Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 20, Volumen XXVI, 1989

 

La violencia:  ¿un elemento consustancial a la democracia colombiana?


Orden y violencia: Colombia 1930-1954
Daniel Pécaut
CEREC-SIGLO XXI, Bogotá, 1987, 2 vols.,

610 págs.

  

A partir de 1962, año en que apareció el primer trabajo que dio al tema su dimensión nacional y que inició la conceptualización de la violencia como objeto de estudio de las ciencias sociales, sólo se han producido tres grandes obras de síntesis: el clásico Lo violencia en Colombia (1962) de Germán Guzmán, Eduardo Umaña Luna y Orlando Fals Borda, que tiene el valor de haber abierto la puerta, cuando en el país, sumergido en el ambiente del Frente Nacional, se había sellado un pacto de silencio: nadie debía hablar de esa hecatombe de 200.000 muertos, cómo si con ello se curaran las profundas heridas dejadas en el alma de las generaciones que nacieron en medio de un conflicto que nunca cesaría. 

Años después vendría otro clásico: Violencia, conflicto y política en Colombia (1978) de Paul Oquist, que intentaba una explicación global del estallido, con fundamento en su conocida tesis del “derrumbe parcial del Estado”.

Los estudios ulteriores se dedican, unos, a indagar acerca de las particularidades regionales de la violencia. Entre estos sobresalen los consagrados a los casos del Tolima, el Quindío, el Valle del Cauca y los llanos orientales. Otros, a los bloques temáticos, como el bandidismo y las estructuras agrarias. 

Transcurrido un tiempo, aparece este trabajo, Orden y violencia (1987), de Daniel Pécaut, cuya edición en lengua española se publica simultáneamente con el diagnóstico nacional de la comisión de “violentólogos”, materializado en el libro Colombia: violencia y democracia (1987), con el cual, dicho sea de paso, tiene grandes continuidades teóricas. 

Daniel Pécaut es uno de los más agudos estudiosos de la realidad colombiana. Sociólogo, investigador de la Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales, director del Centro de Estudios sobre Movimientos Sociales, de París, desde los años 60 —cuando fue profesor visitante en la Universidad Nacional—, ha escrito numerosos trabajos acerca de nuestra realidad social y política, además de haber dirigido las más sobresalientes disertaciones doctorales que sobre este tema se han escrito, por lo cual cabe decir que su influencia es notable en las últimas generaciones de investigadores. 

Tradicionalmente, los estudios centraban, de manera enfática, los orígenes de la violencia en las características del Estado y, ante todo, en sus carencias y malformaciones. Pécaut, aunque se interesa en las funciones del Estado, orienta toda su atención hacia las relaciones de éste con la sociedad civil, hacia el desarrollo de lo social y lo económico y sus representaciones en lo político, mostrando cómo la obsesión de las elites en la búsqueda de un “orden moderno” como expresión de una unidad nacional es, desde el siglo XIX, una tarea central en la que el Estado parece hallarse atrapado siempre en medio de las tormentas de una sociedad civil omnipresente, que lo lleva a rastras por sus divisiones y lo somete a sus exigencias, haciendo que la violencia no sea simplemente el otro polo de un movimiento pendular, sino una combinación íntima que coexiste tanto en lo social como en lo político. 

Como resultado de toda esta situación, Colombia ha tenido un desenvolvimiento histórico singular en que el Estado, lejos de ejercer un monopolio, debe compartir el ejercicio de la violencia con grupos sociales particulares, dentro del marco de una, también singular, democracia civil en la que se entremezclan formas de dominación tradicionales con la coerción física y el fraude. Hasta el establecimiento del Frente Nacional, la alternación no es un proceso “normal” sino profundamente traumático, por cuanto se impone una visión del ejercicio hegemónico del poder, que excluye la participación del “enemigo”, si bien se mantienen formalidades democráticas, como es el funcionamiento relativamente autónomo, aunque deficiente, tanto de la rama judicial como de los órganos legislativos. Aunque predomina el poder civil, persiste, a partir de 1948, la utilización del estado de sitio. Hay democracia electoral, pero los comicios se caracterizan por los altos niveles de abstención. 

Sin perder su acento sociológico, describe el proceso histórico (1) , que parte de la estructuración de las elites regionales, y se refiere al papel del café en la formación de la burguesía cafetera —que sería protagonista del ingreso de Colombia al mercado mun­dial—, a la formación de las clases urbanas, al ascenso de los conflictos agrarios y al desempeño del pueblo en los procesos políticos. Después de hablar acerca de la función de la Iglesia en estos primeros decenios del siglo y del proceso de la intervención del Estado, coloca sobre el tapete la lucha por la modernidad frente al aglutinamiento de la contrarrevolución en marcha. En vez de producirse las grandes transformaciones que el discurso liberal proponía, toma fuerza un agudo fundamentalismo conservador. En tales circunstancias se daría el ingreso de las grandes masas al escenario político. El primer tomo termina con el análisis del proceso de deterioro de las condiciones sociales y políticas, en medio de la crisis de la república liberal, en el segundo período presidencial de López Pumarejo.  

