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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
20, Volumen XXVI, 1989
Patrimonio
recuperado
Patrimonio cultural del valle de Aburrá
Cámara de Comercio de Medellín, Area
Metropolitana del valle de Aburrá, Medellín,
1989
Inventario del patrimonio cultural de Antioquia.
Volumen 1: Edilicios públicos e iglesias de Medellín
Gustavo Vives
Dirección de Extensión Cultural, Secretaria
de Educación y Cultura de Antioquia, Medellín, 1985
Inventario
del patrimonio cultural de Antioquia.
Volumen II: Colecciones de Santa Fe de Antioquia
Gustavo Vives
Dirección de Extensión Cultural, Secretaria
de Educación y Cultura de Antioquia, Medellín, 1989
1850-1959: Cien años de arquitectura en
Medellín
Catálogo de la exposición, Area Cultural Banco
de la República, Medellín, Bogotá. 1989
Antioquia la Grande es un mito que
periódicamente se realimenta, bien con obras de envergadura ayer el túnel de La
Quiebra, hoy el tren metropolitano pero sobre todo con imágenes y conceptos que
apelan al inconsciente colectivo, donde parece dormir la fantasía de la superioridad
racial.
En medio de la llamada crisis general de valores
y de la mercadológica necesidad de mejorar la imagen de la ciudad, se reactivan los
elementos del mito. Para el ciudadano común, el pasado y los invocados
ancestros se convierten en una vaga saga de arrieros, diestros comerciantes,
colonizadores de hacha y todo el maíz. En este contexto-crisis y publicidad que brilla y
da esplendor se abre por primera vez el libro mayor de la cultura y se asienta con
buena letra la lista de bienes culturales, en un valioso esfuerzo por recuperar los
vestigios heredados de los antecesores, y en los que tal vez se encuentren algunas de las
claves de lo que hemos sido.
Si las generaciones presentes han acompañado el
progreso con el olvido y la destrucción, cómo en el caso del llamado
desarrollo urbanístico, eufemismo para designar la especulación inmobiliaria, también
surgen voces que quieren reconstruir y proteger los restos de las raíces. La parcial
generalización de esta conciencia ya ha alcanzado, por fortuna, a algunas instituciones y
a algunas directrices oficiales.
El balance de esta contabilidad de urgencia y
rescate muestra que no es tanto lo que se tiene, como se podría creer, ni tan poco como
es poco lo que se conoce. Revela también que, visto en perspectiva, hay un gran pasivo
frente a la reducida cuenta de activos, y que en el estado de pérdidas y ganancias la
cifra final aparecería en rojo si el contador implacable de la historia midiera la
destrucción.
En sus orígenes, Antioquia fue una región
aislada y secundaria. Sólo desde fines del siglo XIX, tras auges temporales de la
economía aurífera, se colocó en primera línea en el crecimiento económico. Pero
durante mucho tiempo fue una sociedad sumida en el estatismo dependiente, hasta que la
necesidad de ampliar las fronteras agrícolas la puso en movimiento. Fue muy escaso el
espíritu de conservación que tuvieron sus habitantes tradición que algunos se
empeñan en conservar y quedó relegado a los escenarios religiosos, políticos y
administrativos. Se conservó principalmente lo que tenía valor económico y valor como
símbolo de poder, de legitimidad, de pureza de sangre y, por supuesto, las obras que ni
el tiempo ni la incuria de los hombres pudieron vencer.
La Cámara de Comercio de Medellín, en asocio
con el Area Metropolitana, ha publicado un libro que aspira a registrar y valorar
las obras y los sitios que por su interés histórico, religioso, arquitectónico,
turístico, ecológico, de amoblamiento urbano y explícitamente cultural, merecen
considerarse como patrimonio del Valle de Aburrá (pág. 15).
El prólogo, escrito por el expresidente
Belisario Betancur, ofrece unas evocadoras páginas que conservan la emoción de su primer
encuentro con el valle de Aburrá, pero para nada se refiere al contenido del libro.
