Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 20, Volumen XXVI, 1989

 

De recuerdos y de sueños


Historias compartidas
Varios autores

Colección Literaria Mesa del Silencio, núm. 1,
Medellín, 1988, 85 págs.

 

La Mesa del Silencio, de Medellín, ha reunido en este primer volumen, Historias compartidas, diversos textos breves de cinco autores —varones y mujeres—, y los presenta con la valiosa intención de iniciar una colección literaria. Los escritos tienen la unidad de “un modo de hacer literatura, un tono, un cierto color local”. No hay alguna pretensión más que la sana tarea de sacar a la luz y entregar al placer del lector —o la lectora— páginas escritas a partir del deseo de escribir un sueño, de narrar una historia, de contar un momento, o de meterse en un recuerdo, variedades. Así los introduce: “Sin aspirar [a] una visión definitiva, su vocación es celebrar lo momentáneo, la ocasión, el fragmento”.

Aunque Virginia Woolf diga: “Escribir, expresar simplemente lo que son las cosas, de manera adecuada y exquisita, no basta. La escritura se basa en algo no expresado, y este algo debe ser sólido y entero”, Historias compartidas tiene mucho sentido como unidad, todo él, tan bonito, tan bien hecho a pesar de las erratas. Entrar a comentar sobre cada texto es ponerse en la tarea de desmenuzar la unidad para ir en búsqueda de redondeces que a veces no están. Elías, único relato de María Cristina Restrepo, está narrado con la fuerza que le imprime la primera persona, tiene un ritmo lento como el de Margó atravesando el patio de las azaleas. Elías, el jardinero, lleva a la protagonista por los ‘recuerdos, y se confunden Elías, el jardinero, el varón, en su casa y en la casa de Margó. Y ella, niña, siente el goce con el miedo; “entonces, yo retrocedía unos pasos para sentir junto a mí el calor reconfortante del cuerpo de un adulto, aunque ese adulto fuera Elías y me diera miedo” (pág. 19). En esa narración tan breve, escrita cuidadosamente, nos encontramos con la intensidad de la vivencia o experiencia mística y encaramos las fuerzas del bien y del mal en esas imágenes arquetípicas, la del diablo o la del profeta Elías, “subiendo al cielo en un carro tirado por cuatro caballos encabritados, las crines al viento, los ojos enloquecidos y las bocas abiertas en un relincho helado que casi se podía oír” (pág. 19).

Siguiendo el orden, María Elena Uribe de Estrada, de quien ya conocíamos Reptil en el tiempo, presenta Autominibiografía en gato gris. Ella nos habla de los gatos como el enigma, la obsesión de tantos escritores, e irremediablemente tengo que pensar en Saha de Colette. En este texto, también escrito en primera persona, los gatos forman parte de su vida, se entrecruzan con misterio, esperan el tiempo del retorno, o se convierten en su ausencia, en páginas del diario o en él mismo. Los nombres son sensaciones o colores: “o será que la vida se vuelve del color de los gatos que vamos poseyendo” (pág. 25). Así, su vida, que ella narra a pedazos, con esa profundidad que atraviesa espacios, corre paralela con los gatos: la niñez, el aprendizaje de la separación definitiva y la comprensión de la tristeza. La adolescencia se confunde con la urgencia de crecer y, con la huida, también viene la maternidad, por supuesto, y detrás de las cinco páginas va quedando el enigma. Es que “nosotros nos perdemos. Un gato se va” (pág. 29). 

De Esther Fleisacher hay dos narraciones cortas: Las tres pasas y Jotín. Son recuerdos de infancia atados a escenas familiares que nos acercan a otra cultura. Las historias son muy cortas y simples, y las imágenes se nos escapan antes de poderlas capturar. Iván Hernández entrega cuatro textos, escritos que parecen sacados de recuerdos también: Ana Cesar y María Helena relatan episodios de mujeres enigmáticas, enlazadas por la admiración a Emily Dickinson, por la poesía y por la muerte; un puñado de fantasía no arrastra entre el amor y la soledad. Los otros dos, Gloria y El coleccionista, cuentan historias que se quedan en el aire, entre palabras, entre frases, entre moralidades encajonadas. 

Por último, el libro trae varios textos de Elkin Restrepo, el poeta; por un lado, una decena de escritos breves, llamados Divertimento. Impecable en su manera poética. Son retratos de mujeres que muy bien podrían llevar un nombre propio: Fulanita. Diez fulanitas distintas sacadas de la realidad o de la historia, de la tradición oral, de los sueños o de los deseos de los varones y convertidas en pura literatura. Son retratos de la diversidad y de la confusión que muestran ellas mismas, vistas por él. Está, por ejemplo, la abnegada, esa mujer que se ha tomado en serio su papel y para quien la felicidad o el sufrimiento están presentes en “años y años de autoflagelante negación”; está la mansa que vive a la sombra; o la peluquera, Flor de Suburbio, cuya razón, como la del crisantemo, “consiste en embellecer el instante, no los siglos”; o aquella que dondequiera que va la rodean los hombres; o la que está al borde de la piscina y a quien la soledad la está matando; la que necesita fuegos fatuos, o la calientahombres, la mujer fantasma; en fin son una y mil, son terriblemente verdaderas, y los textos son divertimientos muy bien escritos, con un depurado tono de desdén. 

Los otros textos, titulados Diario de sueños, están fechados entre 1982 y 1986, como si verdaderamente fueran eso: un diario de los sueños, y van acompañados de dos dibujos que nos remiten a García Lorca. Estos breves escritos, cargados de imágenes que desbordan la realidad, están hechos con economía de palabras para construir imágenes entrecortadas, como si en verdad fueran extraídas de sus sueños, no los de la vigilia. Hay una riqueza en la simbología y toda la libertad para imaginar con cada frase un mundo y un submundo. Territorios inundados de magia, de miedos y deseos, de culpas grandes y pequeñas. Visitas del demonio o de la mujer lechuza que lo besa con su pico curvo; presencia de bestias, unicornios o pasajes de otras realidades menos ordinarias; la luna que se multiplica o el enfrentamiento del espíritu que no necesita dar prueba de su existencia. En verdad, se encuentran fantasía y pequeños poemas como este fechado en junio 6: “san Benito para más señas es un gato”.

 

DORA CECILIA RAMÍREZ