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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
20, Volumen XXVI, 1989
Un
escritor disgustado con la ley de la gravedad
El león que escribía
cartas de amor
Triunfo Arciniegas
Carlos Valencia Editores,
Bogotá, 1989, 32 págs.
(Ilustraciones del autor).
La media perdida
Triunfo Arciniegas
Carlos Valencia Editores.
Bogotá, 1989, 19 págs.
(Ilustraciones de Eduardo Pradilla).
En el mes de marzo de 1989, al conocerse el
fallo del concurso Enka de literatura infantil que declaraba como ganador a Triunfo
Arciniegas por su novela Las batallas de Rosalino, uno de lo jurados, el padre
Marino Troncoso, daba en el blanco del asunto cuando confirmaba la tesis general según la
cual existen dos tipos de literatura seudoinfantil: la que cree que los niños son
idiotas y la que se disfraza de infantil pero es para adultos. En este mismo orden
de ideas aparece la dicotomía entre un lector-adulto y el lector-niño, la lógica
cuadriculada del adulto frente a la lógica libre, espontánea y crítica del niño.
Mirando el caso de la escritura en Triunfo
Arciniegas, esta injerencia del lector en el proceso creativo es en buena parte atenuada o
superada, cuando la distancia existente entre el escritor y el público ideal,
en este caso el infantil, se rompe en un trabajo de conjunto a manera de taller, como lo
hace aquí el creador. Triunfo ha sido profesor de una escuela durante diez años, y de un
tiempo para acá ya no dicta las clases tradicionales, sino que se ha dedicado de lleno a
efectuar talleres de lectura, escritura y teatro. Como afirma el autor: su
propósito esencial es hacer lectores, no matar lectores. Estos talleres me han permitido
escribir para niños. Todos mis cuentos, todo lo que voy escribiendo, lo llevo al taller
para la prueba de fuego y mis niños dicen la última palabra (entrevista concedida
a Juan Carlos Moyano para Gaceta, núm. 2, de Colcultura).
Ya en este momento los gustos y necesidades de
este exigente público no se sitúan a la distancia, sino que es una creación compartida,
aprobada o desaprobada por dichos críticos selectos, según el grado de seducción
alcanzado. Nunca preparo un taller, sale de cualquier objeto: una silla, un huevo,
una caja de fósforos; fluyen espontáneamente, les leo, ellos dicen qué no va, qué
sobra, dónde el artificio destruye la criatura poética.
En el año 1985 escribí una monografía acerca
de un escritor hasta entonces desconocido: Un brujo escapado de la noche la
titulé. Triunfo Arciniegas sólo tenía un libro publicado: El cadáver del sol (1982).
El trabajo reunía estudios sobre varias colecciones de cuentos aún inéditos y de una
primera obra para niños titulada La lagartija y el sol, también en proyecto de
publicación por Carlos Valencia Editores. Los temas recurrentes de ese entonces eran bien
distintos: el erotismo, la soledad atormentada, el resentimiento, lo macabro, las
pesadillas; incluyendo su libro En concierto (1986), de breves relatos, continuaba
siendo aquel asesinador de guitarras.
Todo lo que allí dije quedó revalidado,
invertido en su nuevo trabajo reunido por Carlos Valencia Editores. El nuevo ciclo empezó
con la publicación de La silla que perdió una pata y otras historias (1988), El
león que escribía cartas de amor (1989), La media perdida (1989); estos dos
últimos cuentos presentados bellamente en la colección OA infantil. El león que
escribía cartas de amor es ilustrado excepcionalmente por el mismo autor, lo que hace
que el libro adquiera un doble valor estético de fidelidad con su propio contenido. Aquí
es otro Triunfo Arciniegas quien nos habla: aflora la ingenuidad, la gracia, el humor, el
ingenio, la poesía. Al respecto, el autor comenta: quería ver el lado luminoso de
la luna. Venía de un mundo oscuro, desolado, de un animal que se lamía en la oscuridad
de las habitaciones, un dios acuchillado por la luz... Cuando empecé a escribir para
niños descubrí el humor, aprendí a divertirme. Me extasié en la contemplación de
objetos. Dí con otro mundo, exploré mi propia infancia, que como toda infancia es
infinita (Gaceta, núm. 2, Colcultura).