Se hace un recorrido por cada uno de los diez
municipios que conforman el área metropolitana del valle de Aburrá, incluyendo un plano,
una breve reseña histórica, buenas fotografías y el patrimonio inventariado. Aunque el
título promete Patrimonio cultural, la obra reúne más bien un inventario
del amoblamiento junto con los sitios de interés turístico, los caminos o carreteras
pintorescas, así como cementerios, iglesias, cerros, parques, algunos barrios, represas,
plazuelas, bibliotecas, algunas escuelas, unidades deportivas, charcos, algunas quebradas
y casas-fincas. Todo ello clasificado en alguna de estas categorías: arquitectura,
cultura, ecológico, histórico, paisaje, religioso, turístico y urbano.
Esta mezcla según la cual todo es cultura, todo
es patrimonio y viceversa, proporciona unos criterios que no siempre se aplican con
consistencia: de una carretera que une a Girardota con Barbosa se puede saber hasta
cuántos trabajadores la construyeron, mientras que, por ejemplo, los museos quedan
relegados a un plano muy secundario. El proyecto es ambicioso pero termina siendo
superficial. No distingue lo accesorio de lo importante: todo cabe en el costal de la
cultura, desde los charcos de Barbosa y el ancón de los Yamecies, hasta una iglesia, una
vereda y la escuela de varones, y sigue la lista a lo largo de las 186 páginas.
Hay un afanoso interés en encontrar un
patrimonio, afán que conduce a su sobrevaloración y a cambiarles los nombres a las
cosas. No tienen el mismo valor simbólico y cultural la catedral de Medellín o el cuadro
de san Lorenzo que el parque Simón Bolívar de Copa cabana.
Más atinado y útil resulta el proyecto que
viene adelantando la dirección de extensión cultural de la secretaría de Educación y
Cultura del departamento. Con objetivos precisos, una rigurosa documentación y la
paciencia infinita que requiere todo inventario, han salido a la luz dos volúmenes de un
trabajo fundamental para el rescate, valoración, conservación y difusión del patrimonio
artístico de Antioquia. Aquí los bienes culturales se conciben de manera menos amplia y
más precisa: pinturas, esculturas, grabados, cerámicas, objetos de culto religioso,
mobiliario. Las quebradas, los parques y los cementerios quedan para otro inventario: el
de los recursos naturales y amoblamiento, que es el que les corresponde.
El primer tomo está dedicado a presentar el
catálogo de los objetos existentes en edificios públicos e iglesias de Medellín, siendo
ellos la gobernación de Antioquia, el palacio municipal, la catedral de Villa Nueva y las
iglesias de la Candelaria, Veracruz y San José.
Una corta reseña histórica de cada
edificación precede al inventario, ilustrado debidamente con fotografías en blanco y
negro, con los datos técnicos de rigor y una nota que esclarece, hasta donde los datos lo
permiten, la obra reseñada.
Se destaca, en este primer libro, el mencionado
cuadro de san Lorenzo, la más antigua pintura que se conserva en Antioquia. Así mismo,
cabe mencionar una pocas pinturas quiteñas y otras que parecen proceder del taller de
Gregorio Vásquéz de Arce y Ceballos. En el fondo y en penumbra, quedan no pocos retratos
de obispos y arzobispos, copias de imágenes marianas, algunas escenas de la historia
sagrada, las patéticas representaciones de san Pedro Alcántara, el Cristo del perdón
de Francisco A. Cano, santos y evangelistas, algunas piezas de cerámica precolombina.
No hay en estas colecciones un gran tesoro olvidado que salga a la luz y arroje respuestas
sobre las incógnitas de la historia del arte local.
