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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
20, Volumen XXVI, 1989
Por
una crítica de más alto riesgo
La realidad
nacional en su narrativa contemporánea. (Aspectos antropológico-culturales e
históricos).
Bogdan Piotrowski
Cuadernos del Seminario Andrés Bello, núm 2, Instituto Caro y Cuervo, Bogotá, 1988, 290
págs.
Un estudiante con suerte, Bogdan Piotrowski, ha
realizado el sueño de ver publicada su tesis. Durante los próximos años distribuirá
sus ejemplares entre amigos y colegas, dictará cursos y conferencias que amplíen sus
páginas, animará a sus estudiantes para que las lean y buscará en los diarios, las
revistas y las bibliografías alguna mención de su nombre.
Su trabajo ha sido considerable, y muy
probablemente no vuelva a componer un estudio de la misma naturaleza en lo que sigue de su
vida académica. A lo largo de los años, un hombre puede escribir innumerables libros,
pero sólo una vez se anima a escribir una tesis. La razón salta a la vista. Piotrowski
reúne en su bibliografía más de quinientos títulos entre novelas, diccionarios,
artículos, monografias y otras obras de referencia. Su estudio posee algo más de
cuatrocientas notas a pie de página (un promedio de dos notas por página) y su índice
onomástico recoge cerca de cuatrocientos cincuenta nombres.
Muchos estudiantes, ensayistas e investigadores
de la literatura suelen despreciar todo este aparato de notas, citas, índices y
bibliografías, por considerar que atenta contra la vitalidad del estilo y la originalidad
de su propio pensamiento. Noel Coward, citado por G. W. Bowersock, decía que encontrarse
con una nota a pie de página era como tener que bajar las escaleras
para abrir la puerta mientras se estaba haciendo el amor
(1)
. Así presentaba el texto como un espacio de
placer que se oponía en todo al deber documental y casi burocrático de la nota a pie de
página. Esa oposición, sin embargo, no puede formularse de una manera tan radical. La
nota no sólo está en el fondo de la página legitimando con su auctoritas las
afirmaciones del texto sino que, además, va puntuando su curso, va mostrando la forma en
que el texto ha sido tejido y en que el autor ha encontrado un lugar
para su voz en el concierto de otras voces y de otras posibilidades del pensamiento
(2)
. Las notas, y también las citas, los índices
y las bibliografías, son una de las herramientas más eficaces con que cuenta un
investigador para indicar los textos en que funda su sistema literario.
Pero este tipo de estudios no sólo debe
recuperar lo que otros autores han dicho. Una investigación literaria debe, además,
saltar en el vacío y arriesgar una comprensión y proponer una explicación que supere el
nivel elemental de lo ya sabido y constatado. Bogdan Piotrowski no se ha decidido a dar
ese salto, y allí donde debía pasar del ejemplo al pensamiento, de la ilustración a la
explicación, se ha detenido. Sus maestros le han enseñado a utilizar los incontables
recursos de una biblioteca, pero no han podido iniciarlo en el arte de distribuir sus
fichas de investigación en un orden más creativo, más comprensivo y problemático. Una
oxidada mecánica del reflejo, una perogrullada, gobierna su tesis: la literatura
colombiana es colombiana porque en ella se mencionan hechos históricos colombianos y
lugares que forman parte de la geografía colombiana. Para demostrarlo, Piotrowski elige
una obra criollista (La marquesa de Yolombó de Tomás Carrasquilla), dos
indigenistas (Toá de César Uribe Piedrahíta y Cuatro años a bordo de mí
mismo de Eduardo Zalamea Borda) y todas o casi todas las novelas de la
violencia.
Probar que una obra es colombiana porque en ella
se nombran hechos históricos colombianos o regiones colombianas, requiere de dos tareas
complementarias. La primera de ellas consiste en inventariar todos los objetos, sucesos y
lugares que se mencionan en las obras; las segunda se propone constatar la verdad o la
realidad de esos objetos, sucesos y lugares con ayuda de otras fuentes bibliográficas.
Ambas tareas exigen un derroche de disciplina académica que puede hacernos sonreír.
Así, por ejemplo, las referencias de Carrasquilla, en La marquesa de Yolombó, a
los galanes de Angola y a las beldades del Congo obligan a
Piotrowski a consultar los trabajos de Manuel Zapata Olivella, Pedro Simón e Idelfonso
Gutiérrez Azopardo, antes de concluir que los negros yolombeses podían ser, sin duda,
mandingas, berberíes, golofios, biafras, zapes, minas, bantúes, dahomeyanos,
angolas, monicongos, bandas, banguelas, cafres, etc. (pág. 109). Del mismo modo, la
mención en Toá del yoco y el yagué hacen que el estudiante consulte un artículo
sobre Etnohistoria y arqueología que le permita determinar las variedades de
plantas estupefacientes de la Amazonia y aun sus nombres científicos: banisteriopsis
capi, banisteriopsis inebrians, banisteriopsis rubyana, tetrapterys methystica, etc.,
(pág. 150). El caso de las novelas de la violencia es todavía más elemental: dado que
en ellas la muerte es un trágico Leitmotiv, Piotrowski demuestra que esas
muertes reflejan una época de nuestra historia presentando un cuadro estadístico de la
violencia que Paul Oquist reproduce en su Violencia, conflicto y política en Colombia (Piotrowski,
pág. 92).
