Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 20, Volumen XXVI, 1989

 

Delito diurno


 El secuestro
Coronel Carlos Alberto Pulido Barrantes
Plaza y Janés, Bogotá, 1988, 350 págs.
 

 

El secuestrable suele ser confiado. Un primer error, creo, que deja a las personas a merced del enemigo, tanto en la guerra como en la paz, es creer que la justicia de su causa o la infalibilidad de sus principios lo van a proteger. Cuanto más abierta sea una persona a ideas ajenas, más será capaz de reaccionar ante la agresión, no importa de dónde venga. 

“La naturaleza humana —escribe Kafka en el soberbio relato La muralla china—, esencialmente tornadiza, inestable como el polvo, no tolera ataduras; forcejea contra las que ella misma se ha impuesto y acaba por romperlas a todas”. El secuestro, sin duda, es la peor de ellas. 

Es preferible morir que perder la libertad, expresó Alvaro Gómez Hurtado al recobrar la suya. Lo grave de morir violentamente, como bien lo dijo el mismo dirigente, es que en Colombia ya ni siquiera se mata con odio.  

He descubierto en este libro no tanto ese “espíritu pragmático” que se anuncia en la sonora portada comercial, porque debo advertir que la presentación lleva a imaginar desventuradas secuelas del “libro práctico” y despiadado que tanto gustó a mediados de siglo, de esos bondadosos Cómo hacerse rico, de los Carnegie de Cómo ganar amigos, de los Cronin, de los Jagot..., pues la que debería ser una simple monografía abarca interesantes aspectos históricos, jurídicos, procesales, de policía judicial, criminológicos y de investigación. La amplitud, pues, es su signo distintivo.

El mismo origen de la figura atacada plantea ya controversias. El término original, plagio (en latín, ‘apropiación de esclavos ajenos’, y también ‘venta de hombres libres como esclavos’), se vio con el tiempo reducido exclusivamente al campo literario. Aún más curioso parece el de origen inglés: kidnap, es decir, 'robarse un niño'. 

Para los quejosos, el secuestro es común desde que la especie humana existe; los más sonados desfilan en estas páginas, algunos con cierto detenimiento: la historia bíblica de José, los de Montezuma y Atahualpa, el de María Estuardo (el coronel Pulido no recordó el de Cervantes entre los moros), el del zar Nicolás II, el del hijo de Lindbergh; en Colombia, los secuestros aéreos en los años setenta (que hoy ya no se llamarían secuestro sino apoderamiento y des­vío de nave), el de don Oliverio Lara (1965), el de don Fernando Londoño y Londoño (1970), el del comerciante Jesús Ochoa (1971), el del dirigente sindical José Raquel Mercado, el de la embajada de República Dominicana en 1980, el del Palacio de Justicia en 1985 y los más recientes de Andrés Pastrana, Carlos Mauro Hoyos y Alvaro Gómez Hurtado. 

Los aspectos jurídicos, un tanto especializados, que dominan gran parte de la obra, parten del análisis prolijo del tema de la libertad, desde Spinoza hasta Sartre, continuando con una historia muy completa de la legislación colombiana desde 1837, pasando por el muy famoso y controvertido “Estatuto de seguridad” de 1978, hasta llegar al actual Código Penal de 1980 y al llamado “Estatuto para la defensa de la democracia” (dec. 180 de 1988), para a continuación echar un vistazo a los elementos constitutivos, a las circunstancias de agravación y a los atenuantes de este odioso delito. 

El libro quiere poner orden a la maraña de normas de los últimos años, sin desdeñar autores que van desde Plauto hasta Carrara, y con tal fin trata de agotar textos normativos y jurisprudencia. A pesar de que comúnmente se las culpe para evitar involucrar a las personas, que si se pueden defender, nuestras normas suelen ser muy técnicas; la sustancia de la ley suele ser bondadosa, aunque acaso menos literaria que la de otras legislaciones; véase, como ejemplo, el delito de detención ilegal en el derecho español: “comete este delito el que encierra a su mujer por más de veinte días en el piso en que vivan prohibiéndola [sic] en absoluto salir a la calle y asomarse por la ventana”. 

Los que buscamos, ante todo, el asombro en los libros no nos vemos decepcionados. A veces la descripción raya en lo macabro: “Un palillo de dientes no es apto para matar, pero clavado en la parte del cerebro infantil no protegido por el cráneo, es suficiente para ese resultado” (pág. 100). En cambio, echamos de menos el romántico y recién desaparecido delito del rapto. 

Entre los aspectos procedimentales vale mencionar la importancia que en este ramo desempeña el Código de Justicia Militar de 1958; por su parte, el actual procedimiento, contemplado en la ley 2a de 1984, que habrá de desaparecer en 1990, acude a jueces especializados. La intermediación, salvo en casos humanitarios, es ahora severamente reprimida y castigada. 

Los aspectos de policía judicial, de sumo valor por provenir de un experto, contemplan las recompensas por informaciones (dcc. 1199 de 1987), el caso moralmente discutido de los delatores y los pagos a los testigos
(dec. 3673 de 1986), entre otros. Estas son funciones que se han ido retirando a la policía nacional. Lo importante, me parece, no es abandonar lo inservible sino encontrar qué poner en su sitio. Entre tanto, el crimen se extiende. Porque la lucha es dura; los delincuentes se valen, sin escrúpulos, tanto de los medios ilegales como de los legales en su favor, amparados en el temor social a la arbitrariedad.

Las bandas de secuestradores, se nos enseña en los aspectos criminológicos, suelen estar compuestas por ocho a diez delincuentes. Las zonas más afectadas en el país por este flagelo son Urabá y el Magdalena medio. El autor discute propuestas como la congelación de las cuentas bancarias de los secuestrados y desvela la psicología del secuestrador, que sigue convencido de que mejor víctima es el hombre rico que sus familiares. 

Finalmente vienen las recomendaciones prácticas extraídas de la experiencia de la policía y de la referencia básica a dos obras: Secuestro y rescate de Clutterbuck y Surviving the long night de Geoffroy Jackson. El funcionamiento usual del secuestro es bien conocido por las autoridades, a quienes el autor recomienda acudir siempre. Porque, razono, como ánota en una de sus novelas Michel Tournier, todo delito que llega a conocimiento de la autoridad ya es de por sí un fracaso. 

La extorsión y el tormento moral lo preceden. Son los más expuestos los solitarios, los inadaptados con dinero, el hacendado tacaño o la solterona rica, aunque casi siempre el cautivo recibe buen trato físico. Casi el noventa por ciento de los secuestros ocurren de día y sólo el tres por ciento de los secuestrados son asesinados. Así mismo, las estadísticas mostraron un gran descenso de este delito en el año 86 y un recrudecimiento notable en 1988. 

Complementada con estadísticas y gráficos, resalta en esta obra una cualidad. Ante todo, su oportunidad. Si algo no le falta es actualidad. Rico en elementos de juicio, es éste un libro esencial para el penalista y valioso para el público en general, y en especial, evidentemente, para los secuestrables.

 

LUIS H. ARISTIZABAL