Romper con la cotidianidad, eso realiza Triunfo
Arciniegas en estos dos últimos libros de cuentos breves. Romper con la cotidianidad para
entrar en el hábitat de lo fantástico, donde se juega con otra lógica, otras reglas que
varían al ritmo acelerado de la imaginación infantil. Sea con un león a quien un ave
del paraíso le rompió de amor el corazón, o las peripecias y desventuras de una media
que busca ingenuamente a su hermana extraviada. Este último cuento, perfecto para niños
de preescolar que se inician en el maravilloso juego y aventura con las palabras.
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Estos son textos en los que el niño va
construyendo su propia lectura, mientras en el lector adulto la lectura predispone de un
orden adecuado a su conocimiento, que termina por limitarlo. El lector adulto elige de
antemano inconscientemente su itinerario de lectura, sus lugares de lectura, los perfiles
de un argumento; el lector niño no, pasa a ser un constante actor capaz de introducirse
espontáneamente en la ficción narrada, En una de sus experiencias con el taller, Triunfo
Arciniegas comentaba acerca de una de sus imágenes, donde aparece un gato metido en una
botella: mientras un adulto le cuestionó cómo había hecho el gato para introducirse en
la botella, los niños del taller dieron por sobreentendida la magia de no ver siempre un
barquito dentro de una botella, sino de encontrarse con una nueva ficción: la de un gato
que había escogido como habitación una botella.
El lector adulto está ceñido a un patrón de
lectura ordenado, a un tablero secuencial, mientras el lector niño desconoce cualquier
parámetro, se deja llevar de la mano por la fantasía, como Alicia en la madriguera,
subvirtiendo todo orden preestablecido aun en la trama misma planteada por el autor, de
allí que cada lectura sea en la imaginación del infante un recorrido laberíntico, un
itinerario, que puede llegar a otro textos aún no presupuestados por el autor, o
desembocar en el mismo texto, como un lector activo.
La lectura lineal del adulto viene dada por el
orden de las peripecias, dejándolo irremisiblemente en la superficialidad. En la poética
infantil la conducción es a los centros de la fantasía, donde el mismo lector acepta el
reto de el viaje a lo sugerente, al cielo de este lector ideal,
copartícipe ya de su construcción. Este tipo de lectura logra un constante contacto con
cada intimidad del relato, es implícitamente una lectura continuada que permite el repaso
material (anécdota) y el repaso mental (lectura creativa). La lectura del pequeño
sonámbulo es didáctica, lúdica y totalmente antiintelectual, recreativa.
No es raro, por tanto, encontrar nuevas
historias que se van introduciendo, rompiendo la linealidad silogística. En La media
perdida, el personaje central se encuentra con los objetos más inesperados,
estableciendo las relaciones más absurdas: con un gato a quien desconoce por tener
bigotes, un pocillo por tener oreja, una silla por tener patas, y así con otros objetos.
Suma de fragmentos coherentes, la coherencia viene dada por el lector, que le da curso
libre, rompiendo con la ley del comienzo, medio y fin, ayudado por la creatividad. En la
imaginación las piezas son móviles y rearmables, el texto está haciéndose en el
magoniño y su búsqueda no es una forma acabada.
En un ensayo anterior que titulé Alicia
en el país de las maravillas, un viaje por el universo barroco, argumentaba
esta cuestión así: nadie mejor, junto a Lewis Carroll, para explicar esto en
nuestros días, que el artista rumano. E. Ionesco, quien a partir de situaciones absurdas
y diálogos disparatados, inverosímiles, crea la mejor literatura infantil; Ionesco es
únicamente traducible con la magia simbolista, con la desenfrenada libertad de
imaginación, con la lógica que atenta contra la visión convencional del mundo, con la
mirada inocente de un niño.
Manejo de un lenguaje sencillo, exento de todo
malabarismo lingüístico, en un lirismo espontáneo, totalmente verosímil para un niño,
es lo que encontramos en El león que escribía cartas de amor: En realidad
su guerra apenas había comenzado. La imagen del ave del paraíso era una bala que lo
hería sin lástima en lo más tierno del corazón. La pata se curó al fin, pero
el corazón empeoró.
