en todos los colombianos, para que comprendamos cómo un medio de comunicación mal dirigido puede producir en el televidente un cambio negativo en su comportamiento y en sus actitudes frente a la sociedad. 

Según el diario El Tiempo, en Colombia se comete un homicidio cada 30 minutos y 25 segundos. En 1976 el homicidio representaba el 3,5 por ciento de todas las muertes. Hoy, la proporción sobrepasa el 17,6 por ciento; es decir, aumentó cinco veces. 

“En Colombia hay 186 cárceles con una población superior a los 31.000 reclusos. El 67,20 por ciento de ellos son jóvenes entre los 16 y los 30 años. El mayor número de condenados promedia los 25 años, edad en la que la potencialidad de acción y vitalidad del hombre son mayores, pues es el período fundamental de definición de la vida futura” (pág. 34). 

Se puede afirmar que los factores generadores de la violencia son múltiples, pero los principales radican en la hostilidad del medio familiar, la marginalidad, la carencia de bienes y de recursos mínimos para subsistir, el desempleo, la falta de vivienda y de atención médica, el analfabetismo, la promiscuidad y la desintegración social.

Tales factores llevan a numerosos niños, jóvenes y adultos a delinquir. Muchos de ellos carecen de afecto, techo, comida, familia, comunicación, y se convierten en resentidos sociales. Siendo ya delincuentes potenciales, encuentran en algunos mensajes, repetidos sin medida por la televisión, respuesta para solucionar sus problemas. De ella reciben enseñanzas acerca de las técnicas delictivas. “La tv., sin proponérselo sin que así lo planeen quienes la programan, es para muchos colombianos la escuela del crimen” (pág. 35). 

“De 150 reclusos entrevistados en 15 cárceles de 13 ciudades, sindicados o condenados por distintos delitos, el 92,6 por ciento afirmó que la televisión o el cine influyeron en su comportamiento delictivo o violento o en el de los demás reclusos” (pág. 35). 

Y es que este libro no incursiona en nada nuevo. El tema ha sido debatido ampliamente tanto en la nación como en el mundo. Todos somos conscientes de que el efecto de las imágenes perdura toda la vida. El problema de la violencia que se ve diariamente en el cine y la televisión es que enseña a la gente a ver la violencia como un “entretenimiento”. 

La televisión ha llegado a formar parte de la maquinaria del odio que promueve diariamente la agresividad. “A uno sí, se le graba algunas de esas películas. Uno entonces reacciona. ¿Qué tipo de acciones? Pues digamos sí, así un atraco que uno ve mucha gente así con ‘metras’, entonces uno va con ese mismo estilo a atracar bancos o almacenes que tengan plata” (testimonio del recluso Germán, pág. 235). 

En un país anarquizado por la violencia, no resulta extraño que la gran mayoría de la población carcelaria esté constituida por analfabetos y personas con sólo unos cuantos años de primaria, pero que, en cambio, tienen acceso a las “enseñanzas de la televisión: “Uno es delincuente, uno tiene pensado cometer un delito. Resulta que presentan una película, se semeja a lo que uno tiene en mente. Pues uno puede buscar puntos de la forma de hacer lo que uno tiene en mente de acuerdo a eso mismo que vio en la película” (testimonio de Armando, pág. 237). 

Estas citas ilustran por qué violencia vista en la televisión desencadena comportamientos imitadores violentos. Nuestro país es un territorio de telespectadores de alto riesgo, dados los elevados índices de desprotección social y pobreza, que contribuyen a agudizar esta situación de violencia.

 

Los niños: personajes de ficción 

La investigación no podía dejar de lado la situación del niño, que es, en última instancia, el más afectado por los mensajes violentos. Desde los ocho meses, el infante elabora fantasías. Después del primer año, esas fantasías empiezan a ser relacionadas con la realidad. Por eso, cuando los infantes ven televisión, relacionan los héroes de la pantalla chica con la realidad. Esos personajes de ficción son tomados por el menor como modelos que pronto imitará. 

Por eso, algunos investigadores opinan que la televisión violenta hace que en los niños muchos valores sean cambiados y reforzados hacia la agresividad. “Antes que los niños puedan pensar por si mismos, ya se les ha enseñado a odiar” (pág. 177). 

“Por otra parte, un estudio realizado por el doctor Cobos estableció que de cada cien niños menores de seis años, 98 preferirían vivir en otro país; están cansados de la violencia” (pág. 192).

El autor recoge una investigación realizada por María Josefa Domínguez. Al comentarla, la experta asevera que el 42,96 por ciento de los niños desearían volver a nacer para ser un personaje de la televisión; un 77,6 por ciento se identifican con los golpes, los puños, la fuerza y las trampas, y el 77,6 por ciento están de acuerdo con esta forma de ganar. Este estudio incluyó 6.072 menores entre los cuatro y los doce años de edad. 

El análisis demuestra que, de cada cíen niños, 88 sufren de miedo como consecuencia de haber visto alguna película con escenas violentas (pág. 68). 

Con la lectura de este libro comprendemos que los principales afectados por la televisión violenta son los niños, quienes desde temprana edad piensan, hablan y actúan de acuerdo con el lenguaje y el personaje de la pantalla chica. Ello debería llevar a muchos a convencerse de que los intereses económicos no pueden estar por encima de las necesidades de la sociedad.

 

Recomendaciones 

En la parte final, Gustavo Castro recomienda al gobierno, y a los diferentes estamentos encargados de dirigir este medio de comunicación, formar grupos y asesores que estén en permanente contacto con el público para lograr establecer una programación que se convierta en la vocera y promotora de la paz. “La sociedad está hastiada de violencia. La teleaudiencia nacional prefiere hoy programas de corte blanco a realizaciones saturadas de mensajes violentos y negativos” (pág. 397). 

Existen diversos motivos para que la televisión se haya convertido en la escuela predilecta de los jóvenes para aprender a delinquir. La aparición de las pandillas juveniles y los nombres utilizados por ellos —Los Magníficos y El Justiciero— para cometer sus delitos, no son mera coincidencia. La violencia se impuso y opera en todo el territorio nacional. Es como si esos personajes de ficción se hubieran salido de la pantalla, y nadie los pueda detener. 

El libro rojo es un importante documento y un valioso soporte para los futuros debates en torno a la televisión. En cada una de sus páginas se encuentran plasmadas las ideas y los conceptos de todas las personas que de una u otra manera se hallan vinculados con este medio de comunicación.  

Por otro lado, están las declaraciones de los reclusos. El autor transcribe, en la última página, la petición de Julián: “Yo creo que los señores programadores de la televisión no saben el daño que hacen con la programación de la violencia en televisión. Si ellos supieran no programarían ese tipo de programas” (pág. 395). 

En resumen, este libro proporciona suficientes elementos de juicio que confirman una vez más la influencia negativa que ha proporcionado la televisión en el desarrollo social, económico y político. Los testimonios y las reflexiones recopiladas no fueron sacados de la ficción: son algo real. Una realidad donde el crimen y la impunidad se apoderaron de Colombia.  

 

FRANCISCA RAMÍREZ