Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 20, Volumen XXVI, 1989

 

Micciones no tan sabias


El incendiado
Evelio Rosero Diago

Editorial Planeta, Bogotá, 1988, 314 págs.

 

La novela de Rosero Diago cierra su trilogía Primera vez, de la cual forman parte también Mateo solo (1984) y Juliana los mira (1985). La primera de las tres novelas había sido publicada en Colombia y la segunda en España, donde reside el autor hace un tiempo. Según los datos de la contraportada, El incendiado, relato que está fechado “Barcelona, enero 1986-octubre 1987”, le ganó la beca Ernesto Sábato para jóvenes escritores colombianos en 1986. 

El incendiado es un muy extenso relato (314 apretadas páginas) en que un narrador protagonista, Sergio Díaz Ríos, cuenta en primera persona lo que anuncia la frase que aparece en la cubierta y que no sabemos si es o no un subtítulo “Los muros, la casa, el colegio, venturas y desventuras de un niño”. El eje del relato es la constante evocación, cargada de nostalgias y culpas, que Sergio hace de lo ocurrido cuando cursaba segundo C de bachillerato en el Colegio Agustiniano del Norte, en Bogotá. El texto recrea, una y otra vez varias situaciones que indican su desagrado con el colegio, con su atmósfera dominada por el padre Bertildo, por el profesor de biología Zulé, etc., figuras adulto paternas prototípicas en estos espacios. No sólo la prolijidad de esas evocaciones constituye un obstáculo para la lectura. También su obsesiva insistencia en unas cuantas situaciones. Esto quizá lo perciba a ratos el narrador, como cuando dice: “Suelo sufrir hasta cuarenta versiones de una misma metáfora. Pero esto a nadie le importa” (pág. 151).  

El narrador rememora, con más minucia aún, las experiencias vividas con los compañeros de clase, que en historias así tendrán que ver por siempre con el traumático y siempre pospuesto desfloramiento masculino: las fantasías de Tribi con la empleada doméstica, las mentiras de Choco­chévere sobre ciertos placeres obtenidos con una gallina, las leyendas del cojo de Cuarto acerca de muñecas inflables extranjeras, etc. De alguna manera sinuosa, esas remembranzas dan razón a lo que había dicho Dylan Thomas: que los recuerdos de la niñez son numerosos, incontables, y que no tienen orden. 

Entre esas evocaciones, la que domina y focaliza las otras es la obsesión constante de Sergio por contar lo ocurrido con “Cocino”, su compañero de estudios. “Cocino” es el antihéroe por antonomasia: es obeso, lento, medio idiota, feo, huérfano y pobre. Virtualmente, cada uno de los segmentos narrativos reconstruye algún episodio de la relación de Sergio con “Cocino”, cargada de culpas por su muerte ocasionada por un enigmático incendio (de ahí el título. de la novela). 

Si es cierto lo que dice Carlos Fuentes, en el sentido de que una novela no es más que una carta extensa que el novelista escribe a sus amigos, uno puede muy bien preguntarse cuál es la relevancia de esta obra para aquellos que no hemos visto la fachada del Colegio Agustiniano del Norte, y que sólo por extravío cruzamos el barrio La Castellana, escenario urbano del relato. La pregunta no es cínica; antes bien, está autorizada por la ansiedad de realismo que el texto de El incendiado quiere para sí (“Nosotros somos como cámaras fotográficas”, pág. 46). En efecto, esta novela quiere que sepamos que, efectivamente, esos espacios del Agustiniano y de la Castellana existen. Que el barrio Rionegro existe, que toda la basura del país viene a parar a Bogotá, etc. En este sentido, la novela de Rosero no va mucho más allá del costumbrismo social colombiano de los años ochenta, territorio colonizado con idéntico nivel de aburrimiento y tedio por los programas “dramatizados” de nuestra televisión. El texto llega a describirse como “este tomo de Memorias del Colegio Agustiniano” (con mayúsculas en el original, pág. 287). Las incesantes evocaciones del mundo de la infancia, que ya todos perdimos por siempre (cruel condena), hubieran podido, por eso mismo, constituir una experiencia de lectura distinta. Desafortunadamente, no es éste el caso. El nivel anecdótico es trivial y repetitivo hasta la saciedad; la dilatación de conflictos y el abuso de su canibalización atenta contra lo literario, cualquier cosa que esto signifique. Por ejemplo, la escena del partido de fútbol entre segundo Ay tercero B, “que disputaban su clasificación para las semifinales del Mundialito” (pág. 101), está constituida por una sola frase de 26 páginas en la que la técnica de la desmesura, sin duda herencia de Ya-Se-Sabe-Quién, ha perdido cualquier efecto de poeticidad y se convierte en un mare mágnum de cláusulas subordinadas y modificadores adverbiales que pocos lectores agradecerán, según creo. Al comienzo de la novela, la primera experiencia del lector con el personaje “Cocino” queda teñida, literalmente, con la minuciosa descripción de su pantagruélico orinar, que habría durado horas, inundado el colegio y sus calles aledañas, curado enfermos, formado lagos, etc., etc., etc., según las tan exitosas fórmulas babilónicas (Marca Registrada) de Ya-Sabemos-Quién. Con todo, aquí se encuentra una de las pocas frases memorables de El incendiado: “Para poder orinar sabiamente sólo hay que empezar a orinar, nada más” (pág. 30). El resto de esa escena (y sus ecos) es, francamente, olvidable y no por lo escatológico. Montherlant trae a cuento ese acto en La petite infante de Castille, pero con una dimensión literaria que, si queremos, se puede ver como elegancia. 

Para terminar con una nota positiva, indiquemos la presencia en El incendiado de un juego de metaficción que puede ser interesante a pesar de bordear el cuché y la costumbre, como muchos de estos juegos de narración autoconsciente en la narrativa contemporánea Sergio, el narrador, tiene un hermano gemelo, Daniel, y ambos comparten un cuarto en su casa. El destinatario de las evocaciones que Sergio hace de “Cocino” es generalmente Daniel, quien se convierte en un lector del propio texto a medida que se va creando. Dani critica algunos aspectos de ese texto, como cuando le observa a Sergio:  

[...] ¿por qué esa manera de escribir? Putazos y maricazos y jodazos por todas partes. El último episodio no sólo es de mal gusto sino que falta a la realidad: no fueron precisamente cuatro los que se pasaron al papayo a la coima de Tribi, ¿sabes? Fueron doce maestricos [...] [págs. 145-146]  

Pero si inicialmente Dani critica a Sergio la “falta a la realidad” en lo que escribe, más adelante la insta e inventar. “Sergio —le dice—, me parece que debes inventar un poco, ¿sí? [...] Crear, procura crear, tú escribes las cosas tal como sucedieron, al pie de la letra, hermano. ¡En dónde está la invención!” (pág. 164). Los hermanos gemelos son, pues, escritor uno y lector el otro. Creador y recreador. Así hasta que crecen, salen de la casa, Dani se abre paso en el mundo como médico pequeño burqués, mientras que Sergio, drogado y traumático, sobrevive en los márgenes de la economía, escribiendo gacetas para los periódicos. E, improbablemente, continuando su “búsqueda de Cocino” y de su memoria. Para él, como para nosotros, la pregunta es: ¿valen la pena 314 páginas de apretado texto?

 

GILBERTO GÓMEZ OCAMPO