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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
20, Volumen XXVI, 1989
Las
polémicas estériles
La polémica modernista: el modernismo
de mar a mar (1898-1907)
Ignacio Zuleta
Instituto Caro y Cuervo, Bogotá, 1988, 291 págs.
La autenticidad de un movimiento, un género,
una escuela o un estilo literarios problema de una teoría de las formas
artísticas es un hecho histórico y, como tal, íntimamente ligado al momento y al
lugar de su aparición. Desde una teoría de las formas, nada tiene que ver una tragedia
de Racine con una de Eurípides o los monumentos homéricos con la épicoromántica
exaltación del indio en Tabaré, por ejemplo. Otro tanto puede suceder con la
generación caótica de movimientos en nuestro tiempo.
El libro de Zuleta no parte de una definición
histórica del modernismo ni apunta hacia ella, lo que sería fundamental para una
sustentación crítica del trabajo. La polémica modernista adolece de la misma
falta de visión histórica que la mayoría de los trabajos de crítica literaria de
procedencia estadounidense. Acaso la polémica modernista pueda resumirse en
el fatuo y ambiguo panorama de los puntos de encuentro y de desencuentro entre el
modernismo y su equivalente cronológico en España. Por ejemplo: cosmopolitismo y
nacionalismo encuentro y las discrepancias en la consideración del progreso y
de la Europa finisecular desencuentro. El asunto del libro podría ser algo
más particular: la influencia de algunas hispanoamericanas, en especial Darío y Gómez
Carrillo, en las letras españolas de principios del siglo, marcadas, en su oficialidad,
por la presencia de la generación del 98; esa influencia, casi siempre rechazada y a
veces mal asimilada, coincidió con el momento de la necesidad de una renovación en
España; este momento sirve de catalizador para que el modernismo se convierta en patrón
para medir la novedad de la civilización europea o su vejez y decadencia.
Porque aquí la idea de modernismo que campea es
la que erigieron las polémicas estériles de la crítica española de ese
tiempo, casi que un resurgimiento de la controversia de antiguos y modernos.
Desde una perspectiva española, resulta fallido el propósito del libro, a saber,
poner en evidencia, por medio de la interpretación de lo dicho por la crítica
española sobre el modernismo hispanoamericano, aquellos aspectos en que lo americano
incidió como elemento cultural con identidad propia en el desarrollo de la literatura
española. Lo que está en discusión no es la identidad propia del modernismo
hispanoamericano, sino una identidad propia de las letras españolas.
Ignacio Prat, en la introducción a su Poesía
modernista española, da por hecho la existencia de un movimiento modernista en
España por la constatación de una crítica antimodernista, criterio en el que incurre
también el libro de Zuleta.
El panorama que
ofrece la crítica española sobre el modernismo podría ser clasificado así:
1.
Una
crítica básicamente adversa, sintomáticamente impresionista, y estelar en cuanto a sus
protagonistas, dobles actores de la prensa y la literatura:
Juan
Valera, para quien modernismo es sinónimo de afrancesamiento, y en quien los
antimodernistas recalcitrantes reconocen blandura porque al final de su vida despaché
algunas críticas favorables a un par de libros. Véase un ejemplo de
crítica ...se lee una muy original introducción de D. Rubén
Darío, el más ingenioso a mi ver de cuantos han introducido en la poesía castellana
ciertos modernismos franceses, adaptándolos con arte y tino tan felices, que hasta el
más intransigente los perdona, los aplaude y presume que, si no se exageraran, pueden
infundir, en la rica poesía española, algo de nuevos tonos y colores.
Clarín,
quien pretende hacer una curiosa síntesis de crítica estética que no vemos
y crítica moralista. El modernismo para él es degeneración moral; en él la crítica
impresionista nos presenta su retórica metafórica: Se casará con una dama
hermosísima, que es la fama bien ganada, si antes no le engaña una querindanga, llena de
postizos, pintada de modernismo, alcanforada con humo de carbón decadentista y otras
suciedades de droguería seudoestética, dice de Benavente.
Eduardo
Gómez de Baquero, menos prevenido y con espíritu atento a todo lo nuevo, ataca la
extravagancia y afrancesamiento del modernismo hispanoamericano, con un aire nacionalista:
¡Ah, señor Fombona, para hacer eso y aun algo mejor que su merced, tenemos aquí
al señor Valle Inclán que, además de conocer a Rodaine, y a Verlin, y a Merlin, y a
Mme. Pardo Bazaine, echa comedias y tiene aun mejor pelo que Thuillier y también ha
estado en Caracas.