El segundo tomo trata del auge del populismo, de las estrategias gaitanistas y del papel que desempeña el movimiento sindical. Tras referirse a los sucesos del 9 de abril de 1948, o “bogotazo”, la obra culmina en un capítulo específico sobre la Violencia (1948-1953). 

El trabajo tiene tres hilos conductores: 1) los modos de intervención económica y política de las diversas elites, intervención cuyo conocimiento permite establecer la situación de las relaciones entre el Estado y la Sociedad civil; 2) el desarrollo del movimiento sindical y el papel que cumplió en la búsqueda de nuevas formas de representación de la unidad de lo social, y 3) el ajedrez partidista. Todos ellos, dirigidos a explicar la violencia como expresión de las relaciones sociales en dos esferas fundamentales: lo social y lo político. 

Entre los aportes de este libro, se cuenta el de señalar la importancia del tejido social como creador de las condiciones propicias para el desarrollo de la violencia. Además, le quita protagonismo al Estado, revalorando su papel, y le da el tratamiento de un actor más en el escenario del conflicto, al lado de los partidos, de la Iglesia, de los movimientos sociales y de las elites económicas y políticas, en un permanente movimiento hacia la construcción de un nuevo orden. El resultado lo caracteriza el autor como “orden oligárquico”, en lo social y en lo político, dentro de los lineamientos de una democracia restringida por el miedo a que las fuerzas populares, vistas desde el orden tradicional como expresión de la “barbarie”, destruyan el anhelo de “civilización” de las elites, que siempre imponen desde arriba un “equilibrio” basado en una dualidad: un Estado precario, pero con aparente estabilidad institucional, en la que se mantiene una preponderancia civil que coexiste con el ejercicio de la violencia, de la coacción y del clientelismo, en el marco de un férreo juego bipartidista, en una democracia “privada”, administrada por un “cartel de notables”, que logran un “acuerdo nacional” para conjurar el desequilibrio que engendra cada crisis, mediante procesos incompletos de legitimación del orden y una, también incompleta, institucionalización de los conflictos. 

La obra constituye una recapitulación teórica para la explicación del Frente Nacional. En todo momento es una invitación a la reflexión sobre la actual encrucijada del país, además de aportar índices para la búsqueda de elementos comparativos con otras naciones de América Latina. 

Hay que reconocer que hay apartes —pocos, es cierto—, de lectura difícil, sólo entendibles en círculos sociológicos o emparentados con la historia social, lo cual es comprensible en un trabajo de tal densidad teórica.

Respecto al tratamiento de “las violencias”, la diferencia fundamental con el libro de los “violentólogos” radica en que, si bien en ambos casos se reconoce la presencia de múltiples violencias parciales, para Pécaut debe seguir siendo vista como “la Violencia”, ya que lo social está unificado indisolublemente en la representación de lo político, por lo menos para el período de los años cincuenta. 

Nos hallamos, indudablemente, ante una recontextualización de los estudios sobre el siglo XX, que gira alrededor de la violencia, y estamos seguros de que este libro se constituirá en un nuevo marco teórico para la comprensión de nuestra historia inmediata, a fin de enfrentar con menos miedo el presente, pero con una incertidumbre hacia el futuro: ¿Será que inexorablemente, como hasta ahora, la vio­lencia continuará siendo un elemento consustancial de la democracia colombiana? Si la respuesta fuera positiva, entonces la tesis de Pécaut dejará de ser simplemente historia y se convertirá, además, en profecía, para cerrar, una vez más, el círculo de nuestro tiempo mítico.

 

JAVIER GUERRERO BARÓN

 

(1)  Este acercamiento interdisciplinario, que (Gonzalo Sánchez ha denominado la "sociologización de la historia" en el estudio de la Violencia ha sido una constante, caso excepcional que no se ha dado respecto a otras temáticas. Los sociólogos —a pesar del tardío desarrollo de la disciplina en el país, ya que la primera facultad surge en 1959— desde el principio lo asumen como preocupación prioritaria, como lo indica la obra de Orlando Fals, Camilo Torres Restrepo y la producción de los años sesenta. También ha sido preocupación de los antropólogos y economistas y muy escasa o nula de los psicólogos sociales. Pero, indudablemente, el diálogo más importante se ha dado entre sociólogos e historiadores. (Regresar a 1)