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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
20, Volumen XXVI, 1989
La
poesía como compañera de la vida
Campesino en
la ciudad
Carlos Jiménez Gómez
Editorial Retina, Bogotá, 1988
El motivo es claro y, por lo tanto, de raíces
profundas; las palabras, diríase, entrañables, en el ánimo de una composición que a la
vez relate y delate. Es el libro Campesino en la ciudad, colección de poemas de
Carlos Jiménez Gómez, en esmerada edición que ilustra un grabado (El campesino) de
Aníbal Gil. Sólo está acompañado de un subtitulo que, como todos, no dispone sino
predispone al lector: La estética del desarraigo, y la fecha de edición es
el 10 de diciembre de 1988.
Y otros
poemas, dice, en total treinta y ocho, por los cuales desfilan los arquetipos de la
vida ancestral y dolorosa del campo, seres, imágenes, hábitos, anécdotas; que devuelven
la imagen de unas existencias en el límite trágico que las lleva a abandonar su lar.
Entonces son el recuerdo del fuego del hogar frente al desierto de las calles hostiles.
Más que estética es drama esta s4cesión de visiones, de contrastes y puestos:
En mi vereda yo
me llamaba Juan,
Hijo de Juan y Juana,
nieto y chozno de Juan.
Los Juanes éramos un río viejo
que desde lejos se oía cantar.
Aquí los Juanes no importamos.
Este aquí es la ciudad, y quien
habla alza la voz en nombre de los hombres del campo, inexistentes por el sino del
desarraigo. Una vida se cierra y otra que es agonía se abre. En términos
generales, el libro es triste en cuanto a las anécdotas, y recuerda a uno de nuestros
clásicos, la Melancolía de la raza indígena, cuando otro hombre célebre se
preocupó por el destino de la gente que alimenta la tierra que nos da el alimento. Triste
y, más aún, oscuro en los escenarios y los actos. Prima el recuerdo, o los recuerdos de
la vida no tanto del campo sino de la provincia y la aldea, como fuera del tiempo y de la
historia, que de pronto caen sobre ellos, así en un descenso del paraíso al infierno o
del corazón a las lágrimas; paso de la ilusión a la verdad o del engaño al
desengaño:
La linda
provinciana,
con todos sus retoños
y sus macetas de geranios
desembarca animosa en la
ciudad.
Y es la tragedia humana, que habla no tanto del
desarraigo como de la inhumanidad de las ciudades, de la depredación del sentimiento y
del valor, aun de la vida, en instantes que llegan a hablar de lo sórdido.
Desde luego,
está en el poemario la situación concreta de Colombia, y hay un enjuiciamiento tanto a
la historia como a la vida social y a la tradición política. Pero hay un motivo central:
la destrucción de la identidad de las personas, que llegan a ser para sí mismas
desconocidas y extrañas. El desarraigo llega a su punto último cuando el exilio es
dentro del propio suelo:
No se qué fue
del hijo de mi
madre.
Ya no me reconozco.
No hay espejo que responda
por
mi,
por el que era yo entonces.
El que creía tantas cosas bellas,
el del alma lilial y el corazón de
niño.
El campesino ingenuo,
elemental,
ya no existe en verdad ese sujeto.
Murió de multitud,
de ciudad y de asfixia.
Están los tópicos de una vida de hogar que al
alejarse ha desaparecido y con ella el sentimiento que la alimentara. Los poemas son
también como pequeñas estampas, casi como cuadros de costumbres que retratan el alma de
seres y de objetos, dentro de un conocimiento real de esa vida (si se acerca la lente de
aumento, el tipo dibujado es el de antioqueño), a la cual está el autor unido por lazos
cordiales y vitales. Los versos son de un corte tradicional, en ritmo y lenguaje, y casi
coloquial, donde estaría la virtud que revelan los lazos de la sangre.
¿Podríamos decir que es poesía social o de
denuncia? No es, definitivamente, esa la intención, aunque el soporte esté en el deseo o
la necesidad de sacar a la luz una peculiar circunstancia de la condición humana,
envuelta en la negación del destino y en la desdicha de la frustración. Y, tanto como
del campesino o de su desarraigo, podría entresacarse de los versos una versión de la
ciudad moderna, sobre todo las que han edificado o destruido las sociedades degradadas,
que seria el caso de la nuestra. Cuando no hay comunidad humana, no hay ciudad, que es su
habitación, o sea: la habitación niega a su habitante, vuelto ajeno a las cosas
familiares.
No obstante, hay
una segunda sección que contrasta con ésta, en cuya glosa hemos querido caracterizar el
aliento más general del libro. No varían enteramente en motivo los poemas, pero sí se
hacen íntimos, más personales. Hay uno, en especial, que calificaríamos como demanda a
la palabra poética. Es el que la inicia, titulado, justamente, A la poesía, cuya
transcripción debe ser íntegra:
No me des las
flores del campo.
Regálame las de la vida.
No me describas los colores de la aurora.
Despiértame cuando vaya a amanecer.
No me cantes las alabanzas de las muchachas.
Dame de comer en el panal de su corazón.
¿Para qué la sombra de los árboles
si puede mitigar en su savia mi sed?
Llévame de la mano.
Llévame al fondo de las cosas.
Préstame tu lámpara
y desciende conmigo
pero no al ritmo de tus compases de fiesta
sino al de tu música interior.
El giro es claro y profundo, y va en busca de
esas pocas palabras verdaderas que pedía el clásico. Está, en el pórtico,
la idea o el sentimiento de la poesía como compañera de la vida, como su guía o su
lazarillo, así, personalizada y así amada y buscada. Se la llama en ayuda de los días y
de su iluminación para estar al lado de las cosas. También ella explica esas cosas, esto
es, que hace el mundo comprensible, en un reclamo, aquí, profundamente humano, y en
actitud de verdad lírica.
La poesía establece el coloquio con las cosas,
y los poemas que vendrán se hacen meditativos, casi abstractos a veces, pero con las
razones del corazón que quiere penetrar en el hecho de ser. También, por ello, son
poemas de una conciencia solitaria, y podríamos tomarlos como los pensamientos del hombre
inmerso en la multitud, y por lo tanto, en su soledad, en esta peregrinación ya no por la
tierra sino por el tiempo, y no el de los relojes sino el interior.
Sería el drama entre la intimidad y el mundo,
entre aquellos que somos y lo que no es nosotros, drama que se intensifica con la imagen
del hombre elemental, dibujada en los poemas iniciales. Y, en este doble juego, el mundo
es contrario, estar en él es como estar fuera, en lo que no nos pertenece ya,
comenzando por el protagonista mismo de la acción, que tiene que olvidarse de sí para
cumplir con ella. Entonces, la visión de la naturaleza se hace idílica, cuando en el
relato de la vida campesina no estaba presente el mundo natural. Por enunciados como
éstos se hace inmensamente seductor este libro que traza el rumbo que, desde el exilio de
la propia alma, lleva hasta la poesía:
Cuando cae la noche
voy a mis soledades.
Recorriendo mis sendas interiores,
tomo aquí del jardín y del paisaje,
allí del cielo o de la brisa pura.
JAIME GARCIA MAFFLA
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