El punto de partida, como en toda poesía de la
nostalgia, es el ojo ingenuo, la visión intacta de la infancia; creo que la infancia es
lo más permanente en el creador: Comenzó a dejar señales en la hierba, a buscar
tréboles de cuatro hojas, a modelar con los dientes un corazón atravesado por flechas...
Eran sus cartas de amor que nadie entendía.
Sin pretensiones retóricas, impregnando, al
contrario, una elementalidad comunicativa, transforma todo el entorno en representación,
llega a la función recreativa, fundamento de la literatura infantil: Había una vez
una media que estaba perdida y lloraba mucho.
Lo que hace el autor es surgir, en el contexto
del relato, en la técnica narrativa, una forma primaria de expresión, un lenguaje-imagen
capaz de convencer y conmover a estos críticos imparciales que son los niños, cuyo
juicio es contundente y rotundo: me gusta, no me gusta.
Fantasía, aventura, hilo narrativo caprichoso,
poesía fresca, agilidad en la trama, exageración, son algunos de los caracteres de la
estructura narrativa en el cuento infantil que el autor nos presenta. Sin embargo, existen
variantes notorias en el trabajo de Triunfo Arciniegas. En él la forma arquetípica del
héroe es invertida; se presenta, pues, como antihéroe: Daba lástima aquel rey.
Ciego y torpe, borracho de amor, maltrataba las margaritas. El león no es el héroe
tradicional del niño, que supera obstáculos y finalmente vence; al contrario, él
termina perdiendo su libertad, su poder, en esa jaula y luego en el circo, por amor;
aunque haya finalmente poseído el objeto de su deseo, esa metáfora, y quedar extasiado
para siempre.
Otro elemento novedoso son los personajes, que
en ningún momento son tratados de manera tradicional, dentro de la convencionalidad que
enmarca cada animal con un papel preestablecido a la antigua: aquí la tortuga es
peluquera, el conejo ajedrecista, la lora encarna la locura llena decolores, el ave emerge
de una zoología mítica y metafórica de la belleza, y el mismo león escritor cuya
debilidad radica en la pasión, su corazón que lo obsesiona y precipita a destrozar su
fabulosa existencia de rey en la selva.
No es nada nuevo el manejo del antihéroe en la
literatura contemporánea; al contrario, es la constante. Sin embargo, la novedad reside
en llevar al antihéroe al plano de la literatura infantil, sin pretender transmitir una
moraleja y sin arrebatar la imagen poética que el niño persigue y que es su misma vida,
un homenaje, un tributo a su fantasía. Es común que el escritor para niños destruya su
imaginación en aras de un didactismo, en el empleo de la moraleja como recurso
pedagógico que, en vez de enriquecer el texto literario, lo degrada, obteniendo un texto
escolar forzado y un texto artístico insípido.
A manera de conclusión, escuchemos la
presentación autobiográfica que el autor hace en su libro La media perdida y que
en buena parte ejemplifica la poesía desbordante, la novedosa escritura que irradia cada
uno de sus textos: Soy Triunfo Arciniegas, un imaginador, y me encantan los gatos y
los unicornios, los libros y Pink Floyd, Marilyn Monroe, Woody Allen y Flaubert, la lluvia
desde la ventana y las tardes de niebla, los barcos de papel y las cometas. Escribo y
dibujo historias para niños. Nací en Málaga en el año del gallo y vivo en una casita
de dos pisos de las afueras de Pamplona. La encontrarán porque es amarilla con dos
ventanas sin barrotes arriba y otra de hierro abajo, la más bonita de por ahí. La puerta
es de madera pintada de marrón, para más señas. No lo olviden. Si escuchan el rumor de
la máquina de escribir, que no debe confundirse con el vuelo de los colibríes que bajan
a almorzar, aléjense en silencio porque paso a limpio mi próxima historia y, por favor,
vuelvan otro día.
Triunfo Arciniegas escribe y dibuja a dos
tintas, una deleble y otra indeleble, para cuando se borre la materia quede el trazo de la
imaginación como una sonrisa en el aire. Su literatura semeja la de un enamorado del
aire, la de un escritor disgustado con la ley de la gravedad.
JORGE CADAVID
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