Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 20, Volumen XXVI, 1989

 

De la ilustración como obstáculo


Los cuentos de mi abuelo el coronel
Gabriel García Márquez

Compilación y prólogo de Juan Gustavo Cobo Borda. Edición conmemorativa de los cuarenta años dc Smurfit Cartón de Cólombia, Cali, 1989, sin paginación.

 

En bus desde Santa Marta, o desde cualquier lugar a más de veinte grados centígrados, las ideas escurren y quedan todas atrapadas en un pañuelo. 

Así, pues, el imperativo recuerdo de una paleta de guanábana produce una nueva obra literaria, y la peregrinación de un hombre enorme, relatada en letras muy pequeñas, nos conduce hasta Aracataca. El lugar del abuelo coronel y de su nieto Gabriel García Márquez —un hombre que, después de haber escrito lo más sabio sobre los hombres, lo más absurdo sobre la risa, lo más sensato sobre el amor, se enfrasca en un laberinto de opiniones por escribir la vida de un general—. Ahí, en ese lugar en donde los cigarrillos se los fuma el viento, sentado en una banca de granito frente a la estación del tren, el hombre enorme recuerda ese pueblo y los personajes que hoy están enterrados tras la iglesia. En un pueblo donde el sepulturero se ufana de su tumba y dice que uno después de muerto no es problema, que el problema es estar vivo; en un pueblo que, sin recorrerlo, todos reconocemos. Está —creo— bastante claro que el denominado realismo fantástico de García Márquez no es otra cosa que realidad; la tediosa cotidianidad del calor, y la imaginación y los chismes que son lo único, con los gallinazos, que en ese clima vuela. 

Desde ahí, a Cobo Bordase le ocurre enterar a los niños, y al público lector en general, que Smurfit Cartón de Colombia, al cumplir cuarenta años, con la idea promovida por Gilma Jiménez Castillo y con los dibujos de Mario Gordillo, decidió patrocinar una edición de García Márquez en cartón. A pedacitos, Cobo logra su cometido. Publica fragmentos de Cien años de soledad, El amor en los tiempos del cólera, La increíble y triste historia de la cándida Eréndida y su abuela desalmada y un cuento: La prodigiosa tarde de Baltazar, del libro Los funerales de la Mamá Grande. 

Queda claro que el mundo es redon­do como una naranja, que Gordillo confunde a Simbad con el Mohán, que en Macondo se vuela en estera; que Uldarrico Minotta R. (diseñador gráfico y estructural) hace, con el material suficiente para dos libros, uno. Que es necesaria, al leer, una regla para no perderse entre los apeñuscados y largos renglones.

¿Hasta qué punto está logrado, en esta edición, el propósito del libro de acercar a los niños a García Márquez? ¿De crear en el público infantil la inquietud de leer cosas escritas para adultos? 

Es imposible para un niño, para cualquiera, concentrarse en el texto en medio de una cantidad de ilustraciones que no amenizan sino que perturban, porque atiborran las páginas. 

El texto no sobresale en el libro. Está tras los dibujos, y cuando no, está tan atiborrada de letras la página, una tras de otra, casi sin espacios en blanco, que es imposible leer. 

Le va mejor, a quien tenga en su casa otras ediciones de las obras escogidas por Cobo, repartirlas por páginas entre los niños y crearles la inquietud de dibujar los “cuentos” para que en una próxima edición los adultos que lanzaron ésta acaricien la posibilidad de un nuevo lenguaje editorial; más sencillo, más liviano, que no se desbarate en manos de un infante a la primera hojeada. 

Cabe anotar en esta reseña que el libro Los cuentos de mi abuelo el coronel no salió nunca al mercado. Fue un regalo de Smurfit Cartón de Colombia en su cumpleaños número cuarenta.

 

NICOLÁS ESPINOSA