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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
20, Volumen XXVI, 1989
El
celador del cementerio
Poesía
escogida
Julio Flórez.
Prólogo de Harold Alvarado Tenorio. Arango
Editores/El Ancora Editores, Bogotá,
1988
Para un espíritu tan libre como el del lector
contemporáneo, cuesta creer que una literatura se sustentara solamente con la insistente
repetición de unos pocos temas. Es cierto que, y todos los grandes escritores así lo
confirman, la literatura gira alrededor de varias obsesiones, pero de algún modo éstos
se cuidan de darle una forma distinta en cada uno de sus libros. Es un merodeo; en el
modernismo era un acoso. En Julio Flórez (1867-1923) se pueden observar estas
características.
En cierta medida, la poesía colombiana ha
tenido un papel reconciliador en períodos de gran turbulencia. La publicación en 1886 de
Lo lira nueva puede verse como el final de una época de guerras y como un
principio de ordenación literaria e histórica, ya que los poetas tenían como misión
combatir un medio hostil con el arma que consideraban la más alta del pensamiento: la
literatura. Para referirnos al ámbito estrictamente andino, Bogotá en 1886 era una
ciudad que contaba con once periódicos, se podían conseguir libros extranjeros en las
librerías y mostraba gran afición a la poesía, ya que su forma cortés y elegante era
sinónimo de una manera de ser del bogotano. Esto, es indudable, los influyó a todos,
pudiendo observarse este fenómeno desde dos puntos de vista: la importancia concedida a
la poesía y escribir poesía para ganar importancia. En Julio Flórez se observa que no
fue ajeno a estas circunstancias. Un deliberado afán de escribir para la galería surca
inmisericordemente toda su obra. Esto nos lo confirma Max Henríquez Ureña: Julio
Flórez se inferiorizaba cuando quería ahuecar la voz; y si se comparan sus dos odas a
Víctor Hugo, se puede advertir que la más larga, la que recitaba ante públicos
heterogéneos, no es más que un encadenamiento de sonoros
efectismos, entretejidos en torno a una idea diluida y hueca
(1)
.
De allí que los sentimientos se extremen, el
dolor se aumente, el patetismo sea realmente patético.
Pero lo fundamental no es quedarse con lo bueno
y desechar lo malo, sino comprenderlo en su totalidad; un poeta que arrastra un
romanticismo desleído como una vieja capa, un poeta que fundó la Gruta Simbólica, un
poeta que no sucumbió a las tentaciones de la política, un poeta que tenía una muy alta
concepción de su propia poesía, son aspectos que es necesario valorar, ya que intentar
convertir sus versos mediocres en buenos versos en un error.
Para su valoración tenemos este libro, donde se
incluye desde el ripio más categórico, pasando por su actitud ante la política del
gobierno A la neutralidad, pág. 118 y los versos heroicos
aunque su estro carecía de vigor para la empresa, como apunta
Henríquez Ureña a lo que propiamente se ha considerado como su obra.
Las novedades extranjeras estimularon la
comparación de distintas escuelas literarias, enriquecieron las charlas insustanciales de
las veladas y contribuyeron a afianzar un gusto europeizado que giró en torno a dos
poetas: Núñez de Arce y Víctor Hugo, también conocido como el
poeta del siglo. A estos autores, que nos recuerda Santiago Londoño
(2)
como pilares, habría que añadir otros dos:
Carnpoarnor y Bécquer. Estos eran sus planetas literarios, aunque también la influencia
de Silva se hace notar en composiciones como En el cementerio (pág. 39) y en todos
los poemas del Año Harmónico.
Si se comparan las obras de Flórez con las de
Silva, encontraremos que los dos parten de un mismo punto pero que llegan a resultados muy
diversos; la calidad del segundo es infinitamente superior a la del primero, por limpieza,
por claridad, por transmisión de sentimientos, por el manejo de un amplio lenguaje.
Flórez es un paso hacia atrás, Silva lo es hacia
adelante concluye Armando Romero
(3)
.
Pero la admiración que sentía Flórez por Silva era enorme, tal como se puede observar
en los tres hermosos sonetos que incluye este libro; el segundo de ellos es de una enorme
sencillez y quizá sea el más valioso, por poseer cierta inquietante tosquedad:
allí van los
poetas de armas ruidosas
y de frentes heladas y pensativas.
El lector se pregunta: pero, ¿cuáles pueden
ser esas armas ruidosas? ¿Será el sonido que provoca una armadura, será el
escudo y el morrión? Hermoso tema para Alfonso Reyes. Julio Flórez, tal como lo podemos
rescatar en este libro, era un hombre mortificado, bohemio, anárquico, monotemático,
incurable; sus colores provienen de un prisma que solamente manejaba una gama de grises y
donde prima el negro; sus temas obligatorios y recurrentes serán la muerte, la noche, el
amor a la madre como refugio seguro ante el desplante de las mujeres. Darío Jaramillo
Agudelo lo llamó celador del cementerio universal de la poesía; esto, sin
duda, le hubiera agradado.
RAMÓN COTE BARAIBAR
(1)
Max Hcnriquez Ureña, Breve
historia del modernismo, México, Fondo de Cultura Económica, 1954, pág. 325. (Regresar a 1)
(2) Boletín Cultural y
Bibliográfico, núm. 9, 1986. (Regresar a 2)
(3)
Armando
Romero, las palabras están en situación, Bogotá, Procultura, 1985. (Regresar a 3)
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