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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
20, Volumen XXVI, 1989
Abundante material factual, estériles debates
Crisis y caída de la República Liberal
1942-1946
Renán Vega Cantor
Ediciones Mohán, Ibagué, 1988,
294 págs.
Renán Vega es un novel historiador que nos
entrega el más minucioso análisis hasta hoy escrito de la coyuntura de crisis de la
República Liberal (1942-1946). El texto al que nos referimos es la versión editorial de
su tesis de magíster en historia presentada ante la Universidad Nacional. Las
limitaciones de publicación que las nuevas generaciones de historiadores encuentran se
hacen evidentes en las precarias condiciones editoriales del texto numerosos errores
tipográficos, confusión en las notas a pie de página y errática numeración de
capítulos, como el tercero.
Crisis y caída
de la República Liberal
es, como el
título lo sugiere, un cuidadoso estudio de cuatro años de historia contemporánea del
país que resaltan por lo que significaron la derrota de las expectativas abiertas
por el ascenso del liberalismo en los años 30, y por lo que anticiparon la
orgía de violencia que se recrudecería posteriormente. Como lo muestra Renán
Vega, el período de la segunda guerra mundial fue para el país un tiempo de crecimiento
económico y al mismo tiempo de crisis, en el cual el sindicalismo fue visto como un
obstáculo para una mayor acumulación capitalista (capítulo 1o.). El presidente de
turno, Alfonso López Pumarejo, fue temido por su imagen de aliado del movimiento
obrero, lo que según Renán se quedó en imagen, pues la realidad fue muy distinta
(capítulo 2o.). A la caída de López subió Alberto Lleras, quien culminó la obra de la
contrarrevolución política, al romper los lazos que unían al sindicalismo con el Estado
(capítulo 3o.). Finalmente Vega nos describe el derrumbe de la República Liberal,
mostrándonos un liberalismo irremediablemente dividido y sin que ninguno de los dos
candidatos Gabriel Turbay y Jorge Eliécer Gaitán convenciera al patriciado
de su partido. El triunfo de Mariano Ospina Pérez en 1946 es, entonces, presentado como
un resultado políticamente lógico (capítulo 4o.).
La historia es una disciplina en continua
construcción, y por ello siempre será necesario contar con nuevas aproximaciones a los
distintos períodos históricos. Así es como se enriquece el conocimiento del
pasado, y no otra es la motivación de viejos y nuevos historiadores. Sin embargo, en el
afán de reinterpretar la historia y de diferenciarse de lo escrito hasta ahora, Renán
Vega hace un derroche de ingenuidad prometiendo más de lo que cumple y entorpeciendo la
lectura del texto con discusiones improcedentes. De esta manera, lúcidas
interpretaciones, como la del temor de la oligarquía ante un López aliado de los
obreros, se pierden por el afán de novedad historiográfica, que en últimas no lo es
tanto. Por ejemplo, de tiempo atrás el sociólogo francés Daniel Pécaut venia
señalando muchas de las tesis centrales del trabajo de Vega como éste mismo lo
reconoce en abundantes notas a pie de página.
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Polémicas como la de la lectura
endógena de la historia nacional que supuestamente hacen los nuevos
historiadores (pág. 18), no sólo descontextualizan trabajos de los autores
criticados, sino que devuelven el debate historiográfico a la pugna de los años 60 entre
dependentistas y antidependentistas. El sano intento de Renán por romper con la
interpretación liberal de la historia que polarizaría el espectro político entre un
partido progresista el liberal y uno reaccionario el conservador
se queda a mitad de camino, desconociendo, en todo caso, lo que la gente que vivió el
período percibió de la política. La ausencia de fuentes no convencionales la
historia oral, las novelas y crónicas de la época, etc., impide que el autor tenga
en cuenta fenómenos culturales y de mentalidades que enriquecerían su análisis. La
promesa, que nos hace en el último capítulo, de realizar un riguroso análisis de clase
para explicar la división liberal termina, con poca imaginación, repitiendo lugares
comunes: Turbay es representante de la gran burguesía y Gaitán de la pequeña
burguesía! Finalmente, las demoledoras críticas a la acción de la Confederación de
Trabajadores Colombianos (CTC) y de la izquierda en la coyuntura estudiada, muestran que a
veces el autor escribe más con el deseo que con relación a los datos arrojados por las
fuentes consultadas. Renán Vega insiste, por ejemplo, en que la CTC no estaba interesada
en movilizar a las masas (págs. 136 y 187). Sin embargo, el mismo autor hace continuas
referencias a paros de solidaridad, paros nacionales, marchas callejeras y manifestaciones
convocadas por la CTC. Incluso en el texto se señala que, durante el segundo gobierno de
López, la CTC fue prácticamente el aparato de masas del liberalismo (pág. 135). Si no
hubo movilización de la CTC, żentonces por qué el temor de la oligarquía a un
sindicalismo que afectaba sus tasas de ganancia? Tal vez lo que quería decir Renán es
que la CTC no movilizó siempre a las masas contra el Estado, pues
movilización sí la hubo. En todo caso, estos debates, con gran sabor voluntarista, en
los que se busca hacer juicios históricos sobre las acciones de los protagonistas, en
poco ayudan al enriquecimiento del conocimiento histórico.
Es por eso que novedosas interpretaciones se
pierden en el conjunto de la obra. Más grave aún, preguntas acuciantes para los
historiadores contemporáneos no se responden, por atender a esos debates secundarios.
Pienso, por ejemplo, que más que seguir condenando la ceguera de la CTC y del partido
comunista (partido socialista democrático en ese momento) en su alianza con López,
convendría profundizar más en las razones que explican el fenómeno, que sucedió, así
no nos guste. El valor de un trabajo como el de Renán Vega está en los serenos análisis
que por momentos afloran en el texto, después que la tormenta renovadora se aquieta.
El interesado en el período previo a la
violencia encontrará, por tanto, útil el texto que reseñamos. Hay allí abundante
material factual y un conjunto de hipótesis que ofrece una explicación coherente de la
crisis y caída del liberalismo en los años 40. El lector deberá, eso sí, sonreír con
paciencia ante los estériles debates del autor con sus predecesores, debates que
perfectamente se pueden dejar de lado sin alterar el contenido sistemático del trabajo,
que en sí es un aporte al conocimiento de una coyuntura específica. Conviene recordar
que los grandes cambios y renovaciones, tanto en la historia como en la historiografía,
se hacen sin anunciarlos tanto.
MAURICIO ARCHILA NEIRA
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