En el segundo tomo se catalogan las colecciones
de la ciudad de Santa Fe de Antioquia, quede 1584 a 1826 fue la capital de la provincia, y
que congregó a ricos y devotos propietarios de minas, comerciantes, curas y funcionarios
civiles. El prólogo, escrito por el novelista Manuel Mejía Vallejo, muy poco atañe a la
investigación. Es un anecdotario personal del autor con Santa Fe de Antioquia: la novia,
los tamarindos y un elogio que Gustavo Vives, autor de los dos volúmenes, probablemente
juzgará como adjetivo, y que prueba la capacidad de ciertos escritores de redactar por
encargo aunque no tengan nada que decir, dándole vueltas y vueltas a lo mismo,
descomponiendo las partes del todo y las partes de las partes.
Las colecciones incluidas son las de la
catedral, las de las iglesias de Santa Bárbara, Jesús Nazareno, Nuestra Señora de
Chiquinquirá, el palacio municipal, el Museo Juan del Corral, el Museo de Arte Religioso
Francisco Cristóbal Toro, la casa episcopal, el seminario diocesano y una casa particular
de habitación.
En total lograron identificarse 391 piezas entre
pintura, tallas, cerámica precolombina, objetos de culto, elementos de platería. La
amplia presencia de pinturas e imágenes de bulto de origen quiteño, pone de presente que
las necesidades iconográficas de la evangelización se abastecieron en un principio de
los talleres del vecino país, así como de los de Vásquez y los Figueroas.
En cierto momento del siglo XVIII comenzaron a
surgir artistas locales que copiaron obras quiteñas y santafereñas, utilizaron estampas
para sus composiciones y contribuyeron a satisfacer, con una calidad más limitada, los
requerimientos de imaginería religiosa. Cabe destacar el trabajo de los plateros, el
gremio artístico más amplio, quienes elaboraron objetos para el culto, y junto con
ebanistas produjeron elaborados tabernáculos. Quedan también huellas del paso de
pintores extranjeros por la ciudad, como Antonio Muecci, recordado como el último
retratista de Bolívar, y de León Gauthier. Se conservan también algunos ejemplos de
pintura popular donde pueden rastrearse ejemplos del mestizaje, al igual que en los
artesonados.
Se encuentran dos carteles en el muro (ca.
1740), uno de los poquísimos ejemplos de pintura mural de la colonia en tierras
antioqueñas. Se destaca también un cuadro de Agustín Samora (1801) que representa a san
Pedro Alcántara; Samora es uno de los pocos pintores con nombre propio que se han podido
identificar en Santa Fe de Antioquia, gracias a que el cuadro citado está fechado y
firmado.
Dentro de estos
mismos esfuerzos por recuperar el patrimonio cultural antioqueño, puede situarse el
catálogo que acompañó la exposición sobre la arquitectura en Medellín entre 1850 y
1950, auspiciada por el Banco de la República. El trabajo se basó en la investigación
realizada por Marcela Bernal, Ana Lucía Gallego y Olga Lucía Jaramillo. Es también un
catálogo que presenta en orden cronológico los trabajos y la biografía de 35
arquitectos y firmas de arquitectura, desde Juan Lalinde, nacido hacia 1820, del que
apenas si queda alguna obra, hasta la firma Arquitectura y Construcciones, empresa que
contribuyó a la industrialización de la arquitectura a mediados del siglo.
La introducción no es de mucho alcance. Ofrece
recurrentes errores de puntuación y redacción, y las citas bibliográficas no se ajustan
a las normas convencionales. Ampliamente ilustrada y bastante bien documentada
aunque la consulta de la prensa habría servido de buen complemento, la
publicación se convierte en fuente ineludible para investigaciones posteriores sobre el
tema.
Este conjunto de publicaciones son un positivo
aporte a la recuperación del patrimonio cultural de Antioquia, y aunque su difusión no
es masiva, y por lo tanto su alcance social es limitado, contribuyen a reintegrar los
fragmentos de nuestra identidad.
SANTIAGO
LONDOÑO
VÉLEZ
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