La simplicidad crítica de Piotrowski no puede
ser más conmovedora. Sin hacerse mayores consideraciones, se resigna a constatar
documentalmente la verdad o la realidad de los eventos que
aparecen en una obra y convierte esa resignación en un método crítico. Sus inventarios
no son menos ingenuos que fantásticos: enumera los instrumentos musicales que se
mencionan en La marquesa de Yolombó, los nombres del diablo y de los santos que
veneran los yobombeses, las tribus indígenas que aparecen en Toá, las castas
guajiras de Cuatro años a bordo de mí mismo, las novelas de la violencia que
incluyen personajes históricos, las novelas de la violencia que no incluyen personajes
históricos, las novelas de la violencia en las que los personajes emigran del campo a la
ciudad, las novelas de la violencia en las que no emigran, las novelas de la violencia
llenas de negocios turbios, las novelas de la violencia donde aparecen autoridades
inmorales, las novelas de la violencia en que se hacen críticas el ejército, las novelas
de la violencia en las que se cometen ilegalidades, las novelas de la violencia en las
que... etcétera, etcétera.
Si Piotrowski
hubiera revisado con más detenimiento la elemental concepción de la realidad que
gobierna su trabajo, no habría cometido estos excesos. De forma olímpica supuso que la
realidad esta ahí, a nuestra disposición, y que el lenguaje puede nombrarla, reflejarla,
enumerarla y clasificarla sin mayores complicaciones. Citó a Wilhelm Dilthey y a
Benedetto Croce para afirmar que la literatura es expresión de la conciencia social
(pág. 15); citó a Horacio Ut pictura poesis antes de decir que su
objetivo era mostrar cómo participan los reflejos de distintos campos de la
realidad colombiana en la función icónica de la narrativa (pág. 95). Pero el
prestigio de esas citas es ilusorio. Piotrowski no considera complejas ni problemáticas
las relaciones entre las palabras y las cosas, y enfrenta unas a otras como si la función
icónica de la obra literaria consistiera en esa oposición simple. Y aunque entiende que
la literatura es también un factor activo (y no sólo un reflejo pasivo) en el
proceso histórico
(pág. 15), pocas veces llega a ocuparse de las necesidades ideológicas que estas obras
pretenden satisfacer. Su estudio de la novela de César Uribe Piedrahíta es, en un
momento, apenas una excepción:
La actitud del
autor de
Toá [...] no
fue aislada. En los años de la siguiente intervención peruana (1932-1933) que pretendía
la conquista del trapecio amazónico, fueron editados varios libros sobre el tema de la
Amazonia. Demuestran ellos el manejo de la conciencia social y los intereses de la
sociedad en este asunto. Se publicó entonces, por ejemplo, Los piratas del Amazonas.
(Historia del conflicto colombo-peruano), de Alfonso Mejía Robledo, y se reeditó el
famoso escrito de Vicente Olarte Camacho, Las crueldades de los peruanos en el
Putumayo y el Caquetá. [pág. 59].
En 1978 el Instituto Caro y Cuervo inició (e
interrumpió) la publicación de los Cuadernos del Seminario Andrés Bello. En las
palabras de presentación, Rafael Torres Quintero declaró que su objetivo era divulgar
aquellos trabajos de los estudiantes que se distinguieran por su rigor metodológico, por
el orden y la claridad de sus ideas (y no necesariamente por su originalidad), por el uso
correcto del lenguaje y por el empleo acertado de las técnicas del trabajo científico.
Este segundo número de los Cuadernos (a diez años del primero) se ajusta a esa
sucinta descripción de la investigación académica. El estudio de Bogdan Piotrowski
contiene todas sus caulidades y también, sin duda, todos sus defectos. No sería justo
desconocer el esfuerzo ni la laboriosa composición de su trabajo. Como siempre sucede,
todo está por comenzar: aquí están las bases para una crítica literaria de más alto
riesgo.
J.
E.
JARAMILLO ZULUAGA
(1) G. W. Bowersok.
The Art of the Foot Note, en The American Scholar, invierno de 1983-1984,
págs.
54-62.
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(2)
En
una nota a pie de página, dice Jean-Pierre Richard: No existe en el momento un
estudio de la nota que pueda esclarecer su funcionamiento. La frecuencia con que recurro a
ella en el presente ensayo, puede invocar dos razones diferentes. En primer lugar (y dado
que todo estudio se alimenta de la utopía de un sentido coherente e indefinidamente
ramificado), el deseo de matizar aquí y allá una descripción, de abrir perspectivas
laterales, de citar motivos secundarios y, al mismo tiempo, de establecer unos limites
encontrando en ellos la seguridad siempre lineal del discurso. En segundo lugar, las notas
responden al deseo de ampliar un pensamiento en otros niveles eventuales del sentido,
interrogándose de forma específica, sobre este o aquel motivo privilegiado, sobre su
origen o su manifestación, sobre las posibilidades que ofrece un tema o, de un modo más
simple, un fantasma.
(Proust et le
monde sensible,
Paris,
Editions du Seuil, págs.
7-8. La
traducción es mía). (Regresar a 2)
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