Antonio
de Valbuena, escritor chistoso, dice Díaz-Plaja como los tres
anteriores, en el mal sentido de la palabra, caricaturista, por no poder ser otra
cosa, del modernismo: Esa cosa está en verso, es decir, está descrita en
rengloncitos desiguales que parecen versos. Pero ni estos rengloncitos son versos ni la
cosa es poesía
En fin, una crítica crecida al amparo de la
prensa, asociación casi siempre perniciosa y, por lo mismo, siempre
respetable.
2.
La
crítica de la generación del 98, elaborada, no con apasionaivientos antimodernistas,
sino al calor de la sinceridad y la preocupación histórica, por Azorín, Ganivet,
Unamuno, Baroja y Ramiro de Maeztu. Dámaso Alonso resume sus diferencias, un poco
esquemáticamente, hablando de esteticismo del modernismo en relación con el rigor de
pensamiento del 98, o de la irresponsabilidad social del primero frente al compromiso
histórico del segundo. Digamos, en resumen, que para los noventayochistas es válida la
actitud de renovación del modernismo, actitud que, sin embargo, resulta demasiado pobre
por su falta de orientación histórica.
3. La crítica
de caricatura, libelo y parodia, apoyada en la crítica oficial antimodernista y
también de prensa, elaborada por caricaturistas, libeladores y parodiadores, no por
críticos literarios: anónimos que emplean la parodia para ridiculizar personajes de la
vida pública, lo que sólo demuestra la popularidad de ciertos poemas, sufriendo el
destino de todo lo popular, la vulgarización, bien decía la verdulera de Beethoven que
era hermosísima su Joda a la alegría: Canción de Maura en
Primavera, contra Antonio Maura, o Juventud, divino tesoro,/ya te vas para no
volver... / Hoy con Dato y Pidal me lloro,! me lloro todo sin querer, joyas del
humor popular y el mal gusto, como Segismundo está triste.... ¿Qué tendrá
Segismundo?. Entre los autores de este género se destacan Juan Pérez Zúñiga, con
Estertores azules, y Melitón González, con un Tenorio
modernista, en el que se lee: Juan://Me hacéis brotar el risaje,/ Modernizar
es lo estético;/ Lo que es del cosmos: Cosmético,/¿Grupo de coros?
Coraje;/ De funda, Fundamentos;/De varias calvas, Un
calvario,/Tenor de óperas, Operario,/Comer de balde,
Baldear .
4.
La
crítica científica, de Nordau y Guyau, con alimentadores positivistas como
lame: el modernismo es ahora el buen mal del siglo del que hablara Silva,
decadencia social, racial e histórica y, en cl caso específico de los estudios de
Nordau, degeneramiento biológico, sintomático en la emotividad, el abatimiento, el
ensueño vano, la duda y hasta el misticismo.
5.
La crítica
histórica, formulada por quienes podían ver un poco más allá de sus narices:
Federico de Onís lo considera la
experiencia americana de la apertura mundial a una nueva sensibilidad.
Ricardo Gullón, en una elocuente
suscitación a la teoría del horror vacui, habla ya de una búsqueda de
identidad hispanoamericana, que llena su ausencia de respuestas con extranjerismo.
Gustav
Siebenmann, seguramente sin mayores repercusiones hispanas, no cree, como De Onís, que el
modernismo se corresponda con la época de la crisis europea: el modernismo es optimista y
exalta la belleza frente al caos; el poeta europeo vanguardista es pesimista, frío,
calculador, quiere destruir lo que crea.
Fray
Candil, de nombre Emilio Bobadilla, al parecer tenaz antiamericano, tiene la valentía de
hacerse sospechoso de nacionalismo, protestando contra la inautenticidad del movimiento
hispanoamericano, incapaz de mirar sus realidades cotidianas.
6.
La
crítica implícita en los poetas sobresalientes de la época.
Salvador
Rueda, poeta modernista antes del modernismo dariano. Su supuesto modernismo
no tiene, por tanto, bases americanas; es un poeta excepcional, pero explicable dentro de
esa curiosa tradición de excepciones españolas: la música y lo aquelárrico de la
poesía de Rueda los podemos encontrar en Bécquer.
Juan
Ramón Jiménez es el primero en reconocer en el modernismo hispanoamericano un movimiento
unitario y coherente; molde como para hacer ejercicios y pasar a la estética
valeriana.
Antonio
Machado, entre el romanticismo y el 98, es poeta regionalista y metafísico; es, solo y
sólo Antonio Machado.
Miguel
de Unamuno aprecia a las principales figuras del movimiento, tanto como las desdeña en su
poética.
Como siempre, se le hacía noche a España
oyendo con resquemor los berridos de nuestro continente: la renovación se
abriría paso mirando hacia Europa su decadencia y su permanencia, con la
generación del 27; sólo ahí se calibrarían las diferencias entre el viejo y el nuevo
continentes.
OSCAR TORRES DUQUE
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